PARA NO OLVIDAR EL 10 DE JUNIO
Rafael Mendoza Toro *
¡10 de junio no se olvida! Gritarán los pocos miles que saldrán a las calles a recordar un jueves de corpus, este domingo o cualquier otro día que la revolución declare hábil. ¡10 de junio no se olvida! Será la consigna principal que coreará la pequeña multitud, pero también habrá llamados contra la globalización, la nueva ley indígena, la reforma fiscal, el horario de verano y en apoyo de las luchas de la CENTE, el EZLN, el CGH y cualquier otro movimiento que, en ese momento, suscite sus simpatías. Las mantas además de la consigna, exhibirán imágenes del Che, de Marcos, de Zapata y todas las que la imaginería de izquierda conserve en su acervo. Abundarán los denuestos a Fox, a Diego Fernández y al PAN; ya casi nadie mencionara al PRI, el PRI-gobierno, categoría explicativa universal casi habrá pasado al olvido; de tanto en tanto se lanzarán consignas anti-PRD, uno y otro lo acusarán de ser el reformista Judas traidor de las luchas populares. Y en medio de esta parafernalia memoriosa, se levantará una duda: ¿qué 10 de junio se está recordando? Además de la fecha, ¿que lección ha dejado a la izquierda el inicio de la guerra sucia, en versión mexicana, contra el movimiento "democrático y popular"?. La izquierda que presume de memoriosa, de llevar consigo "nuestros muertos, pa´que nadie quede atrás" ¿está realmente recordando un hecho o sigue jugando las cartas que le presentan las coyunturas?
La historia, nos dicen, la escriben los vencedores; empero, los perdedores nos pintamos solos en eso de reinventar la historia o de contarla como mejor nos convenga en el momento. Así, un hecho deviene en hito, que se transforma en mito y termina en rito, pero rara vez en historia. La muerte de Jaramillo, Genaro, Lucio, convocan a ritos semejantes al de muertos, ejemplos de sincretismo ideológico y político, pero no a aprehender la historia y transformarla en práctica.
Así, el movimiento del 68 de tanto contado se supone aprehendido; las sagas de la manifestación del silencio, la toma del Casco y de C.U. son parte de nuestra historia y las lucimos en la solapa con orgullo. Descendemos y somos herederos del movimiento del 68 y nos justificamos por ello. Sin embargo, a la hora de escribir la historia se parte de una fábula: los jóvenes del 68 eran de estirpe tolstoysiana, demócratas y pacifistas, incapaces de manchar sus ideales con el mínimo acto de violencia, incluso en defensa propia. Sus ideales y sus pechos desnudos eran las únicas armas que podían esgrimir y, de ser necesario, estaban dispuestos a dar su vida por la causa. Casi se podían equiparar a los estudiantes de la universidad de Kent, poniendo flores en los cañones de los rifles que les dispararían después
Las calles contaban otra historia, "las libertades democráticas" eran relevantes, sobre todo en el marco del autoritarismo nacional, sin embargo otras ideas daban coherencia a la causa. Poco a poco la necesidad de impulsar un cambio en las estructuras económicas y sociales iba ganando espacios y adeptos, ya no eran solo las libertades individuales, sino el rompimiento del sistema de explotación capitalista y la implantación de otro esquema, tal vez no definido, pero se esperaba mejor.
El 2 de octubre fue la lección final, la cara más brutal del sistema político mexicano quedó evidenciada y se supo se enfrentaba a un enemigo perverso y criminal. Pero el movimiento no entró en receso, simplemente se transformó. De la convocatoria amplia se pasó a las minorías militantes. El delirio paranoico de Díaz Ordáz de la conspiración comunista devino en realidad, el comunismo no había inspirado el movimiento, pero sus ideas organizaron la siguiente etapa. Los círculos de estudio marxistas daban elementos para entender la realidad e ideas para una practica consecuente. Salir a las fábricas y colonias populares fue parte de esta, divulgar entre los campesinos la urgencia del cambio evidenciando sus "contradicciones" con el poder, fue otra tarea; empero, nadie que honestamente se hubiera incorporado podía ignorar la vía armada, su evaluación y pertinencia y debía definirse en consecuencia.
El Partido Comunista no titubeó, expulsó sumariamente a los provocadores, lanzó ukase clamando "no existir las condiciones objetivas para la lucha armada" y definió su línea: la lucha política democrática y gradualista. La "democratización de la enseñanza" fue una de sus consignas, implicaba aprovechar las posiciones ganadas en los comités de lucha de las escuelas superiores para impulsar la constitución de direcciones "democráticas", de estudiantes, maestros y trabajadores para transformar la enseñanza, de reproductora del capital en libertadora de conciencias y del proletariado. Esto decía la consigna, en los hechos implicaba ubicar a burócratas del partido en puestos de dirección en las universidades.
Los cogobiernos y autogobiernos intentaron ganar espacios dentro de la UNAM, con tanta o tan poca fortuna como los comités tuvieran presencia en la comunidad. Poco mejor les fue en el norte, las universidades de Nuevo León y Coahuila nombraron rector democrático y las Juntas de Gobierno fueron transformadas en asambleas paritarias. Pero el autoritarismo nacional no estaba dispuesto a conceder esas pequeñas victorias, desconoció a rectores y asambleas y ante la toma de escuelas por estudiantes, dictó orden de desalojo. En la escuela de economía de la Universidad de Nuevo León un estudiante fue asesinado, para asegurar la coartada, el propio director había pedido la intervención policiaca.
El repudió fue generalizado, no era el primer muerto desde el 68 pero si la intervención más estúpida del poder en las aulas universitarias. De los pequeños mítines de rechazo, se lanzó la convocatoria para la primera gran manifestación desde el 68, el 10 de junio desde el Casco de Santo Tomás al zócalo se marcharía por la democratización de la enseñanza y la exigencia del castigo de los responsables del desalojo y la muerte de un compañero. No es que no se hubiera ganado la calle desde el 68, múltiples mítines de pisa y corre se habían realizado, recordando el 2 de octubre o el 26 de julio, apoyando a Vietnam y repudiando a Nixon, en donde los límites de la libertad de manifestación los marcaba la llegada de los granaderos y el consecuente desalojo. Empero, estos eran concentraciones de militantes, no se había intentado una convocatoria amplia, a simpatizantes y ciudadanía.
Casi al mismo tiempo que la convocatoria, un rumor empezó a circular por los pasillos: habrá represión, un cuerpo paramilitar saldrá a agredir a la marcha. Sin definir su origen, de los senderos de la provocación llegaba el mensaje. Incluso algunos identificaban por su nombre a los agresores: los halcones, lumpem preparado por el departamento del D.F y listos para lo que se ofrezca. En ese momento, las dos concepciones del movimiento se confrontan, somos demócratas y pacíficos, denunciemos la agresión y rechacemos la provocación, dicen unos; avisemos a la gente y actuemos, preparémonos o que al menos quienes asistan sepan a que le tiran, clamaban los otros. El lunes o martes de esa semana los comités de lucha sesionaron, los denuestos entre facciones abundaron, reformistas y provocadores fue lo menos que se dijeron, pero como siempre triunfó la moderación. No había forma de confirmar el rumor, luego entonces era irresponsable y provocador anunciar la inminencia del acto represivo, decía el resolutivo final.
Pero el rumor había prendido y se había extendido, los militantes discutían abiertamente sobre el qué hacer y muchos consideraban que lo mejor era no darle el beneficio de la duda. De esta manera, cuando la marcha partió esa tarde de junio, dentro de los contingentes unos pocos habían decidido ir preparados, para lo que se ofreciera. La barrera de granaderos bloqueando el paso en San Cosme no sorprendió a casi nadie, ¿cómo esperar respeto a las libertades democráticas del nuevo régimen, por más que intentara deslindarse de su antecesor?. Y como lo había dicho el rumor, junto a los granaderos estaban los halcones, jóvenes pelados al rape e identificados por una playera blanca, portando en ese momento garrotes de kendo. A una señal que nadie escuchó los halcones tomaron posiciones y sin advertencia ni llamado cargaron contra los manifestantes. Entonces, al mismo tiempo que empezaba la desbandada de parte del contingente, una minoría también avanzó y de los morrales y bolsas salió el arsenal que se había preparado. Piedras, pedazos de metal, balines de acero, todo podía transformarse en proyectil y repeler la agresión. Ese primer choque concluyó en victoria momentánea, la fuerza del número se impuso y los halcones se vieron obligados a retirarse; para que nadie dudara de la colusión, las filas de granaderos se abrieron para proteger su retirada de la euforia de quienes habíamos ganado una batalla. La euforia duró poco, de entre los granaderos los halcones reaparecieron portando fusiles M1. Las descargas impactaron en las primeras filas y la desbandada se generalizó.
En esos momentos y sin que nadie lo esperara, el fuego empezó a ser contestado, desde huecos de puertas, detrás de vehículos o postes, aquí y allá unos pocos intentaban cubrir la desbandada y hacer el mejor uso posible a los dos o tres cargadores de sus pistolas. En esos momentos, por primera vez los patos les tiraron a las escopetas y con precisión. Porque no importaba tanto el desbalance en el número de beligerantes o del poder del fuego entre armas largas y cortas, sino que los agresores no iban preparados a combatir, iban listos a masacrar, a disparar con impunidad y hasta placer contra blancos inermes, pero nunca les habían dicho que podrían ser objeto del fuego enemigo. Como en los manuales guerrilleros, la sorpresa actuó del lado del más débil, el contraataque rompió las filas paramilitares, los obligó a rehacerse y mientras, permitió la escapada de un número mayor de manifestantes. No existen cifras oficiales de caídos, tampoco funcionan los "si hubiera", pero para quienes estuvimos presentes nos fue evidente que la masacre hubiera sido mayor si los halcones hubieran disparado a mansalva, si nadie les hubiera contestado el fuego. Ambos episodios, que hubieran contradicho nuestra vocación de mártires, casi no han sido narrados.
A partir de este momento, el rompimiento entre ambas vertientes del movimiento se hace casi total. La presencia de guerrilleros armados que violando todo manual participan en la marcha y responden la agresión, deviene en hito: no se podía negar su presencia y la respuesta represiva de las autoridades les otorga más pertinencia. Concluye también el tiempo de los llamados amplios, de las manifestaciones masivas y las acciones militantes toman su lugar. Es la hora de las minorías. La izquierda oficial y partidaria siguió impulsando su proyecto y ante el fracaso de la democratización de la enseñanza apuesta al sindicalismo universitario como su vía principal de acción, mientras espera que las condiciones maduren y llegue la democracia, como preludio a la revolución.
La izquierda radical asume el camino de las armas y en los años siguientes combate hasta su casi total aniquilamiento.
Para el poder el 10 de junio definió también sus cursos de acción: Habiendo iniciado el régimen de Echeverría, se plantea la pertinencia de una apertura democrática. El discurso decía que se había terminado la época de intolerancia, que existía una apertura en donde todos teníamos un lugar. Un grupo de intelectuales, proclamaba la necesidad de incorporarnos a la apertura, porque la disyuntiva era "Echeverría o el fascismo". Echeverría empezó a liberar a los líderes del 68 y José Revueltas, Heberto Castillo, y otros, habían vuelto a las escuelas a reincorporarse al movimiento. Así, al mismo tiempo que por una parte, abre poco a poco los espacios de participación política, echa mano a su versión de la guerra sucia ante los grupos armados, no importándole violentar el Estado de derecho que decía defender. 600 desaparecidos son todavía un saldo pendiente de estos tiempos.
Pero ésta no es una historia para contarse alrededor de la hoguera, ni para que a los años, los nietos demanden: "abuelito, platícanos de nuevo cuando le diste una pedrada a un presidente". Si se conserva un poco de coherencia en la izquierda, el análisis y comprensión de su historia debiera ser una prioridad. No sólo por aquello de "quien no conoce la historia está condenado a repetir sus errores" sino como medida de su avance e incluso lección de supervivencia.
Sin embargo la izquierda radical no sólo perdió su guerra, sino también su palabra. De tanto en tanto, aparecen testimonios honestos aunque parciales del gran retablo que fue la lucha armada. De igual manera, intelectuales dan sus versiones en forma de novela, con honestidad seriedad o con pompa y boato, pero son novela no historia. A principios de los 80 Gustavo Hirales "pachis", formó el centro de estudios del movimiento armado y convocó a los sobrevivientes a reconstruir esa historia, empero la vieja paranoia lo calificó como "oreja y provocador" y pocos acudieron, que a la luz de su ulterior conversión en asesor de Gobernación para el trato al EZLN, parece una medida correcta. En febrero del año pasado, a la luz de las tensiones de la transición, ex integrantes de la Liga Comunista 23 de Septiembre convocaron a una primera reunión nacional, para recordar a sus muertos y lograr definiciones políticas en un entorno complicado; empero, la noticia circuló de más y llegó a oídos inapropiados, alguien se puso nervioso y se emitieron signos premonitorios suficientemente claros para que se abortara el encuentro.
Lo peor es que la tentación por la vía rápida sigue vigente, veinte años de crisis, depauperación del proletariado y la conculcación del futuro de una generación, junto con el del fracaso de la izquierda partidaria, conforman no sólo una opción, sino una certidumbre: no se pudo por las buenas, es el tiempo de las malas. A ésto poco ayuda quienes proclaman el fin de los tiempos democráticos y el inicio del medioevo represivo con el asenso de Fox y la "derecha intolerante"; sin salida política legal y con el fantasma del fascismo enfrente, cualquier radicalismo queda justificado.
Y aquí están, divididos conforme a sus fobias pero con la certeza de estar en el camino revolucionario. Celosos guardianes y herederos de las sagas históricas de la izquierda, replican los esquemas de dogmatismo e intolerancia y reprueban cualquier desapego a la línea revolucionaria; así los reformistas devienen en mayores enemigos que el Estado burgués. Poco importa que no tengan ya proyecto o que la propuesta raye en la puerilidad, como la oposición al horario de verano, o que la desmesura entre fin y medios alcance proporciones absurdas como "pase automático o muerte", que incluso la práctica sea tan estéril como el embarcarse en demandas que se saben inalcanzables y que determinan un desgaste como la temporada globalifóbica de la CNTE. No están buscando la aprobación popular, el camino de la lucha irá abriendo los ojos de los buenos, de los marcados por la historia para heredar el mundo y transformarlo. Mala suerte de los demás si no entiende el mensaje y se incorporan a la lucha.
Gravitando entre la ilegalidad y la legalidad, haciendo de la provocación su modo favorito de expresión, jugando con el fuego de la violencia y pretendiendo navegar con rumbo en medio de fuerzas que no alcanza a entender, la izquierda radical tiene su espacio propio y su relevancia. Tal vez sea muy tarde para proclamar la necesidad de estudiar la historia, de revisar los últimos años y el papel de los grupos armados en la transición, la dialéctica entre izquierda legal y su contraparte clandestina, los juegos de traiciones y delaciones entre ellas.
Pero el expediente del 10 de junio debe seguir abierto, no sólo por justicia sino por la imperiosa necesidad de apostar a una reconciliación nacional. Los responsables siguen vivos y gozando de prestigio y buena salud, el relevo generacional y de partido no puede considerarse un "borrón y cuenta nueva", si Pinochet enfrenta las consecuencias de sus actos, los viejos operadores de la represión nacional pueden aún ser responsabilizados. La izquierda, con y sin partido, no puede simplemente ignorar la historia que no se ajusta a su visión del mundo, asumirla con todo y errores sería más inteligente y ayudaría a entender la coyuntura. No se trata de reeditar el "Fox o el fascismo" pero sí comprender que la situación es complicada, la gobernabilidad limitada y los senderos de la provocación vigentes. La conformación de una "Comisión de la verdad" seria un paso en el sentido correcto.
Tal vez así, las próximas convocatorias a recordar el 10 de junio y el 2 de octubre partan con el mismo tinte radical pero concluyan todavía lejos del rompimiento de hostilidades. Muy su gusto si persisten en su campaña globalifóbica, con las tácticas y estrategias que mejor les satisfagan. En una democracia madura esa libertad deberá ser garantizada, sin embargo como parte del proceso de maduración éstos deben comprender los costos de la acción revolucionaria y los riesgos de la provocación. Al final tal vez el 10 de junio sea realmente recordado y aprehendido en todas sus implicaciones.
* Chilango, miembro de la generación del 68 aunque no haya hecho nada por probarlo. Anarquista de la variedad boca grande, durante un tiempo supo callar lo suficiente para recibir sus quincenas en la administracion publica con regular suerte. Productor y guionista de radio univeristaria, articulista de revistas regionales, actualmente comparte el subempleo con la actividad politica dentro del PRD de Aguascalientes, donde espera pacientemente su plurinominal.