Cuento


UN INÚTIL CUENTO DEL HUBIERA


Rafael Mendoza Toro *

I

Pese al cercano fin del milenio, algunas rutinas se continuaban repitiendo como si tal cosa. Así, como todos los días, el sol había iniciado ya su cotidiano descenso hacia el ocaso; con todo y su deprimente recordatorio de la muerte; aunque también, en todo un ejercicio dialéctico, estaba señalando un camino, un rumbo para los espíritus mas necesitados de una guía. Para aquellos que tenían reloj y su tiempo y vida se regían por otros parámetros, rebasaban apenas las tres de la tarde y en las oficinas se iniciaba el movimiento y excitación de la hora de comer, haciendo planes para comer fuera y departir con los amigos o resignándose a llegar a casa y consumir la cotidiana sopa de pasta con que se combatía el hambre los cada vez más largos fines de quincena.

Al sur de la plaza mayor de la ciudad, a la salida de uno de los edificios que representan el poder y que por eso siempre están custodiados por policías, una pequeña multitud se arremolinaba a tu alrededor: secretarios, subsecretarios, asesores, consultores, ujieres, choferes, custodios, cortesanos, competían todos por recoger tus palabras y ganarse alguna de tus sonrisas; mejor que enamorados ante la presencia de su amada, bebían tus palabras y se deleitaban con ellas, tratando de recordarlas para la próxima. Dos años de vida y alguna mejora en tu sino no te habían cambiado mucho; se debía uno acercar mas de lo recomendable para notar alguna nueva arruga alrededor de tus ojos, y eso tan sólo en el eventual caso de que se tuvieran contabilizadas las anteriores; algún observador muy avezado hubiera podido señalar que tu risa no sonaba como antes y que, si bien no habías caído en la terrible tentación del "traje sastre", tus minifaldas debían ya descansar en algún lugar oscuro de tu closet.

En un momento dado, el rito de adoración llegó a su término y como si se hubiera dado alguna orden, se rompió la pequeña multitud que gravitaba a tu vera, como si repentinamente tu masa específica se viera disminuida y todos tus planetoides salieran disparados hacía el infinito. Acompañada, aparentemente de tan sólo un cortesano con quien departías animadamente, te disponías a rodear el pequeño jardín, ahora renovado por tus gestiones o como mejor muestra de que tus menores deseos se cumplían, para llegar al restaurante donde cumplirías un compromiso (comida incluida) que tan cotidianos se habían vuelto en los últimos tiempos. Las bancas del jardín, como siempre albergaban una pequeña multitud que te conocía y como mejor homenaje a tu posición, fingía no verte ahorrándote el molesto besamanos; todos menos un encorvado teporocho quién, en medio de su perpetua inconsciencia, irguiendo su cuerpo se levantó de las bancas y se dirigió hacía ti:

- Güerita, no me regala un pesito para curármela, ando bien prángana que hasta pena doy pero ora si ni para mi alipuz traigo; hágame fuerte mi niña que no siempre me vi así.

Tu primera impresión fue de terror ante el espantoso espectáculo que se presentaba ante ti: como un personaje escapado de un "freak show" la greña sucia casi le tapaba la cara, lo que pudiera considerarse misericordioso ante la mezcla de mugre, sangre y mocos que como una sola costra cubrían su faz; los harapos, en algún pasado muy remoto ropa de baja calidad, de obrero, ahora parecían mantenerse cohesionados tan solo por la mugre de años viviendo juntos; aunque todo eso parecía nada ante el terrible aroma que despedían al parejo, ropa y cuerpo, combinación de alcohol, sudor, orines y mierda concentrados en una vida. A punto estuviste de reaccionar con asco y casi olvidaste que había sido por ellos, por los olvidados del neoliberalismo que iniciaste esta nueva senda de tu vida, cuando brotando de la nada, como si no tuvieran existencia previa, aparecieron dos ángeles guaruras dispuestos a proteger tu integridad de la inminente agresión. Los más de 90 kilos y los años de entrenamiento especializado se aplicaron en exceso en la humanidad (para así llamarla) del teporocho, haciéndolo caer con una rápida sucesión de golpes, de esos que con el primero lo elevan y se repiten dos o tres más antes de tocar suelo. La multitud que antes fingía no verte, se hizo notar murmurando en voz lo suficientemente alta como para que pudieras escuchar un "déjenlo, pobre, si no le estaba faltando, sólo quería un peso para curársela, y para eso votamos si son todos iguales"

No era la primera vez que el exceso de celo de tus guardianes rebasa tu tolerancia y estabas más que dispuesta a corregir el error y de paso, anotar una anécdota mas en la leyenda de: "la güera es diferente" mostrándote amable con el borrachín y encomendando reprimenda pública a tus custodios; para lo cual te acercaste al caído, que como buen perro pavloviano intentaba cubrirse de los golpes que debieran seguir y que, con cara de "¿ora qué hice?" te contemplaba desde el piso cuando, desde el fondo de tu memoria, un pequeño susurro se convirtió en grito y terminó en alarido antes de que te dieras cuenta y que incluso tuvieras conciencia de ello. Nadie lo notó, ni un rasgo de tu cara se movió, no hubo ninguna palabra dicha fuera de lugar, ningún acto del que después arrepentirse; "alguien" tal vez te hubiera dicho que tu mirada se detuvo un instante en los ojos del teporocho y después se desvió y era ya distinta e incluso que tus labios se movieron imperceptiblemente, musitando un nombre.

La frase amable que pensaste murió en tus labios antes de articularla, las monedas con que compensarías los golpes nunca salieron de tu bolsa, las palabras fuertes que dirigirías a tus guardianes no tuvieron existencia, tan sólo pareció un pequeño incidente en camino a tu cita. Tu compostura, si acaso en algún momento fue vulnerada, se reconstruyó antes de que se notara alguna grieta o una mínima fisura.

- Más lo ha golpeado la vida - apuntó tu acompañante y tú reíste ante su ingenio.

Y tus guardianes soltaron un suspiro de alivio cuando esperaban la ya tan temida filípica recibida ante algún otro abuso y pensaron que tú, al contemplar la extrema degradación del teporocho, habías validado sus actos y compensarías su celo. Tan solo el murmullo popular volvió a marcar " vieron, le valió la madriza, ni por no dejar hizo como que los regañaba". Y el teporocho se levantó del suelo sin ayuda y sin siquiera recordar haber sido golpeado o por qué, tratando de buscar en alguna parte de su mente, una parte lo suficientemente indemne que le dijera quién era la güerita y por qué, de alguna manera, ésto debiera importarle.

Y en la comida desplegaste tus encantos como siempre y tu interlocutor ni siquiera notó que le estabas negando las prebendas que por tradición había recibido e incluso salió pensando en lo especial que eras y especulando por otro encuentro. Nadie podría notar ningún cambio en tu conducta.

Y regresaste a la oficina, y atendiste pendientes y urgentes, despachaste importantes asuntos, recibiste en acuerdo a tus colaboradores, cada uno de ellos con abultadas carteras indicando la relevancia de su encargo; y para todos tuviste una palabra amable y una indicación precisa; giraste instrucciones, revisaste avances, preparaste reportes, como siempre, inteligente y objetiva. Si acaso alguien supo del incidente de la plaza, no se volvió a mencionar, como si fuera ya un asunto olvidado. Y por supuesto en ningún momento lo trajiste a colación; salvo casi al final del día, cuando en ya tu último acuerdo con tu secretario, a quien considerabas casi tu amigo, estuviste a punto de hacer un comentario, intentar llevar la confianza un poco mas allá de lo estrictamente laboral. Mas el intento no paso de eso, y tus responsabilidades te dictaron tu comportamiento y te repetiste una y otra vez que ya había pasado el tiempo de esas acciones y pasiones y que acaso nunca sucedió nada y el teporocho no era más que eso, y siempre debió serlo.

Se acercaba ya la media noche cuando por fin pudiste llegar a tu casa. Tus hijas hacia buen rato descansaban, pensaste en entrar a darles un beso pero la conciencia de aroma del tabaco del que estabas impregnada te contuvo. Por enésima vez te repetiste que lo que contaba era el tiempo de calidad, que no necesariamente por el hecho de no verlas, ellas ignoraban el amor de su madre, te lo repetiste por milésima vez y cada vez lo creíste menos. Pensaste en revisar sus tareas y dejarles algún recadito, algo que les dijera que su madre piensa en ellas mientras compone el mundo y lo trata de hacer mejor para ellas; mas cuando buscabas las libretas, tratando de recordar cuáles eran, encontraste un dibujo de la menor, Laura: la mostraba a ella y a su hermana jugando con...  No podías ser tú, la figura regordeta y alta que sostenía la pelota era inconfundible; tal vez por fin habían encontrado a su nana Fain.

Te preparaste un tequila doble y te disponías a disfrutarlo cuando un ruido en el estudio te recordó que tu marido aun existía y veía televisión; de hecho lo hacía continuamente desde hacía tres días, el haber comprado la antena parabólica había sido el mayor acontecimiento de su vida. Haciendo memoria, hacía mas de tres semanas que no hablaban y para qué tratar de recordar otras cosas que ya tampoco hacían.

Mientras te quitabas el maquillaje, contemplabas tu facie en el espejo y tratabas de eliminar también otras huellas, aun mas profundas que las incipientes arrugas. Decidiste repetir la dosis de tequila en busca de un mayor descanso; mientras el licor mediaba el vaso recordaste una vieja compra que debiera estar en algún lugar de tu closet: dos frascos de barbitúricos adquiridos hace ya un tiempo ante una crisis casi olvidada. Los contemplaste durante unos instantes y te preguntase si todavía estarían en buen estado, no era cuestión de hacer el ridículo y terminar vomitando y con una horrenda gastritis mientras eras la comidilla del todo el pueblo. No había indicación de caducidad, así que confiando como siempre en la calidad de la casa Bayer empezaste a ingerirlos haciéndolos bajar con tragos de tequila. En el tiempo de la compra habías verificado que fuera dosis letal, supusiste que uno o dos kilos ganados en ese lapso no marcarían una diferencia significativa.

Te recostaste en tu cama y trataste de imaginar el revuelo del día siguiente: los encabezados de prensa, las esquelas de la sociedad, la multitud presentando sus respetos, pero sobre todo, la especulación acerca del motivo de tu acto. No pudiste menos de sonreír imaginándolos buscando algún acontecimiento trascendente que te llevara a tomar tal decisión, y sin que nunca ni de lejos sospecharan la relación con un encuentro más que fortuito. Casi en el momento de perder la conciencia te diste cuenta que, sin pensarlo te habías puesto un camisón transparente, bastante revelador, que haría que al día siguiente los agentes y empleados de la morgue echaran un último vistazo a tus encantos y tal vez uno terminara haciendo un mercado negro de tus últimas fotografías. Casi lamentaste no tener fuerzas para levantarte y ponerte algo más propio, más para un último viaje, tal vez ese de seda azul que esperabas estrenar cuando la ocasión lo ameritara…

II

El sol de las diez de la mañana caía a plomo sobre mi cara obligándome a buscar un mejor refugio. No era que el camellón no fuera cómodo, sino que los perros husmeando entre mis ropas se estaban tomado ya muchas libertades con mis partes, alguna vez llamadas nobles. Traté de sacudir la cabeza, buscando despejarme, tan sólo para descubrir que latía como si tuviera vida propia y amenazaba con desprenderse ante cualquier movimiento brusco, seguramente para buscar una mejor vida. Un intento por gritar espantando a los perros, hizo evidente que mi garganta estaba totalmente seca, brotando tan sólo algo parecido a un graznido, por supuesto que el escupir hubiera requerido una humedad que no estaba en mi cuerpo. Rutinariamente, hice una revisión de los segmentos de mi cuerpo, tratando de recordar cuáles aun funcionaban, tan sólo para encontrar dolores nuevos, que antes no tenía. Ésto, de alguna manera trajo los intentos de recuerdo de un encuentro, aunque sin precisar los detalles.

Busqué mis posesiones: la cobija descansaba bajo mí, tenía el mismo viejo olor y una nueva mancha, que agregaría otro aroma a los acumulados; la botella yacía poco más allá, por supuesto vacía por más que intentara extraer de ella alguna última gota; por unos momentos pensé en buscar un poco de agua para beber y tratar de asear un poco mi cara, pues las chinguiñas ya casi no me dejaban ver, incluso evalué el quitarme los zapatos y eliminar un poco de la mugre que los unía a mis pies, mas el lejano recuerdo de otro intento, cuando la piel salió junto con el zapato hizo contenerme de mis afanes;"la cáscara guarda al palo" siempre dijo mi abuelo y vivió hasta los… pues un chingo de años, demasiados para mi gusto.

Al intentar levantarme un dolor en la espalda detuvo mis iniciativas, ese definitivamente antes no estaba. Eso me hizo retomar al día anterior, algo había sucedido ayer que era importante y que de alguna manera, debía recordar. No, no era el hecho de haber sido golpeado, eso sucedía con frecuencia y apenas merecía recordatorio, salvo claro, cuando me rompían la botella y la depresión y el afán homicida compartían mi vida durante largos periodos. No, tal vez había alguna relación con la golpiza pero no era eso, si tan sólo pudiera recordar el qué. Todo era cuestión de concentrarme un rato.

Pero había mayores prioridades que el mero ejercicio intelectual, en principio era hora de talonear para echarle algo al buche y preocuparse por encontrar "la pacha nuestra de cada día". El sol apenas había salido, por tanto hacia allá quedaba la estación de ferrocarril y por esos rumbos siempre encontraba un taco o algo que comer de los contenedores de basura, poniéndome pues en camino. Alguno de los perros, por motivos del todo ignorados, asumía una cierta relación conmigo y decidió seguirme, no me quedaba claro si era por la tradicional fidelidad de los perros o porque esperaba ya muy pronto el festín con mis restos; magro festín seria ese, pero cada quien su esperanza y no sería yo quien la frustrara.

Habiendo saciado las funciones fisiológicas nuevamente el intento de recordar me atenazó; algo tenía que ver con los nuevos dolores que portaba, mas no podía discernir la relación. Tal vez era una cara que en los últimos días había rondado por mi mente pero a la cual no podía asignar ningún nombre y mucho menos ubicar cronológicamente. Si tan sólo por unos momentos pudiera cesar esta sed sempiterna y en vez, dedicar mis afanes a reconstruir mis recuerdos; pero había prioridades y era un hombre con una misión que no podía olvidar o pasar a segundo termino: había que terminar con el alcohol antes que él lo hiciera conmigo así que...

El sol estaba plenamente sobre mi cabeza e indicaba que era hora de empezar el viaje inicíatico de todos los días en busca de la nueva Cibola, del Santo Grial o de algo así, más o menos. Si tan sólo desapareciera, de una vez por todas, una cara que aparecía de vez en cuando y que intentaba sondear las partes mas profundas de mis recuerdos buscando una identificación positiva y una circunstancia. Pero ¡bastante tenía que hacer con mi vida para andar con esos impulsos intelectuales que nada bueno dejaban!.

Empecé a caminar siguiendo al sol, ¿de dónde vendría esa tonada que zumbaba en mi cabeza y decía "I follow the sun"? Bueno, persistían en mi mente rincones oscuros donde hacia rato no exploraba, de seguro en alguno de ellos encontraría respuesta, pero ¿qué era?. Después de un buen llegué a la plaza, desde lo alto de una columna el águila me contemplaba, hacía tiempo que no me hablaba pero bien que sabía que me conocía y que algún día en que yo no llegara, ésta iba a alzar el vuelo para buscarme, ¡¡me cai!!.

De uno de los edificios entraba y salía un friego de gente, más, mucho más de lo normal, además no era todavía la hora de salir, me parecía. Afuera se hacían grupitos que cuchicheaban, incluso sus risas se hacían entre dientes. Varios agitaban periódicos que con grandes letras anunciaban algo, lástima que ya había olvidado cómo leer, si no mi curiosidad se hubiera satisfecho de volada. Algo empezaba a caer en mis recuerdos: los golpes y dolores nuevos algo tenían que ver con el edificio del que salía la gente, de eso estaba seguro, entonces ¿la cara a la cual trataba de asignar nombre, tenia también que ver con ello?

La curiosidad pudo mas que el temor y el recuerdo de los golpes, y me fui acercando poco a poco, logrando asomarme al interior del edificio. En medio de un gran patio había una caja de muerto, como las de la funeraria pero más elegante; la gente hacía cola para acercarse y ver a quien quiera que estuviera dentro de ella, me pareció que debiera ser alguien importante para hacer cola sólo por eso, probablemente un familiar de todos ellos. El mismo movimiento de la gente me hizo incorporarme a la fila y avanzar poco a poco, acercándome hasta lo que contuviera el cajón.

Ya casi llegaba, faltaban bien poquitas personas para llegar cuando una gorda que iba junto a mí empezó a gritar, mientras me señalaba con el dedo, no sé qué decía que yo le había faltado, le había agarrado no se qué cosa o le había metido mano en su bolsa de mandado en busca de algo. A los gritos de la gorda se unieron los de otras personas de la fila, quienes me señalaban y gritaban otras acusaciones, sabrá Dios lo que había hecho. En pocos segundos se hizo un argüende y me empezaron a empujar y desde todas partes me cayeron golpes. Algo malo debía haber en ese edificio que me provocaba puros males, no me cabía duda.

Algún recuerdo llegó a mi mente cuando dos monotes llegaron y me levantaron en vilo y me sacaron del edificio arrojándome en medio de la plaza. Eran los mismos que el día anterior me habían golpeado, estaba seguro. Nunca olvido una patada. Me levanté buscando mi cobija que con los golpes había volado más lejos que yo y me dispuse a pasar al punto siguiente de mi agenda, ya que poco bueno podría sacar de mi curiosidad.

El sol estaba como debía, allá arriba y empezaba a acercarse a las torres de catedral. Era ya tiempo de continuar mi camino y seguir mi viaje; persiguiendo al sol como todos los días llegaría al jardín, donde desde siempre encontraría reposo, algún amigo y una pacha para compartir y hacer llevadera la vida. Me puse en marcha doblando mis triques sobre mi hombro, preguntándome incluso en esos momentos quien estaría en ese cajón de muerto, si ya nomás faltaban pocos pasos para llegar y pensaba que el Dios que protege a los teporochos debiera saber el por qué no pude saciar mi curiosidad. En fin, la vida continúa y por mientras la debía seguir rolando... <../../main/img SRC="image2.gif">

* Chilango, miembro de la generación del 68 aunque no haya hecho nada por probarlo. Anarquista de la variedad boca grande, durante un tiempo supo callar lo suficiente para recibir sus quincenas en la administracion publica con regular suerte. Productor y guionista de radio univeristaria, articulista de revistas regionales, actualmente comparte el subemepleo con la actividad politica dentro del PRD de Aguascalientes, donde espera pacientemente su plurinominal.

regresar a la primera página