Cuento


ASÍ FUE MI NIÑEZ


Daniel Huicochea *

La mañana es hermosa.

El día de hoy me parece tan distinto a los otros que he vivido y me siento tan contento, a grado que no logro entender la causa de la alegría que me invade.

- Esto fue lo primero que pasó por mi mente en los primeros minutos de la mañana del sábado treinta de abril en aquel año. Y para festejarlo, yo y todos mis amigos de la escuela, iríamos nada más y nada menos que a la Montaña rusa.

Mi mamá parece no haberse dado cuenta de lo grandioso que es este día para mí.

Tomo mi leche con tanta prisa, que casi no recuerdo el asco que me causa la leche caliente por las mañanas. Quisiera dar el resto de mi desayuno a Cachito, el perro, con tal de llegar lo antes posible a donde nos va a recoger el autobús. Sólo que mi mami no me quita los ojos de encima. Ella es muy hermosa y el día de hoy la veo más bonita que nunca, sobre todo al mirarme con sus ojitos tan lindos. Pero ni su belleza, ni los huevos con jamón, que tanto me gustan, logran hacerme olvidar las ganas que tengo de subirme a la montaña rusa.

En el auto me ha repetido, por no sé cuantas veces, que me debo cuidar mucho, que no permita acercárseme a nadie, no comprar golosinas y lo más aburrido: no sacar la cabeza del camión y no escupir estando arriba de los juegos -cosa que me encanta hacer en todas partes-, además de no alejarme de mis compañeros y maestros. Eso me parece tonto, mejor dicho, ellos me parecen tontos; pero intentaré seguir alguna de las instrucciones.

Ahora que hemos llegado al sitio donde nos recogerán para irnos estoy más impaciente que antes, cómo quisiera ya estar allá, subido en la montaña rusa y desde la parte más alta gritar lo feliz que me siento y desde allí mismo escupir a todos, sí, a todos, porque ese es el lugar más alto del mundo y yo voy a estar allí, casi en el cielo.

La espera se me hace interminable. ¡Las maestras no paran de platicar entre ellas y sin ponernos atención! ¡Ojalá que así fueran en la escuela! Una niña dice que hasta arribota de la columna de piedra, enfrente de donde estamos, hay un ángel y que es de la independencia.

Pero otro niño dice que ese ángel no es de verdad pues su papá le dijo que en un temblor se vino abajo y ni siquiera movió las chicas alotas que tiene.

Estoy aburrido de esperar al autobús. Con la paciencia colmada y sin ganas de escuchar cosas sobre ángeles independientes, me pongo a mirar a mi alrededor y veo a un señor de aspecto extravagante que se arrodilla frente a una estatua que está aquí junto a nosotros, se santigua y hace como que le reza. Después se levantó y con una gran sonrisa cruzó la calle e hizo lo mismo con la estatua de enfrente. Y luego de mirarlo correr de estatua en estatua durante un rato lo pierdo de vista. No sé cuanto tiempo ha pasado, pero yo me muero de aburrimiento.

La mañana ya no parece tan hermosa.

Ver pasar los coches no tiene nada de interesante. Jugar a los encantados tampoco y mucho menos mirar a maestros y maestras regañando niños. Quisiera regresarme a casa y allí jugar con mi perro. ¡Ya sé! Me voy a subir a la barda de piedra para ver el camión antes que todos los demás cuando llegue.

- Recuerdo perfectamente la glorieta del ángel en Reforma: bancas semicirculares de cantera gris, construidas al pie de una barda de casi tres metros de altura; pequeños pilares separados entre sí por algunos centímetros -separación en que caben perfectamente los pies de un niño- y rematados por una baranda semicircular que en cada uno de sus extremos ostenta un macetón de piedra en el que no hay planta alguna -sólo basura.

Trepo a la parte más alta de la barda y de allí todo se ve diferente, las maestras, los niños, los coches. Veo un pájaro que está posado en el macetón, quiero atraparlo, voy a atraparlo y vuela el pájaro, y yo, a punto de caer me abrazo al macetón. Vuelo por el aire. Quizá esta sea la mejor sensación experimentada en mi vida, volar, sentirme libre, es mejor que gritar y correr hacia donde uno quiera; no hay nada mejor que volar, volar, volar.

Ahora logro entender la causa de esta alegría que me invadía desde tempranito. Y mi mamá parecía no haberse dado cuenta de lo grandioso que es este día para mí.

Mi velorio fue hermoso, dijo todo mundo, incluso las mamás de mis amigos. Yo me sentía extraño. Podía mirarme, mis cabellos tenían un brillo muy hermoso, como de oro; mi rostro, algo hinchado, lucía una gran sonrisa. Todos mis compañeros de escuela estaban presentes, se asomaban para mirarme; las maestras también y muy seriecitas. Sólo mis papás lloraban amargamente. De haber sabido que le causaría tanto dolor a mi madre no hubiera trepado aquella barda con tal de no ver sus ojitos lindos llorando.

Desde entonces ya no he vuelto a sentir nada nuevo o casi nada. Me gusta mucho que me enciendan veladoras en los días de muertos, el olor de los huevos con jamón que tanto me gustaban; más aún que me pongan muchos dulces y juguetes y lo que siempre me ha gustado es que adornen la mesa de casa con mis fotos; sobre todo en la que estamos Cachito y yo,  lo quería tanto.

Me da mucho gusto y tanta nostalgia vernos juntos. Sólo así olvido, por momentos, que llevo treinta años muerto y que aún me falta la eternidad. 

* Periodista mexicano.

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