El TÍO LORENZO
-¡Pueden tomar los que quieran! Se los compré a ellos, tú no te metas Lidia. Para mí y mis hermanos, hartarnos de refresco y dulces con mi abuelo Celestino era una fiesta excepcional que añadía el indescriptible placer de verlo regañar a mi mamá. Las profundas raíces antimperialistas de mis padres vedaban de mi cotidianeidad los chicles, los refrescos y las tiras cómicas, con excepción de Los Agachados, Mafalda y Snoopy (las otras las leía furtivamente en la peluquería, hasta que fueron sustituidas en mi interés por las revistas pornográficas).
Con mi abuelo las cosas cambiaban radicalmente; nos esperaba con miles de golosinas en los bolsillos de sus inconmensurables guayaberas, cajetas y mermeladas sin fin en amplias y accesibles gavetas y varias cajas de refrescos. A guisa de saludo nos esmerilaba las mejillas con su barba de un día y nos levantaba en vilo sosteniéndonos de los codos.
Todos los años pasábamos una semana de vacaciones en casa de mis abuelos, en algún pueblo perdido entre las ciudades veracruzanas de Córdoba y Orizaba, para festejar el año nuevo. Al llegar, Celestino abría ceremonioso las puertas del garage para que mi papá metiera el coche. Celestino era cordial y amable con él al igual que distante. Con mi mamá, en cambio, era brusco y gritón sin poder ocultar el gran amor que le escurría por los poros.
-Juana ¿cómo se llama el susodicho? El tío Lorenzo despertaba así, concienzudamente, a mi tía Juana cada mañana, la que de joven fue la bella y la noviera de las hijas de Celestino; su hija Sonia, quien contaba entonces con 14 años de edad, era mi prima más cercana pues los demás ya frisaban los veintes.
Cuando nos veíamos en la semana de vacaciones ella siempre se quedaba con mis hermanas y conmigo un poco a disgusto pues ya quería ser grande, pero los otros primos desestimaban sus anhelos de madurez y se iban al cine o a bailar sin ella.
Sonia era un bello ejemplar de las nínfulas nabokovianas y mi mejor amiga; por alguna razón ignota, empero, no profesaba por mi abuelo y el tío Lorenzo el mismo interés que yo; de hecho no le simpatizaban en absoluto.
Con sus 70 años a cuestas, 90 kilogramos de peso y 190 centímetros de estatura, mi abuelo Celestino iba todas las mañanas a jugar dos horas de veintiunos en la cancha que está junto a la presidencia municipal; ahí sólo lo acompañábamos el tío Lorenzo y yo.
De regreso a casa, con el tío Lorenzo en sus hombros, mi abuelo lanzaba soeces piropos a diestra y siniestra a toda muchacha que se dejara ver bien, en tanto yo trotaba para seguir su enérgico paso.
Ahora pienso en las horribles aburridas que te dabas Celestino, a tus 16 años, con todos los sueños e ilusiones rotos por la guerra civil; sólo te quedaba atormentar a tu primo, el más tarde célebre Tlaconete, escabullirte de su hermano mayor que era muy correoso y enamorar a las criadas.
Si hubieras sabido que tu primo llegaría a ser Presidente de la República unos decenios más tarde, tal vez no habrías lamido el azúcar de su pan dulce de la merienda para sustituirla con sal, ni metido hormigas en sus zapatos o exhibido sus amplios calzones con la inconfundible marca de sus sonoros pedos ante las exaltadas novias poblanas.
Así que tal vez para salir de ese círculo vicioso o matar el aburrimiento, te metiste a la Bola como ordenanza de tu tío y acabaste en el ejército constitucionalista de don Venustiano (si Freud no se equivoca de ahí proviene el radical zapatismo de mi mamá, tu hija más rebelde y problemática). Al final de la guerra eras un flamante pero retirado teniente coronel a quien la Revolución Mexicana no le hizo justicia.
Entonces te casaste con una hermosa y serena mujercita, criaste a tus seis hijos con mano de hierro y austeridad monacal, te descubriste como un hábil y esmerado ebanista y cada año te escapabas al carnaval de Veracruz convirtiendo el bello puerto jarocho en plaza sitiada por tus nostálgicos e inveterados excesos.
En cierta ocasión, de vuelta de tu carnavalesco periplo, llegaste acompañado de un tierno lorito que se volvió de inmediato el hijo predilecto; treinta años después el tío Lorenzo almorzaba sus asquerosas chopas prendido de tus hombros mientras tú disfrutabas rodeándolo a él y a tus nietos del afecto que siempre le escatimaste a tus hijos.
El tío Lorenzo me daba un terror atroz pero su alucinante mirar de perfil me hipnotizaba; siempre anhelé poder llevarlo en mis hombros onceañeros pero su agresividad era proverbial. Sólo Celestino y su mujer Rosa podían acercársele sin sufrir un terrible picotazo.
Cuando mi abuela Rosa pasaba cerca de Lorenzo, éste se dejaba caer como kamikase emplumado confiando que ella lo atraparía, lo cual sucedía muy frecuentemente pero no siempre. Al curar las heridas de tales azotones, salían de las entrañas de Lorenzo tan hirientes majaderías y dichas con tanta pimienta que podrían haber ruborizado al más pintado alvaradeño. Los piropos y las leperadas del tío Lorenzo tenían un evidente origen en mi abuelo Celestino, aunque por un tácito consenso todos en casa se preguntaban a viva voz de dónde pudo haber aprendido tales barbaridades.
Sin embargo, cuando Lorenzo cantaba, nadie sabía genuinamente el origen; su canto era una mezcla de voces y tonos que le daban una sensación multitudinaria, como de canto gregoriano ebrio, a los grandes clásicos del momento: María Griber, Agustán, Gonzalo Curiel, Alvaro Carrillo.
Uno o dos días antes de la cena de año nuevo, Sonia y yo jugábamos en el jardín de la casa de mis abuelos ante la mirada vigilante del tío Lorenzo, quien ocasionalmente escupía imperturbable sus opiniones. De repente, una intensa nube negra se aproximó con movimientos de animal, como si se tratara de una invasión de langosta; un momento después, comenzaron a desparramarse por todos lados cientos de oblongas cucarachas que aterrizaban torpemente y se ponían a cubierto arrastrándose como hojas secas.
Unos meses antes, al leer clandestinamente uno de los libros vedados por razones de edad en mi casa, me había impresionado profundamente la trágica historia de Gregorio Samsa, quien ameneció convertido en una nauseabunda cucaracha sin motivo aparente. En el transcurso de su metamorfosis, se me revelaba que Gregorio había tenido una oscura relación con su hermana en la que yo vislumbraba enfermedad y deseo... ¿Causa o efecto de su transformación?
Pese a que las cucarachas me repugnaban desde entonces y además por su referente de suciedad y podredumbre, el pintoresco granizo de esa ocasión con Sonia me agradó (aunque fuese un gusto aguijoneado por el vértigo) debido a que a las cucarachas de Fortín de las Flores eran tan limpias y agradables como los bellos y misteriosos escarabajos, aunque con un caparazón menos hirsuto.
Sonia, en cambio, se puso pálida y comenzó a aullar como loca con tal terror, que hasta el tío Lorenzo -que se dedicaba a despanzurrar cucarachas con su pico- aleteó nervioso. Mi tía Juana y mi mamá se asomaron por la puerta pidiéndome que llevará a Sonia hacia el interior de la casa; me dio mucha risa que no se atrevieran a salir y me acerqué a Sonia para ayudarla.
Al sentirme, Sonia me aprisionó con brazos y piernas tan furiosamente que casi pierdo el equilibrio, al tiempo que mi tía Juana me gritó que le cubriera los ojos. En efecto, Sonia dejó de gritar en cuanto pegó su rostro a mi pecho aunque todavía temblaba como conejito y me nació una ternura nueva e inédita.
Por primera vez en mi vida fui conciente de tener una erección; Sonia también lo notó, al menos eso creí cuando me reacomodó entre sus piernas con la experiencia que le daban esos decisivos tres años de ventaja, mientras mi mamá y mi tía nos observaban a medio camino entre la aprensión y la sospecha ¡pero todavía sin atreverse a salir al jardín!.
Así, bajo un aguacero de limpias cucarachas silvestres, mi cuerpo ensayó con el de Sonia un movimiento nunca hecho, aprendido hace milenios; en el transcurso de la experiencia me pensé convertido en una de esas alimañas a la mañana siguiente... Sentí miedo, tal vez placer, y me vine penosamente, momento en que el tío Lorenzo espetó irónico e irrespetuoso -¡Juana, te hablan los muchachos!
Luego de la cueriza que me recetaron Juana y mi mamá (la causa nunca fue explicada pero era claramente demostrable en la mancha de mi pantalón), mi mamá me contó que cuando Sonia era una criatura de dos años, sentada sobre la bacinica, se llevó una cucaracha a la boca y la masticó sin saber; de ahí proviene, pontificaba, su terror a las cucarachas.
Al tiempo que me enjugaba las lágrimas, pensé que para Sonia el episodio debió tener una significación del todo distinta y me prometí leerle La Metamorfosis a la brevedad. Mi abuelo Celestino me sacó de la casa al tiempo que le decía a mi mamá -Ya lo regañaste, ahora me lo llevo a pasear un rato.
Fuimos a la cantina del centro donde Celestino presumió a la concurrencia mi reciente proeza sexual en tanto que yo, sentado en la barra, hervía de vergüenza; una vez concluida la historia, me dieron mi primera cerveza acompañada de varias felicitaciones y abrazos al "nieto del coronel". -Abue, pregunté, ¿por qué dices chaqueta?
Entre las carcajadas de los lugareños el tío Lorenzo alcanzó a decir con su habitual agudeza: -Me haces falta corazón.
A la mañana siguiente, en el jardín, Sonia me abordó con firmeza y me arrinconó bajo aquel árbol florido que años más tarde nos traería hermosas horas; me tomó del cuello y me vio a los ojos tanto tiempo en silencio y con tal intensidad que realmente me sentí cucaracha; tuve vergüenza por mis ojeras, por mis pensamientos, por mi noche en vela, por mi deseo, por mis manos que buscaban ávidas los discretos pechos de Sonia aunque simulaban descansar en sus hombros.
Quería volver a sentirme seguro y tranquilo con ella, ser tan buenos amigos como antes, pero al mismo tiempo avanzar en el descubrimiento del día anterior tanto como se pudiera; sin embargo, la mirada de Sonia, con ese tenue timbre de reproche, anticipaba lo peor.
Entonces me dijo: -Nunca más te vuelvas a masturbar sin mí ¿me lo prometes? Y me besó como nadie lo ha hecho de nuevo.
* Citando a un clásico, "estudió cómo cogen las ballenas en la Universidad del Congo; cumplirá 96 años el próximo verano"