CHIAPAS: UN TEMA Y CUATRO TEXTOS
Rafael Mendoza Toro *
Las razones de las armas
Una vez más, toda la atención se está centrando en Chiapas. Todas las cámaras, toda la preocupación y toda la solidaridad nacional e internacional penderá del combate virtual que enfrentará a los dos grandes histriones, quienes echando mano a sus mejores armas, tratarán de sacar la mejor parte de un enfrentamiento en el que ambos saben no habrá ganadores absolutos. No habrá sorpresas, tanto Marcos como Fox mientras dicen buscar la paz, tratarán que sus propuestas y percepciones prevalezcan, al tiempo que esperan que sus seguidores se acrecienten y pesen más en el ánimo de una opinión pública que, esa sí, desea el fin del conflicto. El vencedor, podrá proclamarse abanderado de la paz y ganará consenso y tiempo para su causa. Por supuesto, el gran combate será en los medios de comunicación donde ambos contendientes tratarán de dar su mejor imagen mientras aquellos, a su vez, luchan por el rating y el tiraje.
Pero, mientras esto sucede, los otros, los puros, los duros, los que están en las sombras, velan sus armas y esperan el siguiente combate de su guerra popular prolongada. Ellos nunca han dicho que buscan la paz, nunca se han amparado en las simpatías de la sociedad civil, no reivindican cruzadas cósmicas ni siquiera cuentan con una mitología a la que ampararse. Simplemente un día asumieron las razones y tomaron las armas y declararon guerra al capitalismo e intentan ser consecuentes: hasta la victoria o la muerte. No han sido convidados a ninguna mesa de negociación y los avatares de la búsqueda de la paz en Chiapas les son ajenos; sea cual fuera el resultado, su guerra les lleva más allá. Sin embargo, pareciera que ambas partes prefieren olvidarlos, que es mejor creer que una eventual firma entre el gobierno federal y el EZLN traerá por consecuencia la paz y por eso nadie quiere recordar esta declaración de guerra.
Pero ahí están, renacidos de las ruinas de una izquierda radical que no supo o no pudo encontrar su camino después de la derrota y de la devastación económica producida por veinte años de crisis económica, reconocieron en la lucha armada la única vía para lograr sus ideales o superar su situación. Algunos, radicales de siempre y enemigos jurados de los reformistas, contemplaron con desconfianza el camino del PRD, sus altibajos electorales y el triunfo final del pragmatismo y lo supieron ajeno. Otros, pasaron por la militancia legal y conocieron sus formas, convocados en las movilizaciones por los fraudes electorales o por demandas sociales, encontraron que poca diferencia había en el resultado: los caciques reaccionaban por igual, la violencia como respuesta a cualquier intento de distensión. Porque en este México donde poco a poco se ha ido construyendo la democracia, el desarrollo ha sido desigual; al igual que en lo económico, en las regiones rurales más atrasadas sigue vigente la ley de la selva y el "mátalos en caliente" sigue siendo una respuesta cotidiana.
La síntesis final se ha ido conociendo: guerra a muerte al capitalismo en cualquiera de sus variantes y las armas como único camino. Y aunque nunca desaparecieron a pesar de la brutal represión de finales de los 70s, poco a poco han vuelto y aquí y allá se empiezan a conocer sus apariciones y sus llamados a las armas. Pocas semejanzas conservan con el zapatismo, tal vez solo comparten lo que queda de la utopía socialista, pero a diferencia del zapatismo que negocia, en su camino no hay treguas ni espacios para el diálogo, solo una prolongada lucha de la que se saben vencedores finales.
Entenderlos es complejo, no son solo el grito visceral de las etnias clamando por su supervivencia o la fascinación virtual del fenómeno "globalifóbico", sino una secuencia de razones amparadas en una lógica rigurosa y desembocando en una práctica. Combatirlos será aún más difícil, en las década de los 60s y 70s solo se les logro vencer a través de la guerra sucia, la violación sistemática a los derechos humanos y renunciando al mismo "estado de derecho" que se decía defender; empero la endeble transición democrática que vivimos no puede darse el lujo de un nuevo episodio de represión. Negociar con ellos parece tarea inútil, no hay demandas ni situaciones intermedias, solo una meta final: la victoria o la muerte; no reconocen al gobierno mas que para combatirlo, los avances graduales les son anatema, toda transición una desviación de la lucha y todos quienes no coincidamos con sus propuestas, sus enemigos reales. Poco puede ayudar en este contexto el pretender ignorarlos, el no aplicar de momento en su contra el aparato de la represión o el intento de segmentar los problemas: primero los más sonoros y rentables, resuelto Chiapas ya después veremos.
Y ahí están, expectantes y vigilantes, un eventual distensión política del conflicto chiapaneco no les afecta, para quien está cierto de tener la razón pequeñas desviaciones coyunturales no representan mayor problema; pero si acaso, como es muy posible dada la multitud de factores fuera de control, las cosas terminan mal y se enrarece el clima político, serán quienes primero aparezcan y capitalicen para su causa radical los acontecimientos. Y para ellos quedará muy claro que tienen la razón, que su camino es el único correcto y que su decisión fue parte de un proceso histórico. Todos los actores políticos debemos tomar en cuenta su existencia para definir nuestros cursos de acción, pero particularmente el gobierno no puede seguir jugando a ignorarlos. Pero poco podrá hacer éste para resolver el problema, cualquiera que fuera la decisión: confrontarlos, aislarlos, aniquilarlos e incluso incorporarlos, mientras no se parta de la comprensión de las profundas razones de las armas.
El indigenismo y el EZLN
Si hubiera que buscar el saldo más positivo del alzamiento zapatista, este sería el poner en un primer plano de la agenda nacional la cuestión indígena. Los pueblos indios, despojados y depauperados por la conquista, el virreinato, la independencia, la reforma, el porfiriato y la revolución, ante la globalización que se iniciaba ese 1º de enero de 1994, levantaron alto la voz y obligaron a reintegrarlos a la discusión del tiempo presente y el futuro que buscamos. Después de la euforia indigenista del periodo posrevolucionario, los pueblos indios habían pasado a ser solo referencia lejana, proporcionando personajes cómicos y/o patéticos para el cine mexicano; o productores de artesanías y ambientes "típicos" para decorados nacionalistas; o en coloridas ceremonias, entregar el "bastón de mando" al candidato en turno del invencible y funcionando también como reservorio de votos unánimes para el partido tricolor y, cada vez mas de vez en cuando, motivo para encendidos discursos referentes a la justicia social y a las deudas de la revolución mexicana. Pero como incluso las deudas se estaban ya saldando con solidaridad y el "new brave world" se iniciaba, a la marginación económica y social indígena, se sumaría el olvido. Pero ese 1º de enero evitó que el expediente se archivara y, necesariamente, se diera atención a deudas de más de 500 años.
Dentro de su historia de injusticias y despojos, los pueblos indios sufrieron dos momentos que determinaron el incremento de su deterioro económico y los llevaron a la situación en la que la muerte por hambre o rebelión, terminaron siendo equivalentes. El primero fue la conquista, cuando de manera violenta se destruyó su forma de vida y se vieron sometidos al conquistador; sin embargo, algo quedó, las "mercedes reales" por las cuales les fueron reconocidas parte de las tierras que ocupaban como propiedad comunitaria. El segundo momento, promovido por Benito Juárez y en nombre del progreso, fue la desamortización de las tierras comunales. Y aunque en los libros de historia de México nos mencionan los efectos que tuvo sobre los bienes de la iglesia, poca mención se hace a la pérdida de los bienes comunales. Por el maniqueísmo de la historia, se acostumbra mencionar a Porfirio Díaz como el villano que lleva hasta las últimas consecuencias el despojo, mediante las compañías deslindadoras y las haciendas, sin embargo el instrumento jurídico lo proporcionan las reformas juaristas. Entonces, como ahora, la coartada fue el progreso, la promoción del incipiente capitalismo, al cual las "tierras muertas" en manos de los indios, debieran incorporarse con otros dueños y otra visión.
Los gobiernos posrevolucionarios decidieron corregir parcialmente esta cadena de fregaderas y aunque nunca se plantean la restitución de las tierras comunales, intentan extender los beneficios de la Revolución a quienes mucha sangre habían aportado en el periodo armado. Sin embargo, el como hacerlo fue el problema de origen; los depositarios de toda la sabiduría sobre los pueblos indios, los antropólogos, presentaban dos ideas distintas: los "integracionistas" proponían incorporarlos a la dinámica de desarrollo, poner escuelas para enseñarles español y a leer y escribir, promover el uso de tecnologías más rentables para la explotación de la tierra y si en el camino los indios decidían emigrar y convertirse en obreros en Cd. Neza, sería asunto aparte; su lengua y su cultura, si querían, podían conservarlas. Por otra parte estaban los "conservacionistas", quienes planteaban que la identidad, lengua y cultura eran prioridades, que incluso si eran pobres esto debiera considerarse parte de su acervo cultural y que más valía conservarlos y observarlos y estudiarlos en su estado natural. A su vez, la dirección del Instituto Nacional Indigenista correspondía a alguien de cada corriente quien durante seis años intentaba convertir sus ideas en acciones; por supuesto que ninguna teoría funcionaba en la realidad y que la espiral del deterioro social se acentuaba, y aunque todos decían actuar a su nombre y beneficio, los indígenas eran objeto y nunca sujeto en las decisiones sobre su futuro.
Esta dialéctica idiota fue interrumpida por el alzamiento zapatista, sin embargo, cuando se debió abrir nuevamente la discusión y el análisis del papel de los pueblos indios con la principal participación de estos, el proceso concluyó y se presenta una síntesis irrefutable e irrebatible: el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional es el único representante y vocero de los indígenas y sus propuestas, ley de cumplimiento obligatorio. Entonces, en nombre de la diversidad y pluralidad que dicen representar, se regresa al "ukase" stalinista y al "somos portadores de la única verdad revolucionaria"; a partir de ese momento, basta con cuestionar la representatividad del zapatismo y señalar la diversidad y pluralidad de los pueblos indios, que no necesariamente hablan por la voz de Marcos, para caer linchado por la sociedad civil, indigenistas nacidos el 1º de enero y a quienes basta con los "Cuentos del viejo Antonio" para comprender un fenómeno que antes ni siquiera llamaba su atención.
Porque Marcos vendió una mitificación de los pueblos indios, una Arcadia pastoril donde gobiernan ancianos justos y sabios, donde bastaría con dejarlos solos para que restauraran una Utopía que nunca existió. Porque "usos y costumbres" no son sólo el espíritu comunitario o la restauración de los antiguos dioses, sino también la explotación de caciques amparados en los consejos de ancianos, la expulsión de quienes disienten de las autoridades, el embriagarse hasta caer en honor del santo patrono, el vivir un año en la miseria a fin de honrar un día las tradiciones como mayordomos; es la compraventa de mujeres o la explotación de los hijos como propiedad. Esto Marcos prefiere no mencionarlo y sus seguidores no quieren conocerlo, habría para ello que leer algo más que los manifiestos de la selva lacandona y viajar a sitios distintos a Guadalupe Tepeyac.
En estos momentos se celebra el tercer Congreso Nacional Indígena y la exigua minoría serán estos; la sociedad civil, similares y conexos acaparará todos los lugares y discutirá y tomará resoluciones a nombre de los indios que dicen representar. Porque la cerrazón e intolerancia llega al punto que si un indígena es priista por ello pierde sus derechos e identidades; porque la ecuación indígena = zapatista es dogma y no admite revisión.
Se debe reconocer el mérito del zapatismo como vanguardia del nuevo movimiento indigenista, pero es necesario que éste reintegre la palabra a otros interlocutores y empiece a actuar con autentica pluralidad. La puerilidad de los zapatistas urbanos acota todo intento de análisis, porque incluso la aprobación de la Ley de los derechos y cultura indígena no modificará las condiciones de vida de los pueblos indios mientras no se comprenda y se aprenda a trabajar en los tiempos de la globalización; porque lo más grave no es la explotación capitalista, sino la existencia de grupos sociales que ya ni para ser explotados tienen importancia. Este es el gran reto.
Una guerrila desechable
Siempre que se confrontan dos fuerzas militares señaladamente desiguales, existen dos alternativas básicas: el combate frontal con el aniquilamiento del débil y el nacimiento de una nueva épica de la derrota; o "el pega y corre" y el uso de las tácticas de la guerra de guerrillas. Si bien se puede creer en David derrotando, cara a cara, a Goliat, siempre es mas razonable adoptar la "guerra de la pulga" si los débiles pretenden combatir, sobrevivir y, eventualmente, vencer. Guerrilleros fueron los "zelotes" luchando contra el invasor romano, los patriotas españoles combatiendo a Napoleón, los chinacos hostigando al ocupante francés, los "maquis" y "partizanos" luchando en la segunda guerra mundial contra el ejército nazi, compartiendo todos la acepción más amplia de la "guerra de la pulga": no ganan pero bien que friegan.
Se necesitó que las circunstancias históricas fueran evolucionando para que la guerra de guerrillas asumiera otras visiones estratégicas que le permitieran alcanzar los objetivos de no sólo resistir, sino también vencer. El general vietnamita Vo Nguyen Giap y el presidente Mao Tse Tung, revisan los textos teóricos de la guerra (el famoso Klausewitz) y reformulan las tesis de la guerra de movimientos. La guerra de guerrillas era una guerra de resistencia, un hostigamiento permanente del débil hacía un enemigo superior con el propósito de desgastarlo y, eventualmente, convencerlo que los costos de la guerra permanente superaban los beneficios de la ocupación. El general Giap y Mao, con base en las experiencia ganadas en sus particulares guerras, construyen una estrategia en la que la guerrilla crece, evoluciona y puede constituirse en ejército formal. Mientras la guerrilla represente una fuerza sensiblemente inferior, dicen en sus textos, no debe presentar un combate frontal ni intentar defender territorios, sorpresa y movilidad son sus principales armas, pero al mismo tiempo que resiste, debe construir sus bases materiales, ganando en fuerza al mismo tiempo que en audacia. Cuando cuantitativamente la guerrilla represente una fuerza equivalente, puede pasar a la guerra de posiciones, ocupar territorios e iniciar la ofensiva frontal que modificará los equilibrios. La conclusión de Mao no deja espacios para el heroísmo: el objetivo del ejército guerrillero es al menos duplicar los efectivos en armas del enemigo. Por supuesto, el Sup Marcos no comparte esta visión.
El Ejército Zapatista de Liberación Nacional, dice la leyenda, paso casi 15 años formándose y madurando en los altos de Chiapas. Amparados en lo intrincado de la selva y en la soberbia e incapacidad del aparato de seguridad nacional, lograron construir una milicia armada, formar importantes bases de apoyo (el agua donde debe nadar el pez guerrillero), conocer a la perfección su territorio y al enemigo y, finalmente apostar todas sus cartas en una sola acción audaz: el levantamiento del 1º de enero de 1994. Salir a la luz pública ocupando las principales localidades de la zona de los Altos y enfrentando y venciendo pequeñas guarniciones y llegando a atacar el cuartel de la zona militar, conformó el mayor descontón militar que un ejército guerrillero ha propinado en los últimos años, haciendo que los ojos del mundo se posaran en un problema casi olvidado y demostrando que la historia, a despecho de Fukuyama, no ha terminado; sin embargo, estratégicamente representó una acción suicida en la que se consumió un capital trabajosamente acumulado.
Iniciar un ofensiva que se sabía no prosperaría, ocupar poblaciones que no se podían retener, involucrar en combates al grueso de la fuerza armada a riesgo del aniquilamiento, constituirían errores tácticos a los que ningún ejército se arriesgaría y mucho menos uno guerrillero. Entonces ¿fue una estrategia del Sup quien previa el impacto y la simpatía de la sociedad global como una opción de supervivencia? La contraofensiva gubernamental hubiera sido cruenta más no prolongada, descubriendo la mayor parte de sus cartas, el EZLN no estaba en condiciones de retirarse y resistir, el acervo político y militar cuidadosamente construido se hubiera consumido en meses, sino semanas. ¿Fue una decisión militar correcta? A menos que Marulanda piense otra cosa, sería evidente que no; la apuesta política fue muy audaz y elevada y hasta el momento ha sido exitosa, pero los riesgos no están eliminados y sin retaguardia militar, el Sup pisa en terrenos peligrosos.
La experiencia latinoamericana de los 60s y 70s, planteaba la supremacía de lo militar sobre lo político, la pertinencia de construir un aparato político pero siempre subordinado a las necesidades de la guerra popular. El zapatismo, después de su ofensiva inicial, logró trasladar la lucha al terreno político y ha conseguido, sin disparar un tiro, avances que ningún otro grupo obtuvo; después de todo no es poca cosa entrar como ejército triunfante al Zócalo de la capital mexicana. En este camino, sin embargo, se neutralizó como opción armada, ha perdido los factores de sorpresa y movilidad y la focalización de sus bases los dejaría inermes ante una improbable mas no imposible, reanudación de hostilidades.
Habrá que releer a Maquiavelo y a Lenin para documentar esta nueva forma de hacer política, acerca de este largo camino hacía la mesa de negociaciones; sobre la pertinencia ética y política de construir un ejército guerrillero desechable, que sirve sólo para una ofensiva y cuya supervivencia depende de los avatares de escenarios mediáticos. Lo preocupante son las cada vez más frecuentes alusiones de Marcos a la salida armada, sus intentos de elevar su apuesta política "bluffeando" con el fantasma de la guerra ; él mejor que nadie sabe que esta opción no existe para el EZLN, que al optar por la ronda de negociaciones aquella quedó anulada. Lo peor sería que, como capítulo final de su epopeya, esté pensando en un heróico combate final; en construir su particular Masada en los altos de Chiapas y nos demuestre que puede ser congruente hasta la muerte. Construir su leyenda fue válido para Mishima pero en el caso de Marcos, el costo de su pira funeraria sería muy elevado y lo pagaríamos todos.
El ocaso de Marcos (y el triunfo de Lenin)
Y Marcos llegó, vio, venció y se fue. Extrañas paradojas de estos tiempos globalizados, después de su entrada triunfal al Zócalo de la Ciudad de México, cuando hace realidad el sueño de todo ejército guerrillero y después de varios episodios de "dimes y diretes", de confusos rounds de sombra con enemigos tan escurridizos como debiera ser la guerrilla, Marcos recoge sus bártulos y, haciéndose el ofendido, decide retornar a los altos de Chiapas. ¿Que pasó? Cuando la presencia permanente en el D.F. de Marcos y la comandancia del EZLN parecía anunciar una primavera de la "sociedad civil", un estado de movilización permanente que hubiera retado los titubeantes primeros pasos de la administración foxista y probablemente inclinado la balanza hacia la izquierda, se toca a retirada y las huestes zapatistas se alejan con múltiples triunfos virtuales pero muy poco avance real. ¿Qué pasó?
Pudiera ser que los servicios de inteligencia del EZLN, esos que filtraron la noticia de la participación del Canciller Jorge Castañeda ante el Comité Internacional de la Cruz Roja, lograron detectar un plan para solicitar la intervención de los "cascos azules" de la ONU ante la intromisión de los "monos blancos", flagrante fuerza de intervención extranjera; o tal vez los nunca derrotados imecas estaban minando la fortaleza de la tropa o incluso el menú amorosamente preparado por las "grupies" zapatistas no contenía el sazón de las tortillas con chile y frijoles indígenas; o, simplemente, como hombre inteligente que es, Marcos supo reconocer los primeros síntomas de hartazgo de una sociedad que si bien supo vitorear a la tropa insurgente al pasar, no está dispuesta a llevar el compromiso político más allá de la simpatía. Y ni modo, Lenin tenía razón.
La seducción de zapatismo y la figura de Marcos, al tiempo, deberán ser estudiadas y analizadas como signos de los nuevos tiempos; cuando como carta de presentación y haciendo a un lado todos los dogmas de la izquierda guerrillera se lanzan en una ofensiva donde la gran arma será no disparar un tiro. Esa imagen de la guerrilla audaz pero paradójicamente pacifista, casi como reconstruyendo la leyenda de los tupamaros, suscitó una respuesta espontanea y masiva de una sociedad cada vez más informada y crítica. Además de la figura de Marcos cargada de simbolismos posmodernos, casi diseñada por Marvel Comics, fue la reconocida justicia de la causa indígena y la no violencia de sus combates, lo que produjo un consenso favorable a su rededor. No es sencillo suscitar solidaridad cuando la víctima es a la vez victimario; por ejemplo, la violencia de los "fedayines" lógica como respuesta a la violencia del ocupante israelí, mina simpatías hacía la causa palestina a pesar de la justicia de la lucha de un pueblo que ha sufrido la ocupación de su patria por más de cinco décadas. Peor aún sería convocar a la defensa de los derechos vascos a la autonomía, cuando las acciones de la ETA rayan los límites de crímenes de lesa humanidad. Empero, la figura de los combatientes zapatistas, dispuestos a dar la vida por su causa y con sólo los combates necesarios para reconocerse guerrilleros, incorporan en su arsenal una casi incondicional admiración y solidaridad de los más disímbolos grupos sociales, incluso de aquellos que casi no alcanzan a entender donde esta Chiapas.
Pero, (y siempre habrá un pero) esta solidaridad tiene sus límites y Marcos los descubrió tarde: es espontanea, es generosa, desborda los estrechos márgenes de las ideologías y partidos políticos, pero no se puede construir sobre ella. Las calles se desbordaron de multitudes aplaudiendo a Marcos y a la comandancia del EZLN ¿y después?.... El gran problema es que no hay un después, después de los vítores, de la admiración rayando en la idolatría no hay ya un después. Se aplaudió el paso de la comandancia y en el acto se consumió la solidaridad y no hay un "para qué" nuevas convocatorias. Deslumbrado por la luz de su propia fama, Marcos no alcanzó a ver que su intensidad al mismo tiempo anunciaba su corta vida. Después de un Zócalo lleno no hay mucho hacia dónde andar y el retorno a la oscuridad la más probable opción. Y ni modo, Lenin tenía razón.
Para la generación de Marcos, heredera de la leyenda del 68, Lenin no gozaba de buena reputación; la espontaneidad y la sabiduría innata de las masas parecían el mejor contrapeso a los partidos de izquierda y sus burocracias y revolucionarios profesionales. El ejemplo del movimiento parecía la mejor prueba de la superioridad de la teoría "espartaquista" sobre el leninismo; la ulterior evolución del Partido Comunista y su transformación en recipendario de subsidios estatales y fabrica de legisladores plurinominales la confirman más allá de toda duda. Fue el llamado del zapatismo a la solidaridad, sin Comités Centrales y sin intermediarios lo que permitió la rápida ebullición de la solidaridad e inclinó la balanza hacía su favor. Pero el compromiso de la sociedad civil tiene sus limitaciones y no se puede esperar de ésta lo que se le exige a un militante. El primer reto que tuvo que sortear el "zapatour" fue el financiero, a pesar del llamado a depositar rublos, marcos alemanes, dólares y hasta pesos en la cuenta que financiaría el viaje, éstos no fluyeron con la generosidad que se esperaba, la simpatía no llegaba hasta el bolsillo. Los avatares del viaje, demostraron también sus limitaciones organizativas, sin la cada vez más abierta intervención de diferentes instancias gubernamentales, el caos hubiera sido la tónica y pequeños detalles como alojamientos y suministros no se hubieran resuelto.
La figura de Marcos y la comandancia siguen teniendo una fuerte atracción pero no podían basar su estrategia política sólo en eso: tres funciones diarias, tarde, moda y noche y mientras el respetable continúe acudiendo proseguir la temporada. La capacidad de cohesión y organización de los grupos de la sociedad civil empezó a hacer agua después del esfuerzo sostenido del "zapatour", su convocatoria decrecía día con día y cualquier iniciativa política, por menor que fuera, quedaba fuera de su alcance. La retórica de Marcos puede continuar ocupando los espacios de los medios de comunicación, pero sobre esa no se puede construir un proyecto político.
Acorralado por la contraofensiva medíatica de Fox, quien
a su manera promete cumplir las "tres señales", Marcos requerirá
de toda su habilidad retórica y dialéctica para negarse a
concederle el triunfo a Fox y tomarse la foto, para ampararse en
retruécanos sobre la necesidad del dialogo a su modo, para hacerse
aplaudir por sus incondicionales; pero en los demás, en quienes
salieron pocos días antes a aplaudirlo poca solidaridad sustanciosa
podrá suscitar. La retirada es ya el único camino, regresar
a Chiapas a rememorar los momentos de gloria, rumiar sus rencores y tratar
de reinventar una nueva ofensiva que deje mayores y más duraderas
utilidades. Tal vez no sea mala idea leer a Lenin de nuevo.
* Chilango, miembro de la generación del 68 aunque no haya hecho nada por probarlo. Anarquista de la variedad boca grande, durante un tiempo supo callar lo suficiente para recibir sus quincenas en la administracion publica con regular suerte. Productor y guionista de radio univeristaria, articulista de revistas regionales, actualmente comparte el subempleo con la actividad politica dentro del PRD de Aguascalientes, donde espera pacientemente su plurinominal.