Venezuela-Perú


DE MI PUENTE A TU ALAMEDA


Soledad Morillo *

Déjame que te cuente, peruano, que aquí en Venezuela somos muchos los que no aplaudimos el proceder del gobierno del hijo de la señora Chávez. Muchos somos quienes sentimos que es una falta inadmisible que el presidente de nuestro Parlamento, supuesto patio de nuestra legalidad democrática, declare que "Ketín Vidal, actual ministro del Interior peruano es hombre de Vladimiro Montesinos, por lo tanto es lógico deducir que tiene interés en evitar que el ex asesor de Alberto Fujimori hable". Somos muchos quienes nos hemos quedado atónitos ante la desagradable provocación de nuestro jefe de Estado, al entonar las notas de tu himno nacional, en momentos cuando la situación está tan tensa.

Déjame que te cuente, peruano, que nos agobian las dudas, tanto como a ti. Que tenemos el armario repleto de diez qué, y cien cómo, y doscientos cuándo, y trescientos cuánto, y un barril sin fondo de porqués. Y la vida nos amanaza todos los días con la vista clavada en la pantalla del televisor, y revisando en detalle la prensa, y con los oídos abiertos a la radio, en ese ejercicio sistemático y necio de buscar respuestas. Y no nos convencen las explicaciones que nos dan, y cuando comenzamos a medio entender, percibimos medias verdades nadando en un mar de silencios cómplices.

Y el desagradable no saber se nos ha convertido en un cada vez más molesto no creer, aun cuando el creer nos tiente como manera de lograr que duela menos. Faltan piezas, sobran otras, algunas son falsas pero nos seducen, pues brillan como espejitos con marcos de oro. Y armar el rompecabezas se nos ha convertido en una titánica y difícil tarea cotidiana. Es complejo el asunto de averiguar cuando hay quienes están dedicados a esconder. Y los decentes somos acaso muy tontos, ingenuos tal vez; desconocemos los trucos de los enredadores, y no sabemos leer en esa enciclopedia de los malhechores, ese libro extraño en el que se hospedan las claves para desenredar esta madeja.

Déjame que te cuente, peruano, que lo que sentimos es una mezcla de estupor, asfixia, y - ¿a qué negarlo? - también eso que por estas tierras llamamos vergüenza ajena. No somos culpables de los desatinos y las torpezas de unos pocos, y sin embargo seremos todos quienes tendremos que reconstruir el camino que va de nuestro puente a tu alameda. Quizás sin jazmines en el pelo ni rosas en la cara, acaso sin poder ofrecerte la flor de la canela. Pero tal vez sí, al final, podremos brindar un pedazo de la verdad, que unido a tu pedazo de verdad permita quitarnos de encima este olor penetrante a cosas que no se hacen y que no están bien, a cosas que no huelen sino a vil oficio de truhanes.

Déjame que te cuente, peruano, que hoy no anda de fiesta este corazón, y que por eso no puedo escribirte chascarrillos de esos que celebras, ni canturrear alegremente. Es tarde en esta noche cuando la lluvia finalmente decide que también es hora para ella ir a dormir. Que la lluvia también se cansa de tanto golpear contra un asfalto, unas murallas y unas conciencias que no entienden que su deseo es tan sólo ofrecer alivio y limpiar caminos.

Mañana será otro día. Otro día de bregar, de hacer preguntas, otra jornada de buscar respuestas. Seguramente habrá silencios, y la noche llegará de nuevo sin haber podido aplacar las dudas que nos desvelan. Y si Dios es bueno, y lo es, y si la vida es sabia, y lo es, seguiremos adelante. Reconstruyendo el rompecabezas, y armando la historia, para poder luego ponerla atrás, y no permitir que su peso nos ahogue en una arena movediza.

Sólo quiero decirte algo en lo que quizás no creas. Al fin y al cabo, volver a creer siempre cuesta un poco. Déjame que te cuente, peruano, que los decentes de allá y los decentes de aquí, aunque te parezca mentira, somos y seremos siempre una inmensa y portentosa mayoría.

* Periodista.

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