UN VOTO DE MIEDO
Sergio Ferrai *
Si en 1990 el sandinismo perdió el poder porque el pueblo votó con una pistola en la cabeza, el domingo pasado, con diferentes matices, el voto del "miedo" volvió a repetirse. Hace 11 años, el mensaje proveniente de la Casa Blanca fue claro y despiadado: si gana el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) continuamos con la guerra.
Si pierde el sandinismo, se acaba la agresión. El comportamiento electoral del pueblo nicaragüense fue coherente con su propia lógica de sobrevivencia. Condicionado por 10 años de guerra, 30 mil víctimas y 17 mil millones de dólares en pérdidas, es decir el precio de 50 años de exportaciones.
El pasado domingo, una vez más el reflejo de sobrevivencia imperó en el comportamiento de los electores. La gente votó por el derechista Enrique Bolaños, del gobernante partido liberal del actual presidente Arnoldo Alemán, palpitando la compleja coyuntura internacional y, particularmente, sensible a la agresión militar contra Afganistán. No sorprende que uno de los principales argumentos de la campaña de la derecha a partir del 11 de setiembre fue el de asimilar a Daniel Ortega con Osama Bin Laden.
Puntualizando la amistad del candidato sandinista con el coronel Muamar Kadaffi y Libia y recordando a gritos que Ortega había condecorado hace algunos años a "Tirofijo", jefe guerrillero de las FARC colombianas. Detrás de tales hechos, la velada advertencia de la derecha nicaragüense, del poderoso cardenal Miguel Obando y la jerarquía católica y de la diplomacia gringa, insinuando que en caso de victoria sandinista las condiciones internacionales posteriores al 11 de setiembre están dadas como para que Nicaragua pueda convertirse en la Afganistán de Latinoamérica. Mensajes abiertos, contenidos subliminales... nuevamente la gente votó con miedo y privilegió su piel a cualquier otra cosa.
Fácil sería, sin embargo, reducir la derrota sandinista, exclusivamente, a la coyuntura internacional. Hay otros elementos de cocina interna, tan importantes como el miedo mismo a la "afganistación" de Nicaragua.
El tipo de campaña y de alianzas impulsada por el FSLN pudo haber pesado en el resultado. Apostando a conquistar el voto de centro a cualquier costo, el FSLN abrió las puertas de la "Convergencia" a los más diversos sectores, desde antiguos contrarrevolucionarios hasta connotados derechistas. Para ello, el FSLN fue diluyendo con el paso del tiempo y de la campaña su propio programa, anticipando concesiones estratégicas de fondo en caso de llegar al Gobierno.
Lo que puede ser en un momento histórico la genialidad política de fortalecer un frente nacional aquí apareció como algo diferente. La pérdida desmedida de la propia identidad y valores históricos del sandinismo. En cuanto a la campaña electoral, no terminó de sorprender ver a un Daniel Ortega de saco y corbata, recurriendo a los colores rosados para venderse como algo distinto, menos radical, íntegramente socialdemócrata.
Se abren en Nicaragua otros cinco años de más penurias
y miseria creciente para los más pobres -muchos de los cuales, paradójicamente,
votaron a Bolaños. Se vive una nueva y profunda frustración
para todo ese sector aguerrido de pueblo que soportó la agresión
la década pasada y apostaba a contar con un gobierno más
sensible ante la penuria social. Años difíciles para
Nicaragua y para el sandinismo. Sandinismo que si aspira a no perder
el potencial de los grandes movimientos políticos latinoamericanos
estará confrontado a una necesaria revisión autocrítica,
a una reflexión a fondo sobre el actual liderazgo y, sobretodo,
sobre la democracia interna participativa, no siempre al alcance de la
mano de la dirigencia sandinista.
* Periodista y colaborador de la Agenica Latinoamericana de Información.