IDENTIDAD
Paola Andrade *
Había decidido cambiar de departamento. En principio porque el que habitaba era muy grande y demasiado caro para ella. Se mudó a uno pequeño y viejo por la colonia Centro.
El primer día sólo conoció a su casero y a la portera; una señora por demás mal encarada y ruda en su hablar.
Ella salía muy temprano hacia su trabajo y llegaba bastante noche, lo que en un principio le daba miedo, ya que al entrar tenía que cruzar un gran patio con una fuente en desuso, para continuar por la lúgubre entrada que daba a unas escaleras casi siempre a oscuras, y con ese ligero olor a humedad que incluso subía hasta el primer piso en el que ella vivía.
El primer sábado tuvo la sensación de que conocería a sus vecinos, por lo que decidió subir a lavar y propiciar así un encuentro; pero no encontró a nadie, ni siquiera a la portera.
Con el paso de los días, y a pesar de que casi nunca estaba en su casa, comenzó a sentirse sola y angustiada, sobre todo porque no sabía que clase de personas habitaban los departamentos de aquél viejo edificio. Pensando así, se dio cuenta de que la portera era también una persona muy extraña, a la que solamente veía los domingos al mediodía.
Parecía que vivía sola en esa enorme construcción, pero siempre escuchaba a través de la puerta el ruido de la actividad común, niños jugando, pasos subiendo las escaleras, vecinas hablando.
Las noches en las que regresaba cerca de la medianoche, encontraba a una niña rubia jugando con su pelota junto a la fuente. Al principio fue para ella sorpresivo encontrar a la pequeña a esas horas; pero con el tiempo se acostumbró y pensó que quizá sus padres habían muerto y vivía con una abuela muy enojona que no la dejaba jugar por las mañanas, por lo que la niña aprovechaba el sueño de la abuela para salir a divertirse, lo que por supuesto le causaba una enorme compasión.
Empezó saludándola en un principio y pasando de largo, pero con el tiempo decidió tomarse más tiempo para que aparte de saludarla (aunque nunca recibía respuesta), la viera jugar un rato; así hasta que se atrevió a hablar con ella, no sin temor de que de un momento a otro llegara la abuela y regañara a la niña por platicar con extraños.
Esa noche fue especial, había luna llena y el patio estaba muy iluminado; decidió acercarse y lo hizo, miró los bucles rubios que brillaban y notó lo blanco de su piel. La niña parecía no darse cuenta de su presencia y seguía tiernamente botando la limpia pelota blanca. Ella, que hasta ahora no había escuchado la infantil voz, solamente la risa, la tomó del hombro y le preguntó: Pequeña, ¿cuál es tu nombre? La niña volteó a mirarla, levantando el rostro, permitiendo entonces reflejar en sus bellos ojos claros la luz serena de la luna y en seguida bajar la mirada. Al no haber respuesta, ella insistió: ¿Quién eres? ¿Dónde vives? La niña volvió a mirarla a los ojos y murmuró lentamente "yo soy yo"; con esa misma lentitud, tomó la pelota y corrió hacia la oscuridad del pasillo.
Le asustó una respuesta así, sobre todo viniendo de una
niña no mayor de cinco años. Temblando, se sentó al
borde de la fuente con la mirada fija hacia la oscuridad de la entrada
a su casa, al mismo sitio en el que había desaparecido la niña,
y a la cual ya no escuchaba ni reír, ni correr. "Yo soy yo... yo
soy yo". La frase hacía eco en su mente y mirando hacía todos
lados se daba cuenta de que en realidad nadie vivía en los viejos
departamentos; escuchaba claro el sonido del viento. De pronto, la tenue
silueta encorvada de la portera apareció de entre la oscuridad y
se acercó hacia la fuente, y frente a ella, arrojó una moneda
de plata, escuchándose el clac de ésta golpeando el
agua inexistente, al mismo tiempo que decía: No es bueno hablar
con los muertos, porque se nos pueden meter en la mente.
* Sensoescritora deambulando entre matices de razón y locura.