Cuento
YO NO LO SÉ DE CIERTO, PERO SUPONGO
Paola Andrade *
Siempre pasa, cuando menos te lo esperas ocurre, desde niña lo deseaba, veía a las lujosas señoras salir de la iglesia, con sus joyas, con sus peinados altos y sus perfumes caros... y la novia, ¡ah! La Novia.
Mi mamá me contó que cuando ella se juntó con mi papá no tenían dinero suficiente para la fiesta, el vestido y esas cosas, por lo que decidieron que lo más conveniente era quererse mucho y ahorrar lo poco que tenían en Luisa, mi hermana mayor. Yo vine después, exactamente dos años después, cuando mis papás ya se habían acoplado a la idea de que aunque muy jóvenes debían hacerse cargo de sus vidas y sus hijos, quizá por eso la idea de casarme fue doble, por mí y por el gusto que mi madre no pudo cumplirse.
Mi infancia fue tranquila, casi siempre estaba con Luisa y con Carmela, mi hermana tres años menor, jugábamos a las muñecas, a las escondidas, a las canicas y hasta a las carreteritas con los hermanos Jiménez, dos niños uno de la edad de Luisa y otro un poco más grande, éramos inseparables hasta que cumplí diez a¤os, la fecha en que le llegó la regla a Luisa y como ya no jugaba con nosotros, mis papás nos prohibieron jugar solas con ellos, así que poco a poco nos fuimos separando.
A mí siempre me gustó Ramiro, el más grande, como que era más peleón, jugaba mejor a la pelota y corría más rápido que todos, pero ahora ya se casó, tiene dos hijos más grande que cuando Carmela.
Ya en la secundaria, me empezó a dar pena hablarle a los niños, así que solamente me juntaba con Rosenda y no le hablaba a nadie más, todos en mi salón decía que yo era una sangrona, mala onda, pero como nunca les hice caso terminaron por ignorarme y dejarme en paz.
Después de la secundaria entré a trabajar a una fábrica de botones, yo era la recepcionista; al principio todo el mundo me trataba bien y perdonaba mis equivocaciones: si conectaba mal las líneas, o si se me olvidaba registrar los paquetes, a la gente y esas cosas. Lamentablemente con el tiempo se empezaron a dar cuenta de que mis descuidos no eran totalmente culpa de mi edad, más bien de mi incapacidad.
A los dos años de trabajar ahí, ya tenía una lista enorme de descuidos y torpezas por lo que no es muy difícil imaginar que tuve que buscar otro trabajo. Nunca estudié nada más, para mí era una pérdida de tiempo, ya que por más esfuerzos que hacía, no aprendía mucho.
Se lo que están pensando, pero no me culpen, después de todo, mi esperanza siempre se cifró en Ramiro, él y yo debíamos casarnos, por eso nunca me esforcé por aprender.
Tarde me di cuenta de la realidad; a pesar del tiempo que pasaba frente a la ventana observando el desfile del gran número de chicas deseosas de estar con mi Ramiro; y no es que me pusiera celosa, no, al contrario, yo sabía que al fin y al cabo hombre, necesitaba de ese tipo de placeres, y no podía culparlo, era muy guapo como para no tener admiradoras.
Lo que pasa es que me consolaba pensando que todas eran demasiado fáciles como para ser tomadas en cuenta para algo más serio, por eso es que me mantuve siempre virgen y fiel a mis principios, tratando inútilmente de demostrar que yo debía ser la elegida, la esposa perfecta, aquella que solamente observa, calla y obedece.
Después de nuestra separación definitiva en la infancia, Ramiro olvidaba saludarme, pero a veces aunque fugazmente me veía y me sonrojaba. Admito que siempre fui yo la que intentaba toparme con él en cualquier momento, tomaba nota de sus entradas y sus salidas, de lo que hacía, con quién y en dónde para espiarlo y aunque fuera de lejos poder admirarlo.
Así pasó el tiempo y mi juventud se iba poco a poco consumiendo en la soledad a la que fui acostumbrando a mi mente. Mi trabajo era mi única diversión y como ya lo he contado al principio no era muy buena, no por mis pocos estudios, más bien por mis pocos deseos de superación.
Quisiera tener mucho más que contarles de mí, pero mis narraciones de los años siguientes no distan mucho de mis inicios laborales. Cuando cumplí treinta y tres a¤os conocí un hombre en una reunión, no era guapo como Ramiro, pero dolorosamente había aceptado que si deseaba casarme no iba a ser con Ramiro.
Gabriel es su nombre, es moreno, no muy alto, de mi estatura; es muy cariñoso conmigo, además le gustan los Temerarios, Los Angeles Azules, ir a las ferias, pasear por los parques, su trabajo de capturista supervisor, los pantalones con pinzas, los zapatos picudos y las camisas de seda.
Me ha invitado a pasear un par de veces, y aunque tardé mucho en darle mi primer beso, creo que le cumplí, además tenía que hacerlo si quiero -como dice mi mamá- conservarlo conmigo.
Mi familia está muy contenta, mi mamá sobre todo tiene ese pequeño brillo en la mirada, ya hasta están planeando la boda. La verdad eso sí me emociona, poder casarme... no con Ramiro, pero entrar‚ de blanco, con mis zapatillas pulcras, el anillo que pienso pedirle a mi mamá como el objeto prestado.
Me veré muy elegante, incluso pienso ir a un salón a peinarme y arreglarme. Mi vestido estará lleno de encajes, moños y listones. ¡Será el más bonito de toda la colonia!
Pero en este momento, ¿cómo puede girar tan de prisa el planeta?, ¿cómo existir sólo este, precisamente, este pequeño detalle por arreglar? Ya tengo el vestido, la fiesta, las invitaciones, las madrinas, la iglesia y las flores pero ahora en este exacto instante suspendido de mi vida, sólo me falta saber lo más importante, saber... ¿cómo le digo?, cómo le digo a mi mamá que Gabriel es casado, que sale con otra y que me ha engañado todo este tiempo, que me obligó a besarlo, a acariciarlo y a entregarme... entregarme ¿para qué?
Para que me gritara que soy una inútil, una frígida, se
burlara de mí, de mi manera de besar, de mi cuerpo. Para que me
gritara con rabia que era una tonta y que ni en eso le servía, ¡Dios!,
y ahora ¿cómo le digo?, no lo de la fiesta, las invitaciones,
los regalos o la pena. ¡Diosito Santo!, por favor... te lo suplico,
aquí hincada ante tu altar... ¿cómo le digo a mi mamá
que voy a tener un hijo de ese pinche güey?... y que aún no
sé si se quiere casar.
* Sensoescritora deambulando entre matices de razón y locura.