Cuento


MON VOISIN


Penélope Juliá Naranjo *

Como todas las tardes a esta hora, toca el antiguo piano que heredó y que llegó en una mudanza difícil hasta la sala de su departamento del quinto piso en un edificio de escaleras estrechas. Hace muchos años que vive en la Roma. Aún antes de casarse esta zona era su refugio en México. Desde que llegó de París, aquí comenzó a dar clases de piano y de francés a adolescentes y a muchachas enamoradas del idioma de Voltaire.

Era una combinación perfecta y él era un maestro exigente. Las madres de sus alumnos más jóvenes siempre pagaban a tiempo. Esperaban con ansia el día que tenían que entregarle el cheque o los billetes nuevos muy bien doblados en un sobre blanco. Les bastaba con un rato de esa mirada coqueta de extranjero conquistador, un roce de sus manos de pianista y su despedida caballerosa con ese acento francés irresistible. Pero igual que en aquella época, ahora es un hombre solitario.

Para él, han sido tan pocos los tiempos felices, que puede coleccionar cada uno de esos momentos y dedicarles todo el espacio posible en los rincones del departamento. Por eso, desde que Sara se fue, el lugar pareciera lleno de altares, recuerdos y cada vez menos música. Mientras ella estuvo en su vida no necesitaba más que el piano. El departamento de ventanas grandes y cuartos con pisos de madera, se quedó vacío de cosas materiales y de gente extraña.

Él vendió casi todos los muebles y dejó las clases. Apenas cabían los dos, el piano y la música. Cuando se conocieron, Sara tenía 17 años. Ella aprendió todo lo que él pudo enseñarle, creció y se enamoró de otro hombre. Ahora el piano suena aún más triste. A través de las ventanas y de estas paredes deterioradas, las notas se van apagando. Sé que se está despidiendo y sin embargo no hago nada. No me muevo de mi asiento. Quizá es que quiero dejar de escucharlo.

* Economista y periodista mexicana.

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