Cuento


LA CONCORDIA DE LAS FLORES


Mike Fuller*

Salgo a la calle, un cazador en la ventolera permanente que es La Habana. Tres horas mas tarde, mi mochila está repleta con tornillos, pegamento, bombillos, atomizadores, cerrojos, pestillos y jeringuillas desechables.

Me siento como Mel Gibson en una película futurista.

He tenido que ir a no menos que diez tiendas, revisar la mercancía escasa y comprar en dos monedas distintas. Me he pegado a las paredes de calles estrechas para que pasaran camiones y he comido pizza cuentapropista con helado estatal. Mi saco pesa bastante y todo, aparte de cuatro rollos de papel sanitario, es imprescindible.

Misión cumplida, vuelvo por Carlos III, una llovizna acogedora mojando mis hombros.

En frente de un hospital, se me abre un lago de violeta en el camino, una alfombra de flores recién caídas. El tapiz orgánico es de púrpura y blanco, con ombligos dorados, donde los pimpollos se conectaban a la madre. Me siento como me he dado con su Divina Majestad, y los botones siguen cayéndose del árbol.

Inspirado, colapso en medio de la acera. Hay dos taxicletistas riéndose en sus maquinas de tres ruedas, pero no hacen papel en mi drama con la cascada floral.

Todas han decidido morir en este mismo día, gracilmente, y me han rodeado con sus restos, apenas arrugados. Me nutro de esta sinfonía sin ruido, y la solidaridad masiva de las flores restaura mi serenidad.

"Tremendo paisaje tiene allí", dice una señora, otra que comprende el milagro.

Se me ocurre agarrar una en su descenso, pero la idea desvanece y sigo ensimismado. Me pregunto si el héroe de guerra de la estatua al fondo había sentido así alguna vez.

Llegada su hora suprema, estos pétalos me han dado un momento trascendental, pero las hormigas bravas abajo me recuerdan que soy mortal.

Me levanto de la tierra, transformado por la concordia de las flores.

* Internacionalista accidental.

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