México


CUANDO IBAN A MATAR A CÁRDENAS


Rafael Mendoza Toro *

Por supuesto que este relato es apócrifo, de ninguna manera pretende ser un testimonio de valor histórico o el inicio de una investigación de fondo. Hace tiempo que los principales protagonistas murieron y no tendría ningún caso pretender identificarlos; la historia, hasta donde yo sé, se contó pocas veces y a unos pocos "de confianza", desconozco a cuantos éstos, a su vez, la trasmitieron, sin embargo el hecho de que no haya regresado por otra vía y corregida y aumentada me hace suponer que en contra de la tradición del oficio, esta vez el peluquero fue discreto o nadie le otorgó la menor credibilidad para repetirlo. Por mi parte, hace varios años que lo escuché de boca de uno de los pocos "de confianza" y sin pretender que sea cierto, creo que vale la pena repetirlo en este nuevo aniversario de la muerte de Colosio en que la necesidad de la conjura se vuelve a levantar y que, en contra de la lógica de las novelas de detectives, no se quiere reconocer que casi siempre la hipótesis mas sencilla es la correcta. Sale pues, un testimonio sin mayores pretensiones del día que iban a matar a Cárdenas.

Fue en 1988, la campaña de Cárdenas estaba en sus mejores momentos, cada mitin era mayor que el anterior, el entusiasmo era parte integral del ambiente en los seguidores del Frente Democrático Nacional y aunque no se había inventado aún el "sí se puede", el sentimiento de que esta vez íbamos en el camino correcto y que la presidencia estaba al alcance la mano era una percepción generalizada, incluso del otro lado del esquema político.

En el sur del D.F. la campaña había prendido de manera única. Las viejas comunidades rurales de Xochimilco, Tláhuac y Milpa Alta, ahora en proceso de transición a suburbios depauperados, estaban respondiendo como no lo habían hecho desde el 13, "cuando entró Zapata" decían los mayores. Tal vez fuera eso o la memoria del agrarismo del Tata Lázaro, que en el 38 había repartido las haciendas entre sus poseedores originales o la lucha por conservar su entorno económico y social ante una ciudad a punto de devorarlos o la combinación de todo esto y más, que debiera tocarle a los sociólogos determinarlo, pero el caso fue que en comunidades de no más de 10,000 habitantes, cinco mil se concentraban a vitorear el paso del ingeniero y la avalancha del cardenismo parecía ya imparable.

La apoteosis, sin embargo fue en mi pueblo, donde pasé mi infancia y la mayor parte de mi juventud; una localidad de Xochimilco, afamada como brava, que en aquellos años contaba con mas o menos 25,000 habitantes, conformada a partes iguales entre originales y recién llegados. El viejo pueblo luchaba por conservar su forma de vida, que además de la actividad agropecuaria incluía formas primitivas de machismo particularmente violento. Uno de los primeros relatos que escuché en la escuela primaria fue el de unos compañeritos trillizos cuya madre había sido muerta a golpes por su padre porque "le podía creer que dos de los niños fueran suyos pero ¿y el tercero de quién era?". Fue ahí donde un viernes del 88 se preparaba el pueblo entero para recibir a Cárdenas. Quedaba en el recuerdo de los mayores la bienvenida que se dio a López Mateos a finales de los años 50, el último Presidente que había suscitado una respuesta espontanea de los habitantes; después de él, todas las visitas presidenciales se habían vestido con las consabidas vallas de escolares y unos cuantos más acarreados por la Liga de Comunidades Agrarias ante la indiferencia de la población.

Se había iniciado una especie de competencia, cada pueblo quería dar una bienvenida mayor que el anterior y como una bola de nieve, iba creciendo el entusiasmo. En la cabecera Xochimilco se había dado un día antes un mitin monstruo y aunque por puro número de habitantes no se podía competir, el acicate por superar lo hecho estaba presente. Programada la llegada para mediados de la tarde, desde el medio día el pueblo estaba ya en vilo en espera del candidato. A los años toda cuenta es fantasiosa pero de los 25,000 habitantes reconocidos, mas de 10,000 se apiñaban en la plaza y calles principales, sin ningún pudor las campanas de la iglesia repicaban llamando a los rezagados e incluso en las escuelas se habían suspendido las clases para participar todos en la bienvenida. Las asociaciones de charros habían movilizado a mas de 100 jinetes y junto con los cohetes y los vendedores ambulantes daban al acto todo el aspecto de fiesta popular.

A eso del medio día, en una de las peluquerías tradicionales del pueblo, uno de los parroquianos habituales entró en busca del servicio. El peluquero, hombre de mas de 70 años, saludó con agrado a su cliente esperando terminar pronto para acudir, como todos, a la recepción de Cárdenas. En aquellos años las peluquerías libraban sus últimos combates por la supervivencia ante las estéticas unisex, símbolos de los nuevos tiempos y nuevos estilos de vida. Tradicionalmente, los viejos pobladores habían establecido un ritual de limpieza: una vez a la semana, de preferencia el sábado iniciaba con un baño prolongado con agua casi a punto de ebullición, "como para pelar pollos", a lo que se proseguía un cambio completo de ropa, concluyendo "para quedar como nuevos" con un corte de pelo y rasurada a manos de un profesional. Las viejas peluquerías se convertían así en el centro e inicio de actividades de los fines de semana, de donde empezaban las grandes parrandas y aventuras. Sin embargo (y esta historia tiene muchos de ellos) los tiempos estaban cambiando y los nuevos roles del trabajo y vida iban dejando atrás un ritual que pudiera provenir de los mismos aztecas; las nuevas generaciones empezaban a trabajar como empleados en el sector servicios y su presentación implicaba un baño diario y una rasurada rápida e impersonal con una maquina desechable, solo unos cuantos permanecían fieles a las viejas costumbres. Uno de ellos, hombre recio de unos 50 años, se presentó ese viernes, recién bañado y con ropa limpia en busca de servicio.

Los años de conocerlo hicieron que el peluquero no intentará ninguna broma por lo insólito del día de baño, en un pueblo reconocido como de gente brava, el parroquiano merecía particular respeto por dos o tres historias que se contaban en voz no muy baja acerca de él. Siempre cordial, el peluquero lo invitó a ocupar el sillón de barbero de cuero rojo y empezó a preparar sus bártulos mientras miraba el reloj, con el propósito de concluir pronto y acudir al mitin. Tal vez, de acuerdo a la tradición, intentó iniciar la platica con el tópico de moda, la visita de Cárdenas, pero antes de empezar una petición de su cliente lo dejo callado:

- Por favor, le voy a pedir que se apure y que se pula con su trabajo. Me debe dejar como nunca porque hoy me voy a morir…

Acostumbrado a las más insólitas confesiones, el peluquero pretendió no haberlo oído y trato de llevar la plática hacía terrenos menos mórbidos, empero, su parroquiano insistió:

- Rasúreme muy bien, córteme el pelo muy cortito y póngame mucha loción porque después de ésta no puedo volver a que me arregle…

A pesar de lo desusado de lo dicho, más maleducado le pareció al peluquero no darse por enterado, a lo que respondió como sin darle importancia:

- ¿Se ha sentido enfermo o por qué piensa que se va a morir? Yo lo veo tan bien como siempre y no creo que tan así pueda presentir su muerte.

El parroquiano debió sentirse satisfecho por al fin atraer la conversación hacía el tema que le interesaba, por lo que debió sonreír al tiempo que contestaba:

- No, si no voy a morir de enfermedad. Traigo aquí mi 45 y en cuanto llegue Cárdenas al pueblo me le voy a acercar en medio de la bola y le voy a meter de balazos. ¿Se imagina? Lo más seguro es que ahí mismo me mate la misma gente o sus guaruras, por eso quiero que me deje muy bien arreglado, que ya después hasta irreconocible voy a quedar de tanto golpe…

Los años de conocerlo y la fama debieron hacer que la mano que sostenía la navaja titubeara. No había mucho espacio para la broma en la manera que se habían dicho las cosas; tomándolo muy en serio ahora, el peluquero reanudó su charla:

- Oiga, pero lo que me dice es terrible. ¿Cómo que va a matar a Cárdenas? ¿Se da cuenta de lo que va a hacer? El ingeniero Cárdenas es una persona distinta, es un personaje ya de la historia, lo que está haciendo va a cambiar a México.

- Pues es por eso que lo voy a matar, porque está cambiando las cosas y traicionando a nuestro partido -respondió presto. -Usted como yo es priista, hemos estado en el PRI desde hace muchos años y sabemos que nuestro partido ha hecho a este país, aunque les pese a muchos. No se vale que alguien como Cárdenas nos traicione, que ande diciendo lo que dice del partido que le dio todo y que ande alborotando a la gente para cambiar el gobierno. Alguien tiene que detenerlo y si no hay de otra, matarlo. Por eso lo voy a hacer, antes que sea tarde, no importa que me maten, pero no podemos dejar que destruya el país que el PRI ayudó a construir.

La contundencia del discurso dejó callado al peluquero. Aunque hombre inteligente, no estaba muy versado en esos discursos modernos del diálogo, consenso y tolerancia. Sin embargo, una imagen si estaba presente en él: una multitud aplaudiendo mientras un hombre se acercaba poco a poco, con una 45 en la cintura dispuesto a usarla. Pensó un poco antes de reanudar la platica:

- Oiga, pero que no piensa en las consecuencias; piense en su esposa en sus hijos, ¿cómo cree que les vaya a ir si su padre mató a Cárdenas? Además, si lo mata igual se va a venir una revolución, no sólo lo van a hacer pedazos a usted, sino que tanta gente que lo sigue va a buscar venganza y esto va a terminar peor que el 68.

- No me va a convencer. Le tengo mucho respeto y confianza y por eso es que se lo platiqué, pero ya pensé en todo eso y en lo que debo hacer. En cuanto termine de rasurarme me voy a la plaza y ya que sea lo que Dios quiera.

El peluquero ya no contestó, con calma aplicó el talco y la loción y mientras su cliente contemplaba su trabajo en el espejo, se dirigió a la puerta del establecimiento y bajó la cortina metálica del mismo. El ruido hizo que el cliente volteara mientras, con toda la parsimonia del mundo el peluquero instalaba en una silla contra la puerta, se sentaba y reanudaba la conversación:

- Por lo que veo no hay forma de convencerlo de que no asesine a Cárdenas, eso lo tiene muy pensado. Sin embargo, para que salga de aquí y lo mate, antes va a tener que matarme a mí, porque no le voy a abrir la puerta y no lo voy a dejar salir por ningún motivo.

Y aunque lo tenía plenamente decidido, la nueva situación hizo que titubeara antes de contestar o intentar nada.

- Oiga, pero no. ¿Cómo que no me a dejar salir? No se interponga o no respondo de mí. Lo conozco desde hace muchos años y lo respeto igual, pero no voy a dejar que interfiera con lo que voy a hacer.

- Por eso, si todo lo tiene bien decidido, para matar a Cárdenas antes tiene que matarme y también se lo digo de verdad. Ya soy muy grande y he vivido bien, no le tengo miedo a la muerte y nada va a ganar amenazándome, para salir de aquí tiene que ser sobre mi cadáver y no hay de otra.

La convicción con que lo dijo hizo que la decisión no pareciera ya tan firme. El pequeño hombre estaba ahí, sólido y sonriente y ante la certeza de que hablaba en serio, la necesidad de matarlo entró en un rejuego de valores. De acuerdo a lo que contaba el pueblo, no era la primera vez que el cliente mataba a algún cristiano, pero esta vez era distinto. Matar a Cárdenas era un imperativo político, pero nada justificaba asesinar a su amigo de tantos años; de momento pareció rendirse.

- De acuerdo, usted gana, no lo voy a hacer. Déjeme salir y me voy ya a mi casa. Es más, para que no desconfíe le dejo mi pistola -levantándose al mismo tiempo la camisa para mostrar una Colt 45 de cachas de nácar y los respectivos siete chinos.

- No, si yo no desconfió -contestó sonriente el peluquero- y para nada quiero que me deje aquí su cochinada de pistola, soy hombre de paz y no quiero tener una de esas aquí. No soy tonto y sé que usted tiene por lo menos otra en su casa y no voy a arriesgarme a que falte a su palabra yendo por ella y haciendo lo que quiere hacer. Mejor, que le parece, nos vamos a quedar los dos aquí, jugando domino y tomándonos unos tequilas hasta que todo haya terminado y Cárdenas se encuentre muy lejos. Que ya si mañana usted sigue pensando lo mismo, puede ir a buscarlo a otra parte y terminar su trabajo, pero por lo menos aquí no lo hizo y a mí me queda la conciencia tranquila de que al menos yo no lo permití.

A las palabras se unieron los hechos, de una de las vitrinas de la peluquería surgió una caja de domino y una botella de tequila y las siguientes horas, como los amigos que eran, departieron y compartieron su compañía y el tequila. Afuera, la música, las porras, los cohetes y los discursos, les anunciaron que el mitin se estaba realizando y que Cárdenas seguía anunciando el pronto fin del sistema priista. Bajaba ya el sol cuando salieron de la peluquería, la plaza estaba cubierta de pedazos de papel que los empleados de limpia empezaban a barrer con desgana. Tal vez nadie los vio salir o les puso atención.

A los años el peluquero contó a unos pocos el episodio; si bien su cliente murió del corazón años después del 88, ignoro si esperó esto para atreverse a narrarlo. El peluquero murió después, espero que de esa muerte tranquila y misericordiosa de los ancianos, lo cierto es que no tenía en la conciencia no haber evitado un episodio que hubiera cambiado la historia moderna de México. E insisto, no sé si es cierta la historia, pero lo que reconozco es que hay momentos en que los grandes acontecimientos dependen de gente pequeña, que muchas veces ni se imaginan el papel que están jugando.

* Chilango, miembro de la generación del 68 aunque no haya hecho nada por probarlo. Anarquista de la variedad boca grande, durante un tiempo supo callar lo suficiente para recibir sus quincenas en la administracion publica con regular suerte. Productor y guionista de radio univeristaria, articulista de revistas regionales, actualmente comparte el subemepleo con la actividad politica dentro del PRD de Aguascalientes, donde espera pacientemente su plurinominal.

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