¿QUÉ LUGAR QUEREMOS PARA MÉXICO EN EL CONCIERTO DE LAS NACIONES?
Rolando Ísita Tornell *
Es para lamentar que hayan tenido que acontecer los horribles sucesos de las torres gemelas del World Trade Center de Nueva York y del Pentágono para que en México se pusiera en la palestra la política internacional del país, cuando debimos tener una reflexión seria todos los ciudadanos mexicanos, y cuantimás la mal llamada "clase política", a la hora de competir por el voto para ganar las elecciones presidenciales y conformar en Congreso.
Hablar de cambio pareció, en el mejor de los casos, un hartazgo del tipo de gobierno que habíamos tenido, más que tener claro cuál cambio se quería. El asunto de fondo hubiera sido la reflexión colectiva, mayoritaria, sobre qué tipo de país habíamos venido siendo no sólo en su interior, sino como una nación con una historia particular, pero de ninguna manera desligada de una historia de la humanidad y que su geografía forma parte integral de un planeta; pero además, qué lugar queremos para México en el escenario internacional.
Estos vacíos de alguna forma se han venido reflejando en la transición informativa. De tener en los medios informativos meras correas de transmisión y dependencia de la jefatura "casi" absoluta del Ejecutivo, pasamos a tener empresas informativas que tuvieron que empezar a competir por ganarse la chuleta. Y esos medios en competencia no pueden entenderse sin la sociedad compleja y desigual en la que están inmersos y a la cual se dirigen.
En tiempos de la "presidencia imperial" era difícil tener en los medios información nacional versiones críticas, diversas al amplio viaducto por el que conducía de forma unipersonal el presidente y la obediencia de los militantes de su partido; los medios que se atrevían a ser independientes optaban por un riesgo inmenso que podía conducir a su eliminación. Entonces, como ahora, el mercado de lectores de periódicos en relación con el número de ciudadanos adultos alfabetizados era insignificante.
Asimismo, era de risa, de película de Woody Allen, ver a los reporteros llegar casi a las cachetadas para acceder a uno de los varios teléfonos de la sala de prensa del Palacio Nacional para enviar su información "antes que ninguno otro" al medio donde laboraban. A fin de cuentas la información presidencial a la que podían acceder siempre era la misma para todos, y al más profundo debate al que podían llegar los reporteros era "por dónde le vas a entrar a la nota". Los lectores, así, teníamos una variedad de entradas a una única información.
La interpretación de la información, entonces, era la que valía la pena. Desde "la esquina de abajo a la derecha", anticomunista ,visceral y regañona, hasta los muy mesurados y elegantes articulistas que se atrevían a disentir "entre líneas" con la línea tricolor. Donde verdaderamente se disfrutaba, así, era con la información internacional, la mejor de todas (a juicio de muchos analistas de la época de la unanimidad) era la del periódico semioficial (la verdad es que todos lo eran) "obrerista" El Día.
La posición internacional de México había que creerla más que saberla, era la doctrina Estrada, cualquier cosa que eso significara. Era como las leyes de Newton que se repiten memorizadas pero pocos en verdad, y menos el "pueblo" (entonces la noción de ciudadano era impensable) la entendían y sabían. La política internacional era una suerte de salmo presidencial obligadamente engolado: "libre autodeterminación y no intervención". Cada 21 de marzo la derecha fiel celebraba la entrada de la primavera y el "pueblo" unido y con marcial donaire recordaba al benemérito de las Américas reducido a la frase "entre los individuos como entre las naciones el respeto al derecho ajeno es la paz".
De súbito los ciudadanos nos vemos con el regalo de Santoclós de que nuestro voto cuenta, de súbito los ciudadanos tenemos que elegir al Jefe del Ejecutivo de veras, el jefe supremo de las Fuerzas Armadas, de la defensa nacional; a los senadores en quienes recae la responsabilidad, entre otras, de los principios y conducta del Estado nacional ante otros estados soberanos; a los diputados en quienes recae, entre otras, la responsabilidad de asignar recursos para que nuestros representantes operen en el concierto o desconcierto de las naciones.
¿Teníamos todo esto, y más, en mente cuando depositamos los papelitos en las urnas? Estadísticamente ¿cuántos ciudadanos quedaban vivos que hubieran vivido la experiencia y el recuerdo de la modesta y gallarda posición de este país, siempre pobre con muy pocos muy ricos, expresando su protesta y desacuerdo con la invasión de Etiopía por la Italia fascista?, ¿de la defensa de principios ante la Liga de las Naciones que determinó hipócritamente la "no intervención" en los asuntos internos de la República española en guerra contra el abusivo y violento fascismo internacional encarnado por Hitler, Mussolini y Francisco Franco. Entonces dos aliados tuvo la España afligida: México, con 20 millones de pesos y voluntarios internacionalistas, y la Unión Soviética (con mucho más). Los principios en los que se basaba México en aquél desconcierto convenenciero internacional era el rechazo a la intervención de dos potencias contra un gobierno electo democráticamente. Entonces ya éramos expertos en esquizofrenia: "candil de la calle y oscuridad en casa".
Esos principios enarbolados por México, con base en su experiencia de varias invasiones extranjeras, la soberanía, no - intervención y autodeterminación, llegó a cobrar carta de derecho internacional con la integración de la ONU y un escenario internacional bipolar de la postguerra encabezado por la URSS y los EUA.
Esos principios, inmersos en la guerra fría, se pervirtieron. En la periferia de los Estados Unidos o de la URSS podía haber (los había) Estados Nación donde sus dirigentes fueran unos hijos de puta con sus ciudadanos, pero abanderar un anticomunismo rampante más radical que el del senador norteamericano McCarthy; y por el otro lado la URSS sosteniendo a los más atroces gobiernos dictatoriales. En el discurso internacional, Estados Unidos era el adalid de la democracia y la libertad, y cuando, como en México, se carecía de democracia se hacían de la vista gorda. Si había una dictadura en menoscabo de la democracia y las libertades individuales, pero anticomunista, a Estados Unidos y sus aliados se les olvidaba el discurso y apuntalaban a los dictadores, aduciendo la no intervención y la libre autodeterminación. Si en cambio resultaba electo un gobierno con ideas de no alineación con ninguno de los polos de la guerra fría o con tintes socializantes o verdaderamente soberanos sobre sus riquezas materiales, la intervención no se hacía esperar. Paradójicamente en estos casos la voz de México se hacía escuchar con respeto en los foros internacionales, aunque poco pudiera evitar, para que cuando menos quedara constancia que el derecho internacional era una y otra vez violado en aras de los intereses de las potencias y su derecho de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU.
Evidentemente, con la caída del imperio rojo, el libreto del concierto internacional se transformó y nuevas reglas del juego, o principios, se delinearon. Las potencias occidentales, con Estados Unidos a la cabeza, daban por sentado el triunfo del capitalismo en su guerra fría (y a veces caliente) contra el comunismo. Dichos principios consisten fundamentalmente en la democracia representativa, libertad de circulación de productos y capitales, estado de derecho y respeto a los derechos humanos. Evidentemente, en este nuevo arreglo internacional y único (de ahí su globalidad) los Estados con partido "casi" único no iban a ser tolerados, los machacamientos a los ciudadanos, atentatorios contra los derechos humanos, tampoco.
En este escenario nuevo la política internacional tuvo que entrar a terapia. El derecho internacional escrito, con mandato de la ONU, aún habla de soberanía, no intervención y libre autodeterminación, principios chocantes con la libre circulación de productos y capitales (con las personas todavía se reservan el derecho de admisión, no obstante que el trabajo también es una mercancía a la que eufemísticamente llaman "capital humano"). Así, por ejemplo, en aras de la soberanía, los bancos nacionales podrían poner "reglas" a los capitales, ya no; en aras de la soberanía Slovodan Milosevick podía establecer la limpieza étnica; en aras de la autodeterminación el PRI en México consideraba intervención en sus asuntos internos el que le aplicaran la cláusula democrática, y a los mexicanos nos clasificaran en los primeros lugares de corrupción, es decir, la ausencia del Estado de derecho (entre buena parte de los mexicanos aún priva la regla de que las leyes se cumplan en el lomo de mi compadre).
Las potencias occidentales, el G7, con Estados Unidos como la mayor potencia armada y económica a la cabeza, no esperaron a la redacción de un nuevo derecho internacional y se pusieron manos a la obra contra Muamar Kadafi, Sadam Hussein, contra Slovodan Milosevick y ahora Osama Bin Laden.
A los ciudadanos norteamericanos se les ha criticado por su tendencia al aislacionismo, sin embargo sus gobiernos han tenido la virtud que, cuando la geopolítica y sus geointereses se lo pedían, pudo contar con una opinión pública favorable a sus intervenciones.
Los ciudadanos mexicanos no hemos sido distintos. Es decir, aislacionistas y dependientes de las decisiones internacionales tomadas por el presidente sin consultar con nadie. Así se cometió el desatino inconsulto de acusar al sionismo de racismo en la época de Echeverría.
Hoy se nos plantean muchas preguntas cuyas respuestas requieren reflexión y conocimiento de a qué le tiramos en el escenario internacional planetarizado. No podemos incurrir en nuestros particulares fundamentalismos que ya no encajan en el nuevo concierto internacional. ¿Deben participar nuestras fuerzas armadas en coaliciones internacionales? ¿Cómo podemos plantear nuestras exigencias al mundo si no estamos dispuestos a colaborar en la seguridad internacional? La globalización o mundialización de la economía es un hecho, ¿qué ganamos con taparla con un dedo? En vez de satanizarla ¿por qué no verla como un reto que, por nuestra posición geopolítica, nos puede beneficiar?
Sin lugar a dudas no podemos reducir el papel de México a mero espectador de las decisiones internacionales, cegarnos a una realidad mundial interactuante, porque malentendemos soberanía como un "me importa un bledo lo que suceda fuera del país". No se trata de ceder soberanía para estar tono con el liderazgo planetario, sino al contrario, tener clara nuestra noción de soberanía para poner en juego nuestros intereses en el mundo.
Si observáramos desapasionadamente el papel que ha venido jugando el área internacional del Ejecutivo nuevo, informados del tablero internacional, de los retos y contradicciones a que se enfrentan otros Estados soberanos, tendríamos que aceptar que el Secretario de Relaciones Exteriores tiene claro el mundo en el que se mueve y poner por delante los intereses de México de acuerdo a las coyunturas y conflictos internacionales. ¡Claro! Es más fácil atacarle de engreído que reconocerle a él y a Porfirio Muñoz Ledo conocimiento y talento que no tiene seguramente Vicente Fox, para delinear una política coherente en medio del caos maniqueo y fundamentalista.
No parece una posición seria, soberana y razonable poner en tela de juicio el apoyo de México contra las agresiones que recibió nuestro socio comercial y que ello signifique subordinación a la potencia vecina. Se está jugando a la política internacional no al mundial de futbol en donde, como espectador, me pueden caer bien los porros de otro equipo. Pero de ahí a que aprobemos sus desmanes es otro cantar. Aceptar ese tipo de agresiones, o no condenarlas, equivale a aceptar que nos agredan de la misma forma. Apoyar políticamente a Estados Unidos frente a la salvajada de los terroristas no nos obliga a perder como Estado soberano nuestro juicio crítico hacia otras intervenciones ilegales.
Para hacernos ciudadanos responsables del valor de nuestro voto requerimos de tener una posición frente a los acontecimientos internacionales, y los medios de comunicación, en sus afanes histéricos, no nos ayudan en nada. Requerimos de más y mejor información internacional directa, observada con nuestros ojos y no con los de las agencias internacionales, con periodistas que indaguen y expliquen con datos verificables y no con su histérica ignorancia. No se puede aceptar la paradoja que ahora que hay libertades para informar optemos por la desinformación libertina, escandalosa, y lacrimógena.
Periodistas arrogantes han calificado de interpretaciones estúpidas las que circulan por la Internet; otro se alarma por la proliferación de aficionados analistas descabellados de la realidad de los traumáticos acontecimientos de Nueva York. Por una lado se expresan como enemigos de la opinión libre, por muy descabellada que parezca. Por otro, manifiestan la arrogancia de quien se cree exclusivo profesional del comentario periodístico, y finalmente parecieran sentirse incómodos porque les han salido competidores, en vez de ponerse a reflexionar que quizá ellos son corresponsables de lo que critican al no ofrecer información serena, verosímil, contrastada y sustentada en principios históricos de nuestro Estado soberano. Al contrario, debiéramos de ufanarnos que cada vez haya más gente dispuesta y libre para opinar. Y si no queremos que opinen "estupideces" ofrezcámosle información no estúpida.
* Doctorado en Ciencias de la Información. Divulgador de la ciencia, UNAM; profesor de la cátedra de Valores Socioculturales en el Mundo, ITESM-CEM.