LA DESINTEGRACIÓN DEL NOROESTE ARGENTINO
Domingo José Schiavoni *
Son variadas las causas eficientes que están operando desde hace más de diez años para desmembrar al noroeste argentino, una de las regiones más antiguas y de mayor identidad del país. Una de ellas, la de menor valencia, es la tendencia “modernista” de la nueva Constitución Nacional, que en la última reforma de 1994 incluyó en su agenda el tema “regionalización”, siguiendo el ejemplo de la nueva constitución italiana. Un total de 72 proyectos se presentaron sobre el tema durante el proceso reformista, que procuraban agrupar a determinadas provincias en unidades con autonomía administrativa, parodiando un modelo absolutamente inviable en la Argentina. Ninguno de esos proyectos fue aprobado. El más insólito de ellos proponía integrar a Santiago del Estero, cuya ciudad capital es la más antigua del país y llamada con razón “madre de ciudades”, con Córdoba, en el centro mediterráneo de la Argentina, y San Luis, una provincia serrana recostada sobre la cordillera de Los Andes.
El origen de esta tendencia desarticulante es, sin embargo, de otra naturaleza. El imperio del mercado borra fronteras culturales, históricas y geográficos uniformando el consumo y los hábitos de la gente, y paralelamente desconcentra los verdaderos ejes regionales para hacer más efectiva la dominación de las grandes metrópolis. La identidad de los pueblos está amenazada en todo el mundo, las costumbres van perdiendo vigencia a partir de la imposición de modelos globales, el sentido de patria cede terreno ante la urgencia geo-económica de los bloques, y a nada de ello es ajeno nuestro NOA.
Aunque parezca mentira, nuestro noroeste lleva más de 150 años de desintegración y pobreza creciente. La minería de Jujuy privilegiaba con suntuosas regalías a la provincia más norteña de la Argentina. El petróleo convertía a Salta es una reserva de carácter estratégico hasta que las multinacionales compraron en licitaciones arregladas sus yacimientos y sus destilerías. Tucumán era la productora de azúcar más importante de Sudamérica. Santiago del Estero entregó más de ocho millones de hectáreas de bosques de maderas duras para que el país dibujara con sus durmientes de quebracho colorado todo el mapa ferroviario de la nación. Hoy, despojadas de sus riquezas y recursos naturales, nuestras provincias norteñas se asemejan a míseras sirvientas que comen las sobras de sus patrones y mendigan subsidios a la Nación para contener las protestas sociales y dar trabajo a su gente.
La comunidad regional
Hay sobradas justificaciones, de variada naturaleza y categoría
conceptual, para sostener la existencia y pertinencia de la región
a la que describimos como noroeste argentino (NOA).
Desde el punto de vista geopolítico, el NOA es apreciado como
una región integrada, con identidad espacial, histórica y
política propia, y preexistente a la Nación misma y a las
provincias que la componen, con su organización administrativo-institucional
independiente. El NOA se diferencia claramente del NEA (noreste argentino),
que es otra región de carácter litoraleño, que se
recuesta sobre el Océano Atlántico y la Cuenca del Plata.
Nuestro NOA se recuesta sobre el costado andino del continente y tiene
tres pasos ya abiertos a través de Chile hacia el Océano
Pacífico, los que además de adelantar las perspectivas de
una integración supra-regional, representan una formidable herramienta
de comercio e intercambio, de uso inmediato, mediante una adecuada red
de obras de infraestructura.
Si existe una urgencia geopolítica inmediata, ésta se expresa en la necesidad de integrar el NOA con el NEA, que junto con la Patagonia configuran los dos mayores espacios poblacionalmente vacíos de la Argentina, con indicadores de subdesarrollo altamente analógicos. Un objetivo de alcance más mediato es la integración del Norte (NOA y NEA) con la región central y metropolitana de la Argentina, con la que también existen grandes asimetrías en materia de modelos de propiedad y producción capitalista. La región es, en consecuencia, una formidable herramienta de asociación, que no puede sustituir los esfuerzos particulares de las provincias.
Los geopolíticos de la Amazonia y del Gran Chaco, entre ellos el brasileño Golbery Da Couto e Silva y el argentino Nicolás Boscovich, señalan que el NOA y el NEA son cruciales para articular un eje transversal que vincule los puertos profundos del Brasil sobre el Atlántico con la salida argentina al Pacífico. La otra obra de vertebración vertical Norte-Centro-Sur debe ser, según los mimos especialistas, la canalización del río Bermejo y todas sus obras complementarias, todo lo cual afirmará la identidad y el sentido espacial de las regiones NOA y NEA, sin desmembrarlas ni modificarlas arbitrariamente.
Si buceamos en el proceso de colonización, advertimos que nuestra región NOA se diferencia claramente del NEA, donde los asentamientos “gringos” de comienzos del siglo pasado privilegiaron la presencia de los llamados “gauchos judíos” y de la colonización procedente de la Europa Oriental (particularmente Polonia, Hungría, Checoslovaquia y Yugoslavia), mientras que los asentamientos análogos del NOA fueron esencialmente latinos (españoles, italianos y portugueses) y árabes. Por otro lado, resulta aún hoy muy notoria la línea geográfica axial que conecta al NOA con el Incario, fundamentalmente a través del antiguo camino real, que estableció los primeros vínculos institucionales, religiosos y comerciales entre los virreinatos del Perú y del Río de la Plata.
Desde el punto de vista de la geografía y el ambiente, las provincias del NOA tienen varios sistemas orográficos comunes y dos grandes cuencas hídricas (los sistemas Salí-Dulce y Juramento-Salado), que conectan a casi todas las provincias entre sí. En materia de aprovechamientos conjuntos, se han firmado pactos, tratados y acuerdos con Salta, Tucumán y Catamarca, por poner sólo algunos ejemplos. Además, geográficamente hablando, aunque el NOA y el NEA forman en realidad parte del Gran Chaco Americano, según la política de estado que lleva adelante la Secretaría de Medio Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación, el NOA desarrolla espacialmente, de norte a sur, la selva boliviano-chaqueña, mientras que el NEA tiene un desarrollo análogo pero diferente, que es la selva chaco-paranaense.
La historia común de la región es enseñada en toda las escuelas de nuestras provincias y figura en los textos más elementales; nuestros héroes y patriotas libraron las mismas guerras emancipadoras y son reconocidos como tales desde Jujuy hasta Santiago del Estero. Sin embargo, y a mayor abundamiento, podemos citar la copiosa obra del tucumano Juan B. Terán, de nuestros comprovincianos Orestes Di Lullo y Jorge Washington Abalos, y del antropólogo salteño Amadeo Sirolli, todos los cuales coinciden -aunque desde miradas diferentes- en que “Santiago del Estero abrazó al Tucma”, es decir lo contuvo desde su fundación.
Los meritorios estudiosos locales Amalia Gramajo de Martínez Moreno y Hugo Martínez Moreno han desplegado también, a través de sus muchas obras, un verdadero abanico de testimonios y variada documentación que prueba la indigenidad propia para Santiago del Estero, que desciende directamente desde el norte a través del eje étnico chiriguano-chané-diaguita-calchaquí-tonocoté, lo cual nos desagrega específicamente de la subcultura toba, predominante en el Chaco Litoraleño-Norestino.
En materia económica, desde la primitiva minería jujeña hasta la explotación irracional y depredadora de las maderas duras de nuestros bosques santiagueños, la producción primaria de la región transita los mismos estadios de atraso relativo, apreciándose -en una visión de macroescala- una zona expoliada hasta el hartazgo en forma uniforme en recursos y materias primas, con acaso la única excepción de Tucumán y parte de Salta, que presentan un avanzado perfil industrial en materia tabacalera, azucarera y minera, pero que contradictoriamente acusan una marcada degradación de los suelos a causa del centenario monocultivo de la caña de azúcar.
Desde el punto de vista de las vivencias culturales, desde el folklore a las costumbres sociales, pasando por la comensalidad, el modelo de producción y las prácticas alimentarias, revelan un pronunciado gesto de identidad común. Ello se expresa en todos los géneros y categorías, como por ejemplo el lenguaje, los modismos, las tonadas, la toponimia regional y las formas de religiosidad.
La necesidad de integrar
Al habilitar constitucionalmente un espacio de debate para incorporar
el concepto de regiones en la reforma de la carta magna de 1994, el espíritu
de los convencionales constituyentes no fue destruir lo ya existente, sino
perfeccionarlo y armonizarlo, con la mirada puesta en la integración
nacional, que es un paso imprescindible previo a la modernidad económica
y social.
Justamente, uno de los proyectos que presentó sobre el tema
el convencional constituyente por Santa Fe, Gerardo Rosatti, incluía
interesantes reflexiones en torno al concepto de región, definiendo
en primer lugar a la misma como “un área territorial caracterizada
por elementos que le confieren cierta homogeneidad”. Entre esos elementos
de homogeneidad enumera específicamente los criterios geográficos
(la región como resultante de la uniformidad geofísica, de
la topografía, el clima y otras variables); los criterios económicos
(la región como vocación económica preponderante,
fundada en una específica dotación de recursos -en este punto
resulta obvio que el NOA los posee en calidad, diversidad y extensión-);
el criterio sociológico (la región como expresión
localizada de un singular conjunto de ideas, creencias, sentimientos y
costumbres); y, finalmente, el criterio jurídico (es decir, la región
como producto de la división territorial generada por un acto de
poder estatal normativo).
Salvo en este último punto, que no se da en nuestro caso, la
unidad del origen y la permanencia en el tiempo de la región NOA,
constituída por las provincias de Jujuy, Salta, Tucumán,
Santiago del Estero y Catamarca, resulta inobjetable e inmodificable. Lo
que ahora debe lograrse es fortalecerla, estrechando sus vínculos
internos, e integrarla como tal a la Nación.
Refiriéndose a nuestra provincia, el periodista e historiador
Luis Alén Lascano sostiene que “Santiago del Estero fue pivote
del Norte argentino prehispánico, asiento de un vasto imperio de
las llanuras, perceptible en sus yacimientos arqueológicos. En la
mesopotamia de sus grandes ríos, el Dulce y el Salado, existió
una base socioeconómica estable y un mayor desarrollo cultural indígena.
Este fértil valle quedó sometido al imperio incaico durante
el reinado del Inca Huiracocha, quizá voluntariamente, y aún
conserva testimonios lingüísticos y toponímicos del
antiguo vasallaje quichua”.
“Tucumán y Santiago -acota- son términos geográficos y políticos equivalentes, pues para los conquistadores eran una misma realidad espacial, acreditada en los documentos de la época. A fin de determinar las querellas entre Prado y Aguirre, o sea entre Lima y Chile por su posesión, se creó en 1563 la Gobernación del Tucumán, Juríes, Diaguitas y Comechingones, con su capital santiagueña. Madre de ciudades le llamaron desde entonces al darle blasones y escudo de armas, porque plasmó en una escalonada serie de fundaciones aquella ideología de los estadistas virreinales. Y Córdoba recién nació diez años después como un puente tendido hacia el Sur, entre Tucumán y el Río de la Plata. Recién resurgió Buenos Aires treinta años más tarde de la fundación pradista, con permanencia estable como una salida marítima, y ya no pudo desaparecer solitaria pues la respaldaba un organismo social consolidado en 1580”.
Pese a todos estos antecedentes, el futuro de la región
peligra. El mercado y sus objetivos de dominación mundial son implacables.
Es imposible detenerlo con las armas, como hubieran hecho con los españoles
nuestros antepasados los indios o las milicias gauchas. Lo que hacen falta
en este país son muchos patriotas.
* Periodista con más de 30 años de oficio. En el año 1994 ejerció la representación política, resultando electo convencional constituyente por el Partido Justicialista para la última reforma de la Constitución Nacional Argentina. Nacido en la ciudad de Salta aunque radicado hace 25 años en Santiago del Estero, Schiavoni se considera un noroestino, es decir un habitante del noroeste argentino, una región de gran singularidad cultural e histórica que está amenazada con una progresiva desarticulación por las tendencias ultraliberales de la nueva división nacional del trabajo.