Cuento


EL DAVID Y LA ODALISCA


Paola Andrade *

Había sabido siempre que la gran puerta negra no frenaría sus aspiraciones, que los sueños que siempre tuvo y que siempre deseó traspasarían los límites establecidos.

Su mano estaba presta a maniobrar, a cortar de tajo la inerte piel. Debía arreglar el corazón. Como cuando un radio se descompone debía cambiarle la pila. Así trató de pensarlo siempre, de comparar una operación con un simple reajuste, como una compostura.

No, ni la puerta de la escuela o la de su casa, ambas negras, le impedirían ser médico y además cirujano. Lo que le demostraría al pueblo y en especial, aunque de manera inconsciente a Tomás López, el maldito incitador de sus infortunios, que estaban equivocados.

Esta es siempre la cosa más difícil, pensó... abrir, cortar, temiendo hoy, a pesar de su ya larga trayectoria, que por una de esas rendijas se escaparan los sueños, las aspiraciones guardadas, las que impacientes, esperan el momento preciso para ser recordadas y sacadas a flote.

- Hijo -le llamó su madre-. ¡Estoy tan orgullosa de ti!, sabía que lo lograrías, eres extraordinario, el mejor hijo que Dios pudo darle a una madre, sobre todo a una tan humilde como yo. Un hijo que no solamente aprendió a leer, sino que está por darme la alegría tan grande de ser doctor en unos años. Sé que si tu padre, que en paz descanse, estuviera aquí con nosotros, también sentiría esta enorme emoción que no me cabe en el pecho.

El doctor se detuvo un momento, pidió a una enfermera que le limpiara el sudor que se deslizaba veloz a través de su frente. Cerró los ojos y suspiró, sabía que no debía de pensar en sueños ni en cuestiones de corazón. Él más que nadie de su generación, había manejado y defendido siempre la idea de una centralización de las emociones en el cerebro, no en el corazón, como la mayoría de la gente pensaba. Él, sobre todo para él, era muy importante que sus compañeros de clase lo entendieran y lo tuvieran muy claro. ¿Cuántas veces no enfatizó esto a los alumnos, a los afortunados que aprendían de él? Entonces, ¿porqué pensarlo ahora?

- Nunca me dejaré llevar por niñerías, por lo que dice toda la gente, doctor. Lo dijo en el momento mismo de titularse; como una muestra de que ahora su mente y su disposición pertenecían a la ciencia, no debería de pensar más en supercherías ni maniqueísmos que tanto daño de habían hecho.

Necesitaba un trago de agua, no podía operar así, pero tampoco podía retrasar la operación, por la memoria de sus padres y por el recuerdo de aquellos niños que tan profunda llaga habían incrustado en su memoria. "El putita", le decían. Ni sus libros o su mundo cosmopolita habían logrado apaciguar la herida que en estos momentos se revivía pululante, con pues ardiente que se escupía desde el fondo.

Decidió abrir. La operación fue todo un éxito. Los padres del chiquillo esperaban impacientes. El doctor como repetición de la mayoría de sus operaciones, comentó la buena nueva a los parientes.

Ciertamente, las operaciones de corazón no se efectuaban diario y no eran muchas, por ello cada vez que Rubén culminaba triunfante cada una de ellas, corría impaciente a su departamento, en donde Miguel ya había dispuesto el banquete para dos.

El departamento se encontraba en el último piso de un edificio de lujo; tenía en la parte de enfrente, una gran ventana que ocupaba toda una pared, desde donde se vislumbraba gran parte de la ciudad, grandes cojines cafés la hacían a veces de sala, colocados alrededor de una mesita que se adornaba con una copia del hermosos David de Miguel Angel, "el cuerpo perfecto, igual al tuyo" atinó a decir alguna vez Miguel.

El comedor había sido diseñado por Miguel, unas enormes nalgas formaban la mesa con un cristal encima para facilitar la estabilidad de las viandas. Las sillas tenían de respaldo enormes penes y de asientos testículos de igual magnitud. No por lo anterior pareciese que el departamento estaba arreglado con mal gusto, por el contrario, todo perfumaba arte, desde los cuadros que vislumbraban temores y sueños no realizados de Miguel, hasta la cafetera plástica de Rubén con capacidad para una sola taza.

El champagne esperaba frío junto al David, el pan negro y los filetes de salmón, el sushi y el caviar descansaban en la cocina. Miguel, por el contrario, esperaba en su habitual pose parecida a una odalisca, aunque ahora, cubría su cuerpo con un pequeño moño negro en el cuello y un diminuto pantaloncillo negro: quería lucir como un ¿sexo-sirviente?

Rubén ya en su consultorio, prendió un aparato de sonido para escuchar Réquiem de Mozart, así se sentía... muerto. Se recostó sobre el sofá, apagó las luces dejando apenas una pequeña lámpara encendida y cerró los ojos.

Miguel empezó a preocuparse, habían pasado más de siete horas, pensó que quizá la operación había tenido alguna complicación, así que llamó al hospital. El asistente le confirmó la buena nueva; confuso pidió entonces, que transfirieran su llamada al consultorio de Rubén. Mientras esperaba se preguntaba que pasaba con la actitud de su pareja, desde siempre habían compartido todo. Rubén había sido muy específico en ese sentido, demostraba que para él no había cosa más importante que el amor que sentían el uno por el otro; por lo que después de cada operación, sea cual fuere el resultado, Rubén telefoneaba para contárselo, para que fuera el primero en saberlo; pero esta vez había sido diferente.

El sonido del teléfono lo despertó de sus cavilaciones, contestó. Era Miguel afligido por su tardanza. "No te preocupes, amor, voy para allá", dijo y colgó.

Miguel, que ya había perdido la compostura de divo de Jean-Auguste-Dominique Ingres se levantó a poner un poco de música, se decidió por un armónico y sensual blues. Inmediatamente después, corrió a la recámara y tras llenar el jacuzzi puso un poco más de su excitante perfume en el ambiente. "Todo está listo", se dijo para sí mismo, al tiempo que acomodaba su ceja frente al espejo.

La perilla de la puerta de entrada giró y presto apareció Rubén agitado, buscando con gritos a Miguel, que lo esperaba en su acostumbrada pose, recostado sobre la cama de cuarto.

Tengo la solución de mi vida, gritó Rubén, sorprendiendo al odalístico jovencito.

Rubén, te he estado esperando y créeme que estoy impaciente, así que la cena tendrá que reponernos las fuerzas, porque estoy encendido.

Pero Micky, ¿no entiendes? Sé que es lo que he estado buscando, lo que definitivamente hará de mi vida un deleite.

¿De qué hablas? Te he estado esperando toda la tarde impaciente y tú ni siquiera me llamaste para contarme lo de el resultado, nunca había sido así Rubén, ¿qué te pasa?

Hoy me di cuenta que lo que siempre he anhelado es demostrarle al mundo que un "putita" puede más que toda esa bola de cabrones, hijos de puta que nada más por meterla en una vagina creen que son más hombres.

Eso ya lo habíamos hablado, y también te había dicho que lo demuestras a diario, en el consultorio, con tus pacientes, en el quirófano... entre mis nalgas... no se te antojaría.

Sí Miguel, pero de manera consciente o inconsciente no he podido olvidar todos los malos ratos que pasé en mi infancia y juventud por ser como soy. Nunca tuve amigos y los pocos compañeros que tenía eran fugaces, se iban con el fin de las vacaciones de verano o con los miedos de sus madres que temían que los contagiara. Incluso más adelante, en la facultad, me veía obligado actuar como extasiado al tocar senos de putas en las fiestas semestrales. Y tragarme, tragarme tanta rabia por no haber sabido defender a mi madre de las lenguas feroces de las vecinas.

Pero eso ya pasó amor, ven, siéntate aquí junto a mi. Entiendo que tu has sufrido más que yo, por eso te amo, te amo y te deseo tanto, día a día con más pasión. Dime, ¿qué es eso que te haría tan feliz?, me gustaría compartirlo todo contigo.

¡Un hijo!

¿Un hijo?, ¿pero de dónde?, ¿de quien?

Podemos adoptar uno, lo más importante es que estés de acuerdo conmigo y que compartas la idea

Bueno... si eso te place estoy de acuerdo, pero ¿qué te parece si hacemos lo que me place a mi?, ¿eh?, ¡mmm! He esperado impaciente... y lo que me place es... sencillamente servirte.

Dispuestos los dos hombres, con rápidos movimientos lograron despojarse de las ropas, intentando en un vaivén fusionarse en uno solo, montándose, buscando con cada empuje penetrar en lo más profundo. Tocar el centro, el punto exacto donde pueden guardarse las sensaciones, dentro, dentro, para que al sentirlo en placer sea inmenso. La odalisca y el David copularon hasta el amanecer.

A la mañana siguiente todo parecía distinto. Rubén se perfumó y arregló intentando tomar una actitud paternal en cada uno de sus actos, sabía que debía practicar. Miguel por el contrario, se mantenía un poco al margen, no se imaginaba como padre, pero entendía también que la decisión había sido tomada y que cuando Rubén decide algo, sobre todo con la fuerza que demostró la noche anterior debía acatarlo, no por sumisión, sino por amor, por ese amor que le había hecho permanecer fiel a su lado y que le haría buscar el niño ideal para su adopción.

De antemano sabía que la tarea era difícil, pero ya no había nada más que decir. Rubén lo dejó en una casa de asistencia para niños y marchó al hospital, no sin antes recordarle lo imprescindible de mantenerlo informado.

Las sospechas de Miguel resultaron fatalmente ciertas, e iban tomando más fuerza después de cada uno de los orfanatorios que visitaba. Advirtió triste, que jamás le darían en adopción un niño a una pareja de homosexuales.

Por la tarde llamó a Rubén y le contó lo sucedido. Tristes, intentaron entonces buscar otro tipo de soluciones. Una de ellas, era preñar a alguna mujer que pudiera venderles después el producto. Como eminencia en el hospital, el doctor tenía un salario más que decoroso y Miguel, había logrado ya, vender algunas de sus obras como artista: una escultura y varias pinturas. La solución pareció perfecta, porque el niño realmente tendría el germen de uno de los dos y legalmente tendría su apellido. Pero aún quedaban algunos cabos sueltos, ¿qué mujer en su desesperación vendería al hijo de sus entrañas y lo dejaría a merced de la homopareja? Y si ya hubieran encontrado a ese desdichado ser ¿quién sería el que fecundaría a la madre?

Para la segunda incógnita la respuesta estaba clara, Rubén era el indicado, el único de ambos que había sido obligado por las circunstancias a estar con una mujer, lo que garantizaba ya de antemano su estabilidad homosexual, es decir que no podría involucrar de ninguna manera un acto meramente fecundatorio con el posterior deseo por la madre y menos aún, con la idea de un amor que pudiera florecer.

En los días consecutivos el concepto de Rubén con respecto a las mujeres había cambiado, ahora trataba de penetrar a través de las pupilas hasta el fondo de sus neuronas, intentando adivinar en cada fémina el porcentaje de probabilidades para darse a la fecundación de su hijo. Por la calle, cada una de ellas dejaba de tener importancia humana, eran todas, entre 17 y 36 años, un campo dispuesto a la procreación, vaginas andantes que esperaban ansiosas la penetración de su miembro, para poder así, definir la idea aislada que se había formado de la concretización de su hijo.

Varios e infortunados fracasos con mujeres que se negaron a establecer contacto de ese tipo con la desesperada pareja los hizo pensar en pedir menos requisitos en las aspirantes. Al principio, debían ser mujeres totalmente sanas, con nulas o pocas enfermedades hereditarias, tener rasgos finos y hermosos, que hicieran del niño un Adonis. Incluso el tipo moral de vida de la madre debía de ser decoroso.

Miguel propuso en una ocasión procrear la hijo in vitro, lo que les ayudaría a corregir todos aquellos factores que les incomodaban de las mujeres, pero desde el principio Rubén se negó rotundamente, porque aunque era un gran hombre de ciencia, aún quedaban dentro reminiscencias de su vida campirana, disfrazándola de un querer que el niño fuera concebido con el mayor amor posible, evitando por supuesto la frialdad del laboratorio.

Los días transcurrieron y el deseo paternal de Rubén aumentaba. Pensaba en ello todo el tiempo, "¿cómo obtenerlo, ¿cómo obtenerlo?", palabras que revoloteaban constantes en su mente, en cada niño, en cada prenda, en el cereal de la mañana, en las noticias de los diarios, en cada consulta sobre todo con adultos, que indudablemente tenían hijos, convirtiéndose entonces la tenencia de éstos como el antecedente de cualquier diagnóstico clínico, mucho antes que los síntomas.

Miguel empezó poco a poco a resentir ese deseo incontrolable de Rubén, extrañando las salidas de diversión, las reuniones de amigos, todo iba centrado en una figura inexistente, en un algo que no existía y que sin embargo despertaba a Rubén por las noches agitado y le provocaba un estado de tensión y de angustia tan grande, que le fatigaba al extremo de reducir su actividad sexual de siete veces a la semana a cuatro en promedio al principio y a una ocasional al mes actualmente.

Se sentía relegado, obligado a lustrar un trofeo que no era el que le satisfacía. El quería a Rubén, sí, más que a nadie y esperaba, pero la situación lentamente le iba gastando las ganas de aguantar por un algo que le robaba más que su vida sexual, le robaba a Rubén mismo.

Por ello no es difícil comprender la infidelidad, el deseo incontrolable, saciado por otro y otro hombre. Las necesidades colmadas por amantes sin rostro, intensos y fugaces, sintiéndose extasiado en cada cita y día con día más sucio, culpable y desleal. Evitaba en la medida de lo posible, entrar en un contacto más íntimo, pero su inevitable experiencia de conquistador iba creciendo, lo que le incitaba a ir por retos más grandes, a conquistar no sólo el sexo fácil, sino al que no lo era, a parejas de amigos, a jóvenes en cafeterías, en bares, lo que indudablemente incluía una buena dosis de intimidación, aunque siempre al final regresara con Rubén, y evitara el crecimiento de las relaciones ocasionales.

La obsesión de sí mismo, le llevó a Rubén a tomar una decisión que había estado dando vueltas en su cabeza, una idea tan descabellada como real.

Sí Miguel, es la única solución, debo hacerlo.

Pero puedes perderlo todo, tu trabajo, tu reputación...

Te tendría a ti, y a mi hijo, trabajos existen muchos y diversos; además ya tomé la decisión, mi renuncia en el hospital ya está en proceso.

Es decir que ya no puedo hacerte cambiar de idea. ¿Te das cuenta?, en realidad estás consciente de lo que has hecho a nuestra relación, la has acabado Rubén, ni siquiera esperaste a que tomaramos la decisión juntos.

Por favor Miguel, no empieces, porque si a esas vamos, ¿crees que es muy fácil convivir con tus puterías? Ó ¿piensas que no me doy cuenta del olor a sexo impregnado en tu piel en las noches?

Vaya, eso sí que es novedad, yo pensé que lo único que veías eran hijos por todas partes, pero ya veo que te has bajado de tu ensueño para darte cuenta de lo que ocurre a tu alrededor.

Esta bien, no te estoy reclamando, no quiero que discutamos, sólo quiero tu apoyo en esto ¿sí?, después todo volverá a ser como antes, y mejor, porque ahora seremos una familia, podremos irnos a vivir a la parte del mundo que gustes, donde se te antoje.

Qué fácil te sales por la tangente y me ignoras.

No te ignoro Micky, al contrario, entiendo tus deseos y por el amor que te tengo logro perdonarlo, ¿o qué no te imaginas que para mi era aterrante que dejaras tu corazón en alguna cita y me olvidaras? Pero también entendí que yo no podía satisfacerte en ese momento y que debía liberarte, pero ahora todo será diferente, ¿lo entiendes, verdad?

Esta bien, te amo demasiado y no puedo perderte, espero que todo salga bien.

Y saldrá.

Planearon el robo perfecto, las vacaciones largas en el extranjero y la posterior presentación del niño con el apellido de ambos. Había tantos y tantos niños en los cuneros del hospital, que la falta de alguno no paralizaría al país.

Miguel siempre creyó prudente analizar los expedientes de cada uno, Rubén al contrario creyó que lo mejor era la improvisación, ya habían analizado demasiado, lo mejor era mirar a cada uno de los bebés y tomar el que le dictara el corazón y así lo hizo, tomó entre su brazos al de inquietos ojos negros descubridores.

Viajaron en avión ese mismo día, con el bebé en brazos, todo era felicidad, nadie los descubriría; registrarían al bebé con un tipo que ya habían contactado desde el departamento y que los estaría esperando en el aeropuerto.

Rubén era feliz, era inmensa y profundamente feliz, amaba cambiar los pañales, despertarse en las noches y Miguel lo sentía, sentía su cuerpo ardiente, más ardiente que nunca, más entregado y sensual, compartiendo la unicidad con él. Eran uno.

Noveno día. Eran como las doce de la noche. Uno sobre otro, sudorosos, amorosos, mirando ambos el reflejo de la Luna en el rostro del otro, pensando entonces que no había nada más que desear, nada más que pedir, se tenían a ellos, tenían al bebé. Estaban completos, habían penetrado más allá de lo imaginable, más allá de lo terrenal. Eran dioses, únicos con el placer del sexo, lo sentían, todo quedaba olvidado, nada importaba más que la tenue música silenciosa que escuchaban conectados al mismo universo, en el mismo espacio.

El suave rizo rubio de Miguel sobre la frente representaba más que la visión celestial, era Apolo, Apolo mismo fornicando a la luz de la Luna. Rubén lo sabía, y un pequeño escalofrío le recorrió la espalda, el temor de haberlo dejado libre, ésta reencarnación tan magnífica, pudiendo perderlo, se sintió confundido.

¿Por qué habiendo tenido todo en la palma de la mano había podido perder todo entre los dedos?, ¿por qué el recuerdo de las burlas y las risas infantiles le atormentaban tanto?, tanto, tanto, ¿incluso más que la muerte de su madre? Una muerte injusta. Su madre lo había amado mucho, a pesar de ser una mujer humilde que difícilmente reconocía las vocales de las consonantes, una madre que había soportado las burlas y las groserías de las vecinas, una madre que había dado la vida por su hijo. Un hijo que a sus veinte años había corrido de Tomás López, el agitador, había corrido en tacones altos por las calles empedradas de su pueblo hasta la casa de su madre. Un hombre que se había escondido bajo el colchón del cuarto. Un hombre que escuchaba aterrado las pedradas contra la casa, contra los vidrios. Un hombre que había escuchado claro el sonido hueco que mató de golpe toda pulsión viva en su madre. Se sintió mal. Corrió al baño y vomitó.

El teléfono inoportuno timbró insistente, Miguel levantó el auricular, era el director del hospital saludando y preguntando por su estancia, ¿pero qué no se daba cuenta de la diferencia de horas?, quizá allá serían las ocho de la noche, ¿pero aquí? La plática fue corta, pero llena de información. Colgó.

Rubén con el rostro enfermo entró de nuevo en el cuarto, quería contarle, decirle a Miguel lo mal que se sentía, lo culpable que era, contarlo por fin a alguien, pero esquivó la mirada, impidió una plática iniciando otra, quién era, qué quería la llamada telefónica.

Era el doctor Leoncio, llamó para saludar y contarnos lo sucedido en el hospital.

¿Qué pasó?

Robaron a un niño, hijo de gente de pocos recursos...

¿Y?, Miguel ¿qué más?, ¿nos descubrieron?

No te gustará saberlo.

¿Qué, por Dios qué?, dímelo.

El niño era producto de un parto difícil que mató a la madre al nacer y...

¿Y, qué?

Pues, el padre desconsolado al enterarse de que el niño había sido robado se enfureció y mató a dos enfermeras. Está prófugo, toda la policía lo busca.

¿Qué vamos a hacer? Dios mío, ¿qué hemos hecho? ¿Quiénes eran ellas?

No lo sé, el doctor no me lo dijo, ¿crees que sospeche algo?

¿Qué más te dijo?

No mucho más... ¡ah!, me dio el nombre del padre, un tal Tomás López.

Las últimas palabras se inyectaron en el cerebro de Rubén, en sus memorias, en su piel, como afiladas dagas. Su mano izquierda detuvo con firmeza la cabeza que se le iba del cuerpo, los ojos cerraron con fuerza evitando con ello descubrir la realidad, brotando entonces las lágrimas salvajes de los fantasmas ocultos. 

* Sensoescritora deambulando entre matices de razón y locura.

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