Colombia


IMPRESIONES DE BOGOTÁ Y MÉXICO


Mónica Maristain *

En Bogotá

Una de las cosas más duras que vi: la cara de terror de un hombre joven que fue bajado de su auto por el ejército en plena tarde, a la vista de todos. Parecía una inspección de rutina. Esa cotidianeidad tenebrosa que tan bien supimos los argentinos conseguir en los 80, dictadura mediante. Escribo conseguir y estoy mintiéndome resentida, acaso, como si esto que nos sigue pasando a pesar de lo pasado, hubiera sido fruto de una voluntad latinoamericana terminal. Ayer fue en mi adolescencia, en mi país, en mi casa.

Hoy es en esta ciudad que visito sin saber muy bien por qué, extrañada pero no extraña. Los uniformes verdes en la calle: fuck you, diría Charlie. Pero están. Y alguien los deja estar. Es curioso. O no. La escena de ayer está calcada de esa misma que vi por la tele cuando era niña. Chile en los 70.

El Ejército le corta los pantalones a un joven en el medio de la calzada. Y todos caminan sin mirar alrededor. Aquí todos caminan. Van en todas las direcciones sin prisa y sin pausa. No he visto un solo niño, todavía. Bogotá es transitada por adultos apurados que no sonríen. Vi también un cementerio blanco, enorme. Es una de las primeras cosas con las que uno se topa en Bogotá cuando viene camino del aeropuerto.

Los hombres dicen piropos. Como en Argentina. Las mujeres son bellísimas. Y todavía no vi  niños. Ayer, 10 jóvenes entraron a la fuerza a la embajada de España. Fueron recibidos por el embajador. Protestaban por la guerra, la violencia, la muerte y las desapariciones en su país. A la salida, el ejército los esperaba para llevárselos detenidos. Se escucha música de Carlos Vives y en el taxi oí una canción que solía pasar Gerardo en Tierra Firme. Aquella del tipo que se levanta por las mañanas y está cansado: un elogio desopilante del ocio y de la haraganería.

Vi un hombre guapísimo, como un modelo de Versace, hablando por celular. Vi un saco de huesos tirado en una esquina, casi inerte. Vi unos zapatos color café en el pasaje Santander. Esos zapatos que me gustan a mí. Como dice Grau: te gusta usar zapatos de drag queen (¿se escribirá así?). No, todavía no vi niños colombianos.

En México

Cuánta belleza cabe en el Distrito Federal. Con esas mañanas de domingo en Coyoacán, cuando voy a leer el diario El País. Qué linda es Buenos Aires. Bella, La Habana. Pero no Bogotá. Ni Guatemala. La muerte no se lleva bien con la belleza. Ahora sé que lo lindo es lo que vive. Parece un slogan. Ni Botero es divertido en Bogotá. Me gusta más la gorda de Mónaco que el gordo que está a la entrada de un parque enorme en esta ciudad.Como sea, no me gusta Botero, pero acá es más feo que en otros sitios. Sigo con Martin Amis. De las 500 páginas, me chuté ya 350. Ahora voy por el calvario de su dentadura que lo volvió extremadamente delgado en una piscina de Puerto Rico. Este viaje, ¿es un quiebre?. Cuando vine de Buenos Aires lo hice con la idea de viajar como free lance por todo Latinoamérica. Pero me ganó el sedentarismo laboral y me quedé dos años en México. Ahora siento que puedo escribir mejor en tránsito. Que dice Amis al decir de Bellow: la existencia es el trabajo. Y subrayé esa frase. Hoy visitaré el Museo del Oro y terminaré una nota sobre La ley.

No puedo dejar de pensar en Basquiat. En el tiempo artístico en relación con el tiempo humano. Bukowski dejó todo para escribir a los 50 y, como dice Gaby, Samarago estuvo dos décadas sin construir una frase, porque no tenía nada para decir. Jean Michell murió a los 27, de una sobredosis, ya había pintado unos cuadros geniales. Para el que escribe o pinta: siempre habrá un tiempo limitado. En la madurez o en la juventud. El resto es vida extra.

Pienso mucho en las cosas que todavía me conmueven pero que ya han pasado de moda. Para mí, por ejemplo, fue muy emocionante entrevistar a Sergio Ramírez. Pero mi amigo J, un talentoso periodista de apenas 26 años, no sabía quién era Sergio Ramírez. Quiero descubrir quiénes o qué cosas son los
que conmueven ahora. Para intentar escribirlas, o describirlas. Eso es el viaje presente. Y los que vendrán. Estoy inapetente. Fumo mucho. La cama del hotel es pequeña, como de juguete. Se mueve y se desarma al mínimo movimiento. Me olvidé los auriculares y no puedo, todavía, escuchar música. A veces, deseo que estuvieras aquí.

* Periodista.

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