Puerto Rico


LA MUERTE DE LA ESTADIDAD


Ivanóskar Silen-Acevedo *

"... Prometen libertad,
y son ellos mismos
esclavos de corrupción"
Segunda de Pedro 2:19

"¡No me creo gringa: soy gringa!"
Yanina Braschi

El 13 de diciembre de 1998 los puertorriqueños derrotamos a la muerte (la estadidad). Esta es la tercera vez que los puertorriqueños rechazamos con la misma fuerza y con el mismo entusiasmo la estadidad. La primera vez fue en 1967, la segunda vez fue en 1993 (la estadidad obtuvo 788,296 votos
-46.34%-; el Estado Libre Asociado obtuvo 826,326 votos -48.58%-; y la independencia obtuvo 75,620 votos -4.45%-) y la tercera vez acontece a cien años de la invasión norteamericana (la estadidad, 726,766 votos -46.47%-; ninguna de las anteriores, 784,842 votos -50.98%-; y la independencia,
39,625 votos -2.53%-). No hubo, entonces, adelanto estadista sobre los votos que obtuvieron en 1993, sino un retroceso significativo.

Este es el sentido mismo de ese plebiscito irreal que acabamos de celebrar y que se nos intentó imponer esquizofrénicamente. Lo que este plebiscito señala es que la estadidad se ha detenido. La derrota de la estadidad, gústele o no les guste a los que organizan la  perversión, es para siempre.

Esto no sólo implica la derrota de ese "ideal" malsano y suicida, sino que implica también la descalificación política de esos dos enemigos de la puertorriqueñidad que conocemos con los nombres de Romero Barceló y de Pedro Roselló. Si no queremos, entonces, que la-Medusa-anexionista- de-la- estadidad vuelva, si no queremos que resucite, tenemos que corregir, por un lado, esa estupidez retórica y patética del independentismo doméstico y domesticado y, por otro lado, esa retórica sin héroes y sin dramatización en la que ha culminado el leguleyismo de izquierda que no impresiona a nadie.

Por eso, no se trata solamente de quitar a Rubén Berrios de la presidencia del PIP, como piensan algunos líderes independentistas, ni de crear un nuevo partido colonial, como creen los más ilusos, sino de crear un independentismo que esté totalmente desaburguesado y que sea capaz de organizar al
pueblo y de crear un nuevo lenguaje y una práctica de liberación a la luz de nuestra atormentada realidad. Pero también que sea capaz de responder valientemente a los retos que los puertorriqueños, como nación a la deriva, tenemos delante.

Esta situación histórica no sólo es responsabilidad de los independentistas, sino que tiene que ser asumida también por ese sector ambiguo y oportunista de los populares. No sólo es cuestión de organizar, ni de administrar el país, como dice Sila Calderón, sino de resolverlo a la luz de nuestro propio ser. Porque esa "organización" y esa "administración" pueden ser a la larga, y como ha sido siempre, una nueva fuga de la realidad. Los puertorriqueños estamos extenuados de padecer ese- tipo-de-fuga-popular-y-anexionista que lo que ha hecho es convertir a los puertoriqueños en-la- mercancía-"idónea"-del-mercado-yanqui-y-de-las-guerras-norteamericanas.

Lo que los puertorriqueños estamos buscando desde 1952, año en que surgió la utopía platónica del
Estado Libre Asociado, es que se nos otorgue la soberanía y la autonomía que necesitamos para desarrollar económica, política y culturalmente nuestras propias posibilidades reales. Esas posibilidades que estamos cansados de exigir son nulas en el suicidio de la-estadad-radical, pero también se han
hecho nulas en la inmovilidad del E.L.A. Nuestra debilidad histórica es que no hemos sido capaces de asumir y de tomar la soberanía que somos.

Lamentablemente, los populares sólo se "radicalizan" y se puertorriqueñizan cuando tienen a la
Medusa de la estadidad sobre sus propias cabezas. Los populares llevan treinta años jugando con el destino político de los puertorriqueños y poniendo en peligro nuestra propia indentidad la cual ellos utilizan sólo cuando les conviene y cuando les da la gana.

Lo que los anexionistas olvidan, y lo han olvidado también los "independentistas" de las tacitas de té y los populares del folklore (los puertorriqueños como el lechoncito folklórico del neoliberalismo de la
posmodernidad), es que una cosa es el mito como recolector de la realidad, el mito como sueño político-simbólico, y otra cosa muy diferente es la mitificación de la realidad con el único propósito de pervertirla y de desaparecerla. La anexión es el mito de la realidad como perversión (como delito, como fechoría, como libertinaje) en donde los "ciudadanos", aunque no lo sepan, no se reconocen a sí mismos.

La perversión, entonces, atenta políticamente contra lo que verdaderamente es. Extraviado y desorientado el puertoriqueño en la maldad que el anexionismo y la-seudo-demokracia-radical le provee, vota contra sí mismo en su deseo esquizofrénico de ser el otro: el invasor. Hay perversión no solamente cuando la persona se siente a sí misma como enemiga, sino cuando el que está golpeado, o el que está invadido, no se defiende, sino que se autohumilla y se autoinvade. La perversión es, entonces, el malestar de esa violencia, de esa ira, que debiendo salir hacia afuera retorna como odio hacia sí mismo. Los anexionistas son los que se odian a sí mismos en la perversión de las propinas. Se pasan hablando de la ayuda que reciben del amo, pero inconscientemente se sienten humillados y
despojados de sí por esa misma ayuda que reciben.

Nuestras elecciones, como mitificación de los puertorriqueños, nos sirven de espejo: la mitad del país se odia a sí mismo oscuramente, porque hay un falso modelo, el invasor mismo; hay una falsa-política, la seudo-demokracia, que nos sirve de ejemplo, de perversión y de auto-odio. Decimos que hay una seudo-demokracia, porque después que el "ciudadano" vota queda incapacitado y anulado políticamente. Jamás demokracia alguna había sido tan violenta y tan psicológicamente cruel con ningún pueblo, como lo ha sido esta-demokracia-de-la-copia con el pueblo puertorriqueño.

No entender ésto, entonces, es no entender absolutamente nada de política. No comprender ésto es no
entender la psicología misma de lo político, ni su relación secreta, constitutiva y serológica con el soy mismo. Esto es así, y no puede ser de otra manera, porque el capitalismo es el odio más virulento contra la diferencia y la pluralidad del ser. Por eso, la demokracia norteamericana se caracteriza por
su racismo. Se nutre de inmigrantes, los necesita, pero los odia. Esta, y no otra, es la herencia anexionista. El anexionismo se ha convertido no sólo en esa mentira de su "verdad", en esa ilusión macabra contra lo puertorriqueño, sino en el intento colonial de detener la realidad misma, de
inmovilizarla.

Cuando los anexionistas hablan de la colonia, no piensan en la libertá, ni en la autonomía de los puertorriqueños, sino en una hipercolonia: la desaparición de los puertorriqueños en el racismo norteamericano. Hay que entender, de una vez y por todas, que el que "triunfa" cultural y políticamente lo hace porque se ha callado, o porque reproduce, consciente o inconscientemente (estética o
partidistamente) toda la podredumbre del sistema imperante.

Los anexionistas, pero fundamentalmente todos nosotros por nuestra propia incapacidad política, por nuestra propia "cobardía" histórica ante la puertorriqueñidad, somos (ante el crimen organizado, ante la
desmoralización del país que fomentamos) responsables de que los anexionistas nos estén poniendo en peligro constantemente cada vez que se les antoje organizar la destrucción como plebiscito. Puerto Rico lamentablemente, y como muchos otros pueblos latinoamericanos, quiere garantías políticas, pero no hay garantías. El riesgo es el sentido mismo de la vida.

La política, como la vida, es un desafío constante. Parece ser que le temiéramos al futuro debido a
esa deformación colonial que "constituye" a los puertorriqueños. Pero si no afrontamos ese miedo al futuro, ese pánico a la libertá que somos, entonces ese terror nos hará emboscadas, jugarretas; nos tomará por sorpresa y nos ubicará en posiciones desesperantes. El futuro puede ser domesticado
políticamente sin desembocar a la locura, a la vergüenza y a la-mala-fe-de-la-estadidad.

Todo lo que sucede, sucede por no atrevernos a tomar la realidad, por no atrevernos a organizar las calles desde la desobediencia civil, por no atrevernos a tomar la Legislatura, y por no demostrarle a los
políticos profesionales que aquí, en Puerto Rico, la democracia real, y no esa demokracia de anfiteatro que nos fustiga, somos nosotros. Todo el peligro que hemos estado afrontando hasta el 13 de diciembre de 1998 lo hemos pasado por culpa de nuestro execrable oportunismo del cual los populares tienen una
responsabilidad histórica enorme. Ellos tienen que entender que esa ambigüedad política y esa manipulación del ser puertorriqueño que son y que utilizan culturalmente no hacen otra cosa que malograr nuestro "poder ser" y nuestra voluntad de ser.

En este año que culmina, el pueblo puertorriqueño se ha enfrentado a dos momentos fundamentales donde se ha fortalecido. Primero, en la Huelga Nacional que realizaran los trabajadores contra el anexionismo neofascista de Roselló, y segundo, en esa victoria de pueblo del 13 de dicembre que no
pertenece, gracias a Dios, a ningún partido político. Esa victoria pertenece a un pueblo que históricamente, a cien años de la invasión yanqui, ha demostrado tener una consciencia sobre sí que vale más que todo el oro que el imperialismo norteamericano pueda ofrecernos. Porque este pueblo que parece surgir ahora, es un pueblo que sabe que su lengua, su-español-puertorriqueño, no se vende,
ni se comercia, ni se alquila, ni se presta, ni se le regala a los invasores.

El español puertorriqueño es la lengua por donde Dios nos habla todos los días puertorriqueñamente. Con este español soñamos, reímos, peleamos y hacemos el amor. Es la lengua la que nos constituye como personas. Por eso, pensar en el disparate de la estadidad es pensar en el hecho de que vamos a
desaparecer como personas y como nación. Las elecciones del 13 de diciembre de 1998 siguen
hablando, aunque no les guste a muchos, aunque muchos periodistas piensen que no ha sucedido absolutamente nada. Lo que ha sucedido, gústele o no a los malos mercaderes, es la derrota definitiva de la estadidad.

Hay que felicitar, entonces, a este pueblo, hay que felicitarte a ti también lector, a pesar de tu oportunismo, a pesar de tu abulia, a pesar de tu miedo a la libertá, y a pesar de tu miedo a ti mismo, por haberte defendido de la forma en que lo hiciste y por haber usado las elecciones como un arma contra los enterradores anexionistas.

Pero el problema estriba, como informará la prensa niuyorquina, en que Roselló se ha empeñado en deformar el resultado de las elecciones del plebiscito, manifestando no sólo su espíritu antidemocrático y neofascista, sino también su intento de llevar al congreso norteamericano no sólo una estadidad que ya está muerta, sino un gobierno que no representa a los puertorriqueños. Esto se intenta en unos momentos donde dicho Congreso se devela corruptamente en su propia maldad imperial. Nunca antes el Congreso norteamericano había caído tan bajo. No sólo por estar realizando la destitución de su propio presidente, sino porque dicho presidente ha utilizado la guerra contra Irak (1991; 1998) para desviar la atención de sus deslices morales.

La demokracia se ha convertido, entonces, en la inquisición de su propio presidente. Y esto es
precisamente lo que intena copiar el anexionismo antipuertorriqueño: el racismo como forma de ser de la demokracia, cinismo como forma de ser de los congresistas, y el genocidio como forma de organizar su propia corrupción. El anexionismo se ha convertido en el genocidio de una realidad democrática que
vive de la confusión y nos desvirtúa. La demokracia yanqui ha producido, neoliberalmente, un "nuevo" sujeto: el genocida. En los años del 1944 (el crimen democrático contra Japón -Hiroshima y Nagazaki-, la guerra contra Corea, la guerra contra Vietnam, la invasión a la República Dominicana, la invasión de Granada, la invasión a Panamá, la primera guerra contra Irak) a 1998, cuando acontece la segunda guerra contra Irak, culmina ese ciclo criminal que hemos denominado intelectualmente con el nombre de la-posmodernidad.

Ese intento anexionista convierte a Roselló en un peligroso provocador. Porque si Roselló, lo mismo que Barceló, se empeñaran en llevar ese seudoproyecto de estadidad al Congreso yanqui, por encima de la voluntad mayoritaria del pueblo puertorriqueño, podría arrojarnos a una guerra civil que venimos anunciando en nuestros últimos artículos y que debemos evitar a toda costa. Pero también entendemos, y lo entienden todos los puertorriqueños, que un choque violento con la estadidad solamente es evitable
mientras este prevenir sea digno. Es siempre evitable mientras se respete la voluntad soberana de la nación que somos.

Y esta nación, gústele o no a los provocadores, aún en el fango de la colonia, ha votado en contra de
la estadidad por entenderla como un acto criminal contra la puertorriqueñidad. Pero hay que entender que nosotros los puertorriqueños somos responsables de no haber resuelto el status político hasta ahora. Y es debido a este posponer y posponer que nuestro destino histórico nos puede arrojar, por
estar rodeados de fanáticos anexionistas, y por la misma historia de violencia que el anexionismo es, a una guerra civil que sería más peligrosa y más dañina que si nos jugáramos de una vez y valientemente el destino de la república que ya somos.

La estadidad ha sufrido la derrota más significativa de la historia política puertorriqueña, a pesar de que la mayoría de los "analistas" internacionales, sobre todos los cubanos en el exilio, y los "analistas" locales esperaban malignamente que los suicidas de la estadidad derrotaran a la inmensa humanidad de los puertorriqueños. Pero esa seudoesperanza que los puertorriqueños malogramos, esa "esperanza" criminal que los puertorriqueños derrotamos, nos da una idea clara y total de la situación cultural en donde nos hallamos internacionalmente los puertorriqueños.

Si no nos aliamos, entonces, como una sola unidad, como un solo cuerpo, como una sola nación al lado de la república, la estadidad seguirá tratando de resucitarse, de difamarnos y de esconder todo lo que tenga que ver con nuestra identidad de pueblo.

Lamentablemente, los puertorriqueños no sólo tenemos una gama de enemigos culturales dentro y fuera del país, sino que nos hallamos delante de un hombre que se halla desquiciado políticamente y que se ha empeñado en yanquizarnos a la fuerza contra nuestra voluntad de pueblo. Pero hay que entender que este hombre que pretende imponernos sus espejismos y sus delirios de grandeza, está ahí porque nosotros mismos se lo hemos permitido. Podemos derrotarlo políticamente en las próximas elecciones, pero hay que entender que vendrá otro igual que él. Podrá triunfar un "nuevo" popular, pero este nuevo popular no eliminará la enfermedad colonial de la cual se nutren los suicidas de la estadidad antipuertorriqueña.

¿Qué nos queda hacer entonces? Prepararnos para asumir democráticamente el camino y el pueblo que somos antes de que la violencia se nos venga encima. Porque si esta violencia se nos viene encima, nosotros seremos culpables (populares e independentistas, pero por encima de éstos la gran masa trabajadora que hoy por hoy tiene que politizarse si no quiere ser arrasada definitivamente por los políticos profesionales) de no haber hecho absolutamente nada cuando había que hacerlo. Esta es,
entonces, la hora del hacer. Desde la Huelga Nacional el pueblo puertorriqueño se enfrentó a su propia situación ineludible. Estamos delante de un desafío enorme que no podemos eludir. Intentar eludirlo es escribir el nombre de Puerto Rico debajo de la muerte (17 de diciembre de 1998, Nueva York). 

* Poeta puertorriqueño, autor entre otros libros de La Poesía como libertá (Premio Pen Club de Poesía 1993).

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