HISTORIA DE AMOR CON CIUDAD
Laura Castro *
Trato de convencerme a mí misma para poder dejarte.
Parece que soy hija de la buena vida y de la mala vida.
Te quiero y no te quiero... No te dejo -porque te dejo- derrotada.
Me voy herida y enriquecida.
Herida por el desdén que hiciste de una hija de la misma patria y enriquecida por el conocimiento de otros y de otras, verdaderamente excepcionales.
Enriquecida por el trato y el maltrato cotidianos, por las clases de humildad.
No me corres, pese al peligro que acecha en tus calles y jardines.
Me voy porque el entusiasmo también se debilita y con él la iniciativa y la capacidad de sorprenderme y sorprender.
Me voy y no te dejo del todo. Algo tuyo se va conmigo y sin duda, algo
mío, apenas perceptible, se quedará aquí: unos cuantos
litros de bilis, muchas emociones, desilusión y desesperanza,
satisfacciones mil, varios jirones de dignidad y casi toda mi soberbia.
Ciudad de México, imán y repelente.
Estaré aquí no sé cuántos días más y ya me quiero ir y me quiero quedar, me tienes dividida, exactamente como estás.
Dividida entre el sosiego del Parque México, la calma a la que invita; y el terror de solamente pasar por la Doctores y la Buenos Aires.
Entre la fascinación que me producen San Ángel y Coyoacán, sus librerías, fondas y tiendas de artesanías y la paranoia y la angustia que descubro en Tepito, la Lagunilla, el Mercado de Sonora y La Merced.
Todavía no te dejo y ya te extraño.
Las distancias, lo que no conocí, lo que seguramente visitaré cuando regrese como turista.
Ciudad de México, cadena y arraigo voluntario, escuela infernal.
Me llevo el acento de tu gente grabado en la memoria.
Las imágenes de los niños-Salinas en Reforma e Insurgentes y las de los indigentes que en ninguna parte he visto como aquí.
Me llevo las flores del Mercado de Medellín y las de cada esquina a lo largo de la avenida Mazatlán.
Me llevo la solidaridad de tus habitantes, desconocida e impensable fuera de este centro; y el dolor de la prepotencia y la impotencia por no conseguir más, detenida por esos grandes muros que se levantan para todo, contra los que llegamos de afuera, de provincia.
No me llevo el pánico que despiertan tus temblores -milagrosamente me escapé- pero sí están ya en mi equipaje las majestuosas fumarolas y el rugido del Popocatépetl, al final del primer año del tercer milenio.
Traigo ya en la maleta el diploma que acredita un curso intensivo de humanidad.
Ciudad de México, imán y repelente.
Volveré, no te quepa duda, a conducir en tus calles -uno de mis mayores logros- sabiendo que te conozco, que no me pierdo en ti.
Volveré para sentir de nuevo pánico y el derrame constante de adrenalina; para visitar a los amigos, los que nacieron aquí y los que como yo llegaron de otros lares y no se atreven a dejarte.
Volveré para caminar como si nada y atravesar el Zócalo, adentrarme en Chapultepec y mojarme dos, tres veces en Six Flags.
Volveré pero volveré a dejarte.
No merezco esperarte ni sufrirte tanto, ya te gozaré cuando regrese, cuando el imán vuelva a atraerme para una estancia efímera, acaso superficial, pero sabiendo que eres profunda, heredera de una gran historia que también es mía aunque no haya nacido aquí.
Algún día, lo sé, irás a mi, dondequiera
que esté.
* Periodista mexicana.