Cuento


INSTANTES DE GRANDEZA


Paola Andrade *

Despertó una mañana sintiéndose diferente, sabía que ya nada sería igual. Acostada, con la mirada fija en la llana y blanca pared, entendió, sin poder explicarlo con certeza, que las pocas gotas de paciencia se estaban evaporando.

Decidió morir. Desaparecer cual fugaz cigarrillo de la faz de la tierra. Hacía apenas dos meses que había cumplido 16 años e intentó justificarse pensando que las pocas fumadas que había dado a su vida eran suficientes.

Pero aún así dolía. Dolía el alma, dolía el recuerdo de lo que no pudo ser y por tanto, ya no sería nunca. Sobre todo, aterraba el erróneo orgullo de la inmadurez de ahora, que con la cabeza revuelta la dejaba lentamente consumirse... sin despedida. No por ello se piense que no era consciente de la realidad, por supuesto que lo era, de las vivencias y de las irrealizadas acciones; pero sabía que la decisión, ya estaba tomada.

Pensó entonces que podría dar una última succión a su vida, una tan fuerte que sintiera el humo deseoso recorrer su garganta, su esófago, sus pulmones... el cuerpo entero. Milímetro por milímetro inyectar ese olor en cada una de sus células hasta asfixiarlas, saciándolas tanto de vida, con tal fuerza, que la muerte fuera definitiva... pero sobre todo... degustada íntima y profundamente.

Una leve sonrisa le afianzó los labios. Los impulsos nerviosos agilizaron sus neuronas, planeando una a una el último-mejor proyecto de su vida. La sonrisa velozmente se transformó en una estruendosa carcajada que salpicó las paredes, manchó las imágenes de las vírgenes puras y las velas santas en su altar.

Fue en ese momento, cuando intuyó que Dios mismo le dejaba el campo libre y le otorgaba como a los condenados, el último deseo.

Con esa libertad, decidió olvidar moral y normas. Ser entonces mala, lo peor que pudo haber sido. Retadoramente llevó sus manos al sexo y abusó ansiosa de él. Frotó, frotó y gozó, sonriendo con los ojos orgásmicos de placer; mirando con malicia y sensualidad infantil a la Virgen de Guadalupe, disfrutando así, su propia inmoralidad.

En este acto dancístico revolvió las cobijas, buceó como salmón dentro de ellas. Le regocijaba pensar que al final del día no sería ella la que tendiera la cama, por ello no importaba que ahora, la sábana estuviese inherte en el suelo, inmóvil cómplice de sus instintos arrebatados.

Uno de los dedos de su mano derecha comenzó a acariciar sensualmente su barbilla, sus labios, provocándole una imagen de ella misma como aquella tela, olvidada... muerta. Igual que la visión de una cámara de video, un presentimiento comenzó a acosarla, proyectando en una toma privada su muerte silenciosa, close-up de lágrimas enterradas, paneos de quehaceres jamás hechos, observando profundamente los deseos coartados, los celosamente reprimidos.

Un frío intenso le recorrió zigzagueante la espina dorsal y al llegar al cuello, sintió de golpe la paralización total de su sangre. Miró sus manos y aterrada observó como si las venas comenzaran a secarse lentamente. La angustia empezó a aumentar y el sudor frío a descender pegajoso por la espalda, por la mente. Intentó imaginar que estas sensaciones era un sueño, una ilusión, una broma mal planteada, un análisis equivocado. Con esfuerzo, logró sentarse sobre la cama y advirtió con tristeza el movimiento torpe de su cuerpo. No era una irrealidad.

- "Ya no podré escapar", pensó con la garganta cada vez más seca y la respiración más agitada. "Él se ha molestado, él está enojado conmigo, sobrepasé los límites y ha decidido quitarme la vida por mis ideas absurdas de no luchar contra la muerte... por mi cobardía... por mi flaqueza... por mi impertinencia... Ahora sí es en serio", se repitió al mismo tiempo que dos lágrimas se deslizaron por sus blancas mejillas. Ya no había nada más que hacer. El cáncer finalmente había seducido a todas sus células. 

* Sensoescritora deambulando entre matices de razón y locura.

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