Democracia


ENTRE LO PERSONAL Y LO SOCIAL, LA TOLERANCIA


Guadalupe Elizalde *

El tema de la intolerancia da para muchas páginas; sin embargo, poco se escribe de su contrario. Por alguna razón que no se comprende bien, algunos autores dan como un hecho natural la existencia común pacífica, el bien o la justicia, no obstante que son las guerras y sus motivaciones, las que marcan el rumbo ideológico y conductual de la humanidad.

Guerra fría

La intolerancia filosófica de un régimen político contra otro. Pocos estamos enterados de que ambos, capitalismo y comunismo o socialismo soviético, son productos de una misma doctrina, la de la Ilustración, sólo que cada cual eligió el extremo opuesto de la lectura.

Guerras religiosas

Quizá la peor de todas, porque el subyacente es la intolerancia dirigida en contra de la fe ajena, de los rituales, de la intimidad del alma que busca relacionarse con algún concepto que le explique su relación con el universo. En primer término está la relación íntima de Dios –cualquiera que sea su acepción- con el hombre individual. De ella deriva la relación de lo humano con el poder de César, como diría doña Rosario Robles; es decir, la práxis.

Guerras ideológicas

En cuanto al proyecto de nación o de mundo que a diario se construye, nada hay más terco que la soberbia. No obstante, ésta implica que en el fondo germina cierta debilidad. La ortodoxia no es sino una necesidad de creer, pero no flexiblemente, sino a costa de lo que sea, imponiendo además este paquete de ideas a otros. ¿Con qué derecho?, si lo natural no es vivir aislados sino en convivencia con otros hombres y mujeres que poseen su propia historia experimental.

Tres ejemplos de intolerancia, cuyo principal bache no es que pronto caerá quien la fomente en su propia trampa; esto sería, al menos, un mínimo de justicia natural, sino que esta intolerancia es un principio de gangrena paralizante, además de que divide a una sociedad que está buscando puntos de confluencia, identidades que acerquen y no particularidades que alejen.

A lo mejor a algún grupo no le parece que temas delicados tengan que resolverse en una consulta popular, pero sería peor que siguiéramos en la línea de la imposición. Al contrario, si algún error desgasta las figuras del referéndum o del plebiscito, es poner a consideración del pópuli asuntos de baja monta, o aquéllos que poseen cauces institucionales para ser resueltos; revolver terrenos tampoco ayuda, y ante la duda, lo mejor que pueden hacer los grupos interesados es proporcionar información a los votantes, porque entre mayor sea ésta, mejor el criterio.

La democracia, en suma, es depositar la autoridad en la gente. De lo que suceda puede accederse a la libre manifestación del desacuerdo; lo demás, serán problemas de conciencia. Y allí, está el ser humano frente a sí mismo.

* Periodista.

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