LAS RADIOS CIUDADANAS EN VÍSPERAS DEL NUEVO MILENIO
José Ignacio López Vigil *
Cuando inauguramos Radio Enriquillo, en el suroeste de República Dominicana, queríamos abrir sus micrófonos a tosas las voces. Queríamos experimentar, desde el primer día de transmisiones, la participación directa de la audiencia.
En aquel 1977, contando con muy poco personal en la emisora, todos hacíamos de todo. Yo estaba como jefe de programación y como entrevistador callejero. Ya había sacado al aire las palabras de niños y viejos, las opiniones de líderes campesinos y jóvenes desempleados, las protestas de las mujeres del mercado y las oraciones de los cristianos desde sus iglesias.
Faltaban los haitianos. Cada año, atraviesan la frontera dominicana cientos y miles de cortadores de caña de azúcar. Muchos de ellos estaban instalados, con mujer y muchachitos, en los bayetes del ingenio, pobres campamentos donde logran vivir -mejor dicho sobrevivir- con los exiguos jornales que reciben al caer el sol, después de un trabajo extenuante.
Una tarde, fui con la unidad móvil al batey que quedaban más cercano. Me rodearon los cortadores de caña, bien sudados, todavía con los machetes en mano, con sus caras de asombro, descendientes directos de aquellos negros arrancados de Africa y esclavizados en América.
-¿Cuánto les pagan, cuánto les estafan al pesar los trozos de caña?
Yo les preguntaba y ellos con su mal español y sus palabras prestadas del cróele, iban explicando las difíciles condiciones en que vivían.
-¿Y ustedes qué opinan de todo esto, eh?- Quise atravesar el círculo de hombres y acercar el micrófono a las mujeres que con sus niños a horcajadas en la cintura, permanecían detrás de ellos, silenciosas. Pero, salieron corriendo, atropelladamente, con risas nerviosas y tapándose la cara.
-No se vayan, esperen...
Déjelas, señor periodista -me indicó uno de los braceros - Esas no tiene nada en la cabeza. Esas sólo son buenas para parir.
Pero, yo seguía tercamente tratando de recoger algún testimonio de aquellas mujeres negras. Me acerqué a una que quedó rezagada, con cuatro niños pequeños, barrigones y desnudos, agarrándose a su falda.
-¡El diablo, mija, corre!- gritó una vieja desde la destartalada casucha hacia donde se dirigía la asustada mujer.
El diablo es blanco. El diablo es hombre. Y aquel entrevistador novato estaba tratando de romper, con gran ingenuidad, un silencio muy antiguo, de doble nudo. Porque el silencio de los negros frente a los blancos se sumaba el de las mujeres a los varones.
Pasaron las semanas, los meses, y de tanto acercar la emisora a la gente, la gente terminó acercándose a la emisora. Y cuando visitaba los bayetes, ya no había que forzar las palabras. Había urgencia de hablar. Venían los haitianos a denunciar las injusticias que padecían en el ingenio de caña. Y venían igualmente las haitianas a denunciar las injusticias que soportaban a ellas con la mima violencia con que ellos eran tratados por los patronos.
Como esta anécdota, podría contar mil. Pienso en los mineros del norte de Potosí, en Bolivia, y en sus luchas sindicales a través de Radio Pío XII. Pienso en los indígenas de Guatemala hablando en man, en quiché, en nahualá, en chortis, legitimado a través de sus emisoras sus múltiples lenguas y su ancestral cultura. Pienso en las mujeres campesinas del sur de Chile, hablando orgullosas a través de Radio Alegría de Lolol. Y las de Ica, Perú, con su constante buen humor, a través de Radio Achirana. Y en los desempleados crónicos de Río de Janeiro opinado a través de Radio Favela. Y en los jóvenes de Buenos Aires y Montevideo, a través de las perseguidas y siempre radios comunitarias. Y así, podríamos recorrer todo el paisaje latinoamericano y caribeño. En todos los países, en las alturas de Puno y en la profundidad de la amazonía, desde la frontera mexicana hasta en Ushuaia, la ciudad más austral del mundo, nosotros encontraremos emisoras que buscan democratizar la palabra para contribuir a democratizar la sociedad.
Todas estas radios tienen una misma propuesta: la participación popular. Que la gente hable y que, hablando, se haga más gente. Nada nos humaniza más que la palabra, Barthes decía que el lenguaje sirve para pensar. Y Kant, que aprendemos a razonar hablando. Es que el pensamiento es hijo de la palabra, no al revés. Nos hacemos hombres y mujeres a través del diálogo, de la comunicación. Somos cuando decimos que somos.
Nos referimos, claro está, a la palabra pública. Porque la mujer habla mucho, pero en privado, con las comadres, en la cocina y en el traspatio. Y el campesino es locuaz, pero no delante del patrón. ¿Cómo se harán escuchar las voces de los pobres, es decir, de 4 de cada 5 latinoamericanos, de 4 de cada 5 caribeños? No queremos ser la voz de los sin voz, porque el pueblo no es mudo. Ellos saben mucho mejor que nosotros lo que quieren y necesitan. Sólo les falta el canal de expresión, la caracola tecnológica, la radio.
Este es el primer desafío de una emisora con responsabilidad social: amplificar la voz del pueblo y, de esta manera, legitimarla socialmente. Más que oyentes, queremos interlocutores. Más que receptores pasivos, queremos público que participe en la programación. Que llamen y salgan en directo. Que vengan a la radio a protestar por un abuso o a pedir una canción romántica. Y todavía mejor, que la radio salga al encuentro de la gente y abra sus micrófonos en la calle, en el mercado, en la parada de buses, en la campesina.
En este proceso de dar, o mejor, de devolver el habla al pueblo, las radios con sensibilidad social maduran el fruto más acabado de la educación, la autoestima, el empoderamiento. Este el punto de partida para la construcción de ciudadanía. Hablando, opinando públicamente, nos ciudadanizamos.
Los valores de la ciudadanía
Ciudadanía, como todas las palabras, también puede ser mal entendida, Una primera confusión sería hacerla equivalente a lo urbano. Al comprenderla así, estaríamos excluyendo al campesinado al campesinado. O pensar sólo en los adultos, porque solamente te dan la cédula cuando llegas a la mayoría de edad. Ciudadanía podría también esconder también un peligroso nacionalismo, excluyente de los inmigrantes, dividiendo el mundo según fronteras políticas.
Pero la ciudadanía, trascendiendo su origen burgués y su marca francesa, no es nada de eso. El concepto moderno de ciudadanía hace referencia al respeto profundo que merece todo individuo por el simple hecho de serlo. Ciudadanos somos todos y todas, sin discriminación por raza, género o edad, sin exclusión de ningún tipo por credos religiosos ni opiniones políticas ni opciones sexuales. Ser ciudadano o ciudadana es ser sujeto de derechos, de los que se suscribieron hace 50 años en la Declaración Universal, y de la integridad de los nuevos derechos sociales, económicos, políticos y culturales. Ser ciudadano o ciudadana es ser sujeto de deberes, porque mi derecho termina exactamente donde comienza el ajeno.
Ciudadanía es ejercicio de poder. Es pasar de simples pobladores con cédula a personas que participan activamente en la vida de su comunidad, de su país. Que piensan con cabeza propia y pesan en la opinión pública, que eligen a los gobernantes y también los fiscalizan, que denuncian la corrupción, que se organizan, que se movilizan, que no se conforman con la democracia representativa y ejercen la participativa. ¿Qué caracteriza mejor la misión de nuestras radios que esta construcción de ciudadanía?
En América Latina y a lo largo de medio siglo, estas radios se han llamado comunitarias, populares, educativas, libres, participativas, alternativas... Diferentes apellidos para una misma misión: Promover a estas emisoras de corte social les calza bien al nuevo nombre de radios ciudadanas.
¿De qué valores se trata? De los que aparecen resumidos en el Artículo 1 de la Declaración Universal: Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos.
No vale más el hombre que la mujer. Por suerte, la biología nos recordó a todos los machistas que nuestros cromosomas son XY, que la mitad del varón es mujer.
No valen más unas razas que otras. Por suerte, la biología nos recordó a todos los machistas que nuestros cromosomas son XY, que la mitad del varón es mujer.
No vale más los adultos que los niños ni los jóvenes que los viejos. Por suerte, la física moderna nos demuestra que el tiempo es relativo y que usted podría envejecer más rápido que su abuelo o llegar a ser más joven que su nieto.
No vale más una especie que el conjunto de la madre naturaleza. Por tanto, cualquier desarrollo debe ser sostenible, so pena de arruinar el único planeta que tenemos para vivir, nuestra casa común.
Valemos lo mismo, por derecho. Y somos diferentes, por suerte. Porque en la variedad está el gusto, como bien dice la sabiduría popular.
En estos tiempos de homogenización cultural y la imposición del american way of life las radios ciudadanas defienden el supremo derecho de ser y pensar diferente. Y el poder correlativo de la tolerancia hacia quien no son ni piensan como nosotros. Durante mucho tiempo nos inculcaron el amor a los semejantes cuando lo revolucionario hubiera sido el amor a los diferentes. Este es el meollo de la ética ciudadana: iguales aunque diferentes, porque todos y todas nacemos con los mismísimos derechos.
Monopolización de la palabra
Volvamos al derecho que más nos compete, el que aparece reconocido en el artículo 19 de la declaración universal: la libertad de opinar y de difundir lo que uno opina por cualquier medio de expresión.
Este derecho es piedra angular de la ciudadanía y, por tanto, de la democracia. El derecho a la palabra pública es el que recuperaron aquellas mujeres haitianas y el que debe poseer toda la ciudadanía. Uno de los derechos que están más torcidos en nuestro continente.
¿Quiénes gozan de este derecho a la comunicación ejercida a través de los medios de comunicación? Pocos, poquísimos. La mayoría de los sectores sociales están tan excluidos de la palabra pública que ha llegado a pensar que es un bien inaccesible, que es derecho no es para ellos.
Se pensaría que en América latina que no se da este problema. Nuestro continente es, de lejos, el que suma mayor número de radioemisoras. Sin contar la que no tiene licencia de transmisión, que son varios miles, podríamos hablar de unas 30, 000 instaladas en nuestra región y disputándose a dentelladas las audiencias.
Ahora bien, bajo una falsa apariencia, este exceso de emisoras no demuestra una mayor democratización de la onda ni contribuye al pluralismo informativo. Porque la inmensa mayoría de estas radios están asignadas a la empresa privada con fines lucrativos. Y cuando la finalidad es hacer dinero, los formatos más baratos pan y circo se repiten hasta el cansancio. En las ciudades latinoamericanas usted puede girar el dial, especialmente el de FM y pasearse por los programas ofertados. Tendrá la extraña sensación de estar escuchando una misma emisora fotocopiada: los mismos discos molidos, una y otra vez las misma noticias tomadas de agencias extranjeras, la misma variedad de producción nacional.
América Latina copió el modelo comercial de Estados Unidos y nunca se interesó siquiera en el concepto de servicio publico manejado en Europa. Pero, así como en Estados Unidos se reserva, al menos, un segmento de espectro para emisoras culturales y comunitarias, en nuestros países las frecuencias se han entregado sin ningún criterio social a los amigos políticos y a las empresas ansiosas de llenar cuentas de ahorro.
Y sin embargo, el espectro radioeléctrico y sus frecuencias no son del Estado ni de los particulares. Como bien explica la UIT, estas frecuencias son un bien público y colectivo, patrimonio común de la humanidad (1). Son un recurso natural como el aire o la capa de ozono. Nos pertenecen a todos y todas, a la ciudadanía planetaria. Los estados, administradores de las frecuencias, las asignarán de manera equitativa en orden a promover el ejercicio del derecho de comunicación de todos los sectores sociales.
Resulta inevitable preguntarse quiénes y cuántos son dueños de la palabra y de la imagen en América Latina. La concentración salta a la vista y oreja: el 85 por ciento de las emisoras de radio, el 67 por ciento de los canales de televisión y el 92 por ciento de los medios escritos pertenecen a la empresa privada comercial. Las radios culturales y educativas son el 7 por ciento y las televisoras con estos fines son el 10 por ciento de los canales de la región (2).
Sí la situación es mala, peor es la tendencia. De continuar así, en muy pocos años, de cinco a 10 corporaciones gigantes controlarán la mayor parte de los principales periódicos, revistas, libros, estaciones de radio y televisión, películas, grabaciones y redes de datos. Cada vez menos opinadores y más opinados como ácidamente concluye Eduardo Galeano.
Monopolios de la información. Esos son los gigantes que advertía Martí, los que llevan siete leguas en las botas y van engullendo mundos mientras los aldeanos se entretienen con aldeanerías.
Estos monopolios nos presentaron los bombardeos de la OTAN en Kosovo como actos de solidaridad. Estos monopolios llevan 40 años queriendo convencer que el bloqueo contra cuba es necesario para no contaminar de socialismo al resto de América Latina. En estos mismos días, las grandes cadenas de noticias están tratando de sugestionarnos de un mal -el narcotráfico- que ellos mismos crearon y sostienen por las enormes ganancias que reporta a los carteles norteamericana, que son la cabeza del pulpo y los que nunca se mencionan.
Esta monopolización de los medios y de la información es preocupante.
Porque para nadie es un secreto que hoy en día el poder se construye en los medios de comunicación. En Ecuador antes se decía que el candidato que llenaba la plaza San Francisco iba seguro de presidente. Actualmente, los políticos abandonan los balcones y corren a los sets y a las cabinas. En América Latina si usted quiere hacer carrera política, no estudie política, métase a locutor o a cantante o actúe en una telenovela.
Así las cosas, si la sociedad civil no tiene voz e imagen publica y propia, tampoco tendrá poder. Una ciudadanía sin medios de comunicación será una ciudadanía débil, mejor dicho, debilitaba. En la anécdota, las haitianas hablaban, pero era yo quien tenía el micrófono. ¿Por qué no pensar en una emisora del batey, administrada por ellas misma?
Queremos, exigimos, muchas radios y televisoras ciudadanas. Radios y televisoras en manos de mujeres, de jóvenes, de indígenas, de universidades, de grupos ecologistas, de sindicatos, de los más variados movimientos sociales.
Hay suficiente frecuencias, si se reparten bien. En el dial todos cabemos, como dicen los colegas salvadoreños. Hay sitios para emisoras comerciales. Hay sitios para emisoras estatales, y tiene que haber sitio equitativo, significativo, para emisoras ciudadanas, independientes, no persiguen el lucro ni la propaganda política.
Marcos legales discriminatorios
¿Qué pasa, sin embargo, en América Latina? No hay leyes promuevan, ni siquiera permitan, el nacimiento y el desarrollo de las radios ciudadanas. Salvo el honroso caso de Colombia, cuyo Ministerio de Comunicaciones asignó el año pasado más de 400 frecuencias para telecomunicaciones está ayudando a legalizar las radios indígenas, los demás gobiernos muestran una sorprendente intolerancia hacia los medios comunitarios.
En Chile, a las radios comunitarios solamente se les autoriza la ridícula potencia de un vatio. Para colmo, estas emisoras tienen, por un lado, prohibida la publicidad y, por otro cualquier subsidio.
En Argentina, las organizaciones civiles sin fines de lucro están explícitamente excluidas del acceso a las frecuencias.
En Brasil, la llamada ley de radios comunitarias limita a 25 watios su poder de transmisión, les prohíbe la publicidad, les prohíbe transmitir en red, y solamente otorga un par de frecuencias sobre todo el territorio nacional para que ahí se ubiquen todas las emisoras comunitarias autorizadas.
En Uruguay, las telecomunicaciones están bajo la órbita del Ministerio de Defensa. Las concesiones son discrecionales y muy pocas familias controlan todo el espectro.
En Ecuador, las radios comunitarias fueron colocadas bajo el estatuto de seguridad nacional. Los indígenas llevan años presentando debidamente sus carpetas y no han recibido respuesta a sus solicitudes.
En Perú, en México, en la mayoría de nuestros países, las frecuencias se subastan. El único criterio para obtener la asignación es la mayor cantidad de dinero que se pone sobre la mesa. En Guatemala, las subastas alcanzan sumas imposibles para una comunidad indígena. Por ejemplo, la frecuencia 95.9 para el pueblo de Totonicapán fue subastada por 382 mil quetzales (76 mil dólares). ¿Tiene precio la libertad de expresión?
He escuchado repetidas veces que no hay democracia sin libertad de expresión. Pero, para ser justos, hay que completar la frase: no hay libertad de expresión sin democratizar las leyes de telecomunicaciones, obsoletas y discriminatorias, que deja fuera a la ciudadanía. Con la misma fuerza con que algunos reclaman libertad de prensa, nosotros reclamamos libertad de antena.
El relator de Libertad de Expresión de la Organización de Estados Americanos, Santiago Cantón, solicitó a la Asociación Mundial de Radios Comunitarias y Ciudadanas un informe sobre las normas que rigen en el hemisferio para la asignación de frecuencias radiales y en que puntos se viola el artículo 13 del Pacto de San José. Pero, la distribución del espectro radio eléctrico antes de problema técnico, es un caso de derechos humanos.
Hacia el nuevo milenio
En los próximos años, podremos hacer radio y televisión con mejor tecnología, pero ésta no será la gran novedad del milenio. Podremos producir con calidad digital. Con mil canales simultáneos, a velocidad de la luz para navegar en Internet y correr por todas las superautopistas de la información, Pero ésta no será la novedad esperada.
La mayor originalidad del futuro será devolver a los medios de comunicación su vocación primera: servir a la ciudadanía. Más aún, devolver los medios a la ciudadanía. Que todos los sectores sociales tengan igualdad de acceso a las frecuencias de radio y televisión.
La gran novedad será ver florecer en toda América Latina y el Caribe, en toda Latinoamérica y en el mundo, cientos, miles de radios y televisoras comunitaria y ciudadanas.
El milenio no será nuevo, sino viejo, si persiste el monopolio de la información. El milenio será viejo, más viejo que el que se va si la ciudadanía carece de medios de comunicación propios e independientes, que constituyen la mayor garantía de la libertad de expresión.
AMARC propone la creación de una alianza entre emisoras ciudadanas y comerciales contra el monopolio de os medios de comunicación, porque ambas corren el peligro de ser absorbidas por las grandes cadenas.
Notas:
1.- Tratado de Torremolinos (UIT) y articulo 33 del Convenio Internacional de Telecomunicaciones con el alcanzado en Nairobi.
2.-
CIESPAL. Inventario de Medios de Comunicación Social. Quito, 1993.
* Coordinador regional de AMARC para América Latina y el Caribe.