IZQUIERDA PARA EL NUEVO SIGLO
Gerson Martínez *
A lo largo de este siglo, muchedumbres enteras se alzaron en pie de lucha sin tanta teoría, sin pretensiones cientificistas, ni redentoras.
Simplemente persuadidos de que El Salvador era un país enfermo de dos grandes males que devoraban la vida de la gente y la vitalidad del país: el militarismo y la injusticia económica, que debían ser erradicados.
Algunos habían aprendido antes, poco o mucho, de la filosofía, de las ciencias sociales o de teoría política. Pero la mayoría llegamos, teórica o intelectualmente, en ayunas, movidos más por la con-ciencia, que por la ciencia y muchísimos otros salvadoreños motivados por la mismísima necesidad de supervivencia, por el pan, el salario, las prestaciones sociales, la tierra. Y no faltaron aquellos que se enrolaron para salvar la propia existencia y la de los suyos frente a la represión, el bombardeo, la ofensiva, la masacre, el cerco militar. No les quedó de otra. Incluso hubo muchos que ingresaron al movimiento impulsados por su particular comprensión del evangelio, muchísimos de los mejores combatientes y de los (as) mejores militantes políticos, sociales e intelectuales… y todos ellos invariablemente situados de este lado de la barricada.
Tenían un sueño, otros un ideario más elaborado, cierta noción sobre una sociedad mejor, más humana, justa y solidaria. Pero sobre todo, estaban armados de sensibilidad social.
Creían en la necesidad del cambio y en la posibilidad del mismo y se les fortaleció la voluntad de lucha e inclusive, a millares, les nació una disposición al sacrificio, comprometidos hasta las últimas consecuencias, resueltos a dejar el pellejo en cualquier charral o en cualquier callejón, del lado siempre de los débiles y vulnerables.
Armados de valores y de todos nuestros miedos y con la infaltable compañía de nuestras propias falencias, de nuestras propias debilidades. Pero siempre del lado de los ofendidos. Eso es para nosotros izquierda. Una expresión de individualidades, de compromisos y opciones personalísimas, pero sobre todo como lo que ha sido y es en El Salvador: un fenómeno social o socio-histórico, un fenómeno colectivo.
Y muchos queremos seguir siendo de izquierda.
Identidad
Aceptamos la incertidumbre, la duda incluso, porque debemos aceptar con modestia nuestras limitaciones. Pero no solamente por eso, sino sobre todo porque la duda insumisa y cuestionante ha jugado y seguramente desempeñará siempre un papel revolucionador de la sociedad y de las ciencias. Esto pasa por aceptar que somos quizá por definición FALIBLES y que no tenemos todas las respuestas.
Si bien en América Latina algunos se creyeron mucho más que eso, somos criaturas humanas por naturaleza falibles y no siempre perfectibles.
Por ello, para la propia salud de la izquierda, probablemente sea una verdadera necesidad la de una mayor auto-desmistificación de las investiduras y de las virtuosidades "innatas" que a veces hemos creído o pretendido tener u ostentar.
Ahora bien, al hacer nuestro balance del siglo XX debemos sentirnos, en cierta medida, satisfechos porque hemos luchado con estoicismo, pero principalmente porque contribuimos a "curar" al país de la primera cangrena que era el militarismo. Todavía El Salvador está convaleciente de aquél padecimiento, pero a decir verdad el problema está fundamentalmente superado.
Sin embargo… sin embargo, el desafío de la injusticia económica y social, es ahora más grave, y ello nos convoca a seguir luchando.
Y es que, con una herencia histórica y popular tan grande y con una actualidad tan golpeante, ¿cómo podríamos sufrir la angustia de la llamada crisis de identidad?
Antes bien, crítica y creadoramente abiertos a los aportes del pensamiento universal, lo mismo que a los valores de la especie, a los añejos y a los novedosos valores de la civilización humana, reivindicamos para la izquierda salvadoreña una matriz ideológica desde nuestro propio pueblo nacion. con seis, nutrientes de raíz histórica-nacional:
1.. Una noción de justicia que existe en esa huella inmemorial
de nuestro pueblo hasta nuestros días.
2.. Una noción de democracia, de lucha por la democracia
a lo largo del siglo XX.
3.. Una noción de soberanía y patriotismo en la
vida del pueblo salvadoreño.
4.. Una vertiente socialista, utopía de una sociedad
fundada en la participación, la equidad y la solidaridad, a la que
millares dedicaron su vida.
5.. Hay asimismo una raíz de humanismo, de un humanismo
social en este pueblo que es en su abrumadora mayoría cristiano.
6.. Y una ética de servicio y de lucha, de resistencia
y de arrojo en función de los pobres y excluidos, en función
de un país mejor.
Reconocemos, sin embargo, que las ideologías entendidas éstas como esos grandes edificios conceptuales, con sus portentosos arranques teóricos que levantan raíces de la época de la olustración y el racionalismo, con sus fatuas arrogancias iluministas y cientificistas, demostraron hace rato su inconfesa insuficiencia para explicar el mundo, la realidad y la vida social.
A lo mejor no todos tengamos el mismo grado de comprensión, o de incomprensión sobre este asunto, pero al menos en esto la izquierda salvadoreña, o buena parte de ella, se dio por enterada hace buen rato.
Enterada de que todos los absolutos, las visiones unívocas, cerradas, imperecederas y totalizantes son perversas. Como el totalitarismo de los mercadolatras de hoy en día.
No es la muerte de las ideologías, como proclamara Daniel Bell en los sesentas lo que sobrevino; llegaba más bien, la declinación de las ideocracias. Porque fue toda una era, quizá natural en la evolución del pensamiento humano. La del sobrepeso de los ideologicismos, con su telaraña fundamentalista y la herrumbre de los dogmas de cualquier signo, de izquierdas o derechas.
Pero tampoco caigamos en la trampa de los neo-ideologicistas que exhortan a "des-ideologizar" todo, para provocar una desestructuración y un desarme ideológico principalmente del pensamiento social y de las izquierdas. Porque la actitud de los neo-ideologicistas es una actitud realmente sobre-ideologizada y perversamente reaccionaria.
También es cierto que hay quienes se sienten desarropados, como descobijados, si no tienen un rótulo o viñeta con que autonombrarse como si eso fuera lo que nos define y nos da identidad.
Es preciso que vayamos más allá del simplismo y de las nomenclaturas, hacia las visiones que cada uno tiene del proceso social, a los contenidos, a las propuestas y contrapropuestas, a los valores y sobre todo a las conductas y a los resultados de todas aquellos enfoques y comportamientos políticos dentro de la expericiencia social de un pueblo, que sigue siendo la principal fuente de sabiduría y de respuestas.
A fin de cuentas, la ideología no es credo y teoría solamente, es acción primordialmente.
Por ello, el desafío y el debate necesario dentro de la izquierda es conductual, concreto y práctico. No solamente teórico. Si bien hay un desafió elaborativo, mejor dicho, un déficit elaborativo.
Legitimidad
Pero, ¿hasta qué punto es necesaria la izquierda?, nos
pregunta el cuestionario-guía de este panel.
Interroguemos al siglo que termina. Preguntémonos ¿qué
hubiese sido del país sin este pueblo de izquierda? Digo pueblo
con propiedad y sin pretensiones totalizantes. Porque en El Salvador la
izquierda ha sido un fenómeno frecuentemente torrencial y con profundo
arraigo social.
¿Cómo explicaría usted las conquistas laborales sin el movimiento de la izquierda social y política?
¿Encontraría usted una explicación a la caída de la dictadura y al derrumbamiento del muro de los miedos históricos, sin la izquierda salvadoreña?
Seguramente que habría que corregir plenamente la vieja actitud pendular que ha movido compulsivamente a cierta "izquierda" en el mundo, del mesianismo a la crisis de autoestima y viceversa.
Pero se nos pregunta, ¿será necesaria la izquierda en el nuevo siglo?
Recordemos que, en El Salvador, la más notable conquista de la última centuria fue el proceso de desmilitarización de la sociedad, del Estado, de la seguridad pública y de la política. Sin embargo, el pueblo todavía gime bajo la bota del hambre. Por eso mismo, cuando finalizó el conflicto armado dijimos "misión cumplida", nunca misión concluida.
Y es que El Salvador es un país de abismales disparidades, es y sigue siendo un país sediento de contrapesos a fin de alcanzar los equilibrios económicos, sociales, políticos, institucionales y culturales, por los que se inmolaron tantos hermanos y compatriotas democráticos, revolucionarios, buenos cristianos.
Por eso, cuando la balanza se encuentra estructuralmente desequilibradas, en los extremos que conoce nuestro país, una manera más clara de ayudar a superar tales desequilibrios es yéndose y manteniéndose firme y definidamente del lado del más débil, incorporando peso a la levedad histórica.
Porque en una ecuación polar, groseramente desequilibrada, como ésta, me corro a un punto central equidistante del débil y del poderoso, entonces contribuyo a perpetuar el statu quo. Sencillamente porque estas no son las sociedades semiequilibradas de Inglaterra, Canadá, Alemania o Francia. Después de todo, el problema no es de corte geométrico, ni de cartografía o de ingeniería política. Se trata de problemas societales profundos, de complejos y sustanciales dinamismos.
Por tal razón, sin demeritar a otros salvadoreños democráticos de distintos credos políticos, en El Salvador, país de esas polaridades ultrajantes, hoy por hoy, el centro equilibrador está a la izquierda.
¿Pero qué tipo de izquierda es la que se necesita?
Una izquierda Democrático-revolucionaria y socialista.
Porque como decía Guillermo Manuel Ungo, la causa de la democracia, frente a los poderes contrademocráticos, es una causa profundamente revolucionaria.
¿O todavía queda alguien que dude que podría haberse abierto el proceso de democratización y desmilitarización, sin un esfuerzo revolucionador y rupturista con el pasado, de al menos una parte decisiva de la sociedad?
¿Sería posible alcanzar la democracia económica, sin tocar en su raíz las estructuras económicas oligopólicas y excluyentes?
¿Puede alcanzarse una democracia integral o al menos multidimensional, sin cambiar de raíz algunas cosas? La realidad ha sido elocuente. Hay que ir al fondo de los problemas.
Ser de izquierda en El Salvador es un compromiso con la justicia social, la democracia, la verdad y la ética política hasta las últimas consecuencias. La causa de la democracia sustancial requiere una dosis profunda de radicalidad.
Radicalidad es abordar y el buscar transformar las cosas de raíz. Y ello no tiene nada que ver con seudorradicalismos verbalistas, sectarios e inconsistentes y menos aún con posiciones acomodaticias, mediáticas y poco firmes, que siempre, en medio de cierto narcisismo político grupal, terminan ambos –en muchos casos inconscientemente- haciéndole el juego, en distintas latitudes, a los hambreadores de nuestros pueblos. Sin modificar la raíz de los problemas. Como los que deciden mudar de piel, correrse en el espectro político y refugiarse en otros dogmas, solamente que, más de alguna vez, en dogmas amigables a la contraparte opresiva.
No cabe duda que el sistema trata de fabricar su propia oposición pues la necesita para legitimarse y para perpetuarse.
¿Cuáles son algunas de las definiciones programáticas de la izquierda salvadoreña con relación a las nuevas necesidades que plantea el contexto nacional e internacional?
a) Los nuevos escenarios demandan de nosotros reconocer y tomar en cuenta los giros del planeta, los veloces y colosales cambios geoeconómicos, de la tecnología, la cultura y la ciencia, la información y la telemática; pero desde un proyecto autocentrado de pueblo nación.
Pretender pasar por alto o negarse a reconocer el fenómeno de la mundialización y de la regionalización de muchos procesos es absurdo.
La llamada globalización no es uan opción. Es un dato de la realidad. Y la realidad es una intransigente señora que debe ser tomada en cuenta si se quiere actuar con seriedad.
Lo que ofende de tales procesos es la concentrada opulencia de unos pocos, opulencia atrozmente matizada con mil trescientos millones de seres humanos, de más de seiscientos millones de niños que viven en la más espantosa indigencia en el inicio de un nuevo siglo.
Es el abuso de los poderes transglobales lo que ofende, es la visión economicida del desarrollo y de la vida social, es la financiarización de la economía, de la vida internacional, de la suerte de la especie y del planeta lo que debe cuestionarse con agudeza y perseverancia.
Avanzada ya la revolución industrial, los carbonarios todavía saboteaban máquinas en la creencia de que lo malo eran las máquinas y no las injustas estructuras de dominación económica y andaban grasientos y en harapos creyendo que eso les hacía mejores revolucionarios.
Bajo una visión abarcadora y amplia, nosotros consideramos que El Salvador necesita y merece una vía original y propia, colidereando o si fuere posible lidereando a una comunidad regional de naciones para hacer frente a los retos del mundo contemporáneo, en función del pueblo.
b) Para el nuevo siglo tengo el paradigma de un poder consensual que rompa el modo vertical, autoritario, excluyente, sectario, mesiánico y partido centrista del poder.
Aquí las izquierdas hemos comenzado a romper ciertas breñas, pero tenemos mucho que andar y caminos torcidos que desandar. La derecha por lo general, al menos en El Salvador, está muchísimo más subsumida y semifosilizada en los viejos resabios del despotismo, del clientelismo y del maridaje entre la política y el dinero.
c) Nuestro rumbo, nuestro norte magnético, tiene que ser, por supuesto y siempre, el de un país próspero, justo, solidario, democrático, competitivo, equitativo y en paz. Donde cada uno pueda desarrollar todas sus potencialidades, virtudes y capacidades, aportando responsable y creativamente a las tareas del desarrollo nacional, como también participando en EQUIDAD de los beneficios de ese mismo desarrollo. Es decir, el disfrute justamente compartido del producto social.
Dentro de una visión desprejuiciada e incluyente de todos los sectores económicos y sociales, la superación de la pobreza es, para el FMLN, el medidor de la calidad, de la eficacia y del éxito de la gestión pública. Y es el más alto interés nacional.
Esto exige un compromiso claro e inequívoco con el logro de altas tasas de un crecimiento económico, sustentable y de larga duración.
d) Frente a la acentuada tendencia a la terciarización de la economía, a la imposición de una economía importadora, especulativa, rentista y consumista, nuestro énfasis es el desarrollo de una economía productiva, diversificada, competitiva, generadora de empleo y divisas, que propicie, en el marco de una real apertura hacia adentro, más inversión de empresas nacionales y extranjeras y la ampliación del mercado interno.
El centro de la política económica debe ser la generación masiva y progresiva de empleos e ingresos para los pobres, a lo cual deben corresponder las políticas macroenómicas, que han de ponerse en función del crecimiento y del desarrollo con equidad.
Y no nos cabe duda que frente al entorno economicida, la mejor política social, –no la única- pero, sí, la primordial política social tiene que ser una política económica centrada en el ser humano.
e) Hacer de El Salvador un país seguro. Donde el logro de la seguridad ciudadana se constituya en uno de los factores para la realización humana y en una de las ventajas comparativas y competitivas del país, conseguidas a través de un combate total al crimen organizado y a la delincuencia y de una política integral de ataque a las causas generadoras de la misma.
f) Respecto al Estado hay que construir un Estado social, democrático, descentralizado y participativo de derecho. Un Estado responsable y eficaz en el cumplimiento de sus deberes públicos, sociales, políticos y económicos. Regulador, normativo y garante de libertades, derechos y responsabilidades. Promotor, inductor y un factor acelerador del proceso de creación de actividades productivas y de empleo en la sociedad. Ni Estado paternalista, ni Estado egoliberal socialmente irresponsable.
Unidad
¿Es posible una coincidencia estratégica de todos los sectores de la izquierda en torno a una estrategia de poder?
Lo primero que debemos reconocer es que, no hay estrategia de poder ni de cambio verdadero sin un proyecto de sociedad y de país, de conjunto e incluyente, que para nosotros entraña una opción preferencial por los pobres.
La representación efectiva de los trabajadores pasa por un proyecto de pueblo-nación. Y solamente mediante el enarbolamiento de ese proyecto de pueblo-nación podría la izquierda conquistar y asumir el liderazgo de la nación salvadoreña en el siglo XXI.
Rehusarse a hacerlo, constreñir el planteamiento o fracasar por negligencia significaría ceder el liderato del país a la derecha egoliberal, con inimaginables consecuencias para los sectores populares.
Pero es obvio que una izquierda incapaz de convocarse a sí misma, incapaz conformar un aglutinamiento, una concertación y, si fuere posible, la unidad en la pluralidad que opere como polo gravitacional, no estaría aún madura para jalonar al país hacia las transformaciones aún más profundas que se necesitan.
De mi parte, me pronunció por la más amplia y plural alianza nacional, multiclasista y democrática para el cambio, pero donde nosotros participemos desde la izquierda, donde la izquierda actúe sin rigideces escleróticas, pero tampoco sin mimetismos, ni sometimientos a las elites granmercantilistas.
Ello pasa necesariamente por superar los efectos ideológicos de la reestructuración neoliberal, que propicia una tendencia a la micronización, a la fragmentación y a la dispersión de lo social y de la izquierda. El reto es el de concertar y levantar agendas transgrupales y un macrodiscurso integrador.
¿Riñe esto con los principios?
De ninguna manera, esto no discrepa con los principios. Por el contrario, unir y desencadenar fuerzas para el cambio –SI- es una cuestión de principio.
Y más bien, es contra cualquier estrategia consecuente y contra los principios dividir al pueblo y a las fuerzas progresistas, fabricar uno mismo su microclima y meterse en su propio iglú. Eso sí sería una manera segura de hacerle el favor a la derecha retardaria.
Y para concluir, se nos pregunta ¿debe la izquierda promover la participación ciudadana mediante expresiones no partidarias?
Bueno, si es izquierda sí. Si es revolucionaria, sí. Si es democrática, sí.
Pero la izquierda debe impulsar eso y muchísimo más. Debe de ser el alma crítica frente al sistema seudorepresentativo que padecemos y que apenas si llega a una especie de esquema proto-delegativo, y no más.
Promover la representación efectiva, y empujar a romper el monopolio de las mediaciones obligadas, es decir la partidocracia o embudocracia. Propiciando formas de autorrepresentación popular, la generación de contrapoderes frente al Estado y frente al Mercado, caminando hacia un ejercicio pleno de ciudadanía efectiva.
Lo cierto es que si bien la Constitución le da a los partidos el monopolio de la representación política en el poder; no es la Constitución la que establece como deben ser los partidos. Es la Ley secundaria la que fijó el molde.
Hay que romper el formato, hacia formas más expeditas de partido, facilitadoras de la participación cívica y no inhibitorias u obstructoras de la participación popular en la política y en el poder.
La reacción naturalmente se opone. El Statu Quo defiende sus intereses creados.
En cuanto a los partidos ya existentes, se necesita para ellos –para todos- una cultura política, una normativa legal y una contraloría ciudadana que les obligue a democratizarse y a ejercer la función de representación popular como Dios manda.
La democracia intramuro en los partidos, no es tal. Es seudodemocracia. Se necesita partidos abiertos, participativos y, naturalmente, cualificados; es decir, que eleven su calidad. Pero no sobre la base de elitismos mesiánicos o poniendo trancas a la participación ciudadana, sino generando una capacidad de educar a los recien llegados y reeducar a los viejos, combinando la experiencia de los cuadros forjados con la frescura de la juventud y de lo nuevo.
Ello nos lleva inmediatamente a un tema tabú, dentro de los partidos, el tema de los intereses al interior de los partidos. De los intereses legítimos como también de los interesitos creados en el seno de cada partido.
Este es un tema que debe ser ventilado con transparencia y con franqueza, para no hacer enmascaramientos ideológicos de los mismos y para evitar la descomposición política y moral que el imperio de los interesitos creados, tribales o personales, ha generado en los partidos tradicionales de derecha o de izquierda.
Hay que conciliar los intereses individuales o grupales que fueren realmente legítimos con la suprema noción del bien común y de los intereses colectivos que, para mí, serán siempre superiores a cualquier interés personal y de grupo, por legítimos que estos sean.
A decir verdad, muchas de las transformaciones que hemos hecho y por las que luchamos hoy en día son las de la revolución francesa… solamente que siglos después. Pero ni modo, "en este paisito nos tocó nacer y no me corro", como dice el libro de José Roberto Cea.
Así y todo, queremos a nuestro país. Vayamos pues, al
nuevo siglo para seguir en el oficio de asaltar y rebasar bastillas hasta
la victoria siempre.
* Miembro del Consejo de la Alcaldía de San Salvador, recién electo, miembro del Consejo Nacional del FMLN, ex comandante del FMLN, ex diputado, coordinador de la fracción parlamentaria del FMLN y ex primer Vice presidente de la Asamblea Legislativa (1997-2000).