México


LA MUERTE MEXICANA: TRES MÁSCARAS


Guadalupe Elizalde *

Por lo menos tres acontecimientos recientes tocan, de diferente modo, la concepción que el mexicano posee de la muerte y la actitud (distinta) que asume ante ella. Por lo trágico de las vidas que cobró, hacemos primera referencia al incendio de la "ratonera" Lobohombo que, invirtiendo los términos alude a un homo convertido en lupus, magnificado en todos los pasos que debieron seguirse hasta lograr su apertura al público en forma de dicoteca para “gente bien”. El hombre siempre, lobo del hombre.

El segundo acontecimiento involucra a uno de los diarios más antiguos de México. Emergido a la luz en el año de 1917 (18 de marzo, fundado por Rafael Alducin), Excélsior ha pasado por diversos periodos, siendo acaso el más sonado el que corrió de 1968 a 1976, cuando reunió en la redacción a periodistas que han dado renombre a esta profesión a lo largo de sus carreras, muchos que merecen reconocimiento por su valentía y testimonial objetividad. No obstante, la inteligencia guarda sus misterios y el ejercicio, algunas veces, separa a los hombres aunque los una el mismo objetivo.

El tercer hecho que ocupó hojas y espacio el día de la presentación de conclusiones por parte del Fiscal especial para el caso, fue la versión final del homicidio del ex candidato presidencial del gobernante Partido Revolucionario Institucional Luis Donaldo Colosio. Ya se sabe, murió en Lomas Taurinas (y no en el hospital, técnicamente hablando) y fue asesinado por un hombre minusválido neuronal, traumado, con ideas delirantes, etc., etc., todos a la baja, pero que sin embargo tuvo el arrojo de disparar dos veces sobre el cuerpo del candidato, previó que podían matarlo allí mismo, cambió sus declaraciones y nunca pudo construir un móvil creíble: Los hombres, lobos del hombre.

Luis Donaldo Colosio, se sabía, desde el día de su nominación, parte de la historia de este “país de máscaras”, según apuntan los especialistas Patricia Ramírez y Mauro Rodríguez Estrada en Psicolgía del Mexicano (McGraw Hill, 1998). Octavio Paz habló también del hombre enmascarado que osa imponerse no a los dioses de lo cotidiano, sino a aquellos que conocen los vericuetos del destino que muchos relacionan con lo inmutable: “Te salvas del rayo, pero no de la raya”, o “lo que sea que truene”. La máscara aparece como defensa y también como la conciencia de lo manipulable, de la mentira política que se perpetúa si alguno fue parte de ella y hasta del saqueo nacional. De allí que se diga que el lenguaje –para algunos- no es un medio de comunicación sino una barrera de ilusiones para defenderse.

El 17 de junio de 1986, Francisco Villarreal escribió en Excélsior un desplegado a una plana intitulado” La mentira”, y decía: “Somos un pueblo enfermo de mentira; hemos perdido el valor del lenguaje, vivimos bajo el imperio de la mentira oficial, la diaria, y la mentira personal de cada uno”. Nuestro mundo, así constituido, es ambiguo; la ambigüedad lleva al desconcierto y éste al mito.

La muerte tiene en México una componente festivo, acaso porque el destino de los aztecas no se definía por criterios éticos, sino por las circunstancias de la muerte: Combate, juego, parto, ahogo,etc. La muerte, al ser algo “vivo, nos es indiferente, lo mismo que la vida. ¡Trágica ambivalencia! De algo tendré que morir; a mí no me pasa lo que a ellos; yo tomos los riegos hitóricos que me marque el destino, o “la venganza es un plato que se come frío”. Todo ello memoria de la muerte y no previsión para la vida, aunque fuera ésta honra post mortem. ¿Cuántos retan al destino pretendiendo derrotarlo?

* Periodista.

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