¿PUEDE LA CIENCIA SER MÁS EFECTIVA?
Rolando Ísita Tornell *
La investigación científica ha sido el núcleo de muchos de nuestros conocimientos. La curiosidad acerca de la humanidad, del ambiente en el cual vivimos y del universo guían a los científicos a explorar nuevas fronteras y expandir el acervo de conocimientos básicos.
La empresa científica depende mayormente de las universidades, aunque también incluye laboratorios públicos y privados. En el pasado reciente algunos gobiernos han asumido los esfuerzos de poner en relevancia la contribución que la ciencia puede hacer por el crecimiento económico y la innovación y enlazar más estrechamente la investigación científica con las empresas y la sociedad.
La Universidad Nacional, como una institución del Estado mexicano, autónoma en su gobierno, tiene un papel particularmente relevante en ese esquema y no menos relevante que la divulgación de la ciencia que se hace en la Universidad, en el país, en el mundo.
Un elemento importante de estos esfuerzos de reforma concierne al financiamiento de la ciencia, algo que provoca el debate inevitablemente. Hacer posible que la investigación tenga perspectivas de largo plazo requiere de un financiamiento estable.
No obstante, una cantidad de esos fondos para su financiamiento puede provenir de contratos de investigación.
El financiamiento a la investigación básica debe fundarse en criterios de excelencia, y los fondos para la investigación aplicada deben sustentarse con base en su relevancia.
Vale la pena hacer hincapié que ligado a este esquema está el asunto de la autonomía. Las universidades muy a menudo están dispuestas a involucrarse en nuevas formas de investigación y en nuevas estructuras de colaboración entendiéndose que para ello requieren de libertad para hacerlo. Entiéndase así que ni la universidad, ni sus quehaceres académicos, de investigación y difusión de la cultura pueden dirigirse como correa de transmisión gubernamental o criterios políticos partidistas.
A su vez, se entiende entonces que su gobierno debe sustentarse en el conocimiento mismo, salga el conocimiento de donde salga, como hubiera dicho don Justo Sierra, y cuyos criterios cada especialidad académica ha ido definiendo a lo largo de su tradición y prestigio universal.
Un segundo elemento importante en la reforma involucra la interacción entre la ciencia y la industria. Remover los obstáculos que inhiben la cooperación, tales como regulaciones que privan a los científicos de beneficiarse de los financiamientos de la innovación, o esquemas de pensión, como las plazas, que limitan lo movilidad de los investigadores, son esenciales para enlazar a la ciencia con efectividad con las necesidades de las empresas.
Un resultado de esta cooperación podría dar lugar, inclusive, a que los investigadores, desde sus universidades, pueden beneficierse más allá de su quehacer científico, formando consultorías basadas en la gestión del conocimiento, creando fuentes de trabajo creativas.
Finalmente, los nuevos avances en la medicina y la ingeniería genética, tales como la clonación y la modificación genética de organismos, están consternando a la opinión pública y están rozando en la ética, son asuntos que requieren de una discusión pública abierta. He ahí otro papel fundamental que debe cumplir con excelencia la divulgación de la ciencia universitaria.
Los criterios aquí descritos, son recomendaciones que las naciones que determinan las tres cuartas partes de la economía mundial están aplicando para sustentar su sobrevivencia, al enfrentar con eficacia y conocimiento los retos que ha impuesto la mundialización, independientemente de los partidos que gobiernen los Estados (fuente: Fostering scientífic and technological progress, en Policy Brief, OECD, junio de 1999).
* Doctorado en Ciencias de la Información. Divulgador de la ciencia, UNAM; profesor de la cátedra de Valores Socioculturales en el Mundo, ITESM-CEM.