Guatemala


¿SE ENTRÓ EN UNA NUEVA ETAPA?


Mario René Matute *

En gran medida la preocupación central de los guatemaltecos, en relación con la firma del acuerdo culminante en el proceso de negociaciones entre gobierno, ejército y la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG), trata de establecer, con certeza, si la vida del país en general, habrá ingresado, por una suerte de conjuro sobrehumano, en una nueva etapa de su historia.

El acuerdo -el que versa sobre la Paz Firme y Duradera- se insertó -según programa convenido entre las partes- en el ámbito festivo de diciembre. Al año viejo apenas le quedaban cuarenta y ocho horas de existencia y con su extinción, como todos los fines de diciembre, parecen deslizarse al muladar de la desmemoria, todos aquellos hechos y aconteceres ingratos y destructivos que lastimaron, produjeron dolor, angustia o miedo.

Un mecanismo sicológico de defensa eleva las quimeras a un primer plano dentro de las expectativas fantasiosas, y borra, así sea momentáneamente y para recargar energías, aquellas sensaciones e imágenes que perturban el acceso a la felicidad y al disfrute de los sueños bien logrados.

El simbolismo con que se reviste la llegada de un nuevo año, el ambiente festivos con que se espera, la necesidad que se impone desde los entresijos de la inconsciencia, propician la creación y la utilización de ilusiones de manera voluntaria. Esta vez, los guatemaltecos situamos al centro de nuestros sueños esperanzados, después de inacabables años de espera, la inefable sensación de que la guerra ha terminado y que ingresamos en un estado de auténtica paz.

Todo enmarcado en un continente de fiesta, colorido y desahogo, que inducía por contagiosa sugestión, a percibir la esperanza como algo tangible y necesariamente material, proyectado en el futuro inmediato.

Para algunos -quizás para muchos- la paz, como el estado de mayor humanización y justicia, podría instalarse automáticamente, como simple epifenómeno de nuestros anhelos.

El derecho a soñar debe ser inalienable, no sólo porque constituye una característica de lo humano, sino porque de la esencia misma de ese fenómeno ideal, emerge la energía y la decisión para modificar positivamente la realidad. De ahí que el sueño de paz de los guatemaltecos no revela una fuga de la realidad. Se trata más bien de una íntima esperanza de la que deber brotar -quizás ya está brotando- la más vigorosa y recia disposición a construir la paz sobre todo el territorio patrio.

Desde luego, ni la ensoñación ni la esperanza son suficientes para trasladar, de la noche a la mañana a todo un país de una a otra etapa histórica.

La paz, con el conjunto de condiciones materiales que garantizan una convivencia colectiva digna, productiva, respetuosa, creadora, segura, humanizada, no surge de la nada en una generación espontánea, se trata de un proceso permanente de construcción y desconstrucción, en el cual, al edificar un nuevo modelo de convivencia, deben irse demoliendo todas aquellas estructuras obsoletas que perturben el crecimiento de las nuevas.

El proceso de paz en Guatemala está en marcha desde hace muchos años, sus premisas básicas se han venido perfilando lentamente en medio de una agitada turbulencia social que a ratos los desdibuja o los atrofia, pero su epicentro popular las mantiene y recrea permanentemente, buscando su desarrollo y consolidación, a contrapelo de las circunstancias adversas y destructivas en que ese proceso viene dándose.

Ninguna voluntad particular -individual o grupal, oficial u opositora- puede establecer el parteaguas entre una situación de guerra y otra de paz. Ningún acuerdo, ninguna firma ni decreto tiene la omnipotencia histórica como para disponer la hora y el día en que una nueva etapa comience a regir los destinos de todo un pueblo. La historia se construye en el trabajo cotidiano, en las relaciones de los hombres, en el nimo de los núcleos humanos y en las decisiones colectivas de construir y desconstruir.

El pueblo de Guatemala está harto de una guerra que cada vez perdía más su sentido de lucha reivindicadora y se convertía en desangramiento insulso y pretexto para mantener la fuerza terrorista del ejército sobre las grandes mayorías.

El anhelo auténtico de evitar todos los mecanismos de sumisión, control y amedrentamiento, es más generalizado en Guatemala desde hace mucho tiempo, de ahí la euforia con que se recibió el aviso de las partes beligerantes, de que habían acatado la voluntad popular de ingresar a una etapa en la que la búsqueda de la paz fuese el elemento primordial de la convivencia a todos los niveles.

Así, los dioses de la guerra aceptan desnudarse y destruir sus armas con un innegable retraso histórico respecto a las expectativas populares pero rendidos al fin ante la necesidad, la contundencia de lo irremisible.

Se ha reiterado hasta la saciedad que, aunque la lucha armada es la máxima negación de la paz, no es la única y que, además, frecuentemente aquella emerge como recurso extremo para aniquilar otros factores que, a su vez, niegan la paz desde diferentes ángulos. Así, tras el imprescindible silencio de las armas, surge el patético cuadro de una realidad social en la que innumerables condiciones materiales, continúan negando la paz.

Se percibe la cauda de muerte, el sufrimiento, la angustia, el miedo y la descomposición social como herencia inmediata de la violencia y todo ello en una abigarrada revoltura con las seculares características de una sociedad subdesarrollada, superexplotada, sometida tradicionalmente al autoritarismo, la discriminaci¢n y el terror.

Contemplado objetivamente el fenómeno, debe certificarse que el proceso de pacificación no deviene de un tratado, poco más o menos espectacular, entre la guerrilla, el gobierno y el ejército.

Muy por el contrario, estos actores llegaron bastante tarde al llamado de la historia. Nuevos, quizás inéditos, sujetos sociales vienen trabajando ya en ese sentido desde hace largos años y la firma de un tratado formal entre fuerzas beligerantes, es sólo el resultado de una nueva realidad nacional e internacional que bloquea y hace imposible la prosecución de todo estado de guerra en Guatemala.

El proceso de paz arrancó fuera de toda bendición oficial como una respuesta saludable a la necesidad de todo un pueblo, de encontrar el camino hacia cualquier modelo que ofrezca posibilidades reales de dignificación, desarrollo y convivencia civilizada.

El vocablo "paz" se interpreta según el rango y la clase social a la que cada conciencia se adscribe. De esa manera, para algunos la paz significa la ausencia de protestas ante la explotación y el ultraje, para otros quiere decir quietud, parálisis social, para algunos más olvido absoluto del pasado y dominación arbitraria ad eternum.

Conforme a tales criterios, han comenzado a revelarse disposiciones y conductas que, invocando la paz, buscan la imposición de sus concepciones quietistas, negadoras de todo progreso y evoluciones sociales.

La paz que el pueblo comenzó a diseñar años atrás, es aquella que resulta del equilibrio y el absoluto respeto a la condición humana, y por lo mismo, garantiza el crecimiento social e individual, la seguridad, la salud física y mental, la creatividad y el perfeccionamiento perpetuo de los sujetos y los grupos de la sociedad en su conjunto.

La historia produce nuevas fórmulas constantemente, de modo que ahora los guatemaltecos estamos dejando la etapa de la guerra, que cada vez era más innecesaria, y estamos ingresando, paulatinamente, en otra etapa que se va haciendo a sí misma por el impulso que el propio pueblo le suministra. Es una etapa de reconstrucción. Para que se convierta en una andadura plena, debe estar protegida por un ambiente de paz real, que como ya se dijo, es el estado de máxima humanización en la convivencia entre individuos y grupos.

* Periodista guatemalteco

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