Cuento


ÉL


Arturo Mora Torres *

A Fiona Schut, Teresa Mesa y S. H.

Ahí estaba otra vez, apareció subitamente mientras escribía (o intentaba escribir) un poema. Supo en ese preciso momento que no sería fácil deshacerse de él. Se sentía observado como una presa por su depredador, y en cualquier momento le asestaría el golpe final. No había manera de escapar, o al menos, eso comenzaba a figurársele. Hizo un rápido movimiento para levantarse y salir esperando que él no reaccionara con la misma velocidad y se quedara ahí , dejandolo en paz.

Hacía treinta y cuatro días que había ocurrido aquel desgraciado incidente que motivó que él, comenzara a perseguirlo de manera inmisericorde, sin darle un momento de reposo. Aún cuando dormía, él estaba presente; incluso en sus sueños llegó a aparecer, haciendolo despertar sobresaltado. En verdad la situación comenzaba a preocuparle seriamente. Corría de un lado a otro tratando de que en algún lugar él se perdiera y lo dejara tranquilo.

Quería volver a su vida de antes. Quería sus "preocupaciones" cotidianas de antes de , de siempre; las comunes a todos, las habituales, aquellas con las que todo mundo carga y que, de una u otra manera, son parte natural de la vida de todos, de su vida... bueno de su vida de antes de. Quería las "preocupaciones" de sus hermanos, de su vecino; las de aquel que caminaba tranquilamente en la acera de enfrente, y de ése otro sentado dentro de un vagón del Metro, y de aquélla que caminaba muy segura de lo bien que se debía ver con su vestido nuevo, comprado seguramente en una barata de algún almacen de ropa de segunda. En fin, quería volver a ser "normal", como había sido antes de. Pero no, allí estaba siempre él, siempre junto, a su lado.

Era algo extraño, porque era un perseguidor que se encontraba a su lado, en su interior. Cuando llegaba a algún sitio (en el espacio o en el tiempo) él parecía ya listo para hacer su trabajo torturándolo, matándolo poco a poco sin matarlo. No había escape. No sabía que hacer; había conversado con amigos, amigas y familiares en busca de ayuda, pero ningún consejo le había funcionado para deshacerse de él. A veces lloró frente a un espejo o mientras escribía pidiendo ayuda, sin saber realmente a quién se la pedía. Él, aún en estos momentos más íntimos, lo observaba y lo atormentaba. Se mostraba implacable, frío, duro, burlón, gigante terrorífico, pequeño diabólico; parecía no tener corazón ni alma y, sin embargo, algunas veces llegó a mostrarse perfectamente hermoso.

- El suicidio... no, bueno, tampoco era para tanto -meditó; además, quién le aseguraba que ya muerto, él lo dejaría en paz, ¿cómo saber? Se metió en la tienda de la esquina, pidió un cigarro, lo encendió y salió sin rumbo fijo.

- Sólo necesito caminar un poco y respirar aire fresco -pensó. Se dió ánimos, tiró la colilla, se enjugó las lágrimas que le escurrían por las mejillas y enfiló -decidido- hacia su casa.

- ¡Lo haré desaparecer! ¡En verdad que lo haré! ¡Y mañana....mañana será otro día! -se dijo para sus adentros. Mientras, en la obscuridad, él esperaba, el recuerdo... EL SIMPLE RECUERDO DE ELLA. 

* Fracasado recurrente, empedernido soñador.

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