REVOLUCIÓN BLANCA. ¿O DE COLORES?
Iván López Soto *
El pasado 17 de junio del año en curso, se llevó a cabo en el Distrito Federal, México, el Primer Congreso Nacional de Adultos Mayores “Los derechos y los años”. Esta congregación de senectos tenía como objetivo plantear las principales problemáticas que padece este grupo poblacional, someterlas a disección en mesas de trabajo específicas para cada tema y buscar una posibles soluciones para ellas. La finalidad del evento era, por demás, noble. Sin embargo, no podía faltar el pelo en la sopa.
¿De qué color quieres tus canas?
Resulta ser que desde el inicio hasta el final, el evento tuvo tremendos matices de politización y proselitismo a favor del Partido de la Revolución Democrática (PRD), no porque los “abues” asistentes así lo hallan mostrado, sino porque los organizadores jamás tuvieron el menor recato de disimular sus fobias hacia el Partido Revolucionario Institucional (PRI). Además, extrañamente, al término del evento había una mesa colocada frente a la puerta de salida con propaganda pro voto de los candidatos del “sol azteca”.
Como dato para dejar asentada esta mala proyección del evento, está la participación de Gonzalo Rojas Arreola, presidente de la Comisión de Seguridad Social de la Cámara de Diputados, quien en su intervención dentro de la ceremonia inaugural criticó severamente los trabajos de la administración política anterior, no sólo para el Distrito Federal, sino también a nivel nacional, ostentando a la nueva administración capitalina (perredista) como la mejor y más pura que hasta hoy a tenido esta ciudad y todo México.
Así, con un tono de voz elevado y con una articulación de palabras extasiante, el diputado dirigió un discurso, entre líneas, a favor de las próximas candidaturas de sus compañeros, argumentando que para seguir con lo que hasta ese momento se había ganado, se debía votar por su partido político.
Claro que Rojas pensó que la gente le serviría de comparsa, cosa que no fue así, en vista de que cuando el antes mencionado comenzó la perorata, muchos senectos protestaron y otros más se levantaron de su lugar, dieron media vuelta y se marcharon de ahí, ante la mirada consternada del diputado quien sólo alcanzó a decir: “Bueno. Sí no quieren que hable sobre esto, no hablaré”.
El mismo Carlos Monsivais, escritor y periodista mexicano, se retiró del evento ante esta situación, a pesar de que se había presentado en el evento para dar lectura a su ponencia, la cual estaba dentro de las magistrales de la inauguración.
Pero, el mal ya estaba hecho, y algunas personas permanecieron en el evento incomodas, exteriorizando comentarios tales como: “Yo vine a ver que resuelven de nuestra problemática, no a que me avienten el rollo de siempre de que su partido es el bueno”, “De haber sabido que esto era para promover sus candidaturas, mejor me hubiera quedado en mi casa”, y cosas por el estilo.
Segundo gancho al hígado
Una vez pasado el amargo trago de la decepción, nuestros viejitos se integraron a las mesas de trabajo, mismas que se dividían como sigue: Seguridad Social; Vivienda, Capacitación y Trabajo; Salud, Cultura y Recreación, y Legislación y Participación.
Ahí fue en donde les cayó el segundo gancho al hígado, pero esta vez fue sólo para los asistentes a la mesa de Seguridad Social, pues uno de los ponentes, al igual que el Doctor Rojas, externó lo mismo sobre que para que pudiera seguir lo que se había ganado hasta el momento para la llamada Tercera Edad, se tendría que votar por el Partido de la Revolución Democrática. Aunado a esto, afirmó que si el Partido Revolucionario Institucional (PRI) quedaba nuevamente en el gobierno, el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) se privatizaría irremediablemente, lo cual pondría en riesgo las mismas pensiones y jubilaciones de algunos de los asistentes.
Y, sí, adivinó. Los que esto escuchaban no hacían más que guardar silencio y ponían cara de tedio. ¿Qué más les quedaba?.
No todo fue negro
A respecto de las demás mesas de trabajo, estas interactuaron sin contratiempos y prolíficamente, haciendo planteamientos interesantes, como la propuesta hecha por la Asociación Nacional de Trabajadores Jubilados y Pensionados A.C. Siglo XX, Siglo XXI, quienes planean establecer una tienda de autoservicio que esté totalmente trabajada y administrada por adultos mayores, asentada sobre las bases de un convenio con los principales distribuidores y productores de abarrotes, artículos del hogar y otros giros, y con tendencia a generar otros empleos para la senectud, quienes podrían actuar como proveedores de ropa y otras cosas para su comercialización.
Es de mencionarse que una parte de las ganancias obtenidas estaría destinada a la construcción de asilos y a la apertura de nuevas tiendas a nivel nacional.
También se presentó un proyecto de vivienda digna para el anciano, el cual se proyecta como la construcción de departamentos individuales para estos, no transferibles y con rentas variables, de acuerdo al nivel económico de la persona, para así dejar en el pasado el temido nombre de “Asilo” y dar paso a un nombre más agradable: residencia.
Asimismo, se habló sobre la posibilidad de conformar una Procuraduría de la Senectud, misma que atendería sus problemáticas legales, y de la conformación de Consejos de Ancianos en las comunidades, a los cuales se les asignaría un sueldo.
Desgraciadamente, se planteó que estos consejos fueran electos democráticamente (la dichosa palabra engañosa). Imagínese usted que pasaría se así se hiciera: de por sí el distanciamiento social que se vive en esta contaminada ciudad ya es insoportable, ¿a dónde iríamos a parar si nuestros “abues” entraran en una contienda política de postulación?. Si mal no recuerdo, en las culturas prehispánicas el Consejo de Ancianos estaba conformado por todos los ancianos de la tribu, no sólo unos cuantos elegidos, porque de esa manera la sabiduría vertida en torno a los asuntos de los pueblos era mayor.
Conciencia ¿Qué más?
Una de las cosas que llamó mucho mi atención fue la mención, por parte de uno de los organizadores, de que a partir de ese momento daba inicio la “Revolución Blanca”, porque, según él, todos los gerontes de México se unirían y pelearían por sus derechos.
Esto me llevó a reflexionar sobre una cuestión muy importante: en principio de cuentas, esta persona no está consciente de que los ancianos no deberían luchar más por sus derechos, puesto que ya se los ganaron con el sudor de su frente, aunque les sean negados, y porque ellos son forjadores de una patria.
En todo caso, quienes deberían de pelear por esos derechos somos nosotros, la población joven del país, no sólo porque a ellos les debemos todo cuanto hemos aprendido y disfrutado, sino también porque debemos comenzar a cimentar nuestras propias bases de vejez digna, positiva y útil para los destinos de una nación, y no es a través de la crítica destructiva al pasado, el proselitismo o la demagogia como vamos a alcanzar este objetivo, sino a través del aprovechamiento real de un presente y la creación de conciencia, en todos sus ámbitos.
La senectud no es lastre ni mucho menos estorbo: son individuos capaces, sino por su físico, sí por su experiencia. No merecen que se les mire con lástima o con condescendencia, sino con respeto y revalorizando su investidura social.
Tampoco deben ser tomados como estandartes para campañas políticas por aquellos que consideran que la ética tiene forma de papel higiénico. Este importante grupo de edad necesita una atención apropiada para su problemática. Necesitan de una familia, la cual en la actualidad les ha sido negada por sus mismos integrantes, quienes los excluyen de su círculo celular (padre, madre e hijos) y se olvidan que en la antigüedad la fuerza de un pueblo indígena y orgulloso era precisamente la familia extensa (padre, madre, hijos, abuelos, nietos, tíos, primos, etcétera).
Esa concienciación integradora, y ninguna más, debería
ser el punto de partida para lograr que nuestros viejos estén de
nuevo en la carrera de la vida y así evitar que queden rezagados
o perdidos en el camino.
* Periodista mexicano y presidente de Armonía Universal A.C., institución no lucrativa que procura el bienestar de la población senecta.