Argentina


LA DEMOCRACIA NO DEBE CONVERTIRSE EN UN SISTEMA RETARDATARIO DE GOBIERNO


Alfredo Carazo *

Sería bueno ponerse de acuerdo de una vez por todas. No es que la Argentina no quiera pagar la Deuda Externa. No se puede pagar. Esto no es una interpretación de economistas. Es la interpretación del país, de la realidad de la gente. El espectáculo de los gobernadores, incluyendo a los de la Alianza,  acampando en Buenos Aires y pelándose a diario con el equipo Económico, es poco serio pero revela la descomposición de la situación interna.

La deuda externa -que es lo que se robaron- no la paga el presidente, ni el ministro de Economía, ni el partido gobernante. La paga el pueblo y el pueblo no tiene plata. La plata de un país, en términos vulgares, es lo que genera el pueblo produciendo, trabajando, y ya se sacó todo, no hay más. Entonces seguir hablando de convertibilidad, devaluación, dolarización, riesgo país, crecimiento, acreedores, servicios de deuda y toda esa parafernalia es seguir engañando a todo el mundo. La deuda externa no se puede pagar.

Eso lo saben hasta los tenedores de los títulos y por eso se intenta hoy recomponer esa deuda a intereses más bajos –comprometiendo a las generaciones futuras- porque es la única solución que habilita que los acreedores –internos y externos- sigan exprimiendo algo del país. Si hay default no cobra nadie, es el “paga Dios”, y los acreedores lo que exigen es que el ministro de Economía, Domingo Cavallo –su gerente- les asegure que este país seguirá siendo dependiente. Ellos saben que lo que pusieron ya se lo cobraron, ya recuperaron el capital, que vaya a saber uno a dónde fue a parar, y siguen cobrando intereses. Qué va a pasar...nada va a pasar. Los acreedores se van a reunir –muchos de ellos tienen sus oficinas en la City porteña porque son argentinos- y tratarán de negociar mejores condiciones, porque antes de perder todo, es mejor seguir ganando algo.

En lugar de preocuparse por las expresiones que reprueban la gestión, el gobierno del presidente Fernando de la Rúa, debería centrar su ingenio, su mayor capacidad y las mejores aptitudes –si todavía tiene algunas- para administrar los negocios del Estado de acuerdo a esta realidad, de manera de evitar el agravamiento de la crisis. Aún el extremo de pedir que el primer mandatario de un paso al costado, que pudiera no compartirse, es una enunciación legítima y hasta democrática, si se tiene en cuenta que el jefe de Estado es mandatario y sus mandantes así como tuvieron el derecho de elegirlo, pueden considerar cumplido su ciclo y además decírselo.

Lo que es un exceso es considerar esa opinión con tal sensibilidad como para considerarla “golpista”, además de “lesivas para con el presidente de la República, que no ayudan, perturban y complican”, tal cual lo calificó en su debut el nuevo ministro de Trabajo, José Gabriel Dumón. Sería bueno que repasara la historia para encontrar, en 1989, a su correligionario Raúl Alfonsín dejando anticipadamente la Casa Rosada. Entonces, el hoy titular del radicalismo y senador electo, no hizo nada más que responder a un clamor popular, sin que se vulneraran los mecanismos democráticos. Un poco atrás, algunos políticos golpeaban la puerta de los cuarteles y no es cuestión de rasgarse las vestiduras compitiendo en un absurdo democratismo.

Si el país en lugar de presidencialista tuviera una democracia parlamentaria, el 15 de octubre el primer ministro habría renunciado, y el presidente hubiera convocado a la oposición a formar nuevo Gobierno. Italia es un ejemplo de ese juego político reiterado, que preserva las instituciones de la República, sin que a nadie se le ocurra hablar de golpismo. La miopía política confunde la perspectiva de la participación ciudadana. Ubica al enemigo donde no lo está. El mayor agravio y lesión que se le comete a la democracia es convertirla en un sistema retardatario que posterga sin solución de continuidad las expectativas populares.

El objetivo es la democracia real

Aunque pareciera inoficioso recordarlo, desde siempre se ha dicho que la democracia es el poder efectivo del pueblo, si es una construcción cotidiana y colectiva de todo el pueblo y si se la concibe y aplica como la forma política del cambio social. Esto no tiene nada que ver con la realidad argentina. Cabría preguntarse además, a qué no ayudan y en qué perturban y complican las censuras públicas.

Si el Gobierno es tan autista como para considerar que la política tiene un corredor de tránsito entre la Casa Rosada y la Residencia de Olivos, y casi en sordina –no sea cosa que el pueblo se entere- se tiene la ficción de manejar al país como si se estuviera frente a una mesa de ploteo, sólo merituable si se estuviera trazando estrategias anticrisis. Lo que no ayuda es esta parodia de gestión gubernamental, que con música lenta de minué, no termina de plantear una salida coherente, viable y sostenible para salir de la bancarrota financiera y con todo su potencial humano y natural hundiéndose en la inercia de la incapacidad.

Ni siquiera es posible intuir a qué apunta el cambio parcial de Gabinete, aunque el primer mandatario diga que se orienta “a la acción social”. Es lo que viene diciendo desde antes que asumió. Y los ministros se repiten, y se entrecruzan entre sí, y se autoelogian como si vivieran en una cinemateca creyéndose protagonistas de un país que pudo ser. Si el gobierno cree –como se dijo- que el pronunciamiento popular pedía un Ministerio de Turismo, Cultura y Deportes, por ejemplo, habría que cuidar rápidamente la salud auditiva de los funcionarios. Más allá de las limitaciones que presenta en el aquí y ahora, hay una inhabilidad y una falta de liderazgo que impiden que todos los que tienen responsabilidades políticas y sociales, se pongan de una vez por todas a discutir seria y responsablemente qué se hace con este país y con su gente

Si se cree –como lo ha afirmado en reiteradas oportunidades el ministro de Economía- que hay provincias inviables, que lo plantee. Si su percepción de la democracia es este estilo parecido al contubernio, con un Poder Legislativo al que se le ha subrogado su autoridad constitucional, es preferible blanquearlo. Si el futuro económico-social de los argentinos se mantiene en la más absoluta reserva como si fuera un operativo militar de envergadura, la brecha entre gobernantes y gobernados es cada más ancha e insalvable.

Esto plantea inexorablemente la necesidad de salirse un poco del ojo de la tormenta, de la coyuntura asfixiante, para discutir el país a fondo, a partir de nuevas prácticas políticas y si es necesario de nuevos actores políticos. No hay que tener miedo a plantear los remedios democráticos. Lo nocivo es ocultar debajo de la alfombra de la Casa de Gobierno, la Argentina deshilachada, porque la suciedad está desmadrando a la democracia que ya ni siquiera es formal. El desgobierno es la vía más rápida para alguna forma, aunque sea virtual, de golpismo. Hay algunos ejemplos en América latina que no deberían imitarse.

* Periodista.

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