Cuento


UNA HISTORIA HABITUAL


Arturo Mora Torres *

A la mujer que S. H. fue

Una mujer que podíamos llamar madura, frisaba los cincuenta, independiente, y con enormes deseos de hacer muchas cosas. Parece que durante su matrimonio se vio restringida de hacer tantas cosas que deseaba, y ahora que se sentía liberada del  yugo matrimonial, estaba dispuesta a realizarlas. Sin embargo, no era del todo libre como ella pensaba o quería creer. Había tantas cosas que la maniataban, correas invisibles que la sujetaban y le impedían obrar como le dictaba su conciencia, y más aún, como se lo pedía su corazón. Nacida en un país formado principalmente de inmigrantes; en tierras la más de las veces de climas duros y con pobladores hostiles, como obvia respuesta al despojo de que estaban siendo objeto, pronto encontraron en el pragmatismo una justificación y forma de vida. Ella, desde luego, estaba en mayor o menor medida imbuida de esta manera de ver la vida. Con una preparación intelectual suficiente sólo para proveerse de las herramientas "necesarias" para sobrevivir en un mundo de competencia, y donde el "éxito" se medía en proporción directa al dinero y los bienes materiales acumulados (que por otro lado es lo común en su país), no había prestado mayor atención al desarrollo de su parte espiritual, emocional, cultural... Hasta estos últimos años de su vida. Al parecer se casó realmente enamorada con un mexicano, con el que procreó tres hijos, de los cuales, el mayor murió al nacer. Después de radicar un tiempo en su país decidieron venir a vivir a ¡México! País de contrastes, de magia y el realismo más crudo, de dinamismo y somnolencia ancestral, de multitud de colores y sombras, de "malinchismos" y "chovinismos", de riqueza exuberante acotada por una miseria insultante, de amor y odio... de vida y muerte.

Se estableció en México, dentro de una sociedad media con fuertes aspiraciones pequeño-burguesas con las que inmediatamente se identificó sin percibirlo. Pero en su interior, en la conciencia de sus genes (si ésto fuera posible) se despertó el espíritu de sus antepasados colonizadores por "alcanzar" y "poseer" ese lugar que ahora vislumbraba en la escala social de este país.

Después de vivir algunos años en la "normalidad" de familia, como muchas, y una vez que el amor se terminó (aunque ella nunca  aceptó ésto, lo cual es creíble: es decir, ella lo había seguido amando, sin embargo, él no; de otra forma nunca hubiera podido entrar aquella "simpática" rubia en su vida), se separaron. Porque en esto del amor no sabía que, para que una pareja funcione, deben amarse ambos; uno es el necesario complemento del otro, debe existir la correspondencia que une. Es como la playa que espera las olas del mar; es la carta que no lo es hasta que no se hayan posado en ella los ojos correctos para leerla;  son dos miradas que se encuentran y se reconocen entre miles; son el oído que espera en la penumbra y el susurro que lleva el sonido perfecto. Cuando una parte falta, la otra existe, pero no "es"; se pierde en el vacío, vaga en la obscuridad, y finalmente, se muere en la soledad. Esto es lo que ella no supo, o al menos, no quiso saber.

"Libre" ya de este lastre, se lanzó, sin saberlo, a "la búsqueda del tiempo perdido". Subir montañas, caminar bosques, bailar, bucear, velear, trabajar, curiosear en las tradiciones locales, excursionar, etc. constituyó su "cotidianidad". Sin embargo, toda esta frenética actividad,  además, conllevaba una búsqueda desesperada de "él", el "otro", el sentimiento, la ternura, el complemento, el "cómplice" de la aventura, la compañía, el abrazo tibio en las tardes de estrellas tempranas, el cuerpo que vibra en el interior hasta defallecer lánguidamente, la sinrazón, en otras palabras... La vida y el amor conjugados en una misma entidad.

Aquella tarde asistía, como habitualmente, a su clase de baile. Había nuevos compañeros, sin embargo, nada que llamara su atención. Alberto llegaba por primera vez a tomar clases de baile. Animado por un amigo, y un poco para distraer su mente del recuerdo de un amor fracasado. Alberto era un tipo tímido, lo cual trataba de disimular con un comportamiento algo extrovertido; lo que en ocasiones lo llevaba a hablar de más. Soñador, aventurero, romántico (bohemio, lo llamaba ella, sin saber realmente el significado del término), sin mucho aprecio por las cosas materiales, o tal vez, sin la capacidad (voluntad a lo mejor) para proporcionárselas. Educado en el seno de una familia de clase media baja, con un padre que les inculcó su aprecio por la lectura y sus ideas políticas de izquierda; así como valores de honestidad, lealtad, amistad... desgraciadamente, todo esto dentro de una atmosfera de fuerte autoritarismo que se complementaba con una madre "típica": trabajadora, abnegada y sumisa. Dando como resultado cierta inseguridad en sí mismo y un carácter sensible y melancólico que lo llevaba a sumirse en prolongados periodos de soledad. En un principio, parece ser, no repararon en la presencia uno del otro; más allá de fijarse, ella, en el pelo largo de él y, él, en las "buenas" piernas de ella. Fue en cierta ocasión, en un café...

Su amigo lo había retado, delante de ella, a ver quién le hacía el mejor poema. Él no aceptó, y fue su amigo el único que escribió el poema. Sin embargo, esa noche no pudo conciliar el sueño. G. estaba en su mente; se había apoderado de su conciencia y de su inconsciencia borrando cualquier otro pensamiento que intentaba formar. Dio vueltas en la cama, se colocó una almohada encima de la cabeza, colgó el pie izquierdo (como se lo había recomendado un amigo) fuera de la cama, pero nada resultó. Finalmente se levantó, yendo directamente a su escritorio, empezó a escribirle un poema; que más que un poema, fue una declaración, un vaciar deseos y sentimientos sobre una página en blanco.

“... Que mi imaginación cabalga, día y noche, las tersas planicies de tu vientre...”, decía en alguna parte de su poema. Terminó, y fue en ese instante, que se dio cuenta que el recuerdo de Carmen, finalmente lo había abandonado regresando a su terruño al otro lado del mar; y ahora, G. se posesionaba como nueva conquistadora; ama y señora de sus pensamientos, de su corazón, de su cuerpo y alma.

Un... apenas rozar de labios, acompañado de una mutua confesión de temor de verse, otra vez, envueltos en las nunca seguras aguas del amor del "otro", marcó el inicio de ese "conocimiento" mutuo del que "camina" junto a uno, y de todo lo que ello encierra. ¿El destino? Por lo menos Alberto no podía culpar a algo en lo que nunca creyó. Él siempre supo que los caminos están trazados principalmente por la voluntad del hombre y sus acciones.

Cómo recordaba aquella primera copa de vino, en ese ambiente semejante a la penumbra de las mañanas en los campos, cuando el sol prende poco a poco su luz en cada hoja, en cada flor; en el ave que vuela, en el espejo del rocío, en cada átomo del firmamento. Sí, sin duda, ese fue un gran momento. O aquel otro, cuando cayeron por primera vez a sus pies las armaduras que vestían, y sus cuerpos se reconocieron en las diferencias del otro, en el aroma y en el sabor que guardaban esos lugares sabidos pero desconocidos entre ambos; y aquél, cuando simplemente caminaban juntos pensándose únicos en el mundo, sin, desde luego, serlo de ninguna manera; pero a ellos ésto no les importaba. Porque, además, ¿no todos los qué caminan juntos en este "reconocimiento", en algún momento, piensan igual?

Grandes eran los pesos que arrastraban cada uno. Alberto rondaba los treinta y uno, y supo enfrentar (asi lo creyó él) las opiniones en contra de su relación, de "amigos" y familiares. Sin embargo, no reconoció ni pudo enfrentar todos sus demonios internos: ¿inseguridad, temor, flojera, vanidad, inmadurez? ¡Había tantos! Hubo un momento en que quiso correr pero no pudo. Pronto su conducta cambió, hubo algunos momentos de arrebatos e inconsciencias, contribuyendo con ello al deterioro de la relación y la inminente ruptura. Las sombras y el silencio aparecían poco a poco, levantando ante él, una nueva e incomprensible geografía; la "tragedia" ya estaba escrita y sólo esperaba el momento de su presentación.

G., por su parte, enfrentaba su propia batalla: la oposición de sus hijos (que veían en la juventud de Alberto un peligro para los sentimientos de su madre); su temor de verse con alguien que, muy probablemente, no sería aceptado en el círculo social al que ella aspiraba y por el cual estaba luchando (recordemos que Alberto vivía, digámoslo así, alejado del interés por el dinero). Con el tiempo, después de un corto periodo de descubrimientos de gratos paisajes vivenciales, donde convergían gustos y preferencias; donde encontraron afinidad de sentimientos, llegó, como esas lluvias de la costa que no avisan, un desgasate, una descomposición paulatina de las "vestimentas" que "transparentaban" el sentimiento mutuo. Un desgarramiento lento pero constante de piel y carne, hasta que un día, simplemente se vieron sin reconocerse. Pero hubo algo más en G.; que no quiso enfrentar y cerró los ojos,  algo de cobardía en hacer valer su derecho a vivir sus sentimientos; ¡su derecho a vivir la "locura"  del amor! ¡De amar sin permisos! ¡Sin convencionalismos! ¡De olvidar por un instante la sensatez, y morir y renacer en el acto de amar! Después, vino la mentira, esa Dama que siembra hierros candentes en el corazón. Finalmente, una leve pátima de hipocresía puso el punto final  a ese pequeño, cotidiano, vivido y leído "cuento" que, sin embargo, simpre esta ahí... siempre en la eterna espera de ser reinventado y vivido.

-¿Por qué la búsqueda de algo tan elemental se convierte en algo tan complicado, difícil y doloroso? Esta pareció ser la pregunta que debieron hacerse ambos, al momento que ella se alejaba al volante de su auto, y él echaba a caminar cruzando la calle para ganar la banca de un parque cercano. Mientras, una voluta de humo se elevó confundida con un pensamiento. 

* Fracasado recurrente, empedernido soñador.

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