Panamá


ENTRE JUDEA, NAVES ESPACIALES Y AUTONOMÍAS: LOS KUNAS


Guadalupe Elizalde *

Uno de los países centroamericanos que reconoció autonomía a las zonas indígenas, es Panamá. Gobernado actualmente por la presidenta Mireya Moscoso, comparte, al oeste con Costa Rica y al este con Colombia, dos fronteras que abarcan amplias áreas de selva protegida, también conocidas como Zonas de la Biosfera. Los gobiernos panameños han tenido no pocos problemas con sus vecinos, sobre todo en la zona del Darien.

Los politólogos llaman a esta frontera el “far east”. Se trata de selvas ricas en recursos, ubicadas en las comarcas Kuna Yala, Emberá y Wargandí. Son tres la “comarcas indígenas”: la de San Blas, junto a la provincia de Colón –punto de ingreso al Canal de Panamá por el Mar Caribe-, la del Darien y la de Chiriquí, donde se localiza la isla Coiba, un aviario nacional propiedad de quien fuera vicepresidente en el periodo de Endara, muy amigo del exgobernador de Quintana Roo, Mario Villanueva. El guía, señala hacia el mar y sonríe: “Si estuviese aquí, Villanueva Madrid estaría escondido en esa isla, porque es inexpugnable”.

Las dos zonas indígenas (Darien y Chiriquí), son las más atrasadas a causa de la segregación cultural, que ha marcado las diferencias nacionales de manera más profunda. Esto de las etnias, aleccionó Aristides, el guía, tiene sus problemas. Por ejemplo, en Chiriquí –donde se asiente la etnia Ngobe Bugle- hay constantes problemas por la explotación de los recursos; y en Coclecito, un pueblo apartado en la montañas, cercano a la Provincia de Bocas, los indígenas mandaron llamar a la presidenta para quejarse de la llegada de guerrilleros zapatistas, que “hablaron  contra el gobierno y alteraban la vida de la comunidad; no los querían allí”. Entre el 1 y el 6 de abril las noticias al respecto aparecieron en los diarios panameños. De pronto, los periódicos callaron y el gobierno negó la versión. Las insistentes llamadas en busca de más datos fueron inútiles; no hubo forma de obtener alguna cosa, más allá del rumor. En tanto conseguíamos boletos para visitar el área Kuna de San Blas en avionetas con goteras de 20 plazas, el viaje transitó por el Canal, las 5 mil veces al año que se abren sus compuertas para dejar paso a los barcos, los 48 mil dólares por cada derecho de peaje, las dictaduras militares y sus despilfarros.

Llegar a El Porvenir, efectivamente, es cambiar de mundo. Esta es la primera de las 365 islas del archipiélago de San Blas, y que por su tamaño habrían hecho las delicias de El Principito. Doña Oti, india kuna, nos recibe en la escalerilla. Su familia vive de la administración de un hotel  –existe otro en una isla vecina- que perteneció “a un gringo”. El Porvenir, centro civil del archipiélago, son 30 hectáreas divididas en dos por la pista de aterrizaje que los presos indígenas limpian a golpe de machete. A la derecha está una larga playa en forma de “J”; terreno vírgen. A la izquierda, tres construcciones de concreto y dos más hechas de caña y palma. En el centro del terreno un kiosco, y en él colgadas las famosas “molas”; bordados a sobretela en las que los indígenas cuentan su historia. Nadie cruza la pista. Sólo “los turistas” poseen ese privilegio, al mismo tiempo que una responsabilidad, un pacto de confianza. Los relatos de la anfitriona y las traducciones atentas de las ancianas, mezclan a Jesucristo en Judea con los seres venidos del cielo en naves espaciales. Así recibieron los Kunas sus primeros conocimientos. Se instruyó a los hombres en el trabajo del mar y la agricultura; después a las mujeres, depositarias de los secretos de la convivencia. Sin embargo, el secreto más profundo está en sus vestidos: Las “winis” son hilos de chaquira que arrollan en piernas y brazos; el arte está en que cada vuelta forme una figura geométrica, con un largo aproximado de 20 a 30 centímetros.

Pabdumat es el dios principal e Icadidiai, la diosa. Doña Tani, anciana monolingüe, esboza que la sabiduría Kuna se transmitió a través de la geometría, de ahí el diseño de las molas más antiguas que “las principales” lucen en la base de los blusones. Hoy, se mezclan en ellas escenas de la vida cotidiana, figuras de los animales sagrados y sus formas de organización. En los congresos kunas la mujer no vota.

Cada isla tiene un sitio sagrado de reunión, y un “saila”(vocero). Para nombrar al cacique se convoca al Consejo de Ancianos. Los caciques kunas son tres y cada uno tiene mando jerárquico diferenciado para tratar con el Gobierno. De su diputado “Quico”, dicen que los ha traicionado; que paseó por todo el mundo llevando como bandera la causa Kuna sin que esto haya representado beneficio económico alguno para la etnia. Por feliz casualidad, ese día llegó Lázaro, un jubilado que trabajó 25 años en el departamento de “seguridad” del Canal de Panamá; el gobierno de los EU recién le entregó 25 mil dólares como jubilación: “Con eso compré una isla, lo doble en tamaño que ésta, donde cultivo ‘nani’ –fruto de efectos prodigiosos para controlar enfermedades degenerativas. Un mexicano vino a hablar conmigo; pienso envasarlo aquí y que aproveche a todos, sobre todo a los kunas del Darien que están viviendo momentos muy malos por causa de los narcotraficantes que cruzan la selva desde Colombia”. Lázaro, se nota, posee autoridad. Disculpe, pregunto, ¿los colombianos llegan hasta acá? Sí, brinca el esposo de doña Oti, Antonio. A veces los oímos de noche o al amanecer. Nuestros pescadores tienen que dar la vuelta, no voltear hacia donde está el helicóptero que arroja los bultos al mar. Luego llegan otros en lanchas rápidas y los recogen.

La estancia en la isla comprende un paseo por las cominidades más cercanas y los sitios sagrados: “Nuestos muertos descansan allá, indica la anfitriona, mientras señala con reverencia “al continente”. El cementerio Kuna está construido en casas enormes de caña y palma, alineadas en la ladera de una cima que sube hasta unirse con la provincia de Colón. Nalunega es la segunda isla en importancia. Allí, el hotel San Blas se yergue en construcciones palustres que ganaron terreno al mar. Los indígenas asoman curiosos y muestran sus mercancías al visitante. En cada comunidad hay al menos un comedor comunitario y algunas escuelas a donde niños y niñas son trasladados en canoas. Pese a que el pescado abunda, frutos y vegetales deben ser enviados desde Panamá; la avitaminosis no miente.

Al final del periplo marino es imposible no sentir una mezcla de gozo triste. Por un lado, la innegable pureza de esta gente, por el otro, la concurrente pobreza. Las mujeres confeccionan molas o tallan las famosas figuras de “tagua”, semilla de palmera conocida también como nuez de marfil, cosechada en el Darien. Lázaro explicó que en los 30s y hasta los años 50 se exportaban toneladas de tagua a EU y Europa, donde aún es altamente cotizada por los modistos, para la fabricación de botonería y adornos; “el plástico nos ganó la carrera”, detalla con tristeza.

Comer es otro ritual. Desde la mesa puede verse la palapa comunitaria donde presos “libres” en aquella celda azul turquesa del mar caribe, se reúnen para compartir el alimento que envía la comunidad. Son delincuentes menores; “se les castiga por pelear, por maltratar a la mujer cuando ella se queja; por tomar mucho, o por flojos. A los asesinos los llevamos a otra isla, explica Lázaro, lejos de aquí, de donde no salen hasta que el Consejo decide”.

Visitamos una construcción que ahora es escuela bilingüe. Allí funcionaba la Fundación Smithsoniana; científicos y antropólogos estadunidenses que convivieron con esta etnia y cuya presencia se repite por el contienente. El Consejo Kuna exigía informes sobre sus actividades; no los entendieron y la duda decidió su expulsión definitiva. En la organización económica interna nadie, que no sea Kuna autorizado por el Consejo, puede poseer un negocio o explotar recursos naturales. ¿Cuántos indígenas hay en esta provincia?, pregunté. “Unos tres mil”, precisó el saila. Según el censo anterior (1998), en la zona selvática del Darien viven poco más de 59 mil indígenas entre la incivilización, el temor y la miseria.

La división territorio-habitante da como resultado, un indígena por cada 3.4 kilómetros cuadrados. Fialmente, Lázaro accede a abundar sobre el asunto de los zapatistas en Coclecito. No duda que la guerrilla anduviera por allá, pues al mismo pueblo, cercano a Belem, llevó Torrijos a los refugiados nicaragüenses contrarios a Somoza.”El general murió precisamente en un accidente aéreo cuando iba para allá. Lo mataron”. Entre aquel indígena y quien esto escribe, las palabras autonomía, autogobierno, explotación y aprovechamiento de los recursos naturales van tomando formas y especies distintas. “Sin tecnología es muy difícil salir adelante”. El mar sirve como fuente de alimento, pero fuera de esto, el futuro de nuestros pueblos es incierto. Oiga, ¿Y el ejército pamameño no viene por acá? No, responde, somos autónomos y tenemos nuestro porpio sistema judicial. No respondo. Pienso y sigo atando cabos en el espejo.

* Periodista.

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