Guatemala


LA PAZ DE LOS SEPULCROS


Carlos López *

Luego de la resaca por los festejos de la firma de los acuerdos de paz, realizados a nivel de cúpula, y publicitados por el gobierno como su victoria, con una escenografía de diez millones de dólares, la incertidumbre de lo por venir se acentúa.

No he compartido la opinión de muchos intelectuales guatemaltecos en el exilio de que Guatemala ya cambió. El hecho de que algunos de ellos hayan recibido prebendas del gobierno o las sigan obteniendo me hace dudar de la sinceridad de sus afirmaciones. Quienes creen que la firma de unos papeles garantiza la paz se olvidan que ésta es un proceso y que se construye en la realidad no en la mesa de negociaciones. No se ponen a pensar tampoco que los acuerdos fueron hechos sólo entre algunos sectores de la sociedad guatemalteca nada más.

La Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) no es la única fuerza de izquierda del país ni los neoliberales que detentan el poder son toda la reacción. Y dentro de ambos sectores, siendo una minoría, existen fracturas.

El idilio entre la dirigencia urrenegeísta y el alto mando del ejército no es más que parte del espectáculo. Apapachos y brindis aparte, la vida continúa y ésta no es dulce.

Las causas que dieron origen a la revolución están ahí, no han cambiado. Los pobres son cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos. La corrupción está más generalizada que nunca. El narcotráfico ha sentado sus reales en el país. La delincuencia crece vertiginosamente y ya es un problema de magnitudes incontrolables. El gobierno ha dado preferencia al capital especulativo y no ha desarrollado la industria.

Seguir enumerando la problemática que padecen los guatemaltecos cotidianamente sería muy largo. Lo grave del asunto es que a los añejos problemas se agregan nuevos: un sistema educativo caduco, el analfabetismo que ofende por sus dimensiones, la inexistencia de una infraestructura mínima para la sobrevivencia, los servicios públicos que están al servicio del sector que detenta la riqueza, el sector salud precario, la infraestructura vial obsoleta, son sólo algunos de los viejos requerimientos irresueltos.

¿De qué cambio hablan, entonces, los que defienden al gobierno panista? ¿Es congruente hablar de paz "firme y duradera" a sabiendas que la gran mayoría de los guatemaltecos sufre hambre, explotación, discriminación, opresión? ¿No es una forma de violencia la que ejerce el gobierno contra su pueblo al no atender sus necesidades más elementales?

Una cosa si está bien clara. Desde 1954 a la fecha no ha habido un solo gobierno que sirva a sus gobernados. El poder se ha puesto al servicio de la oligarquía. A la gente que sostiene el país con su trabajo, la productiva, se le margina y abandona.

La paz que firmaron la guerrila y el gobierno de Guatemala se hizo sobre un cuarto de millón de muertos. La sangre que se derramó abonó la esperanza de una vida mejor, digna.

Y ésta no llega. El pueblo ha pagado una cuota alta para merecer una paz real, verdadera, efectiva. No la paz de los sepulcros que siempre le recetaron los gobiernos genocidas de Guatemala. A quienes practican a su conveniencia la amnesia histórica, a los triunfalistas baratos, a los alabadores del régimen; a los panistas desbocados que ya se adueñaron de la paz, a los que no trabajan todos los días por ella, a los que bendijo Karol Wojtyla por la paz, mucho me temo que pronto la realidad les traerá nuevas sorpresas. Porque, a pesar de todo, la utopía sigue.

* Escritor guatemalteco

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