Sociedad


GLOBALIZACIÓN: UNA EXCUSA POBRE PARA LA POBREZA


Alejandro Formanchuk *

La naturalización de los procesos sociales es una constante en los discursos políticos y económicos. La globalización se ha convertido en la nueva palabrita mágica con la que se pretende espantar a los fantasmas de la crítica. Y la ortodoxia liberal se debate entre lavarse las manos frente a la miseria o "sorprenderse".

No es necesario ser un eminente semiólogo o un destacado lingüista para darse cuenta que los discursos de los economistas y de los políticos buscan naturalizar más que nunca a la desigualdad social y económica que impera en nuestros países subdesarrollados.

Luego de escucharlos flota la sensación de que la pobreza, el hambre, y el desempleo, han dejado de ser males a combatir para convertirse en el justo castigo que deben pagar los ineficientes. Males, entonces, que dejan de ser una responsabilidad para el sistema y se convierten en una responsabilidad individual, donde el latiguillo subjetivista del por algo será (alguna vez utilizado en la Argentina para justificar hasta el terrorismo de Estado y sus "desapariciones") recobra vida: por algo será pobre.

Es obvio que estas afirmaciones no son dichas con la honestidad que exigiría el revelar abiertamente una ideología, puesto que precisamente el neoliberalismo busca disfrazar su pensar, decir, y actuar, bajo un manto cientificista y superador de la instancia subjetiva. Es decir, la ideología neoliberal se niega en tanto ideología y se postula a sí misma como una suerte de "método racional objetivo" a ser aplicado por aquellos políticos lo suficientemente fuertes e idóneos como para no caer en la contingencia.

Por eso, en los períodos anteriores a los comicios, los organismos financieros internacionales y las burguesías locales se aseguran muy bien que el statu quo sea respetado por los candidatos, y que ninguno de ellos cometa la osadía de hacer lo que no se le dice que haga, como por ejemplo apartarse del libreto y las "recomendaciones" del FMI. Este pragmatismo amoral llevó a que, en épocas no muy lejanas, poco les haya preocupado a los grandes grupos económicos apoyar, sostener, e incluso fomentar (recordemos las gentiles lecciones que Estados Unidos dictaba en su Escuela de las Américas de Fort Benning, en Georgia, y en el Comando Sur de Panamá) a las dictaduras latinoamericanas en tanto les asegurasen a los capitales sus derechos humanos y mantuvieran a raya a las subversivas ideas de igualdad.

En la actualidad democrática vivimos una brutal pasteurización ideológica cuyo resultado es que los partidos políticos no se diferencien entre si, ni tan siquiera comparándolos con los de otros países. John Bailey, director interino del Centro de Estudios sobre America Latina de la Universidad de Georgetown, en Estados Unidos, resume muy bien la situación al afirmar que "a los partidos solo les queda el rol de legitimar frente al pueblo los paquetes de medidas que ya vienen armados desde los mercados de capitales, y como todos los países tienen un déficit en su capacidad de ahorro interno y necesitan atraer inversiones para cumplir con sus metas, deben adoptar una receta ortodoxa. La lógica capitalista global asemeja a todos los partidos políticos ni bien ganan las elecciones". Esta realidad bien podría explicar el descreimiento que reina hacia la clase dirigente y la falta de esperanza respecto a un cambio; se sabe que el verdadero poder no reside en el gobierno de turno.

También se asemejan los problemas, lo cual no significa que el mundo en su conjunto padezca lo mismo, porque de todas las globalizaciones posibles -porque hay muchas- nuestros países subdesarrollados han sufrido la peor, y sencillamente debido a que nuestras economías son harto vulnerables a los ciclotímicos flujos internacionales de dinero, verdaderos dueños del mundo.

Volviendo a la ideología neoliberal, su forma de concebir el mundo reflota la supuesta dicotomía entre el político y el economista, y en consecuencia, entre el Estado y el Mercado (así, con mayúsculas). En este esquema reduccionista y falaz, el Estado es caracterizado como un organismo deficiente, burocrático, caótico, y subjetivo, mientras que el Mercado en tanto "perfecto asignador de los recursos" sería el reino de la justicia, el orden, la transparencia, la objetividad.

La interiorización de estos imaginarios por parte de la opinión pública son los que le permiten a los gobiernos de signo liberal contar con el consenso necesario para llevar adelante políticas de reducción del Estado en beneficio de su topos uranos: el sector privado. Basta con ver la total indiferencia que los gobiernos latinoamericanos (quizá con excepción de Cuba) le prestan a la Salud o a la Educación, o las aberrantes privatizaciones del espacio público en la mayoría de los grandes centros urbanos, para comprender la magnitud del proceso y la construcción ininterrumpida de hegemonía.

Un proceso que se escuda en la "globalización" y en la idea de individuo autosuficiente para desentenderse de las consecuencias de su práctica y justificar la miseria interna. Hoy se podría decir que la globalización se ha convertido en el nuevo consuelo de los tontos y en la excusa de los vivos: ¿Por qué se quejan del desempleo? ¿Acaso no ven que hay desempleados en todo el mundo?

Lo cierto es que en nuestros países se han globalizado más los "ejércitos de reserva" y las deudas que las inversiones productivas. Pero desde todos los gobiernos de la región continuamente se nos recuerda que ellos no inventaron la pobreza y que siempre han existido pobres, y naturalizando una construcción funcional a la elite pretenden silenciar a las voces críticas.

Otra estrategia que se descubre en los discursos neoliberales es la tendencia a referirse al mercado como si se tratase de un ser vivo. A menudo se lee que el mercado se asusta, se pone eufórico, reacciona , se angustia, entra en pánico, enloquece, se deprime, se despierta, tiembla, etc.

Pero hay que ser claro, el uso de estos verbos no es una licencia poética sino una versión ampliada de la "mano invisible" con la que se intenta dotar de libre albedrío a lo que no lo tiene; y sin desconocer que la economía dista mucho de ser una ciencia exacta, los resultados de su hacer no pueden ser cargados hipócritamente a fuerzas azarosas, y menos cuando la suerte parece favorecer siempre a los mismos y ser esquiva a tantos otros, porque curiosamente en esta "aldea global" siempre pierden los mismos aldeanos.

Además resulta paradójico querer homologar en el presente la autonomía del mercado con la del ser humano, ya que pocas veces en la historia éste se ha visto tan condicionado por las estructuras. Pero la meritocracia es el dogma de los liberales y la paradoja se disuelve en su idea de hombre eternamente potencial y libre.

De todas maneras, si la explicación de "mercado-hombre" no resulta convincente, se puede apelar a la imagen de "mercado-dios": nosotros, pobres aldeanos de este mundo, padeceríamos los embates de un dios vengativo que nos castiga haciendo explotar crisis en Asia, desatando devaluaciones en Brasil, derrumbando mercados europeos, o inundando economías que se esfuerzan por emerger. El discurso capitalista se las ha ingeniado para hacer parecer a sus crisis como catástrofes naturales, y como tales impredecibles y sin responsables.

Éste es el proceso dialéctico en el que ha caído el iluminismo y sobre el que los intelectuales de la Escuela Crítica de Frankfurt teorizaron a fines de los ´40: el mismo racionalismo que logró liberarse de los dioses paganos de la Lluvia o el Trueno, ha creado un nuevo dios tan enigmático y poderoso como los primeros.

Hoy al mercado se le rinde culto, se lo adora y se le ofrecen los sacrificios que los "brujos" del Norte aconsejan: ajuste fiscal, privatización indiscriminada, libre mercado, libre movimiento de capitales, reducción del estado, pago de los intereses de la deuda, etc. Pero así y todo, el cumplimiento estricto de estas formas no garantiza la bendición celestial, y la Argentina es un caso paradigmático, porque lamentablemente no solo es maquiavélica al justificar los medios en virtud de un fin –la famosa "cirugía sin anestesia" del gobierno de Menem- sino que termina confundiendo los medios con el fin al exaltar la paridad cambiaria, el recorte del gasto, y las privatizaciones, como metas y no como lo que realmente son: instrumentos para mejorar la calidad de vida del pueblo.

Hegel rechazaba el juicio de la acción por los solos efectos, como el juicio de la acción por las solas intenciones, pero si se juzga lo que han dejado estos años de administración neoliberal en nuestro continente, uno se encuentra con sociedades terriblemente fracturadas, con soberanías mancilladas por el poder financiero, y con una injusticia provocada por la desigual distribución en los ingresos que corre a la par (por causa y efecto) de una concentración desvergonzada del dinero. Nunca tan pocos tuvieron tanto y nunca el capitalismo mostró tan impunemente su verdadero rostro.

Lo más indignante es analizar las reacciones que tiene la elite económica, política, y social, cuando alguien - llámese Iglesia, periodismo, ONG- denuncia esta realidad.

Y pareciera ser que está de moda sorprenderse por las estadísticas que se difunden. Toda la clase dirigente y la oligarquía frunce el ceño y pone cara de preocupación cuando le informan, por ejemplo, que en la Argentina algunos chicos no comen todos los días, y que algunos hasta cometen la bajeza de morirse de hambre en el que fuera alguna vez el Granero del Mundo.

Muy preocupados por obtener el máximo de rentabilidad y reclamando una urgente "flexibilización" laboral (eufemismo barato de explotación), se sorprenden ahora por los efectos: ¿Cómo es posible la pobreza si yo les pago $150 por mes? ¿Cómo es posible la pobreza si contrato personal en negro, evado los aportes previsionales y cualquier tipo de impuestos?

Pienso que sería bueno que estos señores tuviesen al menos -y a falta de otras virtudes- el buen gusto de ahorrarse la hipocresía, o la delicadeza, mientras viajan por las autopistas que los conducen rumbo a sus countries privados, de mirar por la ventanilla.

Aunque más no fuese por curiosidad.

* Escritor nacido en Buenos Aires, Argentina.

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