Chile


EL PODER DE PINOCHET


Patricia Verdugo *

Por sobre la ley sigue al general chileno Augusto Pinochet, desde que -bombardeando el Palacio de La Moneda- se instaló en el poder en Chile.  Ahora logró que una sala de la Corte de Apelaciones dictaminara el "sobreseimiento temporal" de su juicio "por razones de salud".  No existe normal legal alguna que avale la decisión de los jueces, ya que el Código Penal sólo establece el sobreseimiento por "locura o demencia" del inculpado.

Pero declararlo demente era -para el general- una afrenta que no estaba dispuesto a tolerar. Y presionó por una "solución" que dejó a la vista que en Chile no existe la tan predicada igualdad ante la ley.  Optó por la táctica de declarar su salud en creciente deterioro, internándose en el Hospital Militar una y otra vez.  Incluso se llegó al extremo de echar a correr el rumor de su muerte, lo que permitió a su familia desmentirlo con la frase "se espera un desenlace fatal en cualquier momento".

Los abogados de las víctimas apelarán ante la Corte Suprema, pero todo indica que el horno judicial ya no está para este bollo.  Chile, simplemente, no fue capaz de enfrentar su trágica historia reciente.  El ministro británico Jack Straw dijo -hace pocos días- que el arresto de 503 días en Londres "dio tiempo a los chilenos para prepararse y afrontar su propio pasado.  Ahora les toca decidir".  Y el Poder Judicial chileno decidió lavarse las manos, dejando la fuente de color rojo por tanta sangre derramada.

Para los defensores de derechos humanos y para las familias de las víctimas, las palabras "indignación" o "frustración" se quedan cortas para graficar estados de ánimo.  Pero no hubo sorpresa.  La táctica pinochetista se desplegó a la luz pública, agregándose un despliegue comunicacional de generales y almirantes que pedían "dejar en paz", de una vez por todas, al anciano general.

El gobierno de la Concertación agregó su cuota.  El presidente Eduardo Frei desplegó sus mejores esfuerzos para evitar su extradición a España y logró su liberación "por razones de salud" en marzo de 2000, momento en que Pinochet aprovechó para burlarse de sus benefactores y hacer aspaviento de su buena salud, levantándose de la silla de ruedas en la misma loza del aeropuerto.  Y el presidente Ricardo Lagos, hace pocos días, adelantándose al dictamen judicial, dijo que Pinochet "no pesa nada" en Chile.  Más aún, su ministro de Justicia sorprendió la pasada semana al desdecirse sin mayor explicación.  Había dicho que el fichaje de Pinochet debía hacerse personalmente, tal como lo dispone la ley.  Y luego dijo que "como lo dispusiera el juez", abriendo la ilegal posibilidad de recurrir a datos del Registro Civil.

En la hora de esta derrota, no queda más camino que calmar el lamento con la reflexión sobre lo avanzado.  Es verdad que Pinochet no fue declarado inocente (¿Qué escándalo hubiera sido?) y es un hecho que contamos con un juez de excepción -Juan Guzmán- que comprobó sus crímenes.  Es verdad que hoy hasta el más derechista lamenta públicamente lo ocurrido y ya no lo niega.  Hasta las Fuerzas Armadas entregaron una lista de víctimas, muchas de ellas "lanzadas al mar" para hacerlas desaparecer.

¿Qué hacer? Es la pregunta que deja atrás el lamento, porque ya somos expertos -por casi 28 años- en llorar los duelos y ponernos en acción al mismo tiempo. Pinochet quiere ser dejado en paz en sus últimos años de vida.  Nos encargaremos, en nombre de nuestros muertos, de turbarle su paz.  Recursos judiciales, pedidos de extradición, todos los recursos que nos permita la ley serán desplegados hasta su muerte.

Que su castigo sea la turbación, en medio de guardaespaldas que delatan su terror y en medio de su familia que se disputa dineros y marcas registradas de vinos de exportación.  Ya vive asediado por nuestros fantasmas, encarcelado por el terror de experimentar en su familia lo que hizo con miles de familias chilenas, internado en el infierno a que lo condenó su propio accionar.

Y seguiremos adelante con la tarea de preservar la memoria. Lucharemos contra la amnesia, buscando la verdad de lo ocurrido en cada caso.  Y si la Corte Suprema -más independiente de presiones que la Corte de Apelaciones- no se la puede con Pinochet, nuestra tarea logrará de facto la condena que la dictadura militar se merece.

* Periodista.

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