GLOBALIZADAMENTE VULNERABLE, EL MUNDO SE DIRIME ENTRE EL BIEN Y EL MAL
Alfredo Carazo *
A los líderes estadounidenses les pasa lo que a muchos políticos argentinos. No les creen. El mundo no les cree. Se solidarizan con la gente, con el pueblo, con los que sufren, pero desconfían de ese autodeterminado “faro de la libertad”, sin autoridad moral para enarbolarla. El periodista estadounidense Michael Moore, decía hace pocas horas que “nosotros aborrecemos el terrorismo... a menos que seamos nosotros los terroristas”. Y ejemplificaba: Pagamos, entrenamos y armamos un grupo de terroristas en Nicaragua en los años ’80, que mató a 30.000 civiles. ¡Treinta mil civiles asesinados y quién mierda se acuerda de ellos. Llevemos luto, lloremos a los muertos, y cuando sea apropiado examinemos nuestra contribución al inseguro mundo en el que vivimos”.
Es que el maniqueísmo que encierra desde su denominación, la “Operación Justicia Infinita”, ahora devenida en “Libertad Duradera”, resulta inaceptable. La “libertad” y la “justicia” que se pretende simbolizar, se queda en el camino de los intereses hegemónicos de la dominación mundial. Ya está haciendo concesiones y reduciendo castigos a países considerados hasta ayer como antidemocráticos, con tal de cerrar el anillo desestabilizador del Talibán. No hay democracia ni libertad en los países de esa región. Y Estados Unidos lo sabe tan bien como el mundo, sólo que lo tolera hipócritamente, porque necesita canjear petróleo y opio por un apoyo deshumanizado a dinastías que sólo utilizan como pantalla a la cultura y a la religión islámica. Estados Unidos se siente legitimado para intervenir en cualquier lugar del mundo, en el que considere que están afectados, no la libertad o la justicia, ni los derechos humanos. Interviene –y así lo hizo históricamente- cuando se vieron afectados sus intereses.
El fundamentalismo siempre es malo, enfermizo, y desemboca inevitablemente en extremismos. Los fundamentalismos no tienen ideología definida. Los hay de derecha y de izquierda. En ambos casos se bifurcan en el clásico “o están conmigo o contra mí”. Eso es lo planteado al mundo, a modo de chantaje por el presidente George Bush. A partir de ese desafío, la discusión pasó a cuestionar la “neutralidad”, porque teóricamente se trata de eliminar el mal de la faz de la Tierra.
¿Quién es el mal? ¿Quién es el bien?. Los malos de hoy, son los buenos de ayer y hasta es posible que los buenos de hoy, terminen siendo los malos de mañana. Por eso que es legítimo ser neutral. No en relación al terrorismo, absoluta y radicalmente condenable y execrable –todo tipo de terrorismo cualquiera sea su legitimación ideológica o política- sino en cuanto a la neutralidad que promueve la paz en el mundo. Tampoco desde una visión pacifista, naif, superficial, meramente emotiva. Sino una paz activa, protagónica, transformadora, capaz de utilizar la legítima defensa como el instrumento fundante de un mundo que merezca ser vivido.
El escritor Eduardo Galeano escribía recientemente que “los terroristas han matado a trabajadores de cincuenta países, en Nueva York y en Washington, en nombre del Bien contra el Mal. Y en nombre del bien contra el mal, Bush jura venganza: ‘Vamos a eliminar el Mal de este mundo’, anuncia. Y en la lucha del bien contra el mal, siempre es el pueblo quien pone lo muertos”.
Globalmente vulnerables
Importunamente, el 11 de septiembre trastocó la fisonomía del mundo globalizado. El mundo casi controlado electrónicamente, a distancia, sin emociones. Ahora todos somos globalizadamente vulnerables. Y consecuentemente, la confianza en los líderes mundiales ha decrecido, porque esa es la sensación ciudadana en todas las regiones. Aún si Estados Unidos lograra tener en sus manos a su ex amigo y aliado Osama bin Laden, las cosas no cambiarían demasiado. Los intereses en juego no tienen límites. Este mundo es inhumano si recién descubre a la miserable Afganistán, por las imágenes de cámaras que esperan ansiosas el inicio de la guerra o de la invasión.
Y esa miseria no nació hoy con los talibanes. Fue ayer y desde siempre. Y al mundo occidental, como otrora buscara la ruta de las especias, lo único que le importó –y le sigue importando- es el subsuelo, el petróleo de la región y el opio con que alimentar sus propias lacras. Juan Pablo II, en “Sollicitudo Rei Socialis”, señalaba en 1987 que “no atender a la exigencia de la justicia podría favorecer el surgir de una tentación de respuesta violenta por parte de las víctimas de la injusticia. Las poblaciones excluidas de la distribución equitativa de los bienes, destinados en origen a todos, podrían preguntarse: “por qué no responder con la violencia a los que en primer lugar, nos tratan con violencia?”. Y habría que agregar sin pretender enmendar la plana, que la exclusión siempre fue el mejor caldo de cultivo para los fundamentalismos.
Debiera ser la “gran guerra del mundo”. Librada contra el odio, la injusticia,
el racismo, la discriminación en todas sus formas, la explotación,
la violación a los derechos humanos elementales, individuales y
colectivos. En ese caso sí se podrían identificar nítidamente
a quienes estuvieran del otro lado. En cambio, estamos pendientes de un
escenario que se ha lanzado a lo que se denomina como “Guerra de
Baja Intensidad”, que como explica la analista mexicana Cecilia Loria,
“es una guerra constante, guerra de agotamiento en la que no se trata de
eliminar físicamente al enemigo, ni matarlo masivamente, sino socavarlo,
deslegitimarlo, aislarlo”. El terrorismo ya está deslegitimado
sin necesidad del fundamentalismo de la venganza. Y la neutralidad reside
justamente en deslegitimar los extremos.
* Periodista.