HOMENAJE A MATOS PAOLI
Ivanóskar Silen-Acevedo *
Velocípedo al hombro, Paoli, arrastra
palomas y latas y muchachas, entre
dos ríos, entre dos sueños, busca, miope,
a la Sulamita que ciega golpea los espejos.
Nympha, coja, Sulamita, coloca sus senos
al espejo para que'l poeta vea y huela y
nifee el clamor siniestro de los dioses.
Mediodía es, Paoli, medio espanto y tú,
velocípedo al hombro, corres, deshecho, loco,
sirviendo ajenjo en el ojo de Caronte. Oyendo
a Aminabad en el espanto. Es la hora
del asalto de las nymphas. La hora de tu muerte, el
mediodía, y tú enamorado, desnudo, huyes
hacia el templo de las muchachas encendidas.
II
No queda nada de ti, Paoli, en la sonrisa.
Ceniza de lluvia, pavesa que Dios
forja en tu silueta: cilicio de un diálogo
inconcluso, do Dios ríe, calla, hurga, eructa y
tú, oyendo al Imposible, befas, loco de amor, golpeas
(sombra de cristal -sombra de agua-) para
hallar granos de lana en la montaña y copos
de oro en el desierto. Místico de la nada,
Dios te torna arena blanca, lluvia blanca, ceniza, semen
de la voz, para que Sulamita espigue, escarche,
siegue tu esquina, en el armario del ángel siegue
en donde Jahvé befa de ti y escupe tu
palabra, tu orgasmo de esa carne que Dios
sueña putrefacta en la carne tuya.
III
Nada queda del tiempo, Paoli, en el infierno.
Las ovejas pastan, delicada carne
de deseo, do Jahvé, tálamo tuyo del espanto,
en los lugares de delicadas carnes
amargas, cruza sola la sombra tuya:
una moneda de cal, un denario roto, una
castaña, una puta de Dios que pide
un poema, un abrazo, un muerto... Obsequio
de Dios, ¡oh, poeta!, en el infierno. Esquila
carne de Cristo en las tachuelas del ángel:
clítoris de mosto, sueño roto, que Jahvé ha sepultado
en las arenas. El ángel descalzo, encendido, ciego
espera junto a los perros, como
si estuvieras, tú, posando en el infierno.
IV
Todos venden tu carne en el mercado de
la muerte. Judas alquila tu sombra
al entusiasmo, al furor, a la alegría.
Comercian tu locura de muerto en
el espanto. En la vitrina de no ser,
marioneta empolvada, Cristo molido, exhiben tu
sombrero de arroz, tu sombrero abyecto,
tu santo, tu bastón, tus espejuelos. Y
consumido, tú, cojo, enamorado de Cristo
tontamente (a la muerte con los ojos cosidos),
pisando la esperanza, astuto, olvidado ya
vendes piraguas rotas, sin paz, sin estusiasmo,
aburrido de Dios, creyendo que la muerte
se muere sola, astuta, pisando la esperanza.
V
Mercancía de Dios, pan de muerto molido,
pan solo, pan roto, pan hostia. Abanico
japonés al hombro, te expolias, te escupes,
andas el rostro de Cristo y ciliciamente
te das con el espejo, te golpeas sombras antiguas.
El místico se empolva delante del espejo
para que Dios te halle enamorado
de muerte. Te halle bello por la sombra del ojo
roto, malhumorado, sucio: Dios es la cena
inmunda de tu muerte. Es el Idiota de tu muerto,
que sensualmente (alas) encuentras espejo. Dios
es la gheisha rota en la penumbra del místico. Es
la cerveza tuya, la sombra de esa muchacha
amarga con los labios encendidos del Idiota.
VI
Salamandra de Dios, la muerte, can
de fuego vivo y pronuncian las estatuas tu
nombre. Idólatra de Dios te miras mirto
en los ojos de la muerte, o te miras garzas de
Narciso que busca en el estanque la belleza.
Vagas inútiles de muerte vana
adornan el silencio. Casa vacía,
tú, de céfiro que altera el polvo de tu pelo.
Cristo es la hamaca de tu muerte donde
sueñas el cuerpo de Dios en el cuerpo tuyo.
¿Por qué te asusta la muerte si soy yo el que tengo miedo?
¿Quién te puso de pie en los columpios?
¿Quién te puso de pie debajo de la soga?
¿Quién enterró tu nombre debajo de los peces? (12 de julio del 2000, Nueva York)
* Poeta puertorriqueño, autor entre otros libros de La Poesía como libertá (Premio Pen Club de Poesía 1993).