Estados Unidos


¿SOLUCIÓN POLICIAL AL TERRORISMO?


Eugenio Raúl Zaffaroni *

No estamos en diciembre de 1941, no es Hawai ni Pearl Harbor ni son cien aviones japoneses, y sobre todo, tampoco es la voz serena y el semblante seguro de Franklin D. Roosevelt. Estamos en setiembre de 2001, es New York y Washington, son aviones comerciales, y es la voz oportunista de un político que busca votos prometiendo castigo a los culpables, como si se tratase de una cuestión policial y siguiendo el clásico discurso de la seguridad urbana.

¿Puede resolverse esto policialmente? La respuesta afirmativa es tan ridícula como las medidas de seguridad de American Airlines, que hace pocos meses hizo detener en el Aeropuerto de Miami a una señora argentina y procesarla por falsedad y pagar 10.000 dólares de fianza, sólo porque no pudo dejar de ironizar cuando un funcionario estúpido le preguntó si llevaba una bomba. Con semejantes medidas de seguridad a nadie puede extrañar que le pasen estas cosas y lo mismo cabe decir de la promesa electoralista de castigo.

En principio, nada le importa el castigo a un fanático que aspira a la muerte que lo lleva al paraíso. Aún más: son muertes que estimulan otras, que son buscadas como ejemplos delirantes de heroísmo. El montaje escénico de la ejecución de McVeigh tampoco sirve.

¿Qué entónces? ¿Una bomba nuclear? Tampoco parece muy oportuno. Ni Hiroshima ni Nagasaki se han perdonado y, además, no hay blanco sobre el que golpear.

Claro que para conseguir votos y consenso puede hacerse cualquier cosa, porque la mayoría de los políticos "globalizados" no se preocupan por los efectos reales de lo que hacen, sino que siguen los consejos de los publicitarios que les señalan lo que parece correcto. No cabe duda que, por ende, harán lo que los investigadores de su mercado le indiquen que será mejor visto, aunque en realidad sea terriblemente contradictorio y potencie aún más muertes.

Por el camino de las actuaciones teatrales electoralmente rentables, es lógico que se proceda policialmente, es decir, que se individualice a los "sospechosos habituales", como lo hacía el policía caricaturesco de "Casablanca" si la memoria no me engaña. Y aquí puede pasar cualquier cosa, pues en el delirio de hallar el mejor libreto pueden desatarse campañas demenciales negrofóbicas, islamofóbicas, latinofóbicas y quién sabe cuántas más. No podemos ni siquiera imaginar los "Ku Klux Klans" que puede generar la próxima representación teatral de los políticos norteamericanos a la pesca de votos y consenso.

Sin embargo, Estados Unidos no en vano han alcanzado la posición hegemónica que detentan y sin duda constituyen un país con grandes potencialidades. Si bien tienen sus defectos a flor de piel, también tienen enormes virtudes y, por cierto que no es culpa de los norteamericanos si los periféricos nos dedicamos a copiar sus defectos y no sus virtudes. Por ello, no cabe descartar que la sociedad norteamericana se conmueva con semejante tragedia y comience una reacción más racional. No sólo se demolió el símbolo de la globalización, sino que con ello la tragedia también derrumba un mundo virtual y es posible que la sociedad exija a sus políticos que pasen a habitar el mundo real.

No es imposible pensar eso. Quizá esto pueda servir para que los Estados Unidos empiecen a preocuparse por la seguridad en serio y no por tener presos a dos millones y medio de negros y latinos como industria rentable. Quizá alguien reflexione y perciba que no es posible un crimen de semejante magnitud sin condiciones que lo posibiliten, y que esas condiciones están dadas por un navio espacial tierra que lleva demasiados pasajeros apiñados en la bodega, sin oxígeno, luz, médicamentos, sin nada, y unos pocos en la piscina de cubierta. Quizá alguien se percate que no es buena política no ratificar el protocolo de Kyoto, los tratados que prohiben las pruebas nucleares, los regionales de derechos humanos, el del tribunal penal internacional y el que prohibe las minas antipersonales, o negarse a limitar internacionalmente la circulación de armas livianas, seguramente usadas por los suicidas captores de los aviones tomados.

Estados Unidos son un gran país que desde hace años padece pésimos políticos. Pero la alternativa racional no es gratuita. Franklin D. Rooosevelt no nació de la nada, sino de una terrible crisis mundial. Los presidentes republicanos que siguieron al viejo y generoso Wilson no se destacaron justamente por su inteligencia, hasta que la crisis de 1929 proyectó a la presidencia a un discapacitado motor: en otras circunstancias hubiese sido un discriminado más.

* Director del Departamento de Derecho Penal y Criminología de la Universidad de Buenos Aires, Argentina, y vicepresidente de la Asociación Internacional de Derecho Penal.

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