Novela
INDOLENCIA (FRAGMENTO)
Francisco Forteza *
La madrugada fue poco a poco disipándose sobre los escombros de Manigua. Los cascos de los soldados de Bullir comenzaron a refractar los primeros rayos del sol invernal, y pequeños remolinos que causaba el calor que irradiaban aún las piedras bombardeadas, levantaban polvo en columnas tenues.
Cristina P. Martínez, ya completamente en simbiosis con el alma de su viejo y desaparecido abuelo, se dispuso a la escapar.
"Las conclusiones", dijo la gangosa voz que tenía dentro.
Y como si hablara a una multitud y no en aquel inundado canal donde nadaban ratas, Cristina las hizo:
"Al principio fue la luz, dijo, pero lo que interesa realmente es el final, porque cada meta es en realidad un punto de partida. Para estar cubierto de mierda, subrayó, hubo que estar alguna vez limpio, pues si no , entonces la diferencia sería indetectable".
Aclaró su voz como si alguien gritara de la nada "--no se oye!".
"Mis opiniones, prosiguió, tras todas estas experiencias siguen siendo las mismas del principio. El criterio que puede ser confundido con el mas trascendente de los dos es obvio: la historia se repite y no se repite. Los movimientos colectivos cataclismicos abren puertas, pero lo mas complejo de todo -lo imposible- es mantenerlas abiertas a toda costa. Porque las puertas del avance tienen que permanecer de par en par naturalmente, como resultados lógicos. Las transformaciones se hacen para que perezcan porque nada es eterno, y porque el hombre no es el mismo ahora, o luego, o después, o mañana o antes, sino que va explorando su salida según los obstáculos que encuentre, según disponga el destino. La lucha colectiva es mas contra el destino que por el futuro, y este último ser simplemente como quiera ser, parodiando las mas horribles tempestades y las mas apacibles brisas, el nacimiento del universo o la muerte de las estrellas, el comienzo-el fin-el comienzo, similares. No hay que olvidar a la casualidad agazapada, ese animal caótico. Es como proyectar una comida campestre en un día de sol y hacerla en un día de lluvia. Es programar la paz para tiempos de guerra y la vida para tiempos de muerte. No, no hay que olvidar la casualidad. Ella detiene a la ciencia y la hace pulpa de tamarindo. Ella genera lo desconocido, ayuda o destruye. El colectivo no puede ser tan tremendamente peregrino".
Cristina miró a la oscuridad y no pensó por el momento en su completa necesidad de fuga.
"Mi segundo criterio es más simple, es individual, es eterno. Es el poder de pensar, de escoger, de vivir hasta que se pueda, y seleccionar continuamente, en el momento, hacia que objetivo encausarse sin abandonar, quizá, las líneas mas fundamentales de cada existencia. La espontaneidad de la conducta de las pequeñas, insignificantes personas es la decisiva. La tenue madeja de lo cotidiano. Las decisiones en soledad. La facultad de coincidir con los otros y moverse juntos, o no coincidir y entonces no moverse sea cuales fueren las consecuencias. Tanta destrucción. Tanta vanidad. Tanta indiferencia.".
El día era ya pleno. Casi sentía el fragor de su sangre en las venas, una sangre que era ancestralmente igual a todas aunque el fuera hijo de personas tan diferentes y antagónicas.
El tiempo ya no corría con la misma precipitación que lo hizo en los últimos días. Otra vez otro destino, otra vida, otra ocasión estaba a punto de cerrarse para dar comienzo a otra.
"El descubrimiento trascendental ser en todo caso saber cuanto tiempo tenemos para poder siempre recomenzar".
Sintió" que aún no tenía suficientes conclusiones. Pensó que era quizá un efecto de la indolencia que lo había cubierto todo por tantos años, años de vivir por vivir, de deslizarse apagados hasta que todo aquello finalizó casi de golpe en Manigua.
Pero no. La indolencia, por esta vez, estaba muerta. Por esta vez.
Ahora, con la mezcla explosiva de su espíritu, Cristina P. Martínez se creyó por un momento heredero del futuro, pero no se abandonó a esa idea grandilocuente. No es que fuera demasiado pesada para él. Es que no era verdadera. Nunca sería verdadera. Nadie heredaría el futuro que pertenecía a quien perteneciera, como perteneciera, como lo viera venir un ser desconocido que ni siquiera podía avizorar en lontananza y que lo mismo erigiría estatuas que las excluiría para siempre de la faz de la tierra.
Solo quedaría lo verdaderamente arraigado en cada uno, y la suma de esos arraigos era lo que mas podría acercarse a heredar el futuro.
"La conclusión es el amor", dijo su abuelo con su voz apagada que era la suya.
Es el amor.
Solitario, el "Aurora" flotaba en el canal subterráneo, fuertemente sujeto a una barra saliente de una de las paredes de concreto que sellaban la vía de desagüe. Nadie, ni siquiera el Prefecto conocía aquel canal, construido en secreto el siglo pasado en medio de la más sobresaliente de las paranoias históricas de Manigua con el fin de protegerse de ataques arteros de aviones no identificados.
Cristina tampoco lo conocía, pero llego allí, en medio de la fuga, guiado por los conocimientos de su abuelo, dominantes en su interior como un sedimento histórico irreversible.
El joven embarcó de un salto y penetró en la cabina de mando. Allí yacía Popeye. Su cuerpo ocupaba casi todo el reducido espacio de la cabina, su rostro apuntaba hacia el techo, y sus ojos, fijos, no miraban ya a ninguna parte. Había muerto de un ataque cardíaco durante la larga espera que cumplí" por orden de Cristina. El único honor que rindió al cadáver fue observarlo por unos segundos. Después lo arrastró con esfuerzo hasta la cubierta, y con dos o tres movimientos precisos lo echó al agua salada, mugrienta, con rastros de la sangre que comenzaba a filtrarse a las entrañas de la tierra.
Volvió entonces ante el timón, y arrancó el motor, el cual, después de una brevísima resistencia, ronroneó con muchas vibraciones. El "Aurora" despertó de un sueño de años, se desperezó, y esperó porque su patrón, con acciones de palancas, lo moviera hacia aquel agujero brillante al final del túnel.
Así lo hizo Cristina P. Martínez
El yate viejo pero remozado, se inclinó ligeramente por la popa como efecto de su naciente velocidad y se trasladó, trepidando, con montones de ecos rebotando en las paredes del canal, serenamente, quebrando sin saberlo los decenios de indolencia.
El agujero brillante se fue agrandando. La embarcación tenía muy pocas posibilidades de escapar si salía, de esta manera, en medio del día y de las naves invasoras, pero Cristina no quería partir furtivamente, protegido por la noche y las sombras. El espíritu del viejo Noblisimo Martínez quería renacer de las cenizas con las chispas más brillantes posibles, con un fuego que alumbrara el día y opacara el sol, porque era la única forma.
De esta manera el Aurora navegó entre los barcos anclados, eclipsado por el manto de las cosas sin importancia, sin significado, y en plena luz del día bordeó la costa sin cautela, mientras su tripulante -(o eran dos?- oteaba tierra adentro y veía como las tropas de Bullir incendiaban el pueblo. Las columnas de humo negro y blanco trepaban rápidamente, pero todo era silente. No se oían explosiones, ni mucho menos gemidos, ni rumores compactos, ni podían notarse civiles entre los soldados. Otro golpe demoledor.
Ya caía la tarde, cuando Cristina P. Martínez penetró con el "Aurora", en la Ciénaga del Espanto. El mal olor era hora mas intenso que nunca, pero el joven no lo notaba, ni le importaba. Entró cada vez mas hacia la aldea cinematográfica fundada por su tío, la cual, desde lejos, aparecía como normal.
Entonces cayó la noche, finalmente, como telón que baja de golpe. El sobreviviente llegó al muelle y caminó por la gigantesca pista vacía. Todas las instalaciones habían sido abandonadas, el personal quizá secuestrado en una acción bélica de preludio de invasión. Nunca se sabría. Caminó por mucho tiempo guiado por el sentido histórico de Noblisimo, hasta que arribó al mismo punto donde su tío, muchos años antes, tuvo la visión durante una visita junto a Popeye.
Los fantasmas de otras épocas seguían allí.
"Llegaste tarde, sin justificación", le dijo aquella imagen de mujer que movía su cartera de un lado a otro mientras lo miraba de reojo, conminandolo a la explicación.
La reunión de otrora recomenzaba. En ella estaban todos, pero a la vez nadie. Eran viejos camaradas que perecieran cumpliendo, cada uno, las metas, orientaciones, directivas, indicaciones, ordenes, lamentaciones y campañas, pero que aún, a causa de dejar sin cumplir los objetivos, volvían una y otra vez, como sombras persistentes, a sentarse en las mismas viejas sillas ante el mismo Secretario General en cuyas manos descansaba la misma agenda.
Pero esta vez el encuentro era trascendente. Estaba especialmente hecho para que Cristina rindiera cuentas.
"Llegué tarde por problemas personales", dijo Cristina, después de aclararse la voz, "pero en realidad no hay mucho que contar. Hoy terminó una etapa y comienza otra. Un ciclo.
Entonces, la convicción que nos embarga es lo que ilumina de esperanzas nuestro camino", agregó. Noblisimo Martínez estaba alerta en el cerebro de su nieto.
"Ya viejo, déjate de jodederas", dijo Cristina a la reunión, pero en realidad hablaba con su abuelo, "lo que hay es que ir echando y veremos que pasa después".
"Su misión es...", dijo el secretario general, que no despegaba sus ojos de la agenda.
"....la que me indiquen los tiempos", terminó Cristina P. Martínez. "Para eso soy el único ser de carne y hueso aquí. Los muertos puede que nos ofrezcan ejemplos, pero no determinan camino alguno".
Entonces, se puso de pie y miró a su alrededor. Vi" a los asistentes a la reunión en aquella sala brumosa discutiendo, por enésima vez un plan de trabajo.
"Me tengo que ir, pues tengo problemas personales", dijo.
Y desandó el caminó hasta el Aurora.
Por delante tenía el destino que pudiera labrarse.
* Escritor cubano. Fragmento de novela inédita.