HENRY MILLER EN PAPELES INUSUALES
Daniel iván *
Henry Miller, Cartas a Anaïs Nin. Edición de Gunther Stuhlmann. Plaza & Janés editores, Barcelona, 1987.
¿Alguna vez has visto una manzana —o la fruta que tú gustes y mandes— jugosa, increíblemente madura, con un color encendido y tentador, y, por si todo esto fuera poco, del tamaño de un automóvil compacto? ¿No te gustaría morder algo así? ¿Comértelo por completo —sin albur— y después ir por el mundo eructando “eso”?
Pues bien, míster Gunther Stuhlmann nos regala una fruta con las anteriores características, si bien no una fruta de su cosecha, al editar —hace ya algunos ayeres— una selección abrumadora y fascinante de cartas que el maestro Henry Miller escribió para su amiga, amante, benefactora, alma afín y no menos maestra Anaïs Nin. Abrumadora, porque abarca una etapa extensísima de la vida de Miller; la primera carta está fechada tentativamente por el editor —ya que Miller nunca adquirió el hábito de fechar su correspondencia— en octubre de 1931, en París, y la última, parcialmente fechada por Henry —pa’ los cuates—, el 19 de julio de 1946, en Big Sur, California. Alrededor de quince años de correspondencia fundamental, por lo tanto fascinante a los ojos de cualquier aficionado a las obras del autor, que documenta el período creativo que vio nacer los Trópicos, la Primavera Negra, el Coloso de Maroussi, la Pesadilla de Aire Acondicionado y otros tantos, además de sus artículos, recensiones y ensayos misceláneos de la época.
Si el señor Stuhlmann no nos miente, la primera carta fue escrita dos meses antes del primer encuentro de Henry y Anaïs, que según la autora cita en su diario (Henry and June, traducción al español por María José Rodellar como Henry Miller, su mujer y yo, Emecé editores, Buenos Aires, 1988), ocurrió en diciembre de 1931.
En esta carta, Henry nos anuncia que está escribiendo su Trópico de Cáncer, que tiene cantidad de cosas qué corregir ahí, que su mujer (June Mansfield o June Edith Smith, su segunda esposa) acaba de llegar y que se le complica todo. A partir de esto, conocemos hechos que ya no nos parecen tan ajenos, como su estancia infame en el Lycée Carnot, una escuela donde Miller enseñó inglés y se percató de la estupidez del sistema educativo, y que relata de manera maravillosa en la parte final del mismo Trópico. Así, durante esta primera entrega de cartas, aglutinadas bajo el rótulo “París”, asistimos a los primeros años de amistad con Nin y conocemos a ciertos personajes que a ratos —y esto es culpa del editor— se nos pierden en el infierno de mil nombres entremezclados y que, ocasionalmente, intentamos recuperar con la endeble arma que al final del volumen se nos otorga: una serie de fichas biográficas, bien documentadas, eso sí, pero que terminan por dejarte en las mismas. A pesar de esto, gracias a la escritura maestra de Miller, podremos también reconocer a muchos de estos amigos y enemigos en la obra misma del autor, aquellos que lo alimentaron, que lo hospedaron, que le dieron de comer y lo soportaron. París ve nacer esa primera trilogía conformada por Tropic of Cancer, Tropic of Capricorn y Black Spring, y nos ofrece la visión a ratos despiadada y a ratos plañidera del escritor ante el rechazo sufrido por su obra, ante las constantes postergaciones para la edición de sus libros, en especial del “Cáncer”, que fue calificado de obsceno, y ante el paso inexorable del tiempo que él considera el “adecuado” para la salida de su obra a la luz del día.
Si bien esto ya sería mérito suficiente para disfrutar el libro, a continuación se nos ofrecen dos bloques inmensos de correspondencia que contienen un cúmulo de belleza, tanto narrativa como de reflexión, y que se convierten, en mi opinión, en la parte medular de este volumen. Primero, su etapa en Corfú, Grecia. ¡Esta es una parte importante y riquísima de la carne de la manzana! Un Henry eufórico en su inactividad, nos relata su reencuentro con Grecia, un redescubrimiento maravilloso y maravillado con una de las bases inevitables de la cultura humana. Miller cambia; se vuelve, según sus propias y exaltadas palabras, un salvaje. Camina descalzo entre los guijarros, se sumerge desnudo —una desnudez que se antoja total, casi metafísica— en el mar, y se convierte en “un negro”. Sube y baja por toda Grecia, y descubre lugares donde el hombre se convierte, ineluctablemente, en Dios, al encontrarse consigo mismo; descubre planicies donde una cabra no es sólo una cabra, sino todas las cabras. Se percata también de que el drama se encuentra perdido por algún rincón de la literatura y, en general, del espíritu creador occidental, ese espíritu que él califica, en su embriaguez, de diseccionado. Toda esta riqueza encontrada en Grecia finalmente florece en el libro The Colossus of Maroussi, al que él se refiere en toda la correspondencia posterior como “el libro griego”.
Al final de una de las cartas de este período, Miller nos dice: «A nadie le aconsejaría venir a Grecia, a menos que esté preparado para encontrarse cara a cara consigo mismo». El sentimiento que a uno le queda después de leer estas cartas es precisamente ese. Curiosamente, el inicio de la fatídica segunda guerra mundial coincide con este período, pero Miller poco caso hace a esta circunstancia. Sólo cita la guerra para decir que la siente muy lejana, lo que nos habla de un estado anímico más bien parecido a la enajenación, al viaje lucinógeno, en un tipo casi siempre enredado con las causas justas y reales y que siempre tenía algo qué decir de lo que ocurría en su tiempo. Grecia, finalmente, había cumplido su papel de panacea.
Pero Miller regresa a América. Ese espíritu exaltado que había ganado en Grecia da paso a otro, desolado, desde el primer contacto visual con la costa de Boston. Pero Henry no pierde su fuerza por esto, ni su vista visceral. Si Grecia había constituido un bálsamo inapreciable para su ser, América lo hacía enojar, y este enojo lo mantenía vivo y dando brincos. El escritor comienza a tener nombre en el mundillo literario; la gente lo conoce, le escribe, lo busca. Por encargo —bueno; este tío aceptaba encargos para terminar haciendo lo que se le venía en gana— Miller emprende un viaje a través del país, para absorberlo y poder escribir sobre él. Este viaje produce la segunda entrega de carnaza jugosa de la pletórica manzana. Anaïs está viviendo en Nueva York —¡la gran manzana!; pueblo natal de Henry— y en parte financia la travesía. Miller lanza ahora una mirada sin piedad y maquiavélicamente lúcida sobre un caleidoscopio de aspectos de la vida en los Estados Unidos. Pueblo tras pueblo —travesía que no deja de recordar el On The Road de Jack Kerouac—, ciudad tras ciudad, va encontrando la futilidad de la vida y el pensamiento de sus paisanos, que, irónicamente, se contrapone sin remedio a la belleza de los paisajes, a la riqueza y a la aparente irreductibilidad de los recursos. El suelo norteamericano, a través del ojo de Henry, a ratos se nos muestra como el cuerno de la abundancia. Otra tierra de Jauja, pero llena de locura y sinsentido, llena de estupidez, y que le indica el camino de la elocuentemente titulada The Air-Conditioned Nightmare.
La aridez sigue siendo terrible. Una pesadilla en verdad. Miller nunca se limita a ser cronista: critica, se enfurece, y a veces llega a condenar —proféticamente— a sus hermanos blancos a la total extinción. Los indios serán dueños de todo, nuevamente. La guerra se hace presente: Henry pronostica y profetiza, otra vez. Espera que Francia —bajo el yugo nazi— se levante y acabe de una vez por todas con el conflicto. Ve en el comunismo al peor enemigo de la libertad. Con profunda mirada histórica, atestigua la violencia, la sufre, y sin embargo le parece perfectamente natural. Sabe que es el producto humano por excelencia. «Ese “sentido de la realidad’ —nos dice, en octubre de 1942— del que hablan los demás no es más que una tontería. Eso es lo que conduce al mundo a una guerra; todo está fundamentado en compromisos (...). La corrupción surge desde las profundidades y envenena todos los niveles.
El funcionamiento del mundo está basado en la desilusión y en la perfidia». Miller sostiene una relación ambivalente con los inmigrantes, siendo él mismo un hijo de inmigrantes; admira a ratos a los griegos y latinos con los que se cruza. Los mexicanos le parecen mal encarados, con posturas de asesinos —según sus propias palabras— y opina que en México todo debe ser traición y una lucha frenética a muerte —lo cual no se aleja mucho de la realidad, después de todo. Y sin embargo, también a ratos, le agradan. Y no se diga los negros: Miller es negro de corazón.
Henry Miller se nos expone así, complicado e inagotable, en esta no tan precisa selección de cartas de Gunther Stuhlmann. Astrólogo, pintor, escritor demoníaco, crítico de todo y de todos, incluso de sí mismo, cinéfilo enamorado de Buñuel y Orson Wells -de quienes hace análisis someros pero intensos-, y neurótico aficionado. A veces se extraña al Henry Miller cachondo, majadero y violento que aparece en sus grandes obras. No es de extrañarse la anécdota que él mismo nos refiere en uno de los pasajes de este libro: una señora, dueña de una librería, al saber que él era el autor de los trópicos, exclamó “¡Pero si usted no parece tan obsceno!” Así hoy, al concluir este volumen espléndido, tenemos que exclamar: ¡Pero si usted no parecía tan decente!
De cualquier manera, una manzana es una manzana. El volumen es conseguible;
lo encuentran, extrañamente, en ciertos lados a diez pesos (¡!)
y en otros hasta en cien. Es la anarquía de precios.
* Actor de estudio y director de películas porno frustrado. Nació en Ciudad de México, murió a los quince años pero resucitó al año siguiente. Como músico ha tocado en Caótica Escasez, Psicótica Escasez, Mortinato, Mujer Inmensa, Ixtab, Los Prostitutas y en la orquesta del hospital San Rafael de la Ciudad de México. Su primer libro, un ensayo sobre la poesía de Jim Morrison, aparecerá en junio de 2000.