LA MADRE DE TODAS LAS CAMPAÑAS (O: ASÍ NO ME IMAGINABA LA TRANSICIÓN DEMOCRÁTICA)
Rafael Mendoza Toro *
Para los amigos de la izquierda, que a riesgo de perder
amistades y posiciones, decidieron votar por la transición;
especialmente para Hilda por: hübshe und
tapfer.
De alguna parte nació la idea que el año 2000 representa un punto de quiebra en la historia de la Humanidad o por lo menos de México; tal vez fue en un principio el mero gusto por los números redondos, o un asunto de mercadotecnia, otra manera de vendernos el tiempo nuevo, el futuro: el 1 de enero empezaba una nueva era y había que prepararnos en consecuencia, de preferencia consumiendo algo nuevo, ¡hay de quienes no podíamos adquirir un auto de modelo 2000!, nuestro viejo vehículo, de por si devaluado, se convertía en reliquia de un milenio concluido y, si queríamos seguirle el paso a la historia mas valía empeñarle nuestra alma al diablo para comprar de jodido un Chevy 2000. Por supuesto que las editoriales y las compañías disqueras aprovecharon también el momento, para lanzar, para los nostálgicos las colecciones definitivas del milenio concluido, como para los renovadores, los nuevos productos y lenguajes del tercer milenio. Esto no era tan malo, a fin de cuentas, ya en plena madurez ideológica, reconozco que el consumo cierra el ciclo productivo y que a fin de cuentas va en favor de los trabajadores, quienes también tienen todo el derecho de definir sus necesidades esenciales, aunque fueran discos de los Tucanes o libros de Carlos Cuauhtémoc Sánchez. Lo terrible fue cuando coincidieron los tiempos electorales con la vuelta a la manecilla del reloj. Nació así el concepto de la campaña del 2000 como la “Madre de todas las campañas”.
En efecto, algo de este espíritu rupturista existía en
la realidad política y social, la espiral de deterioro del Sistema
Político Mexicano se había ahondado a partir de la “no conducción”
política del Ernesto Zedillo, a su pesar jefe de Estado y
de partido. El liberalismo económico del “dejar hacer, dejar pasar”
traducido a la política, simplemente por incapacidad, había
permitido que las contradicciones al interior del PRI se ahondaran y resurgiera
el poder de los caciques que tan eficazmente habían sido alineados
en la nomenclatura desde los tiempos de Lázaro Cárdenas,
al no surgir un proyecto global que los aglutinara. Los frecuentes cambios
en la conducción del PRI evidenciaban la ausencia de línea,
mientras Zedillo esperaba que providencialmente se mantuviera la
paz y se abrieran los candados para designar, como mandaba la tradición,
a su sucesor. Pero para quitar los candados se hubiera necesitado otro
presidente y mejores tiempos y operadores políticos y en consecuencia
el viejo PRI, vulnerado, vilipendiado y marginado durante los últimos
sexenios, dijo no. Su respuesta era lógica: ellos eran quienes continuaban
ganando las elecciones mientras los otros, los tecnócratas gobernaban
el país, recibían las posiciones y los beneficios. A los
viejos señores de la guerra se les seguía manteniendo con
migajas, a condición que no intentaran salir en la foto al lado
de la clase modernizadora, educada en Harvard y portadora de buenas maneras,
casi democráticas. Y los señores se revelaron y exigieron
está vez todo el pastel y no solo migajas y acotaron el poder del
Presidente y exigieron participar en la designación del nuevo Tlatoani.
Y como el PRI es, sin ningún adjetivo democratizante, el resultando
fue un candidato de muy mala calidad, como dice Guadalupe Loeza,
desleído por dos semanas de enjuague de Vel Rosita.
La lucha entre las dos versiones del PRI constituyó un vacío
en nuestro sistema autoritario que permitió que a lo largo del sexenio
la oposición avanzara, aunque de forma desigual. Por una parte el
PAN, mas audaz e imbuido del espíritu de eficiencia empresarial,
logro mejores resultados casi siempre postulando a neopanistas, de muy
tenue color dogmático partidario y fuerte aroma pragmático,
empresarios que se desempeñaron como candidatos de manera muy efectiva
y alcanzaron importantes victorias. Prácticamente en toda entidad
moderadamente urbana y educada en que compitió se levantó
con la victoria, mientras en las entidades mas atrasadas, con un alto componente
de población rural el PRI conservó su supremacía.
Tal vez el fracaso más sonoro lo constituyó la candidatura
de Carlos Castillo Peraza, intelectual panista de prosapia, quien
en el Distrito Federal fue olímpicamente ignorado por el electorado
que se supone más critico y mejor informado (lo dice el INEGI, no
solo yo) que debiera ser más receptivo a la estatura intelectual
del candidato y quien optó por Cárdenas a pesar de
sus muy escasas luces y su ausencia plena de carisma. A su vez, el PRD,
después de soportar un sexenio de supervivencia con Salinas de
Gortari, que determinó que en el proceso electoral del 94 sólo
se alcanzara el 16% de la votación, empezó a cosechar sus
primeras victorias, producto tanto del reconocimiento de la ciudadanía
a la valía de su lucha y su propuesta, como al pragmatismo que permitió
actuar en las coyunturas de ruptura priista. Porque a pesar de que existía
un gradiente creciente en las votaciones recibidas, mismo que nos permitía
augurar que para el 2018 estaríamos en condiciones de competir efectivamente
por la grande, el primer gran campanazo lo constituyó la salida
de Ricardo Monreal de las filas priistas y su incorporación
como candidato al PRD; entonces inicia un proceso de perdón de los
pecados antidemocráticos de cualquier candidato de buen perfil (o
sea: que sabe leer y escribir y cuyos esqueletos del closet no se desbordaran)
que deseara obtener un hueso con otra bandera. Empero, el discurso purista
de “luchadores denodados por los ideales democráticos” del PRD no
se modificó un ápice a pesar del pragmatismo (no necesariamente
desdeñable) de las nuevas alianzas, así todo priista en cuanto
caía en las filas recibía el perdón absoluto de sus
pecados y el bautizo purificador de la nueva religión de la revolución
democrática, a partir de ese momento poníamos nuestras manos
al fuego por su honestidad y entereza. Con estas acciones se ganan indudablemente
elecciones, pero el discurso se va gastando y se va haciendo cada vez más
evidente la distancia entre el dicho y el hecho. Procesos internos mal
manejados y tres rupturas priistas determinaron tres gubernaturas para
el PRD: Zacatecas, Tlaxcala y Baja California Sur, sin embargo fue el D.F.
el triunfo más significativo al competir con candidato propio y
en un entorno que ya había sido en el 88 mayoritariamente cardenista.
Diez años después de las jornadas históricas del Frente
Democrático Nacional las calles del D.F. se volvieron a vestir de
entusiasmo y a pesar de los esfuerzos del PAN, gran ganador de los procesos
donde la clase media es significativa, y del PRI quien echó mano
de un dinosaurio decente como Alfredo del Mazo además de
todos los recursos del sistema, incluyendo la calumnia, Cuauhtémoc
Cárdenas se levantó con el triunfo arrastrando con él
a buena parte de la estructura territorial del PRD. El efecto Cárdenas
fue de tal magnitud que llevó al PRD en 1997 a meterse en los 20
puntos, constituir segunda (donde pasó a tercera por múltiples
defecciones producto de los malos mecanismos de selección de candidatos)
fuerza en la Cámara de Diputados y a posicionarlo otra vez para
la lucha del 2000.
Y si bien la oposición ha avanzado contra los designios y malas
mañas del PRI, con decisión, valentía y obstinación,
en esta coyuntura más contaban como factor de oportunidad los problemas
internos del viejo aparato que las fortalezas reales de ésta, que
no eran tantas como para soslayar sus debilidades (micro análisis
FODA). Todo este contexto dio pie a la percepción de que el 2000
sería la batalla decisiva por la democracia en México, la
oportunidad única de iniciar el nuevo milenio sin el último
gran partido corporativo y autoritario del siglo XX aún en el poder,
vergüenza que muchos mexicanos ya nos queríamos ahorrar. Así,
desde los últimos meses del año anterior, el 99 que ya nos
urgía que se acabara, los partidos y candidatos emplazaron sus baterías
y sitiaron a la ciudadanía con la más intensa de todas las
campañas políticas de la historia de México, la madre
de todas las campañas, la primera campaña en la que realmente
estaría en juego quién gobernaría nuestro país.
,
PAISAJE DESPUES DE LA BATALLA
El jueves 29 de junio, por primera vez en muchos meses, pudimos prender la televisión sin temor de que un candidato saltara desde ella con la perversa pretensión de quitarnos nuestros votos. Ese día, a pesar de ser muy endebles, los medios de comunicación recuperaron sus contenidos lúdicos, informativos y hasta formativos. Las caricaturas, los programas noticiosos y hasta las telenovelas, podían ser contempladas sin las molestas interrupciones de un candidato tratando de convencernos, incautos electores, desde comerciales de menor factura que los de cualquier fritura o toalla sanitaria, apelando a nuestra conciencia o bajos instintos a fin de unir nuestro voto a su causa. Tal vez ese, de origen, sea el principal saldo negativo de las fenecida campaña: fue la primera vez en que realmente el poder estuvo en disputa y todas las campañas se desvanecieron en denuestos, descalificaciones y ene mil razones para no votar por el otro y muy escasas para hacerlo positivamente. Tal vez, como en otras materias, fue por eso de la “primera vez” que en buena parte de los casos termina sin pena ni gloria ni mucho que contar para las nuevas generaciones o los libros de memorias; o así es el camino de la democracia, en donde sólo la práctica y la costumbre terminan mejorando la calidad o, en contra de lo que dice Porfirio Muñoz Ledo, también en la culta Francia los partidos luchan con “slogans pegajosos” e “imágenes atractivas” léase “mercadotecnia política”. Por otra parte, cada vez que nosotros los “informados” nos deteníamos a analizar el bajísimo nivel de las campañas el coro de lamentos se detenía ante la terrible pregunta: ¿pero alguien soportaría una campaña constituida de una miríada de programas de Nexos donde Aguilar Camín o sus clones, presentara y analizara, con la pompa y boato tradicionales, las plataformas de los partidos? Las miradas se perdían en el vacío y más de uno soñaba con una multitud de televisores apagándose para dar paso a la charla entre vecinos, el fut callejero, los juegos infantiles o las múltiples variedades de la vida comunitaria, ahora casi aniquilada por la contemplación pasiva del televisor.
Televisión, radio y en menor medida los medios impresos fueron los principales ganadores y beneficiarios de la campaña, altísimos porcentajes del kilo de billetes gastado por los partidos políticos terminaron engrosando sus arcas y saneando sus finanzas, alejándolas así del perverso fantasma del FOBAPROA. No es posible descalificar el papel de los medios como negocio, pues salvo el insólito caso de algún empresario que decidiera invertir y perder dinero con tal de divulgar la verdad químicamente pura, quasi concepto hegeliano, sólo a partir de la solvencia financiera éstos alcanzan viabilidad y por tanto logran cumplir su papel; sin embargo, cuando el cliente es a la vez fuente de información la relación se vuelve más compleja. Existe una relación intrínseca en la divulgación, corte comercial tras corte, de promocionales pagados, mientras en los espacios informativos, se sube o baja el encono en relación directa con el monto contratado. No es ya el viejo chayote, pero se parece bastante ¿queremos que dejen de pegarnos? La respuesta es simple, contratemos con ellos. Es en estos momentos cuando se repiensa en el famoso “derecho a la información” o “código mordaza” como le denominan los medios; la libertad de prensa es componente esencial de la libertad de expresión, pero si las mediaciones entre ser o no divulgado y el tono mismo son tan evidentemente monetarias, algo habrá que pensar en ese sentido, a menos que nos arriesguemos a que el proceso del 2006 tenga el formato de los infamantes “talk shows” y el ring de lodo se incorpore plenamente al acervo político nacional.
ENTER THE DRAGONS
Dos episodios marcaron, empero diferencias fundamentales en la campaña: el arranque tempranero de Vicente Fox, quien cuando ni siquiera se convocaba a la campaña se declara listo y dispuesto y la campaña interna del PRI para elegir su candidato. Vicente Fox el gobernador incomodo, hasta para el PAN, eliminado en una de las primeras concertacesiones del salinismo, desde principios del 98 salta a la arena política proclamando su candidatura, al margen de la estructura partidaria amparado en una figura ad-hoc “los amigos de Fox”. Figura de personalidad flamboyante, parte de los empresarios neopanistas y de alguna manera seguidor de la figura poco ortodoxa del Maquío Clouthier, arranca su precampaña a partir de la constitución de filiales estatales de sus amigos, quienes de forma abierta y aprovechando los espacios de la ley electoral, inician el trabajo de posicionamiento de su candidato. Así, ante los gruñidos y en ocasiones contra la estructura tradicional panista, la inusual figura de Fox se va convirtiendo en cotidiana para la ciudadanía y empieza a ganar adeptos. Debo confesar que a pesar de considerarme cardenista convencido en el 88, la imagen del Maquio recorriendo las playas de Veracruz en sus “bermudas” (algún nombre habría que darle) mientras en la mano izquierda portaba helada caguama, me pareció uno de los rompimientos más importantes en la atonía política nacional, obviamente el Zedillo del sidral nunca -ni crudo- merecería mi voto. Así, el Fox de las tepocatas, víboras prietas y demás alimañas, obligadamente hacía voltear a verlo y registrar su existencia política. Mucho se ha dicho acerca de hasta qué punto la imagen de Fox no fue sino el resultado de los cálculos de mercadotecnia política, quienes logran improntar el producto en la conciencia del comprador votante. Me consta, por ejemplo, cómo la imagen de Luis Donaldo Colosio, hoy elevado a los altares del civismo nacional, poco correspondía a la realidad y cómo un grupo experto fue construyendo la leyenda resaltando algunos rasgos y soterrando otros; obviamente ignoro hasta qué punto Fox se parece a su imagen, sin embargo juzgando sólo por resultados, tuvieron éxito y como la realidad es lo que ves y no más y eso fue lo que contó en la campaña.
La campaña interna del PRI, de origen tuvo dos propósitos, el evidente y multicitado: designar al candidato del otrora invencible de acuerdo a un mecanismo transparente, en donde la ciudadanía participara libremente en la designación del candidato de sus preferencias; mientras por otra parte, permitía posicionar a un ilustre desconocido en la percepción ciudadana que unos meses después debiera votar por él en la de a “de veras”. ¿Hubo alguna otra opción para resolver el proceso de designación? ¿Había espacios para que Zedillo echara mano de sus facultades supraconstitucionales y designara, a dedo, a su sucesor? ¿De todas las alternativas malas fue la menos peor? Mucha tinta correrá en los meses siguientes en revistas serias y de las otras sobre el tema, más de un simposio se organizará donde de seguro no me invitaran, para revisar con detenimiento y disciplina intelectual el proceso en el cual el PRI cavó su tumba, la tertulia de la casa Terán la incluirá dentro de su temática e incluso Gustavo de Alba organizará miniforo etílico para halagar a sus cuates consiguiéndoles auditorio alcoholizado que los escuche y aplauda y, en todos los casos las conclusiones serán irrelevantes, cayendo todas en el pantano de los hubiera. El caso es que se decidió cortar el nudo gordiano (qué metáfora) ante la imposibilidad de deshacerlo lanzando convocatoria abierta a los presuntuosos pretendientes, esperando que la decisión popular coincidiera con la voluntad presidencial. Claro, para que funcionara se necesitaba que los perdedores participaran con buen animo, como si no supieran que iban a perder, con el fin de no arruinar el espectáculo. Aquí entramos en el terreno de las incógnitas: ¿por qué no participó Miguel Alemán, el priista empanizado, empresario triunfador y amo de los medios de comunicación? ¿De verdad de la magra lista que le quedaba a Zedillo, ante su incompetencia para destrabar los candados, lo menos peor era Labastida? Alguna vez Jorge Castañeda publicará un libro con las respuestas, por mientras la campaña interna permitiría dar a conocer al gris secretario de Gobernación, quien al arranque apenas conocían menos del 20% de los electores y cuyas simpatías tal vez incluían su primer circulo familiar (ex esposas excluidas). A modo, se inscriben dos perdedores dispuestos a vender su derrota por un hueso y un incomodo gobernador: Roberto Madrazo. Madrazo, quien en el 95 había humillado a Zedillo al no renunciar cuando la concertacesión con el PRD lo había demandado, decide seguir con el rol de la criada respondona y se inscribe en el proceso interno con la perversa intensión de no hacerla de patiño. La evaluación objetiva de la campaña interna arrojaría un solo ganador: Madrazo, quien logra definir sus objetivos de campaña, evidenciar las debilidades del candidato oficial, atraer la campaña al terreno en que se sabe ganador y, finalmente, sembrar en el elector priista la semilla de la duda. Si se hubiera usado la campaña interna para “pilotear” la grande les sería evidente que la retórica “opositora” de Labastida no tenía la mínima credibilidad, que proclamar el cambio viniendo de las entrañas del sistema constituía una rueda de molino que no se podía tragar ya, que... Pero como bien dice Shakespeare, quién sabe dónde, “a quienes los dioses quieren destruir los ciegan con la soberbia” y a los estrategas del PRI se les hizo un buen ejercicio y permitió que casi el 70% de los ciudadanos conocieran a Francisco Labastida, el que votaran después por él se les hizo entonces consecuencia lógica.
Desde una mucho mejor posición partió Cuauhtémoc Cárdenas, su victoria en el D.F. en el 97 lo había revalorado entre la ciudadanía y la cobertura de medios le garantizaba al menos una aparición al día y la oportunidad de consolidar su figura. ¡Y aquí empezaron las pendejadas! Asesorado por un pequeño círculo de incondicionales que no sabían gran cosa del tema pero qué bien echaban porras, se decidió no exponer al ingeniero al desgaste de su imagen tan difícilmente ganada interviniendo en asuntos cotidianos. El “no tengo conocimiento sobre el tema” o “no puedo opinar sobre el asunto” se convirtió en la respuesta cotidiana a cuanta grabadora se acercaba a su vera; trasladando esta atonía al quehacer del gobierno. Tratando de no dilapidar lo ganado, toda acción que pudiera revertirse en contra de su imagen o tuviera más de una arista fue celosamente evitada, todo riesgo fue esquivado y toda definición soslayada, no fuera que se equivocara y la ciudadanía le volteara las espaldas en el anhelado escenario del 2000. Y como es difícil gobernar nadando de muertito lo que se quería evitar terminó convirtiéndose en consecuencia del no hacer. Por supuesto que los panegiristas seguirán acusando a los medios de la cruel conjura para destruir al “único candidato patriota capaz de cambiar el sistema neoliberal y …” (léase la continuación en cualquier ejemplar de La Jornada) pero de otra manera sería esperar de éstos el papel del Pravda, Granma, Excélsior o cualquier otro medio de insospechada vocación democrática. Las desventuras empero continuaron, la proclama democrática del PRD se confrontó con la anulación del proceso de elección interno por las múltiples irregularidades cometidas por los participantes, no importaba cuánto proclamáramos nuestro purismo democrático, las evidencias nos presentaron como un abigarrado grupo de mapaches, dispuestos a estirar la definición de democracia todo lo posible para hacerla coincidir con nuestros intereses. Y después siguió la elección del candidato a la presidencia, si bien en corto, en los corrillos y en la grilla de pasillos, dentro del PRD más de uno reconocía el término del ciclo de vida útil de Cárdenas, llegado el momento, cuando empezaban los aplausos, los críticos se unían al coro y gritaban con la convicción de los recientemente conversos, no fuera que alguien sospechara un desapego a la figura mesiánica del ingeniero.
La precandidatura de Porfirio Muñoz Ledo marcó un nuevo punto en la espiral de degradación del PRD, reconocido como uno de los intelectuales más preclaros de su generación (aquellos mayores de 50 años), Porfirio nunca supo jugar las reglas democráticas del partido, en donde los señores del voto corporativo terminaron abrogando la democracia por la capacidad de acarreo y en donde “despensa mata propuesta”. La retórica florida de Porfirio, en ocasiones insultante de tan brillante, caía en terreno estéril ante las filas cerradas de las tribus perredistas, prestas a denostar o apoyar a cualesquiera que se les indicara. Aislado, sintiéndose casi un profeta clamando en el desierto, incapaz de aceptar las reglas de juego y menos intentando jugar con ellas, la candidatura de Porfirio se reconoce como un proyecto encaminado a la exclusión y al aislamiento del grueso del partido. Aunque Porfirio aumenta el monto de la apuesta, superando por mucho la retórica pobre y anacrónica de Cárdenas, presentando su proyecto de Nueva República, poco eco encuentra en el PRD, en donde la guía de Cuauhtémoc ha rebasado ya cualquier nivel de crítica. La consecuencia lógica y anunciada será la separación de Porfirio y la adquisición del PARM, fantasma político en busca de dueño, iniciando una campaña sin destino conocido.
¿Y la izquierda histórica qué? Incorporados al PRD de buena o mala gana, aceptando el matrimonio de conveniencia que representaba y las diferencias apenas soslayadas con los otros, los priistas del nacionalismo revolucionario o menos, sintiéndonos más o menos reivindicados por la victoria de Amalia García, primer presidente del PRD de origen comunista, no lográbamos identificar a ninguno de los protagonistas de la contienda como uno de los nuestros. A Cuauhtémoc le reconocíamos su liderazgo, pero igualmente coincidíamos en que se había prolongado demasiado, aceptábamos la retórica de Porfirio como la más ideológicamente avanzada, más cercana al concepto de izquierda moderna, pero no dejaba de molestarnos su extremo protagonismo. Pero, ¿nosotros qué? A la pregunta de ¿si Cuauhtémoc o Porfirio no, quién? no teníamos respuesta, un simple encogimiento de hombros y el reinicio de la perorata acerca del proletariado sin cabeza o más o menos reconocer que la izquierda militante había pasado por la historia sin dejar huella, sin poder dejar siquiera un líder al cual aferrarnos y levantar su bandera. En ese momento, como en comercial de Zedillo, nos quedabamos callados y preferíamos orientar la crítica hacia terrenos menos complicados.
¿Por que detener ahora el recuento de desventuras? Si tenemos un candidato con capital político disminuido, un partido con graves incongruencias ideológicas y una mala gestión como gobierno, ¿que mas podíamos hacer para empezar mal la campaña? Una alianza, que no suma sino resta, fue la respuesta. Después del fallido intento de alianza PRD-PAN, a la que por cierto me opuse dentro de mi limitado ámbito, dentro del primer círculo continuó la pulsión por conformar un frente amplio que pudiera replicar el 88. Al igual que el Frente Democrático Nacional, se pretendió arropar las debilidades de la candidatura de Cárdenas en una amplia convocatoria de fuerzas políticas por un mismo fin. El pequeño problema fue que el mercado de partidos políticos estaba muy demandado, la mayoría de los que servían ya tenían dueño y su precio de reventa era elevado, quedaban tan sólo “las fuerzas emergentes”, eufemismo para designar a la morralla política, pequeños y medianos granujas jugando con las reglas del sistema que hacían más sencillo registrar un partido político que abrir una tlapalería y que habían conformado un tianguis esperando un buen comprador. Tal vez la mayoría esperaba una buena oferta priista para subirse al carro del ganador, pero ante la demanda perredista, dieron su brazo a torcer y con la cara de estar haciendo un gran sacrificio, unieron sus fuerzas en la “Alianza por México”. Así, los lavadólares salinistas del Partido del Trabajo y las denominaciones: Alianza Social, Sociedad Nacionalista y Convergencia por la Democracia, aceptaron rentar sus siglas a cambio de la conservación del registro y un cierto número de plurinominales. ¿Se podían pedir peores premoniciones para empezar una campaña política? Y sí, nos superamos y lo logramos, se sustituyó la conducción estratégica por el capricho, el análisis de la realidad concreta por el “pensamiento mágico”, el pensamiento crítico por los coros de alabanzas, a la directiva de los partidos políticos por un pequeño grupo de incondicionales a Cárdenas y con tamaño equipo se lanzaron a dilapidar lo que quedaba del capital político del PRD y una muy buena cantidad de pesos, desafortunadamente del financiamiento público.
En este escenario previo a la batalla emergió un actor que merece unas líneas, Gilberto Rincón Gallardo dentro del proyecto Democracia Social. Gilberto, comunista de politburo de toda su vida (entiéndase: burócrata de oficina, nunca de los callejeros) incorporado en masa al PRD, había desempeñado un papel respetable en instancias secundarias, sin embargo incluso estos magros espacios parecían excesivos a las tribus guerreras. Nunca integrado al esquema de corrientes, pretendía ejercer una función crítica desde la Fundación para la Transición Democrática, pequeño organismo que albergaba unos pocos viejos comunistas y donde, esperaban, los dejaran morir en paz. Y si bien nadie les limitaba su pensamiento, si molestaba que lo publicaran y que pretendieran introducir la discusión ideológica en la batalla de las corrientes, donde las divisas ideológicas son sólo adornos para la frente de los jefes guerreros. Marginado y aislado, presenta su renuncia al PRD en 1997 denunciando la estupidez e intolerancia que dominaban al partido; junto con él, parte tal vez el último comunista que llegó a significar algo en el terreno de la lucha social y a quien, a pesar de mi permanente crítica al PC siempre respeté: Othón Salazar. Viejo maestro guerrerense, primer alcalde comunista de Alcozauca, municipio indígena pobre entre los pobres y en donde inicia una serie de gobiernos de izquierda hasta que sí, el PRD pierde una elección, decide alejarse de la militancia y del partido al que tal vez no pidió inscribirse. Y para que no hubieran dudas respecto a la intolerancia y estupidez del PRD, La Jornada pudo encontrar motivos para atacar a Gilberto y Othón acusándolos de gobiernistas. El proyecto de Democracia Social, al mismo tiempo que simpatías, suscita más de una duda: es innegable el rol de Jorge Alcocer en su génesis y con ello las evidencias del largo brazo de Gobernación; y si bien su propuesta de una izquierda inteligente y tolerante parece atractiva a muchos, las posibilidades de su surgimiento para captar el voto prófugo de la izquierda perredista y evitar su llegada al campo foxista, dejará siempre alguna sombra de duda.
LOS TUMBOS DE CAMPAÑA
Aunque oficialmente la campaña empezó en abril, después del registro oficial de los candidatos a presidente, para esas fechas los errores acumulados ya habían significado rectificaciones y bandazos y sobre todo dispendio de recursos. Donde primero se varió el rumbo, aunque con poco tino, fue en la campaña de Cárdenas; después de que sus asesores habían decidido venderlo en principio como un político moderado de centro, dispuesto a dialogar con los empresarios sin hacer caras y convencer a alumnos del ITAM, sin que ganara credibilidad y mucho menos intenciones de voto, se decide el repliegue a la izquierda y refugiarse de nuevo en un mensaje setentero. Aunque en el equipo de Cárdenas siempre se negó el valor de las encuestas, amparados en el patético “sólo la del 2 de julio cuenta”, en corto se las reconocía y producían preocupación; en los pasillos del CEN del PRD a inicios de enero se comentaba que, ante el 12% que mostraban las encuestas, solo un 20% en marzo podría retornar a Cárdenas a la verdadera lucha, como se pudo ver, estas preocupaciones no permeaban al comité de campaña. La toma de la UNAM por la Policía Federal Preventiva dio la coyuntura para el nuevo despliegue del mensaje izquierdista, pretendidamente belicoso de Cárdenas a sabiendas que cerraría espacios en otros grupos de población. La circunstancia no podía ser peor, el centro político no había dado espacio al ingeniero y la izquierda no lo reconocía ya como propio: zapatistas, CGH, maestros de la CNTE lo denostaban como reformista y represor. La defensa poco inteligente de los detenidos de la UNAM a nombre de la “gratuidad de la enseñanza” junto con la reaparición de temas tan manidos como la no privatización de la industrias eléctrica y petrolera o incluso FOBAPROA, se esperaba generara credibilidad y reagrupamiento en torno a su liderazgo. Las encuestas demostraron poca respuesta.
A Francisco Labastida no le iba mejor, los primeros discursos de tono rupturista, de candidato opositor denunciando las maldades del sistema habían suscitado pocas simpatías en la ciudadanía y rechazo en las cúpulas del sistema. Eso que en Luis Donaldo Colosio había sonado creíble, ante el endeble carisma y la evidente trayectoria como hombre del sistema de Labastida sonaba más falso que Otto Granados hablando de la Revolución Mexicana. Por otra parte y al igual que Colosio, intentaba llevar una campaña al margen de las estructuras tradicionales del partido, tal vez pensando realmente en la renovación del PRI, lo que había generado mítines con escasa asistencia e incluso cancelaciones. La defenestración del delfín de Zedillo y eminencia gris de la nueva generación de la tecnocracia Esteban Moctezuma marcó el punto de conclusión de un ciclo y la rendición incondicional de Labastida a los poderes reales del PRI. Se olvidó así el discurso crítico y el pretendido alejamiento de los grandes dinosaurios para lanzarse en sus manos, como última medida para retener un poder que se escapaba.
Y si los otros hacían ajustes era porque a Vicente Fox las cosas le marchaban bien en su campaña, en donde incluso sus frecuentes dislates y disparates le eran festejados por sus seguidores y en lugar de quitarle votos incrementaban su cuenta. Por febrero ya las encuestas lo ubicaban en el 30% y ninguna de sus metidas de pata, ampliamente publicitadas por la prensa objetiva, había afectado su marcha. En este camino dos factores apoyaban fundamentalmente: una campaña en donde la mercadotecnia marcaba el rumbo y a la que incluso las imprudencias parecían fríamente calculadas para contribuir al objetivo principal, y la espontaneidad de los Amigos de Fox como herramienta para aglutinar y dar coherencia a las simpatías logradas. El uso de la mercadotecnia en política ha sido denostado, sobre todo por aquellos que no la entienden, acá por la izquierda parece ser motivo de orgullo nunca haber desarrollado un plan de marcadeo para Cárdenas, nunca haber vendido al “inge” como papita, sin embargo, en los hechos se dilapidaron ingentes cantidades en propaganda sin ton ni son, sin “imagen objetivo” sin “idea ancla” o como quiera llamarse, lo que convertía los promocionales en tiros sin rumbo y de baja efectividad; desde otro punto de vista, el haber gastado mas de 500 millones en medios sin plan de mercadotecnia no es un signo de honestidad, sino de estupidez. Por el contrario, la imagen desenfadada de Fox, el uso del lenguaje coloquial pero sobre todo, la percepción de credibilidad le había redituado avances importantes. A su vez, Los Amigos de Fox ameritarán estudio específico (de preferencia con beca); empero, de entrada debe inscribirse en la ola de movimientos ciudadanos que rebasando las estructuras de los partidos han sido en ocasiones más exitosos que éstos y han presentado mayor penetración. El concepto de los partidos políticos como intermediarios onerosos y no siempre necesarios en los procesos políticos ha sido ya estudiado, la idea de los limitados derechos políticos de los ciudadanos que desean conservarse al margen de los aparatos, perdiendo el derecho a ser votados, debiera estar presente en la discusión de la reforma del Estado; empezando a limitar la preeminencia partidaria para retornar mayores capacidades a la sociedad sin adjetivos; todo esto debiera volver al primer plano después del episodio de Los Amigos de Fox. Donde seguramente hubieran fracasado las rígidas estructuras partidarias panistas, Los Amigos de Fox permitieron constituir un compromiso flexible, espontáneo, donde en los hechos se entregaba el secreto del voto para incorporar a los convencidos en promotores y así cerrar cifras de afiliación por arriba de los 3 millones (?), lo que lo constituiría en el segundo partido político de México, aunque esta transformación no podrá ser.
El avance de Fox y el estancamiento de los demás contendientes marcó el último periodo de campaña. Si bien es innegable que era fácil establecer parangones entre Fox y Bucaram, Fujimori y demas adalides de la derecha populista y que incluso mucho de los actos de aquel parecían encaminados a reforzarlos como enarbolar el estandarte de la virgen, la carta a los obispos católicos o los frecuentes “performance” que organizaba en sus mítines, la respuesta aunque mediada por sesudas reflexiones intelectuales, estuvo teñida por la misma intolerancia que decía combatir. El Fox viento del cambio o vendaval de destrucción fue una figura que ameritaba discusiones y nos hizo gastar ríos de tinta o bytes, tratando de desentrañar la neta de la imagen, o en lenguaje hegeliano: el noumeno del fenómeno. Pocos sin embargo llegaron a una síntesis seria, antes que eso se inició la gran cruzada por detener el paso de las tinieblas, el renacimiento de la edad media y el oscurantismo, el fin del mundo civilizado y, sobre todo proviniendo de los críticos de la izquierda, no importando que el precio a pagar fuera la continuación del PRI en el poder, la victoria de Labastida. Conforme la distancia entre PRI y PAN se hacía más pequeña, se incrementaba en nivel de denuestos, casi todos desde una posición de izquierda, llamando a cerrar filas a la ultraderecha, “que vendería el petróleo, privatizaría las escuelas, fusilaría a los indios y restauraría los tribunales de la Santa Inquisición”, poco importando que el discurso dijera lo contrario o que Fox como gobernador de Guanajuato no hubiera caído en esos excesos. Si bien era innegable que en los seguidores foxistas había mas de un prófugo de la guerra fría o de la cristiada, dispuestos a concluir lo que se había dejado en veremos hace muchos años y que éstos eran belicosos y gritones, el truco era presentarlos en el centro de la fotografía y pasear sus estupideces. La respuesta fue la histeria antofoxista y el inició de la cruzada nacional por la civilización.
El PRI echó mano de cuanto recurso le prestaba la calumnia y por supuesto de cuanto traspiés seguía dando Fox, reconociendo el peligro real que empezaba a presentar su candidatura, sin embargo el PRD debe recurrir a un subterfugio para unirse a la campaña. Si bien había sido asunto discutido más de una ocasión acerca de las semejanzas y diferencias del PRD con los dos contrincantes principales, PRI y PAN, nunca había sido satisfactoriamente concluida, una argumentación partía del reconocimiento del proyecto nacionalista revolucionario del PRI y de su papel en la construcción del México actual, para retomarse con la altísima factura que se les había pagado por sus servicios y la cadena de corruptelas, asesinatos y represión que han constituido el sistema político mexicano; por otra parte, se reconocía el papel del PAN en la construcción del ideal democrático y de libertades, para recordar su oposición a muchos de los proyectos del México revolucionario y su nacimiento como respuesta al izquierdismo de Lázaro Cárdenas. Por supuesto que la discusión nunca concluía, los expriistas seguían sintiéndose más afines al PRI mientras a la vieja izquierda, aunque no nos gustara el PAN, la cadena de agravios con el PRI era argumento más que suficiente. Por supuesto que en el PRD nunca hubo una discusión abierta acerca de nuestra alianza de facto con el PRI, el único argumento que justificaba el olvidar la contienda con el PRI y cerrar filas contra Fox era “vamos a ganar, no trabajamos para Labastida”, lo malo era que salvo niveles de admiración religiosa por el ingeniero o lectores profundamente dañados por exposición permanente a La Jornada, pocos creíamos el argumento y por el contrario, nos era evidente la mentira sobre la que estaba montada y eso no se valía si hablabas desde la izquierda, sobre todo pretendiendo conservar tu superioridad moral.
A la paranoia antifoxista, Fox da una respuesta mesurada intentando llevar la discusión al terreno de los argumentos, al parecer con poco éxito. Era evidente que un triunfo basado en sus propias fuerzas era más complicado y que, de incorporar a la izquierda los márgenes se elevarían y las posibilidades de mano negra se acotarían más. El problema era que, al lado de los argumentos, Fox seguía cayendo en sus excesos histriónicos que hacían mas difícil creerle y buena parte de la izquierda había olvidado ya la herramienta de la dialéctica. Costaba creer que Monsiváis, parte importante de la inteligencia crítica se refugiara en el chiste y retruécano para documentar su antifoxismo, al mismo tiempo que cerraba los ojos ante las graves incongruencias ideológicas en que incurría la campaña de Cárdenas; si bien era válido declararse propagandista (por tanto acrítico) no lo era intentando conservar su muy alta estima intelectual. Empero, poco a poco se empezó a ver una respuesta distinta, Héctor Castillo, hijo del ingeniero Heberto, dio un paso importante llamando a votar por la transición a nombre de Fox, recordando en esto la declinación de Heberto en el 88 a favor de Cárdenas, a pesar de todas las diferencias ideológicas y desconfianzas, porque éste tenía oportunidades de vencer. La lista se fue engrosando, aislados o en grupo, públicamente o en la privacidad de la casilla, la síntesis ideológica de apostar por un gobierno de transición y cambio, al margen de la incertidumbre, votando por Fox antes que permitir seis años más del priismo, aportó algunos votos a la cuenta final.
En este escenario de denuestos y calumnias que caracterizaron los dos últimos meses de campaña, en donde pese a que existieron propuestas importantes pasaron éstas desapercibidas, Gilberto Rincón Gallardo supo encontrar su nicho y posicionar su mensaje. Clamando por la tolerancia y el derecho a ser diferente, a partir de su participación en el primer debate el sentimiento a favor de Democracia Social fue permeando, sobre todo en sectores medios informados, tradicionalmente inclinados por la oposición, quienes encuentran una forma de votar sin que les tiemble la mano.
UN DOS DE JULIO ANTICLIMATICO
Tengo una cierta predisposición por los escenarios dramáticos, por las escenas de corte shakesperiano donde reyes y héroes hacen la historia. Los prolegómenos del 2 de julio habían documentado la impresión de que la moneda estaba en el aire, que las encuestas no daban ningún ganador seguro y que, a pesar de haber definido mi voto por Fox, la certeza de victoria no estaba en mi. Previamente se había calentado el ambiente casi a punto de ebullición, el peso estaba perdiendo terreno junto al dólar y las borrascas políticas nublaban el horizonte, llevando la analogía climática al extremo de que lluvias importantes en grandes zonas del país podían ser un factor que podía inclinar la balanza por Fox o Labastida. Me sentía un poco torero vistiéndome antes de salir a la plaza cuando, contra mi costumbre dominical, a las 8 de la madrugada me enfundaba mi camiseta de observador electoral para salir a la jornada, lamenté un poco la falta de sentimiento religioso para encomendarme a alguna imagen milagrosa ya que persignarme ante el Che me parece un exceso, guardé en mi cartera mi credencial para votar, dos tarjetas telefónicas, varios números telefónicos de emergencia incluyendo el del CISEN, contemplé mis discos y libros con amor y, con un gran suspiro, salí a la calle.
Los 50 metros que separan mi departamento de la casilla fueron tal vez los más largos, esperaba ver el miedo en torno a ésta mientras una miríada de mapaches, ratones locos y demás fauna electoral, pululaba en torno, prestos a torcer la voluntad popular confrontando a la tormenta azul que saldría a detenerlos; daba por sentado que en un rincón, tratando de concentrarse en la lectura del Tribuna Libre, un representante del PRD trataría de pasarla lo menos mal posible. En una calle lateral el típico promotor de voto priista preparaba las listas que verificarían que todos los comprometidos acudieran a las urnas y recibieran en consecuencia su pago, imbuido de espíritu cívico me preparé a confrontarlo sólo para anotar en mi cuenta la victoria mas fácil de mi vida: mi camiseta bastó para intimidarlo y sin hacer ninguna pregunta ni intentar ningún otro acto antidemocrático, puso pies en polvorosa, no es que no me guste ganar una de vez en cuando, pero la facilidad de la victoria deja en mal mi espíritu de lucha.
La casilla estaba donde debía estar, ningún ratón loco la había cambiado y, como en los comerciales mis vecinos eran los funcionarios, una breve espera me llevó ante el presidente y no, mi nombre no había sido borrado del padrón y podía en consecuencia sufragar. Respiré hondo, contemplé la boleta de presidente y sin mucho titubear (a menos que el temblor de mi mano no se debiera a la cruda) crucé el emblema de la Alianza por el Cambio, intentando a la vez no tocar el emblema del Verde Ecologista. Nada había cambiado al salir, la historia no había registrado la importancia de mi decisión y los vecinos seguían dejándose caer a votar en la casilla, solos o con su familia, pero ninguno portaba la cara de circunstancia que ameritaba el momento, algo en consecuencia estaba mal. El mapache había reaparecido después de consultar sus derechos y mis atribuciones y me miraba retador. La prudencia cupo en mi y decidí hacer un recorrido matinal por las casillas de mi área, aprovechando el viaje para almorzar.
Una desazón empezó a invadir mi alma, era tan sólo un domingo normal, con familias votando antes de ir al mercado o a misa, comentarios habituales, la mayoría centrados en la final de la Eurocopa y en la existencia o no de reservas de chelas y muy pocos de la gravedad que ameritaba el momento. En una casilla, una encuestadora de Covarrubias hacía un “exit poll” con bastante mal tino y poco método, mi camiseta de observador hizo que se sincerara y aceptara que la famosa aleatoriedad, indispensable para la representatividad del ejercicio no se cumplía, entrevistaba a quien se dejara y nomás, me pregunte quién se atrevería a divulgar tales estimaciones. Pero, algo estaba mal. Por ninguna parte aparecía el fraude patriótico ni la tormenta azul que lo detendría. Seguramente había caído en un universo paralelo donde la normalidad democrática reinaba, no estaba en México de todos mis temores. Desconectado de la red, la radio y la televisión daban cobertura permanente a la nada, a la buena noticia que no había noticias y trataban de mantener la atención del auditorio, ya sea con sesudos comentarios bordando sobre la nada o con fértil imaginación creando conflictos, de esos que sólo la maestra Legorreta puede ver. Derrotado mi celo cívico, al medio día me refugie en la final de la Eurocopa, no sin sentirme un poco culpable por abandonar mi posición vigilante en primera línea o como decía la canción española: “si me quieres escribir, ya sabes mi paradero, tercera brigada mixta, primera línea de fuego”.
La cercanía del cierre de casillas me espabiló, participaba en un conteo rápido y debía trasmitir los resultados cantados de una casilla de la Insurgentes; empero, cuando me disponía a salir, a las 6:01 exactamente Televisa anunciaba avances de la encuesta de salida en el D.F., Morelos y Guanajuato: López Obrador había ganado el D.F. con estrecho margen sobre Creel mientras el PAN ganaba por goliza los otros dos estados; en todos los casos el PRI había sido lejano espectador. Mi confianza en el trabajo de Roy Campos y mi profesión de predictólogo se unieron en una conclusión: había terminado la incertidumbre y no existía espacio para la aparición masiva de votos por Labastida, ¡había ganado Fox! Desafortunadamente nadie compartía mi certidumbre y cuanto llamado hice para empezar a festejar no encontró eco, la jornada continuaba y mas valía continuar las tareas. La espera de la publicación del conteo fue prolongada y teñida de inquietudes, por el televisor de una casa vecina oí los datos de las 8 de la noche que confirmé telefónicamente, la encuesta de salida de Televisa daba 8 puntos a Fox por encima de Labastida, Cárdenas, a su vez, retornaba a su nivel histórico 17%. Empezaron a pasar los coches sonando su claxon mientras la espera del conteo se hacía mas eterna. Faltaban pocos minutos para las nueve cuando por fin los funcionarios fijaron la cartulina con los resultados que permitirían a alguien en la ciudad de México confirmar lo que ya era noticia: había ganado Fox. Cosas del purismo ciudadano y el concepto de la izquierda del deber cumplido.
La plaza Patria empezaba a concentrar gente pero no en las cantidades que esperaba y mucho menos con el animo que ameritaba el momento histórico. Yo que me había soñado entrando en la ciudad de México como parte del ejército guerrillero que liberaría a México del PRI o que, como en escenas del acorazado Potiomkin, me había visto asaltando el palacio de invierno, perdón el Nacional a sangre y fuego, viendo caer a mis compañeros mientras que tres heridas mortales no bastaban para detenerme y llegar a ondear la bandera roja desde el balcón principal, no pude menos que sentirme un poco defraudado. O sea ¿ya habíamos ganado y sacado al PRI del poder y en consecuencia la celebración era una caravana de carros, como si México le hubiera ganado la copa a Nueva Zelanda? O mi sentido del dramatismo era exagerado o la mayoría no compartía mis sentimientos. Un buen trago de ron, reconfortó transitoriamente mi espíritu mientras esperaba que en cualquier momento empezara la noche de los cristales rotos y empezáramos a saquear establecimientos de priistas o, por qué no, también a matar a garrotazos a alguno de lo más distinguidos. Pero no, la celebración continuaba y el júbilo rebasaba y aislaba mi ira. Bueno, si no puedes vencerlos únete, me dije, y me incorporé a la celebración, eso si, enseñándoles muchas de nuestra consignas, empezando por la vieja: no que no, si que si, ya chingó a su madre el PRI. Eso sí, extrañé a varios amigos del PRD, que debieran haber compartido conmigo la jornada y que la cerrazón los condenaba a llorar una derrota que no era suya y les limitaba a participar en un triunfo de todos. ¡Será para la otra!
POSTSCRIPTUM
Debo reconocer que los compañeros de camino son distintos, que el sentido de la moderación le es muy caro mientras que, para nosotros una celebración es hasta que amanezca o vomitar sangre, lo que suceda primero. Las dos de la mañana marcó el inició de la retirada, el sentimiento de que había que trabajar y que nada había cambiado en la vida cotidiana determinó un llamado silencioso a irse a dormir. Me encontré así, en mi casa y con mucha cuerda aún, puesto a revisar los acontecimientos.
¿Que pasó? ¿Por qué todas las encuestas
que daban el empate técnico se equivocaron? ¿Por qué
tamaña puntería en el conteo y tan mala en las encuestas?
La experiencia de Nicaragua señala que en un régimen totalitario
el voto opositor siempre está subvaluado en las encuestas, que no
es sencillo que un ciudadano normal confiese ante un encuestador cualquiera
sus intenciones por romper con el sistema. Sin embargo, en todas las derrotas
previas del PRI las encuestas lo habían anunciado y ningún
temor había limitado su expresión. Claro, una gubernatura
no es lo mismo que la grande pero, ¿sería posible una real
conspiración para oscurecer el panorama, para pavimentar el terreno
para el fraude patriótico que diera seis años mas al PRI?
A pesar de los avances en materia de transparencia electoral persisten
márgenes para torcer la intención del voto, no mucho, tal
vez de 3 a 5% pero suficiente para imponerse en escenarios competidos,
el concepto de moneda en al aire me convencía que el PRI haría
el último intento para imponerse y de ahí la urgencia de
mi final llamado al voto útil. ¿Qué paso en esos días?
La imagen de Zedillo recibiendo la encuesta buena, la que anunciaba
el fin del priismo y decidiendo parar el carro del fraude no se me hace
lejana. El sindicato de gobernadores convocado por los viejos dinosaurios,
Bartlett, Hank González y demás conservaban
en sus manos los hilos de la mapacheria, ¿la usaron y pese a eso
Fox se impuso o fueron detenidos por un único acto de coherencia
del presidente? En ese escenario de incertidumbre, la presentación
de resultados en el limité legal, las 8 de la noche por Televisa,
¿fue una muestra de que la decisión estaba tomada o una maniobra
para acotar los malos pensamientos e inducir certidumbre? ¿Cuál
hubiera sido el panorama si se hubiera esperado tres horas hasta el anuncio
del IFE? Sinceramente espero que en los nuevos escenarios que están
por empezar estas preguntas obtengan pronta respuesta, tal vez uno de mis
primeras exigencias a Vicente Fox sea la de transparencia, ya fueron
muchos años de decisiones en lo oscurito para permitir que sigamos
por la misma vía. Lo difícil empieza ahora, si me equivoqué
en mi opción por Fox y la edad media regresa a México,
donde por cierto el PRI nos mantuvo durante muchos años, se puede
contar con mi furibunda oposición, donde he hecho ya huesos viejos;
de lo que tengo certeza es que nosotros la izquierda deberemos aprender
la lección y que nuestros nuevos proyectos serán sobre bases
distintas, más amplias, olvidando el dogma y la intolerancia y dándole
nuevamente su lugar a la dialéctica, formidable maquina del pensamiento.
* Chilango, miembro de la generación del 68 aunque no haya hecho nada por probarlo. Anarquista de la variedad boca grande, durante un tiempo supo callar lo suficiente para recibir sus quincenas en la administracion publica con regular suerte. Productor y guionista de radio univeristaria, articulista de revistas regionales, actualmente comparte el subemepleo con la actividad politica dentro del PRD de Aguascalientes, donde espera pacientemente su plurinominal.