Cuento


EL ATENTADO


Rafael Mendoza Toro *

- Uno, dos, tres: fuego

Respiró hondo y trató de inhalar tan profundamente como le fuera posible. A pesar de la espera y de la inactividad, sentía que le faltaba aire de una manera casi dolorosa. Su pecho palpitaba y el resonar de los latidos en sus oídos lo ensordecían, impidiéndole oír sus propios pensamientos. Cada nuevo minuto de la espera, de la eterna espera se había vuelto más difícil que el anterior y el encierro en el automóvil lo llevaba casi a la claustrofobia. En más de un momento pensó en abandonarlo, en reconocer sus limitaciones y anunciar a sus compañeros que hasta ahí nomás llegaba, que sus convicciones seguían siendo las mismas pero que no podía seguir, que lo perdonaran o no seguiría a su lado, como el más humilde militante, pero... recordó el "si me detengo, empújame…" y de alguna parte obtuvo un poco de valor y orgullo, y pudo dejar el miedo de lado. Porque esa opresión en el pecho, esa angustia, esos calambres que le recorrían las piernas tenían un solo nombre: miedo. De alguna parte recordó que todos los hombres tienen miedo, pero que solo unos pocos lo reconocen y lo superan. Los minutos empezaron a correr más rápido y, súbitamente, el instante de la acción llegó.

Congruencia había sido siempre uno de sus valores, congruencia entre el pensar y el decir, entre el decir y el hacer, entre las demandas de sus más altos ideales y las necesidades de la vida cotidiana. Por ser congruente y expresar sus ideas en voz alta, desde sus tiempos de estudiante lo habían tildado de ser un loco que tenía preocupaciones distintas al próximo examen de matemáticas o la fiesta del sábado. Y sólo el valor de sus convicciones lo había sostenido cuando se fue quedando aislado, cuando sus compañeros lo evitaban en las charlas de pasillo u olvidaban invitarlo a la fiesta de graduación. Porque a partir de su firmeza en la defensa de sus ideales fue conociendo a sus compañeros, a aquellos con quienes compartía una visión y que, de alguna manera, entendían su lucha, lo admiraban y le asignaban un rol de dirigente.

Y aunque sus ideales siempre fueron los mismos, durante un tiempo la vida le marcó otras prioridades. Tenía una carrera, se había casado, tenía un trabajo y una familia que mantener, una hipoteca y colegiaturas que pagar, había engordado y perdido un poco de pelo; lo más importante de sí, empero, estaba intacto. Seguía expresando sus ideas y polemizando por ellas, defendiéndolas con pasión; porque al igual que en sus años de estudiante seguía perteneciendo a una minoría consciente y comprometida. Pero igual o tal vez peor que en aquellos años, los otros lo miraban como "bicho raro". La historia, le decían, iba avanzando; viejos paradigmas estaban siendo rebasados por los acontecimientos y bastaba con mirar los periódicos para reconocer que sus ideas podían haber estado bien hace 20 años, pero que ahora eran obsoletas, un montón de teorías que se debieron quedar en aquellos años. Un día, sin esperarlo, recibió la invitación.

Lo conocía superficialmente desde hacía un tiempo, no era precisamente su amigo aunque en las insubstanciales charlas de sus encuentros fortuitos, había logrado identificar algunas coincidencias. Esa tarde, sin embargo, no sintió ninguna desconfianza cuando lo invitó a tomar un café. Casi sin preámbulos y en medio de una catarata de ideas que lo dejó aturdido en el primer momento, le hizo la propuesta. Había llegado, le dijo, la hora de los hornos; a las ideas había que unir la acción si queríamos verlas realizadas, no era suficiente defender los principios en las charlas de café o en las polémicas de pasillo, era necesario tomar todos los rumbos de acción por ellos, no importando caer en la ilegalidad. Y esa tarde, en un café anodino de la ciudad, con ese casi desconocido compañero que sonreía mientras le proponía un salto trascendental en su vida, asumió plenamente el compromiso.

Durante un tiempo dudo acerca de lo acertado de su decisión, sin embargo, la dinámica interna del grupo pronto disipó sus dudas y lo hizo integrarse aún más. Era paradójico que esos desconocidos, a quienes por primera vez veía y se presentaban con solo un nombre de pila, pronto representaron el vínculo más fuerte de su vida. La hermandad creada a partir de las ideas le dio el valor y la confianza para asumir las consecuencias de luchar y enfrentar la incertidumbre de confrontar un sistema que marcaba sus actividades como ilegales.

Porque el grupo estaba creado para la acción, después de unas pocas sesiones de estudio teórico, empezaron a practicar las tácticas de la lucha. La primera vez que el grupo, disciplinadamente y con rapidez se desplegó y asumió posiciones de combate, el dulce sabor de aventura llenaba su boca, sabor que no conocía. Las sesiones de práctica se fueron haciendo más intensas, cada vez más parecidas a la realidad y consecuentemente con mayores riesgos. Alguna vez recibió una quemadura en el dorso de la mano que le fue difícil explicar a su esposa, a quien no le convencían del todo las explicaciones acerca de sus frecuentes salidas nocturnas. Entonces comprendió cabalmente la magnitud de su compromiso al reconocer que, por el grupo y sus compañeros, debía mentir a quien más amaba. En su fuero interno deseó poder confesarle todo y hacerla su compañera de ideales, sin embargo, la conciencia del riesgo detuvo su confesión.

Toda la preparación, empero, le pareció poca cuando llegó la hora de la verdad. Dos semanas antes habían discutido la conveniencia de actuar ya ante la próxima coyuntura y aunque hubo algunas discusiones de táctica, el acuerdo de intervenir fue unánime. Desde ese momento el reloj se alteró, apenas podía recordar los preparativos: estudiar el sitio de la acción y trazar rutas de escape y alternativas; conseguir los vehículos, el principal y el de apoyo; preparar los "enseres", eufemismo usado para no emplear términos comprometedores y, sobre todo, definir quien intervendría. El miedo y el deseo de actuar partían su corazón y su conciencia; pensaba en su familia, si todo salía mal, ¿quien los vería? ¿entenderían el porque de sus actos? sobre todo cuando los exhibieran como criminales, como terroristas. Pero tampoco aceptaba la idea de no participar, de no asumir el mayor riesgo y compromiso; de no estar, codo con codo, con sus compañeros en los momentos más difíciles. En esa reunión no hubieron disquisiciones teóricas, con pocas palabras y sin discusiones se distribuyeron las tareas, él iría en el primer carro; el de ataque.

De acuerdo al plan, el vehículo se estacionaría a menos de cien metros del lugar y durante poco tiempo, con el fin de no suscitar la curiosidad de algún policía que seguramente rondaría el sitio. Según su reloj fueron menos de 20 minutos los que pasaron, sin embargo, el cúmulo de pensamientos y emociones que lo avasallaban hicieron que estos parecieran una eternidad. Nadie hablaba, las bocas estaban secas y más de uno temblaba como consecuencia de la sobredosis de adrenalina. Había que esperar el momento preciso para máxima efectividad, no era cuestión de "malgastar la pólvora en infiernitos" se decían riendo por la involuntaria metáfora. El responsable vio algo que para lo demás pasó desapercibido y dio la orden: ¡Ahora!. El coche arrancó y lentamente se acercó al lugar.

- Uno, dos, tres: fuego- fue la voz simultánea.

Saltaron del coche y empezaron a tirar, rápidamente y apenas fijando blanco, tratando de agotar la carga antes de la voz de retirada. Los huevos podridos volaban y hacían blanco aquí y allá en las asistentes. Uno de los compañeros tuvo suficiente saliva para gritar con voz ronca:

- Aquí tienen su libertad sexual, viejas putas. Aquí está su liberación. Refocílense en su mierda, aquí tienen más. Gocen su "Sólo para mujeres".

El coche arrancó mientras el vehículo de apoyo arrojaba volantes hacia la multitud. La policía sorprendida no alcanzó a intervenir y ni siquiera intentó seguirlos. Poco a poco su respiración regresó a la normalidad y esa opresión del pecho que le hizo temer, por momentos, un infarto se fue disipando. Nadie alcanzaba a hablar y se contemplaban azorados y contentos cuando una extraña sensación le hizo bajar la mirada. En su pantalón, ahí, en la entrepierna, una pequeña mancha húmeda se extendía y lo marcaba.

* Chilango, miembro de la generación del 68 aunque no haya hecho nada por probarlo. Anarquista de la variedad boca grande, durante un tiempo supo callar lo suficiente para recibir sus quincenas en la administracion publica con regular suerte. Productor y guionista de radio univeristaria, articulista de revistas regionales, actualmente comparte el subempleo con la actividad politica dentro del PRD de Aguascalientes, donde espera pacientemente su plurinominal.

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