EN DEFENSA DE LA POLÍTICA, DE BERNARD CRICK
Ricardo Becerra *
I
Ignoro cuántas veces ha sido presentado este libro, cuya primera edición data de 1962, pero imagino que han sido muchas veces. Ignoro también cuántas veces más volverá a ser presentado, discutido, traducido a otros idiomas... Lo que sí sé -y espero- es que lo será en muchas otras ocasiones. Este hecho se me aparece como una rotunda desventaja ¿qué se puede decir que no haya sido dicho ya por esa vasta legión de comentaristas que nos precedieron? ¿Qué se puede decir que no vayan a decir los que vendrán? En definitiva: ¿hay algo que agregar, algo que decir que valga la pena?
Por sorprendente que parezca, la respuesta es que sí: Sí se puede extraer de él nuevas lecciones, enseñanzas, significados, orientaciones, razones fundamentales. No es un libro que pertenezca a una coyuntura, sino un libro extraordinariamente vivo; ábranlo y podrán extraer argumentos útiles para entender y actuar en la política de hoy, inmediata, aquí y ahora. Estoy seguro que eso les ocurrió a los presentadores anteriores, los de hace cuarenta años. Estoy seguro que eso les ocurrirá a los presentadores futuros, porque estamos frente a un verdadero yacimiento de sabiduría política.
No sé si esa sea la característica de un libro clásico. Italo Calvino dice que "un clásico es un libro en el que descubrimos cosas que siempre habíamos sabido, que de alguna manera ya eran nuestras, habitaban en nuestra memoria y en nuestros pensamientos, pero no lo habíamos podido formular, sistematizar ni argumentar como el clásico lo hace". Puede que éste no sea un clásico, pero lo menos que uno puede decir de En Defensa de la política es que se parece mucho, pues aquí están contenidas esas cosas, esos argumentos que necesitan sistemática, recurrentemente, todos aquellos que hacen, comentan, critican, giran alrededor de la política. Porque a través de este libro, uno cae en cuenta que los problemas que enfrentamos ahora, en el año 2001, se parecen mucho a los más viejos tópicos que la disciplina se ha preguntado desde siempre, desde Aristóteles al menos; que esos temas que nos parecen cruciales y de acuciante actualidad, ya fueron tratados y respondidos por los clásicos de la política hace decenas, cientos, miles de años. Con este libro nuestros asuntos cotidianos adquieren un telón de fondo, una densidad histórica, una dignidad histórica, que antes no podíamos ver. Y esa, precisamente, es una función de los clásicos...
Ustedes pensarán que estoy exagerando. Que estoy cumpliendo con ese ritual cortesano tan difundido en el mundillo académico de nuestros días, y que me deshago en halagos a favor del huésped, sólo por costumbre. Pero les aseguro que no; En Defensa de la Política es un libro muy importante porque expone y pone en orden los fundamentos de la actividad política, porque es capaz de sumergirse en lo absolutamente esencial, pero no lo hace a la manera de un ampuloso y metódico tratado académico... Al contrario, expone y pone en orden las cosas, a través de la polémica, en confrontación con actitudes, creencias, personajes y situaciones concretas.
Por eso, En Defensa de la Política es una obra política desde su forma: no alecciona sino que demuestra; no necesita abstraer o aislar a sus conceptos y valores sino que los pone en confrontación directa con sus contrarios; no pontifica: disuade y polemiza. De ahí su estructura capitular: "Defensa de la política contra la ideología", "Defensa de la política contra la democracia", "... contra el nacionalismo", "... contra la tecnología"; "... contra sus falsos amigos", "... notas para convencer a los profesores de ciencias políticas"; "... para convencer a los compañeros socialistas", etcétera. Son esos pleitos múltiples, en diferentes frentes y contra los más variados adversarios, los que hacen cobrar forma a la política. Oigamos como Crick define a su defendida:
A lo largo del texto "brotan" las definiciones de la política. Pero importa subrayar lo absolutamente esencial: política es 1)una actividad viva, que se hace de todos los días; 2)consagrada a evitar y exorcizar a la violencia, 3)que reconoce la diversidad de intereses existentes e intenta conciliarlos.
Esa actividad es distinta a la ética, de la ciencia, de la religión, de la ideología, del derecho, la demoscopía y por supuesto, distinta a los programas de animación y superación personal o colectiva para los que política se traduce en formular una buena porra. La política es política, como insiste Crick: no es un guión predeterminado al cual seguir; no es un cuerpo doctrinal al cual se debe ceñir nuestra conducta; la política es, weberianamente, (cito a Crick): la capacidad de "tomar en cuenta los resultados de sus propias acciones".
Pero Crick no sólo se ocupa de definir y distinguir la política de otras actividades humanas. Crick proclama abiertamente la superioridad de la política, por encima incluso de la religión y de la ética, precisamente porque la política no se basa en preceptos, en códigos predeterminados antes de las acciones, no es un catálogo de virtudes específicas, porque no cuenta con una serie de mandamientos que la guíen de una vez y para siempre.
La política no tiene los recursos de la ética: no posee una "regla" o una serie de reglas, absolutas, constantes, inmutables. La política entra en acción justamente para resolver las cuestiones más difíciles, los asuntos en los cuales debemos optar, los casos más complejos para los que la ética y la religión ya no tienen respuesta. Filósofos y teólogos discuten a lo largo de centenas de páginas, casos de una sutileza exquisita, pero callan cuidadosamente cuando se trata de asuntos críticos, y resulta que esos asuntos tienen siempre, inevitablemente, una dimensión política. Todos conocemos a través del cine La decisión de Sophie: una madre debe optar; sólo uno de sus hijos puede sobrevivir a un campo de concentración. Y toma una dolorosa decisión pensando en que el sobreviviente podrá combatir mejor el infierno nazi. Desde el punto de vista de la religión y la moral. Sophie está condenada haga lo que haga; desde el punto de vista de la política ella hizo bien.
Pero volteemos la cara a un asunto más actual: el de la guerra. Ningún mandato ético o religioso parece más indiscutible que "no matarás". Pero ninguno ha sido más violado, de manera constante y oficial. Un Estado puede perseguir y condenar el acto criminal de matar a una persona; el mismo Estado puede proceder al exterminio de miles de personas durante la guerra. Que yo sepa no ha habido una condena oficial de la Iglesia católica a la incursión en Afganistán: porque son muy fuertes los argumentos que consideran justa, necesaria para la convivencia mundial, esa operación militar. De este modo, tácito, se reconoce que la política domina la dimensión ética, que la razón del Estado, de la política, es infinitamente más fuerte que la razón práctica y los mandamientos.
La política se desplaza en esas arenas movedizas: es superior a la ética pero no prescinde de ella. La política no oculta la dimensión trágica de la existencia y de la acción humana, la cual nos coloca, con mucha frecuencia, en situaciones que no tienen soluciones sin altos costos. El caso más elocuente, el que Crick utiliza para mostrar el drama de las decisiones políticas, es el de Abraham Lincoln: "Mi objetivo... (p.175).
No es que no le importara el sufrimiento de la población negra, es que el imperativo superior estaba en salvar la Unión, la conveniencia misma, el futuro de toda la sociedad y no sólo de una parte. Esta es una de las lecciones radicales del libro: ninguna regla abstracta, ningún mandamiento universal puede librarnos de la carga y de la responsabilidad de nuestros actos. El hecho aplastante de la vida social es que, con frecuencia, en los casos más difíciles no sabemos de qué lado está el Bien y de que lado está el Mal, su ubicación es oscura. Y quien viene en nuestra ayuda, a discernir el problema y a tomar decisiones, es siempre y justamente la política.
II
Hay que recomendar especialmente el subversivo capítulo 3: defensa de la política frente a la democracia... sí, frente a la santa patrona de esta institución.
Una vez más, Crick pone un telón de fondo a un asunto que es de gran actualidad en nuestro país: esa ideología, esa ilusión, esa visión académica que cree que las instituciones democráticas lo resuelven todo, que la democracia y sus instituciones hacen prescindibles a la política.
Se trata de un abuso intelectual de esa corriente que conocemos como institucionalismo (ustedes perdonarán, pero este libro me permite, además, llevar agua a mi molino teórico). Se dice que el gobierno de la alternancia no funciona, que el foxismo no da frutos, que nuestra gobernabilidad corre severos riesgos porque las instituciones no funcionan, porque no están reformadas, porqué no hemos edificado la tercera república, porque no tenemos una nueva Constitución, porque no hemos sustituido al Presidencialismo, a fin de cuentas, porque la transición no ha concluido. Este es un discurso muy en boga -puesto de moda por académicos en el gobierno- que intenta desplazar o esconder las responsabilidades: si hay una mala relación entre el Ejecutivo y el legislativo -el problema central de la actualidad- no se debe tanto al "diseño institucional" de la Constitución como a la impericia política de los actores.
Nuestros problemas actuales -la mala relación del Presidente con su partido, con el Congreso, con los partidos de oposición, el consiguiente empantamiento de la agenda pública- no son un problema de las naves como de los capitanes y de sus marineros. Todo comenzó el 5 de diciembre del año pasado. Vicente Fox, el mismo que derrotó al PRI luego de setenta años de gobierno, eligió a Chiapas como el escenario de su primera gran operación política. Quería demostrar que su gobierno -colmado por su bono democrático- podía resolver con celeridad lo que el PRI no fue capaz en siete años. Por eso envió al Congreso la iniciativa elaborada por una comisión de diputados de la legislatura anterior. Primer error, pues el partido que más se había opuesto a esa iniciativa era el suyo propio, el PAN, (¿porqué la envió? Sigue siendo un misterio). Luego, trató de vencer las resistencias del Congreso mediante una campaña de opinión pública ruidosa, pero al cabo, ineficaz. Finalmente, Fox no quedó bien con nadie; ni con los legisladores ni con el EZLN ni con las organizaciones indígenas ni con la opinión pública.
Cuatro meses desperdiciados en mostrar su amistad con el personaje de la selva lacandona y... nada, más bien se ganó la enemistad de muchos e importantes diputados y senadores de las dos bancadas mayores: PRI y PAN. Luego, con el tiempo y las prisas encima, Fox envió al Congreso su iniciativa de "Nueva hacienda pública redistributiva", una propuesta de por sí difícil, tejida de puntos polémicos. Un paquete problemático, lleno de implicaciones sociales y políticas, a resolver ¡en 23 días! Una vez más, trata de vencer las resistencias del Congreso por fuera, mediante una campaña mediática, pero tampoco lo logra (y por fortuna), su gran reforma, esa que daría tranquilidad definitiva a "los mercados", se pospone.
¿Consecuencias de todo esto? Un vínculo tenso con su partido; una relación enrarecida con el Congreso y con los otros partidos; lo más grave, una agenda gubernativa empantanada. Ya no pudo, ya no tenía caso seguir con el desahogo de su agenda. Quedaron en suspenso las otras grandes iniciativas estructurales: la reforma energética, de PEMEX y de la Comisión Federal de Electricidad, la revisión de la Constitución y la reforma del Estado. Impericia y ausencia de prioridades claras llevaron a desperdiciar alegremente su inmensa legitimidad, su bono democrático, en un periplo errático y a ratos, caprichoso: la culpa no es de las instituciones.
Me pregunto cómo se puede sostener la tesis de que "nuestro problema es institucional" si hemos podido llevar al cabo un enorme cambio político -poner en marcha el diseño constitucional de 1917, distribuir el poder, sacar a la coalición revolucionaria que dominaba el Ejecutivo desde hacia setenta años, democratizar la vida y las decisiones públicas- y todo eso de un modo legal y pacífico, ¿cómo sostener que no hay instituciones suficientes cuando fue a través de ellas que pudimos procesar ese inmenso cambio?
Nuestro problema, diría Crick, es político: la calidad de la clase política, su capacidad para forjar acuerdos, su pericia, su oficio, su responsabilidad. Crick ya nos lo había advertido: la democracia, las instituciones de la democracia no sustituyen, ni podrían nunca sustituir, a la política.
III
Rumbo al final, adelantaré una confesión: por si no lo habían notado, tengo una simpatía personal hacia el profesor Crick, no sólo por los temas que maneja, no sólo porque tiendo a estar de acuerdo con su tesis, sino sobre todo, por su trayectoria, por su biografía, diríamos por todas las que ha pasado.
Desde hace tiempo, he seguido sus ensayos y artículos en materia educativa; también sus testimonios y debates como participante activo del gobierno laborista. Pero antes, en las catacumbas de mis círculos marxistas, yo ya sabía quién era Crick: una de esas aves raras, de esos intelectuales leales a las ideas del compromiso, defender causas justas, pero siempre apegados a la verdad, por dolorosa que sea.
Y es que en los años sesenta, setenta y ochenta (los años de vida de este libro), comprometerse dejó de significar una denuncia de la injusticia cualquiera que fuese la cobertura ideológica que la encubriese, y mudó en alinearse a alguna de las opciones ideológicas posibles: comunismo o capitalismo. De este modo, innumerables intelectuales, hombres de letras, optaron en contra de una forma de injusticia y a favor de otra. Lo que tenemos en Crick es una prueba de que había escapatoria a esa siniestra alternativa: que era posible ser un inconforme con las injusticias de la sociedad capitalista al mismo tiempo que se reconocía la bancarrota del socialismo real y de sus ídolos. Esa es una postura difícil, amenazada de malentendidos, que exige un perpetuo estado de alerta y un inmenso esfuerzo de lucidez y honestidad en cada palabra que se escribe; una postura nada recomendable para intelectuales perezosos y para los que prefieren callar antes que equivocarse.
Crick pertenece a la rara estirpe de Enzensberger o de su admirado Orwell: es posible razonar las cosas, es posible entenderlas y es posible cambiarlas. La lección que yo he sacado de ellos es que si queremos seguir defendiendo los principios de justicia y reforma, reparto e igualdad, tenemos que ser capaces de admitir que estamos en una sociedad que está ya muy lejos de la que imaginamos en nuestros diagnósticos de los años 60 u 80. Tenemos que comprender que las apuestas ya no son las mismas.
En el principio del siglo, no es seguro que todos hayamos aprendido lo mismo, pero las lecciones están ahí, y me parece que hay buenas razones para ser optimistas si consideramos que no todo el mundo ha ignorado esas lecciones, que hay gente acá y allá que ha sabido ver que el nombre y el contenido de un proyecto para una sociedad menos injusta se mantienen, pero que las formas concretas que debe adoptar su apuesta por la modernidad, por el progreso, por la solidaridad, la justicia y el reparto, esas formas sí han variado y pueden haber variado no sólo en los medios de actuación política, sino también en las siglas, partidos y bandera con los que la izquierda debe reconocerse.
Debo repetir que seguramente no me expreso con objetividad, como quizá es fácil de advertir, sino con cierta carga de pasión provocada por las polémicas dentro de la izquierda mexicana en los últimos tiempos.
Pero por ahora eso no importa: estamos presentando un libro que no nos convoca a hacer ilusiones; invita a no fiarnos de las ficciones ideológicas, de las manipulaciones religiosas, para desconfiar de los que en cada debate se ponen encima el taparrabos de la ética; este libro, a pesar de su crudo realismo, de su lucidez materialista, no contagia una sensación pesimista. Emana de él una invocación a no rendirse ante la adversidad y al mismo tiempo no tratar de combatirla con exorcismos y conjuros de charlatán de feria, a enfrentarlas de manera relista, sin hacer trampas. Porque la política parte de la convicción de que los problemas humanos, a pesar de todo, tienen solución con la política. Ese mensaje laico, creo no debe perderse.
* Shortstop natural; intervención del autor en la presentación del libro en el Instituto Federal Electoral (IFE) de México, el pasado 27 de noviembre.