Democracia


220 AÑOS... TUPAC AMARU Y LA NUEVA CIUDADANÍA


Yoé F. Santos *

A Sebastian Lara, libertario hermano
de los dolores de la tierra y las almas

"El 18 de mayo se cumplirán 220 años de la brutal ejecución de José
Gabriel Condorcanqui (Tupac Amaru) y gran parte de su familia.
¿Lo recordarán en Latinoamérica? Seguramente. Menos seguro es que
lo hagan en la Argentina, aunque su rebelión se hizo sentir -y cómo- en
el noroeste de nuestro país y llegó a inquietar a la lejana Buenos Aires,
donde muchos milicianos criollos comenzaron a desertar de sus regimientos".

Amanda Paltrineli; Revista Nueva, suplemento de La Capital de Rosario,
Santa Fe, Argentina, 6 de mayo de 2001.

Ser diferente, pensar diferente, creer diferente o actuar diferente, es siempre un riesgo mortal o cuando menos un pasaje de ida a la exclusión, el ostracismo, el exilio.

América Latina, de cara a la asunción de su futuro inmediato va a requerir nuevamente tomarse el riesgo de ver, sentir, pensar, creer y actuar diferente, ya que de la diferencia depende en gran medida la supervivencia de las culturas y grupos sociales más vulnerables en la región.

Acorralados en el rebaño, repitiendo los cantos de sirena que acuchillaron o pretenden sepultar la historia, las subjetividades y las capacidades innovativas o proponentes, difícilmente alcancemos el tren de la alfabetidad para sobrevivir al presente y al futuro.

La domesticación de la conciencia crítica, dondequiera que se produzca y por los medios que se alcance a castrar tal capacidad de interrogación, constituye un atentado contra la humanidad toda, en la medida en que fuerza -por el torniquete de la real politik, de la vida realista y pragmática que nos prescriben los renegados de la utopía- a admitir la incognoscibilidad e intransformalidad del mundo filisteo, rabiosamente individualista y light, que nos ha tocado vivir.

Se dice que el momento actual es también coincidente con la necesidad de desaprender, pero tal llamado a borrar de la memoria los tiestos que ya no son útiles, no coincide ni con la pérdida del sentido de pertenencia, ni la necesidad de beber de las raíces de una épica o tradición de resistencia al absurdo, a la arbitrariedad, a la sordomudez de los poderes terrenos, en su pretención de escamotear la condición de persona, para quien piensa, cree, se percibe o sueña diferente.

Reivindicar el derecho a la diferencia, como apelativo y corolario de la consciencia democrática, trae de suyo, el reconocimiento de la versatilidad de puntos de vista que afloran en las sociedades en los momentos de su refundación o transición a lo desconocido, razón por la cual ampararnos en las glorias o fracasos del pasado, no pueden guiarnos a comprender de forma proactiva, cual habrá de ser el lugar de la impugnación de la barbarie y los rebrotes de la intolerancia, para sociedades jovenes como las llamadas 'democracias bananeras' latinoamericanas.

El fatídico péndulo de la muerte -la espiral del odio y la violencia callejera-  oscila hoy entre las ejecuciones extrajudiciales, el renacimiento del paramilitarismo, las limpiezas contra los niños de la calle o el reciente estupor de República Dominicana cuando despertamos frente al televisor y encontramos que en una lejana comunidad, cuatro o cinco desaprensivos, encapuchados, disparaban armas automáticas contra la policía, supuestamente en apoyo a un paro cívico que enarbolaba reivindicaciones comunitarias.

La muerte, el hambre, la falta de oportunidades, no pueden hacernos perder la memoria, ni la esperanza.Y esa conclusión nos retrotrae al bicentenario de Haití, la primera república negra del mundo (1801), a contrapelo de los racistas de las grandes metrópolis y de nuestro medio, con fertilidad de su suelo diezmada, por la inmisericorde cicatriz de la esclavitud y la explotación irresponsable de sus recursos en el sistema de plantacion, hasta dejarla pelada con sólo un cinco por ciento de bosques, según PNUMA.

Ahora nadie es responsable por el destino de Haití ni del 75 % de su población reducida a la extrema pobreza, como nadie se siente responsable del 37 % que sobrevive la misma condición, concentrándose en los montes del Sur, en los barrios marginalizados de nuestras ciudades, a orillas de los ríos y cañadas, donde la amenaza de lluvia es también sentencia de muerte y en la región fronteriza, en la República Dominicana, expresiones palmarias de un mal mayor, el resto de sus hermanos/as del club del hambre: los 150 millones de pobres de América Latina.

Haití, en su bicentenario, no tiene, como el coronel garciamarquiano, quien le escriba. Tampoco la hidalguía de Tupac Amaru. Haití en un bicentenario que no traerá la emision de un dólar de a dos, seguirá a la deriva con sus más de 242 personas por kilómetro cuadrado, arremolinándose en los mercados como moscas, esperando la muerte temprana que hace menor que en todas partes, la probabilidad de vivir una vida humana, sana. Haití, sin embargo, tendrá siempre la experiencia libertaria de Bookman, aunque la mirada se nos queda fija en la tele, mientras el paneo de la cámara nos caricaturiza el vudú y el rostro ensombrecido de la miseria, nos recuerde, que fuera del boulevard de la 27, hay un país otro y por instantes no sepamos, con las escenas de la tele, si corresponden esos rostros desnutridos a cualquier vecindario del Sur, o de cualquier otro punto no industrializado del planeta.

Con maestros/as tuberculosos y enloquecidos, con salarios de risa, en el imperio de la tiza y el borrador, no alcanzaremos a celebrar la apertura y entrada de América Latina y el Caribe, a la sociedad del conocimiento, habremos perdido la memoria, nos arrebatarán la historia del barrio, de los amores idos, en la fragua de alcanzar el autogobierno y la superacion del status postcolonial.

Para que alguna vez las sociedades alcancen a medir al hombre o la mujer la estatura de la dignidad, como persona, hemos de proponernos seriamente curarnos de la amnesia de los siglos. Cada huella borrada de nuestro paso por la historia, es como una especie que se extingue. Cada paso ignorado, cada secreto develado, cada miedo bajo la lluvia de miradas en los parques, es un hombre menos para alcanzar la sonada competitividad, de los gurúes y profetas del Dios mercado.

Ser ciudadanos aquí y ahora, supone hoy más que nunca, mirarnos por dentro y por fuera, ahora y en la historia, como una nación multicolor, mutilada, somnolienta, pero no vencida entre los espaldas mojadas, los mapuches, los cirujas, los buzos, hay una sonrisa naciendo en La Realidad.

* Escritor e investigador en República Dominicana.

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