Cuento


LA PROMESA


Paola Andrade *

Despertó agitada pero no abrió los ojos. Era aún de noche, lo sabía porque no sentía la luz atravesando sus párpados, además escuchaba el silencio profundo de la inactividad.

Apenas ayer habían enterrado a su abuelo... hace unas cuántas horas, dejó caer una carta y una rosa en señal de despedida, justo antes de que dieran la primer palada. Lágrimas escritas del adiós.

El tenebroso misterio nocturno se colaba por su ventana, la invadía, sin precisar ciertamente por qué. Nunca lo había sentido así, tan de cerca, tan imponente. Se vanagloriaba de ser una mujer fuerte y decidida, una mujer que enfrentaba los temores, y que se burlaba de los cuentos de espantos que se contaban en las veladas familiares; pero ahora, con la sensación de sudor impregnándose en su pijama, y de la terrible angustia que le impedía abrir los ojos, se daba cuenta de su debilidad.

El instinto mas no la razón, le dijo que si sus párpados cedían y permitían a sus ojos mirar, verían algo monstruoso, fuera de toda razón humana. Un impacto tan fuerte, que le paralizaría el corazón, y con ello, toda vida dentro del cuerpo. No podía abrir los ojos y se cubrió con las cobijas.

Trató de recordar el sueño, quizá ahí viviera la razón de su despertar --raro en ella-- a mitad de la noche. Intentó inútilmente recrear el sueño: no recordaba nada. O quizá aquello, afuera, que la esperaba, la inquietaba dejándola sin concentración. De cualquier manera, la idea de que lo que sentía era un sueño, ya era una idea absurda dentro de la irrealidad que vivía.

Transcurrieron lentos... cinco... temblorosos... minutos, y la angustia de puntillas tambaleante mareaba al filo del abismo inhumano. Fría sensación de muerte próxima, de que pronto los secretos infinitos le serán revelados. Estaba entonces sola, teniendo únicamente el cuerpo para poder defenderse, ese que sufría bajo las sábanas, que se asfixiaba con el penetrante olor que no procedía de ella, ni de nada que perteneciera a su cuarto.

La respuesta llegó fulminante a su mente, como si ese algo frente a su cama estuviera cansado de esperar, y le hubiese, de la nada, dado la respuesta.

Recordó una de las tantas pláticas que había tenido con su abuelo. Era una tarde lluviosa de agosto, en la que jugaban a los naipes, tratando de hacerlo una costumbre después de comer. Sólo ellos dos. La abuela, distraída recogía los trastes de la comida, a pesar de que en la charla de sobremesa, se habían enfrascado en la interrogante universal: ¿Qué existe después de la muerte?

Hablaron de miles de casos de los que se habían enterado de oídas, y de algunos reportajes de televisión tratándolos como anécdotas, intentando siempre llevar el nivel de la plática, más allá de la irrealidad metafísica; pero no lograron encontrar nada. Finalizando entonces el tema, hicieron un pacto, decidieron que el primero que muriera, si le era posible, viniera del más allá a contar al otro lo que allá ocurría. Lo juraron, solemne pacto de regresar y narrarlo.

Era él, el que había regresado a mostrarle, a adentrarla en los abismos recónditos de la inaccesibilidad consciente, humana y mortal. La angustia y el temor se consumían en la encrucijada hacia lo desconocido. Ella sabía, en lo profundo de su ser, que como buen jugador, su abuelo regresaba para cumplirle la promesa. Ella se lo había pedido, le dio el permiso de escucharlo. En un arranque de notable inmadurez, le exigió incluso, --siendo consciente de las probabilidades de vida de ambos-- que cuando llegase el momento, el que muriera primero lo contaría al otro.

Lo conocía, sabía que no le haría daño. ¿Pero cómo puede alguien justificar que la mente no cambia en el trayecto?, que su abuelo seguía siendo el mismo cariñoso compañero. Tenía miedo, miedo de que su humano corazón y su mente no aguantarán las verdades de las que pudiera enterarse. No soportó la idea de entender algo que por los siglos ha estado velado. Y que siguiera velado al tener que entregar su alma para perpetuar la incógnita.

Las lágrimas comenzaron a sucederse una tras otra, como cuando el sentimiento es muy intenso y nuestro cuerpo necesita descargarlo. Pero las gruesas gotas saladas, pronto en mar profundo se transformaron. En un llanto culpable por haber faltado a la promesa, por saber que él estaba ahí, y que únicamente tenía que abrir los ojos.

Cruel y culpable. Idiota al saber que sería la última vez que podría verlo. Insegura al sentir que su cuerpo y su razón se desgarrarían en el contacto. Por ello, entre las agolpadas lágrimas rogó por una disculpa, una súplica de niña temerosa, pidiendo perdón desde lo más profundo de su corazón al abuelo, llorando... llorándole.

Al fin, la angustia disminuyó, desaceleró el abrupto golpeteo del corazón contra su pecho permitiéndole así, abrir los ojos. Vislumbró los bultos y sombras conocidos de su habitación, sintiendo entonces, una pena enorme por su mortal y ahora, solitaria existencia. 

* Sensoescritora deambulando entre matices de razón y locura.

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