México
ES UN HONOR PARA ESTA CIUDAD, PARA SU GENTE y SU GOBIERNO, TENERLO HOY ENTRE NOSOTROS
Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano*
Juan Pablo II:
Constituye un gusto y una nueva distinción para esta Ciudad de México, tenerlo una vez más de visita en esta tierra.
Vino usted, la primera ocasión, en los primeros meses de su pontificado, que recientemente cumplió veinte años. De entonces para acá muchos cambios han tenido lugar en el mundo, en México y en esta capital.
Terminó el enfrentamiento bipolar de las potencias, aunque no acaban todavía las guerras; se han fortalecido los esfuerzos de integración económica y política entre naciones en todos los continentes; los modelos económicos dominantes han mostrado su incapacidad para resolver los problemas de las grandes mayorías de la población: elevar las condiciones de vida, generar empleo, garantizar educación y salud. A resultas de eso, se generaliza la toma de conciencia sobre el lugar principalísimo que en las políticas públicas deben ocupar las cuestiones de la gente.
México, en estas dos décadas, ha vivido también, y vive todavía, tiempos de transformaciones profundas. Como en muchas otras partes, la imposición en este período de políticas económicas antisociales, ha tenido como consencuencias el deterioro sostenido de los ingresos de la mayor parte de la población, el aumento constante del número de mexicanos en la pobreza, el crecimiento de la desocupación, una concentración sin precedente de la riqueza en una cuantas manos, así como la penetración de la corrupción y las complicidades del crimen en tejidos vitales de la nación.
Esta situación, por otro lado, ha impulsado a la gente para organizarse mejor social y políticamente, a exigir con mayor fuerza el respeto a sus derechos y la consolidación de cambios, ya que son importantes, para ampliar los espacios de vida democrática. Hoy se da una mayor participación en las decisiones, existe un amplio e intenso debate político y se tiene una clara conciencia qué transformaciones importantes están aun por realizarse.
Y esta ciudad, en este tiempo, ha contribuido en forma decisiva en la realización de los cambios que son a un tiempo sociales, culturales y de moral pública.
Ahora bien, en la nación mexicana, por razones evidentes, son muy amplias y decisivas la presencia y las contribuciones, incluso por sus confrontaciones, de la Iglesia Católica.
En el mundo secularizado de hoy, es posible advertir, ya sin las pasiones de otras épocas, el significado de la cultura religiosa. En la formación de los valores del humanismo que identifican pueblo y nación, en la vida cultural, en nuestro patrimonio arquitectónico y pictórico se localizan los legados intelectuales y materiales de hombres y mujeres de la Iglesia Católica.
Ahí están Bartolomé de las Casas, quien defendió los derechos de los indios y sostuvo su igualdad con otros hombres, de otros continentes y de otras civilizaciones; Vasco de Quiroga, Tata Vasco, el primer Obispo de Michoacán, que en sus hospitales llevara a la práctica la utopía humanista; ahí están también, desde Alonso de la Veracruz, Bernardino de Sahagún, Francisco Javier Clavijero, Diego José Abad y Sor Juana Inés de la Cruz, hasta Alfonso Méndez Plancarte y Angel María Garibay, que tanto aportaran al conocimiento del país y sus recursos, a su educación, al desarrollo de las ciencias, la literatura y la poesía; y ahí están las grandes figuras que se entregaron a la lucha por la libertad de la nación, sacerdotes que en su ministerio conocieron y compartieron las angustias, los sufrimientos y las exclusiones de un pueblo oprimido y explotado, como Fray Servando Teresa de Mier, el cura Miguel Hidalgo, que enarbolando el pendón con la Virgen de Guadalupe, dio el grito de independencia, y José María Morelos, el Siervo de la Nación, quien aportó el mayor contenido social a aquella lucha. En todos ellos y en muchos más, la fe resultó una componente esencial de su acción.
En esta ciudad abundan signos de la Iglesia Católica en las iglesias y edificios religiosos, en sitios principales de encuentro e identificación de la población, en su historia, sus tradiciones, danzas y festividades, y muy especialmente, en el culto guadalupano, que son, todos ellos, componentes básicos de las manifestaciones de fe y de la convivencia de la sociedad.
Por las múltiples razones de un planeta tan populoso y tan irremisiblemente diverso, su pontificado ha sido muy distinto a los anteriores. Sus visitas pastorales han alcanzado todos los rincones del planeta. Han sido determinantes sus enérgicas denuncias de la opresión y las injusticias sociales, y se destaca el acercamiento de la Iglesia Católica con otros credos, con los judíos, por ejemplo, y los cristianos no católicos, invitados al diálogo que contribuya a la paz entre los hombres y mujeres de buena voluntad.
En su pensamiento, expresado en su ir y venir por el mundo, figura una insistencia: la necesidad que el desarrollo eleve la calidad de vida de la gente y el que los estados recuperen ampliadas sus responsabilidades sociales. Dijo usted en Puebla, ante los obispos y cardenales del continente: "Aquellos sobre los cuales recae la responsabilidad de la vida pública de los estados y naciones deberán comprender que la paz interna y la paz internacional sólo estará asegurada, si tiene vigencia un sistema social y económico basado sobre la justicia"...
"Cuando Paulo VI declaraba -decía usted- que ‘el desarrollo es el nuevo nombre de la paz’... tomaba en consideración los mecanismos que, por encontrarse impregnados no de auténtico humanismo sino de materialismo, producen a nivel internacional ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres.
"No hay regla económica capaz de cambiar por si misma estos mecanismos. Hay que apelar en la vida internacional a los principios de la ética, a las exigencias de la justicia, al mandamiento primero que es el amor. Hay que dar la primacía a la moral, a lo espiritual, a lo que nace de la verdad plena sobre el hombre".
Es un honor para esta ciudad, para su gente y su gobierno, tenerlo hoy
entre nosotros. Me es a mi particularmente satisfactorio, en nombre de
los habitantes de esta capital, a quienes creo interpretar en su sentir
hacia usted y su visita, y del Gobierno de la Ciudad de México,
entregarle la llave de la ciudad, que le ha abierto sus puertas y lo declara
huésped distinguido. El gesto simbólico es también
la disposición amistosa permanente.
* Jefe de gobierno de la Ciudad de México. Palabras pronunciadas en la ceremonia de entrega de las llaves de la ciudad al Papa Juan Pablo II.