LOS MUERTOS POBRES
Rafael Mendoza Toro *
Para Laurita
¿Que si alguna vez he visto un fantasma? No sé, no podría responderte con plena certeza. En más de una ocasión he visto, oído y sentido cosas que, bueno no corresponden al mundo normal en el que vivimos, lo que no puedo asegurar es si "eso" correspondía a lo que llamamos "fantasmas" o sea manifestaciones de presencia de los muertos. Como sea, quiero narrarte algo que me sucedió hace ya muchos años, cuando era niño.
Pasé mi infancia en una casa allá por el rumbo de Xochimilco que según decían en el pueblo, estaba embrujada. Allí habían vivido unas señoras muy malas, ricas prestamistas y muy avaras, que al morir habían dejado enterrado su dinero y que, decía la gente, volvían a cuidarlo por las noches como almas en pena, porque ese era su castigo. Sin embargo, el episodio que más recuerdo sucedió fuera de mi casa, en el panteón del pueblo.
Yo tendría 12 o 13 años, no era muy rebelde pero empezaba a tener problemas con mi papá, quien como maestro que era, pensaba que la disciplina era lo mejor para educar a los hijos. Eran los días de muertos y dos primos, mas o menos mi edad, pasaban un tiempo con nosotros. Nos habíamos pasado la tarde haciendo calaveras de chilacayote, con las que planeábamos salir en la noche a pedir, como todos los demás niños de la cuadra, nuestra "calaverita". La noche de Todos Santos salíamos a pedir de casa en casa, en algunas nos dejaban pasar a rezar ante el altar de los muertos y nos daban algo de la ofrenda: pan de muerto, fruta y de vez en cuando algún dulce, esto cuando el muertito era niño. Ya no me acuerdo que hicimos, pero mi papá se enojo con nosotros y nos prohibió salir en la noche, diciendo que nada más salíamos a hacer estropicios.
Esa noche, estabamos los tres en mi cuarto sintiéndonos víctimas de la injusticia paterna y pensando en hacer algo para remediarlo. Oíamos a los demás niños por la calle gritando como se acostumbraba: "las calaveras tienen hambre" a lo que riendo otros contestaban "que se amarren sus tripas con un alambre". Lo que más coraje nos daba era cuando llegaban a pedir a la casa, mi abuela les abría y después de un rato en que dizque rezaban, salían muy contentos con lo que les daban, porque la ofrenda de mi casa era de las grandes. Estabamos rumiando nuestras penas cuando surgió una idea, probablemente de Eduardo, quien era el mayor de los tres:
¿Y si nos escapamos por la ventana? Mi tío no tiene derecho a encerrarnos, no somos sus hijos.
La idea nos pareció genial, como respuesta al agravio y como forma de demostrar nuestra independencia. Hicimos un plan de escape que era muy simple, esperaríamos que dieran las diez, hora en que todos se iban a dormir y cuando ya no oyéramos ningún ruido saldríamos por la ventana de mi cuarto, que estaba en el primer piso de la casa.
Y así lo hicimos, eran como las diez y media cuando pusimos manos a la obra, aunque no fue tan fácil a la mera hora. Hubo primero que reprimir a mi hermano menor, que por conocer el plan se sentía cómplice pero al que decidimos no llevar. Escapar fue más complicado: de la ventana debíamos saltar como un metro hasta la azotea de la casa vecina, y de ahí correr a una barda de la que nos podíamos descolgar a la calle. El primer salto era difícil, eran más de cuatro metros de altura y si fallábamos, nadie nos iba a quitar los golpes, de la caída y por desobedecer. Recuerdo que respiré hondo, cerré los ojos y salté. Todavía debía andar conmigo mi ángel de la guarda porque aterricé en la azotea sin mayores problemas. En pocos segundos, excitados, contentos y libres, nos vimos en la calle.
Ya en la calle debíamos encontrar un "para qué" de la escapada, porque como el pueblo ya se había dormido, no podíamos buscar nuestra calavera. Una idea que antes se había mencionado sin éxito, ahora nos pareció la mejor:
¡Vamos al camposanto a visitar al Tío José!.
El tío José era el abuelito de mis primos y pero por algún extraño motivo todos le decíamos tío. Había muerto hacía menos de un año, por tanto era su primer día de muertos en el panteón y hacerle compañía mientras se acostumbraba parecía buena idea. Todos le teníamos cariño al tío, quien anciano y pobre, no esperamos nada de él, sin embargo, nunca regañaba ni nos decía que debíamos hacer, en cambio, contaba unas historias disparatadas y divertidas de cuando había andado con los villistas en tiempos de la revolución.
Cuando llegamos al camposanto debía ser más de las once, todo estaba tranquilo y en silencio. Una barda alta de piedra rodeaba el panteón, empero, esa no era la principal dificultad. Conocíamos donde las ratas y generaciones de aventureros, habían cavado huecos en los muros que se podían usar como escalera para trepar el muro y entrar. El real peligro era el panteonero, un viejo alcohólico que ahí vivía y de quien se decía tenía una escopeta con la que disparaba a los intrusos. Era pues, muy importante no hacer ningún ruido excesivo y estar listos para huir a la menor señal del vigilante.
Encaramados en la barda, contemplamos el cementerio desierto, la luna menguaba y a su escasa luz apenas se alcanzaban a mirar las hileras de tumbas y los ahuehuétes que crecían entre ellas. Agarrando valor, saltamos al interior y rápidamente avanzamos por los pasillos hasta la tumba.
Nos sentamos en la lápida de cemento que marcaba la tumba del Tío José sobrecogidos por el panorama. Esa noche, el panteón lucía solo y triste aunque tan limpio y ordenado como se podía. Toda la tarde las familias se la habían pasado arreglando las tumbas de sus familiares. Se quitaba la maleza que crecía por los pasillos, que se regaban y barrían como pocas veces se hacía en las casas. Los ricos, lavaban con escoba y agua los monumentos de cemento y mármol que recordaban a sus muertos; los pobres pala en mano, acumulaban tierra para rehacer y darle forma al montículo de la tumba de sus parientes. Eso si, todos llevaban todas las flores que podían, los pobres cempasuchil y nubes, los ricos gladiolos, claveles y hasta rosas. Al final, la tumbas quedaban bien bonitas en homenaje a sus difuntos y en espera de que al día siguiente, 2 de noviembre, las familias regresaran a presentar su ofrenda y pasar el día con ellos. Esa noche, sin embargo casi todos los muertos estaban solos, todos menos el tío José.
Después de los primeros minutos en silencio, impresionados por nuestra propia osadía, al ir regresando la confianza, empezamos a hablar en voz muy baja, cuchicheos en los que el tema era nuestro valor ¡no cualquiera entraba al camposanto la noche de todos santos! ¡como nos iban a envidiar los demás primos cuando les platicáramos y como iban a lamentar no habernos acompañado! Los recuerdos del tío ocuparon la plática y cada cual presumía de haberlo conocido mejor, hasta yo que no era su nieto. El miedo del lugar y el panteonero se fue disipando y después de un rato surgió una nueva idea audaz: íbamos a fumarnos un cigarrillo, como los del tío José.
La idea tenía un punto débil, aunque ya hacia un tiempo acostumbrábamos llevar cigarros Alas, que guardábamos en cajetillas de cigarros caros, esa vez no traíamos cerillos. Sosteníamos en los dedos el inútil cigarrillo mientras descubríamos y nos reprochábamos el olvido de las velas y los cerillos cuando, allá por las últimas filas de tumbas descubrimos la luz de una pequeña flama.
Aunque en el pueblo nadie acostumbraba dejar velas u ofrendas en el camposanto, de momento no nos pareció raro y, encorvándonos y en sigilo nos encaminamos hacía donde aparecía la flama. En esa noche oscura, a la que contribuía más la sombra de los arboles, la flama lucía azul y muy brillante. Conforme nos acercábamos, algo raro empezó a pasar. Aunque parecía estar ahí nomás, a cuatro o cinco filas a lo sumo, cuando debíamos haber llegado a su lado seguía apareciendo un poco más lejos.
La luz era muy brillante, sin embargo, no alumbraba su alrededor como lo haría cualquier vela. Aunque brillaba vivamente la oscuridad era más intensa en torno a ella, no alcanzábamos ni a ver la tumba sobre la que debiera estar. Dos o tres veces repetimos el proceso y cuando ya debíamos alcanzarla, seguía brillando igual de fuerte, aunque un poquito más lejos. Así, sin darnos cuenta, llegamos al fondo del camposanto.
En un momento, estabamos ya en la última fila de tumbas y la luz estaba a pocos metros de nosotros. De pronto, empezó a brillar todavía más, con una intensidad que lastimaba nuestros ojos, mientras poco a poco descendía como si alguien la llevara en mano. Cuando debió tocar el suelo se extinguió lentamente y en ese momento, a la sola luz de la luna, un lúgubre panorama se nos presentó: ahí, donde la maleza sustituía a las limpias y ordenadas filas de tumbas, estaba el lugar donde desde hacía muchos años se depositaban los fragmentos de las cajas de los pobres, de los muertos desalojados por no pagar su perpetuidad.
No sé si sea igual en todos los panteones; pero allá en mi pueblo cuando los deudos iban a pedir una fosa para su difunto, se le preguntaba si pagaban la perpetuidad o nomas los derechos por siete años. Como la perpetuidad costaba mucho, los pobres pagaban lo mínimo por la fosa, pensando que ya después tendrían dinero para pagar el descanso eterno. Lo malo era que cuando se cumplían los años seguían sin dinero o el que tenían lo necesitaban para los que estaban vivos y como los muertos no podían ponerse exigentes, no pagaban y aceptaban que desalojaran a sus difuntos.
Ese era unos de los trabajos del panteonero: sacar a los muertos que no habían pagado. Se suponía que los huesos los debía poner en un costal y guardarlos, por si los parientes venían a reclamarlos, pero como todos sabíamos, nunca nadie se había presentado por los huesos de sus parientes. Por eso, el viejo borracho al destapar la tumba, con la misma pala que había excavado rompía los esqueletos y los fragmentos de huesos se arrojaban, en el fondo del camposanto junto con lo que quedaba de los ataúdes sin mayor ceremonia.
Casi todos los niños evitábamos acercarnos a ese lugar. Sabíamos que algunos, hurgando ahí, habían encontrado huesos completos y hasta alguna calavera; también que las brujas del pueblo, para completar sus hechizos acudían por la noches en busca de pedazos de la tela y madera de los ataúdes y sobre todo, fragmentos de huesos que molían juntos para lanzar el mal de ojo y otros hechizos.
Esa noche, sin embargo, sentíamos algo más que miedo. La luna menguante alcanzaba a alumbrar el desolador panorama: maleza y ortigas crecían entre los ataúdes rotos, en ocasiones brotando en medio de alguno desfondado, dando la ilusión de macetas macabras; los ataúdes estaban apilados en desorden, algunos casi completos y de otros solo fragmentos; había muchos grandes y grises y unos pocos pequeños, de niño, todavía conservando pedazos de la tela blanca con que los forraron; todo, la madera y tela apestaban de viejos y putrefacción. y aunque no lo veíamos, sabíamos que ahí también estaban muchos esqueletos despedazados, restos humanos que nadie le recordaba. Mientras contemplábamos el peor rostro de la muerte uno de mis primos alcanzó a decir:
Híjole, que pinche debe ser estar muerto y que ya nadie se acuerde de ti.
Asentimos con la cabeza para que no se notara el nudo en la garganta cuando brotó una idea: sin ponernos de acuerdo y sin decir nada, nos acercamos a las otras tumbas y empezamos a tomar flores que arrojamos sobre los ataúdes. Repetimos la operación varias veces hasta que consideramos que los muertos ya debieran estar contentos por su ofrenda. Salimos del panteón sin hablar y continuamos en silencio hasta que, pasadas las dos de la mañana regresamos a mi cuarto.
Nuestra escapada tuvo varias consecuencias. Mi hermano, como venganza por haber sido excluido nos acusó con mi padre quien sintió debía aplicar un correctivo ejemplar. Soportamos sin llorar una buena dosis de cinturonazos en las piernas pero no logró romper nuestro silencio y hacernos confesar a donde habíamos ido en la noche. Nuestro voto de silencio, sin embargo, se vio reforzado por lo que pasó en el camposanto.
Cuando por la mañana las familias empezaron a llegar para la visita del día de los muertos, el espectáculo que presentaba el rincón de los muertos pobres produjo soponcios y muchos "Jesús, María y José". Las tumbas de sus parientes habían sido despojadas de sus flores, mismas que ahora adornaban, sin ningún método ni arreglo, las pilas de ataúdes rotos. Las ancianas llegaron rápidamente a una conclusión: los muertos pobres, enojados porque nadie les llevaba nada, se habían levantado y tomando las flores, se habían hecho su propia ofrenda. Como nadie tenía ninguna otra idea, todos se santiguaron y rezaron un rosario por los que nadie se acordaba. Ante esto nosotros, únicos que sabíamos la verdad, decidimos hacer voto de silencio para siempre.
El panteonero murió pocos años después, lo encontraron en la casita que ocupaba en el mismo panteón, muerto al parecer de borracho aunque se contaba que los muertos a los que habían sacado de sus tumbas habían ido por él. Lo enterraron en una tumba de pobre y como ni parientes tenía, al cumplir los siete años lo debieron desalojar. Lo más insólito fue que a partir de entonces y durante muchos años, cuando las familias iban a limpiar y arreglar las tumbas de sus muertos, guardaban un ramito de flores que iban a depositar al fondo del panteón, al rincón de los muertos pobres que ya no se vio tan olvidado.
* Chilango, miembro de la generación del 68 aunque no haya hecho nada por probarlo. Anarquista de la variedad boca grande, durante un tiempo supo callar lo suficiente para recibir sus quincenas en la administracion publica con regular suerte. Productor y guionista de radio univeristaria, articulista de revistas regionales, actualmente comparte el subempleo con la actividad politica dentro del PRD de Aguascalientes, donde espera pacientemente su plurinominal.