México


CRÓNICA DE UNA DECEPCIÓN


Daniel Huicochea *

Cuando me dijeron, "estamos viendo la posibilidad de que tú vayas también", una emoción extraña recorrió mi mente y mi cuerpo. Sí. Estábamos ante el umbral del momento histórico más importante en el país desde el fin de la revolución mexicana: La I Convención Nacional Democrática organizada por el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional en Aguascalientes, Chiapas.

En cuanto les platiqué a familiares y amigos escuché los consejos y peroratas de sabios, comunistas, falsos ex guerrilleros, safios, mochos, putas, putos, fresas pseudointelectuales coyoacanenses, burgueses progresistas, teólogos de la liberación "porque han de saber estimados lectores que en mi familia cuento con un gran miembro, y no es albur ", etcétera, que me aconsejaban, los unos ir a ver a un psicólogo; los otros irme a confesar. Pues el gobierno del entonces presidente Carlos Salinas, según ellos, iba a enviar una ofensiva justo el día y a la hora en que se llevara a cabo el evento y otras tantas pendejadas por el estilo. Aún así no desistí en mi idea de asistir.

Al día siguiente, tras largas horas de espera y de escuchar las mismas ideas que un orador tras otro pronunciaba en el interior del Cine México, vinieron mis cuates para decirme que ya era un hecho la ida a Chiapas y la asistencia a la tan ansiada convención. Sólo que debíamos esperar las últimas instrucciones que la dirigencia zapatista enviase para saber, que onda con las condiciones del viaje y de los requisitos que debíamos cumplir para poder estar presentes en tan memorable acontecimiento.

Cuando llegaron tales instrucciones la cosa cambió un poco, pues entre las cosas que solicitaban -los documentos eran mínimos- explicaban que, por causas obvias cada uno de los asistentes deberíamos llevar nuestros propios alimentos y era de rigor, casi de a "güevo", llevar lo siguiente: Leche en polvo, algunos kilos de azúcar, de frijol, arroz, lentejas, además de varios litros de aceite, otros de agua potable, enlatados, embutidos y todo aquello que fuésemos a consumir durante la estancia en territorio zapatista. Sin contar las tiendas de campaña y en caso de no tener una de ellas y aun teniéndola, varios metros de plástico liso, cuerdas, linternas, baterías extras, cobertores, medicamentos en cantidades considerables, ropa y todo aquello que los Boy Scouts suelen ocupar cuando acampan.

Hasta ahí todo iba bien, el único problema era, de dónde conseguir la lana para todo esto. Al rato nos comunicaron que el costo del pasaje de ida y vuelta hasta el lugar de la convención sería de quinientos "varos", que sumados a lo que nos costarían todas las madres que pidieron resultaba mejor irse de vacaciones a Acapulco por una semana y más barato. ¡Que decepción! ¡Pero con todo y esto decidí asistir! Sabía que valdría la pena.

Tras haber taloneado a la familia, a los cuates, afuera del metro e incluso en un mercado con las puesteras, logré reunir lo suficiente para irme. La cita para partir fue en el Zócalo capitalino a las doce de la noche.Todo iba bien hasta subirnos al autobús que apestaba a meados y vomitada; sin embargo eso era pasable. Tras un rato de espera y agandalle de lugares por parte de los que organizaban "Zarpamos" hacia Chiapas.

No fue fácil soportar el olor a orines durante las 26 horas que duró el viaje hasta san Cristóbal de Las Casas, a causa de los meones, cagones, tragones y vomitones que todo el tiempo detenían al camión con tal de satisfacer las necesidades en cuestión.

Una vez que estuvimos en San Cristóbal a donde llegamos como a las seis de la mañana, nos dijeron que debíamos esperar al día siguiente para partir hacia Las Margaritas como al medio día. Esa mañana deberíamos aprovecharla en obtener nuestras identificaciones para ingresar al territorio zapatista y a las mesas de trabajo en las que se debatiría la orden del día para la convención. Con poca lana nos fuimos a buscar un lugar donde pasar la noche y, por suerte, encontramos "La mansión de Glandys", a la que mis cuates rebautizaron "El mamón de Glandys". Para no hacer largo el cuento: como a las cinco de la mañana nos llegaron a sacar de nuestras camitas - que habían costado una fortuna para un par noches- a causa de que unos pinches gringos se quejaron con el marido de Gladys de que mis cuates habían fumado mota en el patio trasero de la casa. Siempre supimos que se quejaron por que mis cuates no se quisieron mochar con un toque.

De allí, dale otra vez al autobús para ver si nos daban posada, cosa que el chofer hizo amablemente y nos abrió la puerta para echar una pestaña. Sólo que para entonces ya eran casi las ocho de la mañana y los "chavos" del CLETA comenzaron a poner sus pinches discos a todo volumen, y como el nuestro estaba estacionado junto a su autobús, valió madres el intento de dormir y hubo que conformarse con ir a dar una vuelta por el pueblo mientras daban las tres de la tarde, hora en que finalmente podríamos entrar a una de las tantas mesas para ver de que se trataba aquello, y como era de esperarse todo allí estaba hecho un desmadre. Al poco rato de haber entrado al teatro... no recuerdo el nombre, supe a que se debía tal desorden y era que los "niños" del CEU estaban "organizando" la participación en las mesas y como era de esperase sólo sus cuates hablaban. Yo asistía como invitado por lo tanto no tenía ni voz ni voto en lo que allí se debatiera. Una vez que terminaron de leerse las propuestas porque un cabrón del CEU así lo decidió tomando el micrófono como para decir algo comenzaron los silbidos como de "cácaro", a lo que yo me sumé con un buen grito diciendo:

¡Eres un pobre pendejo!

¡Mejor Cállate cabrón¡

A este grito se sumaron la mayoría de los asistentes al teatro y durante media hora aquel pobre individuo y todo aquel que intentase hablar allí no podía pronunciar una sola palabra sin que hasta sus propios compañeros sintieran ganas de abuchearlos. Hasta que una chica, por cierto de no mal ver, tomó el micrófono de manos de aquel pendejo de marras y con un gesto sobrio, casi solemne dijo:

- ¿Saben qué? ¡Están mal, eh!

Y como era de esperarse tras los insultos a los mequetrefes anteriores, toda la concurrencia se me sumó en un ¡Culeeeeros! ¡Culeeeeros! que duró un buen rato, hasta que apareció un encapuchado y pidió orden para poder leer los resultados de las otras mesas.

Una vez que los organizadores comenzaron a leerse los resultados de tales mesas alguien del público quiso levantarse para protestar algo, y como de costumbre le menté la madre a él y a su grupo de fresas mamones, cosa a la que el auditorio entero se sumó como ya era usual, fue entonces que un tipo con paliacate que más parecía ratero que zapatista me abordó pidiéndome que le mostrara mi gafete y al ver que era de invitado, que como antes dije, no tenía voz ni voto, me pidió que lo acompañara para hacerme unas preguntas.

Me llevó hasta los camerinos del teatro en cuestión y entre varios encapuchados, empaliacatados y ceuistas me preguntaron a qué me dedicaba, dónde vivía, por qué le había mentado la madre a todo aquel cabrón que se paraba en el escenario, que si había ingerido alcohol o drogas, etcétera. A lo que respondí: ¿No que su convención es democrática? ¿Entonces por qué no aceptan mi derecho a disentir de todos aquellos güeyes que sólo hablan porque dios les dio una boca? Se miraron entre sí como diciendo para qué discutir si al final de cuentas lo vamos a echar de aquí, y eso hicieron, me sacaron por una puerta trasera donde, por azares del destino estaba al primero que abuchee, se veía muy dolido y herido en su orgullo, pero a los pendejos ese tipo de pesares pronto se les pasa.

A Dios gracias, nuestro país es muy flexible en ciertas cosas, sobre todo cuando se trata de los cuates.

En cuanto salí por la puerta trasera del teatro me encontré con un grupo de chavos de mi facultad, uno de ellos me reconoció y me dijo que qué tranza por qué me había salido por ahí y le conté rápidamente lo que me aconteció. Se quedó un poco asombrado, pues pensaban que el desmadroso era un agitador profesional pagado para sembrar el desorden y entorpecer las mesas, sobre todo se asombró de que no me hubieran quitado el gafete y me dijo que era un cabrón suertudo. Luego de un intercambio de puntos de vista me dijo: te voy a hacer un paro, métete por aquí y ya no grites tantas chingaderas que a la próxima te van a quitar el gafete. Entré y me volví a sentar en donde estuve anteriormente y ante el asombro de los que allí estaban recibí una bienvenida que más parecía un "échanos la mano". No volví a gritar, pero a todo el que se lo merecía le chiflé mentándole la madre y la gente siguió sumándoseme.

Al salir de ahí regresamos a dormir al fabuloso autobús.

A la mañana siguiente, todos se pusieron en sus lugares y partimos hacia Las Margaritas. Unos chavos ceceacheros iban cantando "Nadie se va a morir, menos ahora..." Y no dejaron dormir ni un rato.

Al llegar a Comitán pasamos a "comprar" unos pollos rostizados antes de internarnos en el territorio zapatista, naturalmente no pagamos los pollos pues no traíamos con qué, cosa que pocos hicieron y el dueño de la rosticería salió a gritarnos ¡Pinches chilangos rateros! Cosa que lamento, pero qué ricos estaban los chingados pollos.

La terracería era interminable casi como la fila de autobuses que integraban las caravanas de asistentes. Al caer la noche la selva se volvió obscura y el tedio comenzó a invadir los ánimos de los más entusiastas, incluso de los ceceacheros.

El autobús se detuvo. ¡Hay que bajarse para revisión vales! dijo un encapuchado y todo mundo se bajó con cámaras fotográficas en mano.

La famosa revisión resultó ser un atracadero y agandalle de los pobladores de aquel lugar, pues si te encontraban más de dos ejemplares de algún objeto cualquiera que fuese, te lo pedían bajo el pretexto de que el gobierno los tenía embargados como a Cuba, y de que no te lo dejarían pasar en el próximo retén zapatista. Como quien dice: ¡Ya te chingaste!

Lo más curioso fue la sesión fotográfica a la que accedieron todos los encapuchados a cambio de algún objeto que les obsequiaran.

Subimos nuevamante al autobús y todas las cosas estaban hechas un desmadre, dizque por la revisión.

Seguimos la caravana por casi tres horas. El calor y la humedad eran sofocantes.

¡Aquí hay otro retén, deben entregarme sus identificaciones! dijo un encapuchado que llevaba al hombro un fusil M-19 ¡Les recomiendo que si traen armas, navajas, trago, drogas o cámaras de video las dejen aquí, pues no se permite su uso en del territorio zapatista! Mi compañero de asiento dijo en voz alta: ¡Yo voy a dejar mis nalgas, ya no las aguanto! Los únicos que festejamos la broma fuimos el encapuchado y yo. El resto de los asistentes, unos todavía dormidos y otros despiertos callaron como si hubiesen escuchado una blasfemia en el "sagrado" territorio zapatista.

Descendimos una vez más y se nos formó a los varones de un lado y a las mujeres del otro. ¡Esta revisión es de rigor, entre más cooperen será más pronto el irse! dijo una encapuchada con un acento muy extraño. Se posó frente a nosotros un chavo alto cortando cartucho a una UZI y tras él otro chavo avanzó y comenzó a revisarnos. Nos tocaron brazos, piernas, espalda, abdomen y tobillos. Yo pensé que eso era todo, entonces el tipo de la UZI se acercó a cada uno de nosotros y estirando un brazo nos revisó las bolas, con la mano muy abierta. Cuando me los revisó le dije de broma:

¡A ver , otra vez! Y él se regresó y fue más una caricia lo que me hizo que una revisión "formal". Hasta hoy pienso que el encapuchado cortó cartucho no para persuadirnos de la revisión sino para apantallarnos y poder agasajarse con nuestro temor.

Luego en la fila de las mujeres, un par de encapuchadas realizaron la misma operación, era muy interasante ver que con los brazos levantados todas las mujeres que venían en nuestro autobús en su mayoría jóvenes poseían un lindo par de tetas. Pero el momento más sublime fue la revisión, pues las manos de las encargadas se deslizaban con una suavidad y destreza impresionante por los cuerpos de las ceceacheras que más parecía que fueran más que una revisión.

En ese retén perdimos otras dos o tres horas. Luego partimos nuevamente y al poco rato, casi amaneciendo, nos dijeron que ya habíamos llegado al lugar donde se celebraría la convención.

Un ruco que se decía ex lider del movimiento del sesenta y ocho dijo:

¡Ya se respira diferente, estamos en territorio liberado!

Todos estábamos entusiasmados con la idea de haber llegado.

Nos bajamos a tomar nuestras mochilas y con ellas al hombro nos dispusimos a caminar monte arriba hacía donde todo mundo caminaba.

La primera impresión del "territorio liberado" fue espantosa. Tras un retén en el que los "niños" del CEU te revisaban, había otro en el que un encapuchado con ojos de marihuano y acento francés me revisó los huevos con un apretón y otro con ojos similares al anterior me pasó un detector de metales, para de allí pasar a otra revisión donde los pendejos del CEU te volvían a pedir que sacaras las cosas que aún no terminabas de guardar tras el cateo anterior, cosa a la que me opuse y al momento una pendeja de mi facultad, que estaba "ayudando" me dijo que qué poco carácter cívico tenía y le dije: ¡Pues tú que poca madre tienes al ver que aún no termino de guardar tras la revisión anterior que fue a dos metros de aquí, tú la viste y ya me estás pidiendo que vuelva a sacar lo poco que llevo! Se armó un desmadre, pues la gente que me escuchó y que estaba siendo víctima de los pendejos estos comenzó a protestar y el acceso se interrumpió pues si no pasabamos nosotros la entrada se estancaba. Al instante llegó un encapuchado al que le expliqué cuál era el problema y con un aire más sensato que los otros a los que no me canso de llamar pendejos, dijo: ¡güeno. Pásenle! y los otros culeros no hicieron más que fruncir el seño y dejarnos pasar. El resto del camino era lodoso y lleno de hoyos; yo sabía que no iba a Disneylandia; fue entonces que alcé la vista y todo parecía una película de nazis y judíos en campo de concentración. Y nosotros parecíamos los judíos.

Debíamos caminar entre tres carriles de alambre de puas tan estrechos que al menor resbalón te rasgabas la ropa o te cortabas, y de los cuales, naturalmente, no te puedes sujetar. Lo único agradable de allí era que los milicianos zapatistas no tenían el aspecto de vigilantes de banco como los ceuleros y alguno que otro te respondía al saludo.

El primer incidente fue al poco rato de haber llegado, pues llevábamos casi un día de no comer. A un "vale" de seguridad que pasaba por allí le pregunté que si se podía hacer una pequeña fogata para preparar algo de comer, a lo que me respondió sí, siempre y cuando la apagásemos totalmente al terminar.

Me puse a juntar ramitas y zacate para encenderla y pronto ardió la leña que encontramos. Unas personas de Guerrero, de aspecto muy humilde me pidieron que les hirviera unas hierbitas que habían cortado en el camino para desayunar un té. No habían pasado ni diez minutos de haberla encendido cuando una señora a la que todos identificamos como la esposa del gobernador "alterno" perredista Avendaño, se acercó para decirnos -con un aire de primera dama ridícula y afectada- ¡Aquí no se puede encender fuego! A lo que le contesté: ¡Un zapatista me dijo que sí! ¡Pues yo dije que no, y me la apagan ahorita mismo. Soy la esposa del gobernador Avendaño! Dijo la tipa aquella. Todos los que estábamos en trance de desayunar unánimemente dijimos: ¡Ese es muy su pedo! Y se enojó y mandó traer al "vale" que nos había permitido encender el fuego para que nos dijera lo contrario, cosa que él no hizo y ella se enojó aún más.

¿Por qué la gente que se encuentra alrededor de los protagonistas de algún movimiento es tan mezquina y vanidosa. Si a fin de cuentas no son más que colaboradores?

La mañana transcurrió con un calor intenso y todos esperábamos que en cualquier momento llegara el Sub. Al medio día el sol era insufrible y todos los asistentes nos apostamos bajo la gran lona tras haber apartado nuestros lugares. Mis cuates y yo estábamos en la segunda fila y, bajo un calor insoportable, aguardábamos el inicio de la convención.

El momento tan esperado estaba cerca. Marcos llegó y se dirigió a todos los presentes con un discurso que nos hizo ponernos chinitos a todos. Confieso que ese momento fue el más emotivo ya que su presencia transformó el tedio en excitación y todos los presentes experimentamos una gran emoción de estar en ese momento y lugar. Lo que más me conmovió y sé que no fui el único en sentirlo, fue el momento en que todos los zapatistas, hombres, mujeres, jóvenes, niños y ancianos desfilaron con palos, machetes, ramas peladas y afiladas, descalzos, hambrientos, harapientos, pero orgullosos de ser quienes son y de defender lo que también es de ellos y nuestro. Las lágrimas se escurrieron de los ojos de muchísimos asistentes y aun al recordarlos hoy se me humedecen los ojos.

La naturaleza es más poderosa y persuasiva que cualquier poder humano. El caos y desorden se creó cuando el viento rompió la lona gigante y la lluvia dijo: ¡Esto se acabó! Todo mundo corrió a resguardarse a sus puestos. ¡La lluvia no fue un diluvio como todos los chilangos dicen, lo que pasa es que no saben como llueve en el campo! rezaba un anciano en el albergue para enfermos, minusválidos, ceuistas desvelados, y gentes perdidas.

No les cuento lo que ocurrió esa noche al escampar pues no quiero aburrir más a los lectores. Sólo diré que me corrieron del albergue porque allí estaba la vieja mamona de la mañana y al verme tendido en el suelo inmediatamente me identificó y alumbró mi cara con su lámpara diciéndome que era un desvergonzado al quitarle el lugar a la gente que realmente lo necesitaba y en mi lugar acostaron a una chava que parecía muy enferma. Al salir de allí, todavía mojado y friolento caminé hasta llegar al sitio en que estaban mis amigos, que se encontraba totalmente inundado y terminamos durmiendo sentados al pie de un árbol.

El día siguiente era muy especial pues se esperaba que Marcos diera una conferencia de prensa a las doce del día, sin embargo todos lo esperábamos con menos ansias que el día anterior pues la lluvia, el desvelo y la incomodidad del lugar habían mermado notablemente los ánimos de los asistentes. Sólo los famosos, intelectuales, actores, políticos e invitados parecían haber dormido bien.

El ambiente era de expectación por la llegada del sub. En el "escenario" comenzaron a leerse todos los pendientes del día anterior como para hacer tiempo, recuerdo muy claramente las palabras de Pablo González Casanova que fue el más sensato al hablar. Pero aun así Marcos se tardaba y todo mundo se comenzó a desesperar.

El sol comenzaba a poner su granito de arena y todos los chilangos que no se habían bañado en tres días bajaron al río para bañarse y no es albur. Cuando Marcos llegó habíamos cuando mucho doscientas gentes.

La conferencia fue chistosa, el momento más sublime y más decepcionante fue cuando al leer la pregunta de un periodista francés que decía:

¿En qué momento está dispuesto Marcos a quitarse la capucha?

Marcos respondió:

Cuando el pueblo lo pida.

Y preguntó a los pocos asistentes:

¿Quién quiere que me la quite ahora mismo?

Levanten la mano porque sí. Sólo quince o veinte levantamos las manos, los demás se quedaron perplejos o mejor dicho pendejos y no supieron qué hacer, si quedar bien con los anfitriones o no enfrentarse a la "mayoría".

Marcos dio por terminada la conferencia y giró instrucciones para el retiro. Debía ser en máximo dos horas y todo lo que les quisieran dejar a los zapatistas, que tras no permitirnos encender fuego y preparar alimentos, naturalmente los víveres que en el principio pidieron que lleváramos se les quedaron.

Al término de la conferencia de prensa mis cuates se fueron dzsque a buscar el autobús y me dejaron cuidando la "tienda" y todo mundo comenzó a irse a los autobuses, sólo quedábamos algunos, yo estaba cuidando nuestras mochilas, pues si te apendejabas te las atracaban. De repente pasaron unos "vales" con unos palos de punta afilada haciendo valla como chambelanes de quinceañera y a los poco minutos pasó Marcos y ya cerca de mi me preguntó ¿Qué onda te dejaron sólo? A lo que respondí: ¡No hay pedo, estoy tomando el sol!

Confieso que tiene un vibra muy especial, como la que tienes cuando te has dado un pericazo, cosa que de él no me consta, pues es muy su pedo.

Yo llevaba uno tenis "naik" muy mojados por la lluvia del día anterior y por hacerle plática le dije: ¿Qué tranza Marcos? Te cambio tus botas por mis "naik". Él sólo esbozó una sonrisa y dijo:

¡En la selva los tenis no sirven, valen madre luego luego! En eso llegó un "vale" y dirigiéndose a él con gran respeto le dijo algo, Marcos me hizo una seña de adiós con la mano y se marchó.

Me estaba muriendo de hambre y mis cuates no venían. Al poco rato llegaron bañaditos. Me preguntaron por qué no había ido al rio con ellos y les conté que había hablado con el sub y casi me mentaron la madre por no haberles llamado, pero lo caido, caido.

Ya de regreso en el camión tuve que contar mi aventura como diez veces a todos los meones y ceceacheras que me escuhaban con emoción y arrepentidos de haber preferido ir a lavarse que haberse esperado un rato. Sólo mis cuates se mostraban incrédulos de mi relato, más por envidia que por otra cosa. Lo más chido de todo fue que cada que algún grupito iba a comer me invitaban a compartir sus alimentos con tal de que les relatase mi anécdota y así me la pasé muy bien todo el camino de regreso.

Es curioso pero así como conocí a Marcos, algunos años atrás había conocido a Carlos Salinas en un mitin cuando él era candidato, al mitin fui por desmadroso como miembro del pentatlón y el pelón estuvo a punto de romperse la madre al subir una escalera, pues es tan chaparro que no alcanzaba el primer escalón de madera y sin pasamanos del estrado y tuve que ayudarle a subir y sólo me dijo gracias, eso antes de que un guarura me la hiciera de pedo por colarme en la escolta, pero eso es algo que no quiero recordar.

Quizá los pro-zapatistas que lean esto me mienten la madre pero esta es mi historia y si no les gusta sólo les diré lo que dije a la esposa del pseudogobernador Avendaño ¡Ese es muy su pedo!

Debo aclarar amigo lector que todo esto lo viví en carne propia y que si asististe a la primera convención recordarás que todo fue una terrible desorganización y un desmadre. Y si tú, lector no estás de acuerdo con esto que escribo tienes todo el derecho de disentir conmigo (si es que sabes lo que el verbo significa) pero respeta el derecho que todos tenemos de expresar desde nuestro punto de vista lo que vivímos y no cierres tu vista al panorama tan pobre que ofrecen los que están aferrados a una sola idea y con esta pretenden informarte. 

* Periodista mexicano.

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