Cuento
VIAJANDO EN SEMANA SANTA
Rafael Mendoza Toro *
¿Semana santa? ¡Mis destos pos que! ¿Semana santa? ¿Pos de onde? Cuál semana santa si nomás es un puro despelote y ya ni la hacen, disque muy católicos y mucha iglesia y golpes de pecho y la verdad son puros cabrones, nomás buenos para ver a quién se friegan y ora sí: ¡jeringa, jeringa; el que se apendeja se chinga!
Yo la verdad, casi no sé de eso. Allá, hace un friego de años, cuando apenas era un niño me mandaba mi abuela a la iglesia, pero de por sí soy duro de entendederas y de pilón el pinche curita, con perdón de usted, nomás estaba viendo a quién se fregaba y disque con el pretexto de explicarnos cómo eran los pecados de la carne, a los más grandecitos les agarraba su… pos eso, y luego los metía a la sacristía y hacían unos desfiguros que algunos papás se empezaron a quejar y las beatas decían que no, que el señor cura era un santo y los papás que no, que era un cabrón. Eran los tiempos de Cárdenas, el mero general, y en las escuelas nos decían que la religión nomás era para apandejarnos más, y en las casas las viejas ya no nos querían mandar a la escuela y total, en medio de ese argüende ni fui a la escuela ni le entendí a la iglesia. Será por eso que ora soy un ignorante y no creo en nada, será por eso.
Me acuerdo que la semana santa es cuando mataron a Jesús, eso sí, por acá, en Azcapotzalco donde siempre he vivido hacen unas fiestas bien bonitas, y salen en peregrinaciones con el Cristo y hacen todos como que les preocupa mucho, pero ni madres, un friego de gente luego luego sale a pasear y los demás aunque anden en la bola nomás están cotorreando y pensado en otras cosas.
Si señor, soy chintololo y a mucha honra, siempre he vivido por acá, en Azcapotzalco, alguna vez cuando era joven le busqué a la vida por otras partes pero siempre volví a mi rumbo, a mi pueblo pa qué mas que la verdad. Ya tengo pues un friego de años, no le digo que fui a la escuela cuando el general Cárdenas era presidente, entonces Azcapotzalco era un pueblito, lejos que quedaba la ciudad; acá, por el jardín llegaban los tranvías y cuando había que ir al centro la gente se preparaba con tiempo, arreglaba su mejor ropa y las viejitas, como se mareaban en el tranvía, se iban sin almorzar para no vomitar y los niños se les recomendaba que no se soltaran de la mano porque se perdían o se los llevaban los robachicos, o... No, antes era distinto, ora nomás puras peseras y los camiones y el metro y la gente sale corriendo en la mañana a trabajar y va bien lejos a buscar la vida, antes no era así.
Me acuerdo bien de cuando llegó el metro, ¡era todo un paseo el subirse en esa cosa! Ibamos hasta la calzada Tacuba para tomarlo y todos limpios y serios y estirados íbamos poniendo atención en qué estación pasábamos porque daban bien poquitos segundos para bajar y si se pasaba uno, pos ni modo de pedirle la parada al chofer. A mí no me llama mucho la atención el metro ese, sobre todo ahora, cuando los apretujones no dejan ni respirar y mucha gente se ha muerto porque la avientan a las vías o cuando chocan, yo no iría diario a trabajar en metro.
Gracias a Dios mis padres me dejaron esta casita, que era nomás un jacal de los de antes, ya después con el tiempo le pude ir echando material para que durara. Eso me ha arraigado más a mi pueblo, además, aquí me conocen, o me conocían porque ahora ya hay tanta gente que vaya uno a saber de qué familia son o de dónde vienen, porque sabe usted, ha llegado mucha gente mala a Azcapotzalco. No le diré que la gente de por aquí no es cabrona, pero no tanto, al menos respetaban y si habían rateros no mataban nomás porque si, como ahora. Yo como no fui a la escuela me enseñé sólo a albañil, no muy bueno pero sí media cuchara y con eso me defendí muchos años. Algunas veces salí lejos a buscar trabajo, pero casi siempre le busqué a la vida por acá, por mi barrio.
Ahora ya casi no trabajo en la obra, estoy viejo y casi ni fuerza tengo, además que el pulque me pone medio tembloroso y nadie quiere arriesgarse a que me caiga y me mate y los meta en un problema. Ahora le busco arrejuntando papel, cartón, aluminio, metal y esas cosas de la basura, aunque no gano mucho, como tengo ya mi casa segura más o menos la voy pasando.
Sí me casé, ya hace un friego de eso, mi esposa ya murió y los hijos me salieron bien cabrones, hace tiempo que no los veo, los tuve que correr de la casa porque si no, hasta eso me hubieran quitado y ora andaría bien prangana durmiendo en los quicios de las puertas como esa pobre gente. Más o menos la voy pasando, lo que gano vendiendo papel me alcanza para el chivo y mis alipuces que no son diario pero sí seguido, puro pulquito del bueno, nunca me ha gustado la cerveza y menos esos tanguarnices que son pura química y la gente hasta se muere, ¿qué no oyó lo de los que se murieron por allá, por Cuauhtla? También me doy mis gustos de vez en cuando, todo es cuestión de saberse administrar. ¡Hasta salí de paseo en la semana santa de hace un año! Pa´qué más.
Como le he dicho, me gusta mi pueblo y eso de andar pa´arriba y pa´abajo no es para mí, pero un compadre me había platicado un chorro de cosas de la pachanga de semana santa allá en Iztapalapa que me animé a dar una vuelta un viernes santo. Y si es pecado pasear en semana santa, como dice una viejita que vende hojas, en el pecado llevé la penitencia, ¡me cae!. Ya desde la salida empezaron los problemas, alguna vez, hace un tiempo los policías me bajaron del metro dizque porque iba en estado burro, y sí iba, pero también un friego de gente y a esa no le decían nada, nomás al jodido les gusta joder más, como iba todo chamagoso, con la ropa de la obra, se les hizo fácil agarrarme a fregadazos y bajarme en una estación. Por eso, me dije, como te ven te tratan y me cambié de camisa y playera, pero como la costra de mugre estaba ya dura, ni modo de ponerme ropa limpia así nomás, me tuve que bañar a cubetazo y para calentar el agua tuve que quemar una poca de leña que iba a vender y eso ya me hizo pensar que empezaba mal el paseo y ya no me latía tanto el salir, pero como ya me había bañado, pos ni modo que lo desperdiciara.
El metro no iba muy lleno, eso si, muchos macuarros, albañiles oaxaquitos con sus lentes oscuros y oliendo a un friego de brillantina, ¡se sentían los muy muy! Bola de naquitos, no sé porque no se quedan en sus pueblos y no vienen a quitarle el trabajo a la gente de la ciudad, si de por sí no hay chamba, de onde va a salir para tanta gente que nomás porque sí piensa que la va a hacer. También iban un resto de criadas, las gatúbelas con sus mejores trapos nomás coqueteándole a los albañiles, y luego se quejan de que las dejan panzonas y luego nunca vuelven a ver al macuarro, si ellas bien que se lo buscaron. A veces, se ponen a platicar entre ellos en lengua, la de su pueblo allá en Oaxaca y nomás se ríen y ven a la gente y se ríen más. Eso me da mucho coraje porque quién sabe que estarán diciendo y se pueden estar burlando de la gente de bien, que les dé la mano y esos indios cabrones pueden estar hablando de robar y ni quien lo sepa.
Me sentía bien incomodo entre tanta gente y ya no veía la hora en que por fin llegara pero eso también se me dificultó mucho. Me habían dicho que ya llegaba el metro hasta la mera Iztapalapa pero nadie me sabía dar razón de cómo llegar. Le pregunté a un policía pero como si le hablara a una pared, ni me peló; le tuve que preguntar a los macuarros que iban en el vagón pero nomás se reían entre ellos y como que se burlaban de mi porque estaba viejo y no sabía andar bien en metro, les tuve que mentar la madre y bajarme del tren y empecé a buscar cómo llegar.
Al fin, también hay gente amable, una señora me pudo orientar mejor, me dijo que me bajara quién sabe dónde y transbordara hacia quién sabe quién y que me fijara en los nombres de las estaciones. Pos sí lo hizo de buena voluntad, no hay duda, lo malo fue que como apenas y se leer se me dificultaba mucho saber onde andaba y de igual forma me pasé toda la mañana dando vueltas en el metro. No supe ni cómo, pero en una de esas oí que unas gatas hablaban de la pasión de Iztapalapa y me propuse seguirlas, quien quite y fueran para allá y le atiné, eran casi las dos cuando llegué por fin al mero centro de Indiapalapa.
Pinche fiestesota que tenían, me cae. Allá en Azcapotzalco, la verdad, adornan la iglesia y se ponen vendedores y va mucha gente, pero pa´fiesta la de la indiada de Iztapalapa, todavía es fiesta de antes, de cuando no había crisis. El jardín estaba hasta la madre de gente, había caballitos y rueda de la fortuna y un resto de vendedores, de elotes, de gorditas, de algodones, de pan de fiesta. Un friego de raza estaba chupando con fe a las caguamas; ¡pinchi indiada fea! prietos y panzones, nomás les escurría la cerveza por la barrigota. Con el solecito me estaba empezando a entrar la sed y me puse a pensar en buscar un toreo, porque no me gusta mucho la cerveza y las pulcatas casi siempre cierran en semana santa, cuando al final de la calle vi un alboroto, como si se estuvieran peleando y me acerqué a echar un ojo.
Malos que son los indios de por allá: entre como veinte cabrones le estaban poniendo una madriza a un pobre chavito, todo enclenque y melenudo, como estudiante. Pero gente de mala entraña, me cae, nadie se metía a siquiera parar la bronca y el chavito ya ni las manos metía y tenía la carátula ensangrentada y de pilón iba cargando una viga que apenas podía y un friego de gente que veía la bronca y nadie decía "ahí muere". Unas señoras como que eran familiares del chavo porque lloraban y ponían cara de aflicción pero no se metían, y bien gordotas que se veían, si hubieran querido fácil entre todas hubieran madreado a los montoneros. Pero gente de mala entraña, me cae, a la mayoría le valía, comían sus elotes y tortas y platicaban y se tomaban sus chescos y algunos hasta sus chelas y nomás veían pero no había quién hiciera el paro. Yo la verdad, nunca he sido broncudo, algunas veces ya con los tragos me rompí el hocico con alguno, pero para los trompones no me animó mucho, sobre todo a mi edad. Pero esa vez, me enchile de veras, cómo era posible que todos vieran a los montoneros y nadie dijera nada. ¡Pinche gente!
Empecé a gritar que ya lo dejaran, que fueran hombres y si era mucho su coraje con el chavo, que le entraran de uno en uno, pero no en montón. La gente empezó a voltear a verme y se reía o me empezaban a gritar que estaba loco, pero eso nomás me encabronaba más. Y los cabrones le seguían pegando al chavo, quien se había caído con su vigota y parecía que ya no podía ni levantarse. Había un gordo, vestido muy raro con uno como short y un casco de cartón que era el mas manchado, no sólo le daba con más saña sino que mandaba a los otros a que le siguieran pegando. Como le dije, no soy gente de pleito pero esa vez sí sentí que debía hacer algo y no permitir que impunemente mataran a quien nada les hacía.
A unos gandallas que llevaban unas caguamas pal calor, les arrebaté una botella y me acerqué al gordo y se la sorrajé con todas mis fuerzas en la cabeza ¡sonó como calabaza! Ahí si se armo la pelotera, la gente que nomás estaba viendo ora sí se animó a meterse y empezaron a darse de cabronazos entre todos y las ñoras gritaban y también pegaban y los montoneros ya no sabían ni con quién perdían y se metió la policía que nomás había estado viendo y los golpes se pusieron de a peso.
Aprovechando el desmadre, me acerque al chavo, quien ya estaba bien apendejado de tanto cabronazo, ya ni se movía ni pensaba en escapar. Pobre, estaba madreadísmo, le habían reventado el hocico y nomás por pura maldad hasta le habían clavado unas espinas en la cabeza, ¡lo habían dejado como a un Cristo! ¡Pinches indios ojetes!. Como pude lo levanté y lo saqué del borlote, estaba ya tan pendejo con la golpiza que no se quería dejar llevar, pero igual lo arrastré y me lo fui llevando por una calle que subía al cerro.
Atrás nomás se oían los gritos de la gente y las sirenas de las patrullas y yo, en chinga subiendo por el terregal buscando en dónde esconderlo. No creo mucho en esas cosas de la iglesia, como le dije, pero me cae que a veces sí hay milagros y diosito lo mira a uno y le echa la mano. No sabía ni qué hacer y me estaba empezando a arrepentir de haberme metido de redentor cuando, de repente, en un zaguán aparece un toreo. ¡Rete bonito que se me hizo, verdad de dios! Antes, cuando en mi pueblo no había tanta gente, las pulquerías era las meras efectivas, la gente no conocía de otra cosa; para comer mi jefecito me mandaba por un litro de blanco, y ahí iba yo, bien escuincle corriendo hasta la pulcata y me metía en el apartado de señoras y me despachaban mi litrote y ya de regreso, pues no me aguantaba las ganas y le daba un trago, chiquito, no fuera que mi jefe se diera cuenta y bien rico que me sabía, puro tlachicotón de Apam.
Ahora ya casi no hay, puras cantinas y vinaterías y la gente piensa que el pulque nomás es para albañiles y nadie se anima a tomar o a invitar en la comida; será también por eso que cada día está mas feo y aguado. ¡Pero ese toreo! Me cae que me pareció de antes: era un zaguán abierto, adentro luego luego se veía a la gente entrándole al neutle, el patio era de tierra bien barrido y regado para que no se hiciera polvo y refrescara un poco, había como tres barricotas y muchos vitrioleros con los curados, me cae que se me nubló la vista del gusto y sentí que era un milagro por mi buena acción.
A estas alturas el chavo ya ni protestaba y nomás se dejaba llevar, no podía correr muy bien por la madriza y por los huaraches que usaba, me late que era maricón y que por eso le pegaban, pero yo no soy para juzgar a nadie. Nos metimos al toreo y los clientes apenas y nos pelaron, casi todos ya estaban bien burros y con trabajos sabían cómo se llamaban. Para reponer fuerza me pedí dos tornillos de campechano de curado de tomate; ¡me supo a gloria!. Al principio el chavo como que no le quería entrar, ya se había despejado un poquito, pero todavía le duraba el espanto. Casi a fuerzas le eché el primer litro, tenía los labios bien secos y blancos y se veía todo amarillo de la bilis del susto, pero con el curado de tomate luego le volvió la sangre. ¡si por eso los aztecas eran tan fregones! Nada de andar tomando cochinadas, puro néctar de las verdes matas, el tlachique de la reina Xochitl. ¡Quién se les ponía así!
Para asentar mano me pedí una cubeta y dos vasos y apuramos el paso para alcanzar a los compañeros que ya dormían en la sombrita. Con los vasos el chavo ya se empezó a alivianar y me empezó a explicar no se qué de las tradiciones y que eso no le gustaba pero como en su familia le habían insistido mucho y hasta los vecinos opinaban que se metiera, se había animado pero que estaba arrepentido. No me gusta dar consejos, no le digo que mis hijos me salieron de la chingada y ni me oían, pero me sentía en confianza y, pos la verdad, si no le gustaba eso de andar de maricón estaba muy mal que la familia y los vecinos fueran quienes lo habían sonsacado y le estaba diciendo que no fuera tonto, que si no le gustaba, pos no andara, pero que si le gustaba pos que al menos no anduviera por la calle con los pelos de vieja y las naguotas que ni soldadera, que le costaba ser discreto...
En esas andamos y ya me iba a pedir otra cubeta o ya entrado en gastos, un camión y le había pedido a la fritanguera unos tlacoyos de haba para la papa cuando, como madrazo, entraron los de la bronca. Y si en la primera salí bien librado, en está pague hasta lo que no había hecho. Todos hicieron bolita en contra mía, hasta las ñoras que lloraban y que pensé eran de la familia del chavo entraron echando golpes y arañazos y gritándome que era un sacrilegio y un hereje y no se qué cosas más. El gordo del botellazo, que pensé había matado, llegó todo vendado y era quien con más ganas me pegaba y todos lo montoneros se juntaron contra mí. Lo peor es que el chavo, por quien me había arriesgado y salvado, no dijo ni está boca es mía ni se metió en la bronca. Nomás se quedó como el chinito, milando. Y toda la gente me pegaba y me gritaba y casi deseaba que llegara la patrulla para quitármelos de encima aunque me llevaran después a la delegación por quién sabe qué cosas.
Pero lo que les corría prisa era llevarse al chavo, luego lo agarraron y se lo llevaron casi corriendo; como será la gente, ¡ni siquiera se defendió ni hizo como que corría! ¡Para eso se mete uno de redentor!
De lejos vi cómo lo rodeaban y volvían a pegarle, pero me dije: el que por su gusto es buey, hasta la coyunda lame, y ya nunca me iba a meter a redentor para salir crucificado y menos entre estos indios jijos de la fregada. Si quería ser maricón y que le pegaran, muy su gusto, no sería yo quien lo defendiera. Bastantes problemas tenía en el toreo porque con el desmadre se rompió un vitriolero y querían que lo pagara y yo diciendo que pagaba lo que me había tomado, pero que lo roto se lo cobraran a los cabrones que se habían metido pero no hubo razón que valiera: mis pocos centavos quedaron ahí.
Es por eso que le digo que no me gusta salir de vacaciones en semana santa. Con esas experiencias ni quien se anime. Ya en la tarde, todo golpeado y casi sin lana, regresaba a pie a buscar la estación del metro cuando, allá arriba en el cerro, vi como estaban crucificando al chavo, ¡eso ya se pasaba, me cae! Cabrón como soy, me acerqué a ver y desde una loma, juntando valor y echando los pulmones, les grite:
- ¡¡¡¡¡Chinguen a su madre bola de cabrones,
moocos bueyes!!!!!
* Chilango, miembro de la generación del 68 aunque no haya hecho nada por probarlo. Anarquista de la variedad boca grande, durante un tiempo supo callar lo suficiente para recibir sus quincenas en la administracion publica con regular suerte. Productor y guionista de radio univeristaria, articulista de revistas regionales, actualmente comparte el subemepleo con la actividad politica dentro del PRD de Aguascalientes, donde espera pacientemente su plurinominal.