EROS Y THÁNATOS
Ana María Fuster Lavín *
Un volcán a punto de erupción, de brotar maldad, inmundicias, la mayor escoria humana que se haya destacado en este último periodo entre siglos. Odio, puro odio, al cual muchos también llaman amor. Y en realidad, eso es el nuevo amor, la pasión, hasta el más ingenuo enamoramiento. Así es la nueva serie Eros y Thánatos I y II del pintor Ernesto Rivera.
Luego de escribir esas palabras para describir las próximas obras para la subasta, el señor López apagó la computadora sin enviar el correo electrónico a la imprenta. Se sentía muy cansado, y pensaba en todo el dinero que ganaría. Había visto demasiadas y terribles cosas durante esa semana. Pensaba en el retiro del peligroso mundo de la pintura.
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Ese 1 de agosto en la tarde, Ernesto lucía verdaderamente abatido, ni siquiera estaba tan pulcramente aseado y vestido, como acostumbraba; despedía un olor amargo. Sentía que el cuerpo le respondía a sus instintos de conservación, y no a la razón. Luego de trabajar con mucha torpeza y de forma mediocre metió descuidadamente en su enorme y sucio maletín todos los pinceles y las pinturas, y desmontó el caballete. Sentía un escozor que le recorría las venas, quería gritar. Con el coraje de la impotencia, destrozó violentamente la inacabada y sangrienta pintura. Él acostumbraba a realizar paisajes hiperrealistas y trabajos de figuras geométricas. Sin embargo, Eros y Thánatos volvían a regir su vida.
Caminó muy directo, movido por el control remoto de la angustia, hasta su apartamento. Su rostro casi afásico, como los maniquíes o dummies que utilizan para las pruebas de los automóviles, ni siquiera se inmutó al chocar con una señora muy gorda que ocupaba toda la acera, tampoco al oír un terrible accidente de cinco vehículos en la intersección de la avenida Ponce de León con la entrada a la calle Canals, su vecindario. Tampoco vio a los dos colegas borrachos que lo saludaron desde el bar de la esquina de la Plaza del Mercado, frente al portal del edificio donde vivía. Entró y dio un terrible portazo, tiró sus cosas. Los pinceles y pinturas rodaron por toda la sala creando un grafiti rojo y negro en las losetas.
- "En estos momentos no contestaremos, estamos creando y amándonos, al sonar el timbre déjanos un mensaje..."
- "¡Hola Erni! Caramba, todavía no has cambiado la grabación, me enferma, parece sacada de una telenovela. Llámame."
Ernesto divagó un poco, oír la voz de Sandra, aunque fuese grabada, lo aturdía. Se dirigió por el pasillo hacia la cocina, abrió la nevera y se quedó un buen rato concentrado en las botellas de leche. Sin tomar nada se dirigió al teléfono.
- "Juan es Ernesto, recibí tu llamada, mira no jodas más con que me olvide de ella. Me vas a poner peor de lo que estoy. No puedo organizar mis ideas ni trabajar con lógica, tengo los lienzos de luto. Eso es muy peligroso."
- "Pero hombre, si mujeres son lo que más hay. Vamos Sandra no es un maravilla y lo sabes. Es una chiquilla; además, ya te llamará. Vámonos al bar."
- "Sí, sí, claro. Como si una cerveza o dos resolvieran mis problemas. Tú sabes que ella es la única persona que comprende mis pinturas. Me estimula, como si parte de ella les diese forma, vida... No entiendo por qué no fue a la galería, su oficina de contactos queda en el mismo edificio." Mientras hablaba, caminaba en círculos.
- "Bueno, ya que insistes. Y no crees en la posibilidad de que no se hayan encontrado, y que ella sí fue a verte. Tú no estuviste todo el día allí, yo te llamé y me dijeron que estabas en el taller. Sabes que debes concentrarte en tu exposición, sólo faltan tres semanas ¿no? y te falta un cuadro por pintar. Si no hay veinte, el señor López la cancelará. Él no es una monja de la caridad, sólo ayudará si hay dinero seguro." El tono de voz de Ernesto ya había cambiado de compasivo a imperativo.
- "Mjú... A lo mejor hasta nos hayamos cruzado en distintos elevadores. Yo pasé por su oficina y tampoco estaba, la secretaria me dijo que ella había salido a hacer una gestión de prioridad. Sí, Sandra me había hablado de una carta muy importante o algo así. Sé que ella y su amiga Andrea traman algo. Me muero si no la vuelvo a encontrar." El pintor balbuceaba como si hablara para sí mismo.
- "Tranquilízate, que te vas a volver a deprimir. Mira que va y sucede lo de aquella vez, tuviste suerte porque yo soy siquiatra forense que si no te jodías, pana, ¿te estás tomando el medicamento?"
- "Mira, Juan, gracias por todo lo que hiciste por mí, yo voy a colgar por si ella llama. Mañana ni me moveré de la entrada del edificio por si acaso."
Ernesto colgó sin esperar la respuesta de Juan. Recogió los pinceles y lienzos, tomó el teléfono inalámbrico y se acostó en la cama sin cambiarse de ropa. Más que dormir parecía que pasaba por un estado de tanatosis, sin soltar el teléfono.
Al día siguiente se dio una rápida ducha, se vistió con la misma ropa y corrió hasta el trabajo: una galería situada en los bajos de un edificio de oficinas cerca de la parada 18 de Santurce.
Ernesto colocó su caballete a la entrada de la galería, en el mismo portal del edificio. Así hizo bocetos, miles de siluetas, hasta las seis de la tarde, cuando una viejita deambulante se puso a observar hipnotizada su pintura. Él la miró angustiosamente y se la regaló. La anciana inmutable la colocó en su carrito de compras y continuó muda su peregrinación. Cuando su reloj de muñeca marcó las 6:15 pm, el pintor tocó la vitrina, le hizo un gesto a Mirna, la secretaria y encargada; dejó todo en la calle y marchó despacio a su apartamento, pero apretando el paso, según se acercaba.
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Se detuvo un rato frente al edificio donde vivía y gritó:
- "Es necesario, es necesario encontrarla". Sentía la sangre fluyendo helada por todo su sistema.
- "¿Pero qué te pasa, sube? ¿Quieres que medio Santurce se dé cuenta de tus locuras?", le gritó cariñosamente molesta Sandra desde la ventana del tercer piso. Era una hermosa joven de unos 23 años, con un rostro que encerraba una picardía, la ingenua perversidad de la sensualidad adolescente. Sus larguísimos cabellos negros parecían una cortina de cuentas que jugaban con el viento en el exterior del apartamento. Su rostro rosado mostraba una sonrisa entre burlona y avergonzada.
Ernesto subía velozmente las escaleras, sintió como si un relámpago le cercenara los pensamientos negativos y le diera un cantazo de vitalidad. Abrió la puerta y de pronto se le fueron sus instantáneas ilusiones por el drenaje. Sandra estaba sentada en el único y sucio sofá de la sala, muy seria y con un sobre tamaño legal en la mano. Se paró de inmediato para dárselo, pero no lo hizo, por el momento.
Las paredes lucían distintos murales en colores opacos que contrastaban con el curtido sofá rojo y amarillo. Los frescos denotaban distintos estados de ánimo y etapas de su vida, una mezcla de sueños y pesadillas. Del techo emergía una lámpara en forma de un largo brazo de yeso, cuya mano aguantaba la bombilla, y bajo ésta lo esperaba Sandra.
- "No pongas esa cara, termina de entrar y dame un beso. Tenemos mucho para hablar y decidir".
- "¿Y dónde estuviste los últimos 3 días? Sandy, eso no es lo que me imagino. ¿Verdad?", señalando el sobre, y aún parado en la entrada del apartamento.
- "Deberías alegrarte... Eres un pintor egoísta y un mal novio. Mira la cara que tienes, como si quisieras matar a alguien. ¡Y eres artista! Deberías ser más comprensivo. No hay quien te entienda. A que no se te ocurrió preguntarle por mi a Andrea, sí sabes quien es. Mi amiga del teatro de la Universidad. Sabes que cuando paso un malrato me refugio en ella, en realidad es la única que me comprende. Y eso te toca." Las últimas palabras casi se las comió, luego comenzó a ponerse el delineador negro alrededor de sus rasgados ojos azules.
Ernesto tiró la puerta y caminó hacia ella, le dio un beso en la cabeza y luego le arrebató con fuerza el sobre. Sandra no le hizo caso, estaba absorta mirando las manchas negras y rojas de pintura que había en el piso.
- "¿Y cuándo te vas, si puede saberse? Ni siquiera has pensado en mi exposición."
- "¿Cómo se te ocurre? En dos semanas tengo que hacer el proceso de matrícula y dos audiciones de acomodo. Pero después tengo casi tres semanas libres antes de que empiecen las clases y los talleres, eso, hacia el 10 de septiembre, y estamos a 3 de agosto. Coño, sabes que regresaré para la exposición y luego te puedes ir unos días conmigo, los que quieras. Sabes que iré a tu gran noche del 21 de agosto. ¿Cómo lo dudas? No seas terco." Hablaba de corrido, apuntando los días en una agenda electrónica.
Levantó la vista y observó que Ernesto estrangulaba su pañuelo. Sandra dio un brinco, le quitó su víctima de algodón y acarició los cabellos del enfurecido artista.
- "¿Ernesto, qué es lo que de verdad te jode? Si de verdad me quieres tanto, puedes esperar por mi, son sólo dos semestres. Además no estaré sola, si es por los celos, pues Andrea piensa mudarse a Nueva York a buscar audiciones para Broadway."
- "Estoy seguro que eso del Actors’Studio es cosa de Andrea. Siempre te he dicho que tengas cuidado con ella, es una mutante inestable y creo que está enamorada de ti, claro como su profe ya no le hace caso." Sus palabras salieron con tanta agresividad que casi le autolastimaron e hicieron saltar las lágrimas a la joven, quien recuperó con tanto cuidado la carta que Ernesto no se dio cuenta y fue alejándose del encolerizado pintor. Ahora Sandra miraba a través de la ventana. Ambos se quedaron callados una breve eternidad.
Ernesto se deslizó muy despacio por el estrecho pasillo pintado de azul cobalto, con danzantes siluetas negras cogidas de la mano, hacia el único dormitorio y se sentó en la cama con la almohada ocultando su descompuesto rostro. Ni siquiera vio la maleta de la joven amada, colocada al pie de la cama. Sus pensamientos iban dirigidos a diversas estrategias para retenerla. La amaba y dependía de ella, de su pasión, su musa.
Sandra, por su parte, había entrado a la cocina, fregó los vasos y limpió los sucios pinceles que recogió de la mesita-comedor. Así fue tranquilizándose. Puso una botella de vino blanco en el congelador y se fue a dar un duchazo.
Al terminar de asearse, la joven caminó en silencio hacia la habitación, sinténdose muy relajada al ver a Ernesto profundamente dormido y le besó en la boca. Así que tomó la decisión de irse. Primero sacó el vino y lo volvió a dejar en la despensa, luego tomó con mucho cuidado su maleta y se dirigió al teléfono.
- "Andrea, hola. No, no puedo hablar más alto, ni tengo mucho tiempo para contarte. Mira, sabes amo a Ernesto, pero creo que esto no es lo que yo quiero. Le voy a dar tiempo para que sé cuenta de lo tonto que es. Llamaré a un taxi y me voy a casa de tío Pablo. Dejaré la llave debajo del tiesto de la entrada y mañana cuando él no esté vienes y te llevas mi computadora. ¿Vale? Gracias. Estás brutal. Chao, bella."
Antes de irse, le dejó una nota en el caballete de la habitación, Ernesto ya roncaba. Acomodó las pinturas y los pinceles y partió apresuradamente hacia la calle, donde llamó al taxi desde el bar.
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Se tomó un cerveza mientras esperaba el vehículo. Sandra realmente lo quería, pero su repentina agresividad, intolerancia y hasta el desaseo le provocaban cierto miedo, además temía que de alguna manera la impidiera irse a la neoyorquina experiencia.
"Quizás cuando me gradúe y regrese a la isla, él estará orgulloso y se le olvidará su obstinación. ¿Pero no se ha dado cuenta de cuánto lo amo? Si no por qué voy a estar con él." Pensaba mientras terminaba su cerveza y miraba disimuladamente hacia las ventanas del apartamento. Un fuerte bocinazo la sacó de sus reflexiones. Agarró rápidamente su maleta y corrió al taxi.
El estridente sonido sacó a Ernesto de su profundo sueño. Más que durmiendo sentía que había estado embalsamado durante varios años, tan sólo había pasado una hora. Un extraño presentimiento le apuñaló la mente, y cayó de nuevo en una embriagadora somnolencia hasta el día siguiente. Sólo lo despertó el abrir y cerrar de una puerta y unas pisadas en la sala, pensó que era Sandra desayunando, aunque no olió el acostumbrado café con canela. Se sentó en la cama a estirarse, hasta que su mirada se quedó hipnotizada con un pequeño papel doblado en el caballete.
"Sí es la letra de Sandra. Seguramente excusándose por lo de ayer. Es tan cariñosa, una chulería. Después de la exposición hablaré con Tomás para que le de un buen papel en su próxima obra", pensó mientras sonriente se levantaba a tomar la nota. La leyó.
Querido Ernesto;
Esto no es un adiós, ni mucho menos. Te amo y eso no ha cambiado en nada. Pero como parece que por ahora no me quieres comprender, he tomado la decisión de alejarme por unos días y me iré antes a Nueva York. Piensa bien las cosas. En cuanto tenga un número de teléfono y la dirección completa, te las envío. Regresaré para tu exposición. Es una promesa. Recuerda que te falta una pintura, piensa en mi, que estaré en tu corazón. Nunca te fallaría.
Te quiero mucho,
Sandy
Pd. Andrea pasará a buscar mi computadora. No te enfades con ella, que no tiene nada que ver con mi decisión.
Sin llegar a su final, encerró con violencia la breve carta en su puño. El odio contra el mundo, el coraje, la violencia se apoderaron de su ser y corrió hacia la sala. Allí vio a Andrea guardando el teclado en una caja y desconectando los demás cables de la computadora. Corrió hacia ella.
- "Carajo. ¡Qué susto me has dado, Ernesto! Como son casi las diez y media, pensé que estabas en la galería. ¿Qué, se te pegaron las sábanas?"-le decía en tono burlón. Le volvió la espalda y siguió empacando mientras le sermoneaba. "Oye, no me mires así. Sandra me lo pidió. No te preocupes, pues sé que ella volverá mucho antes de lo que te imaginas, no puede vivir sin ti. No sé por qué, eres un agriado. Es más, ni creo que se vaya a Nueva York si no la acompañas a ver su nuevo apartamento. Por mi, yo no pienso mudarme hasta enero, así que no te preocupes…"
El pintor sin escucharla tomó el monitor de la computadora y con fuerza lo arrojó contra la cabeza de Andrea. Fue un golpe mortal. La robusta joven cayó fulminante al piso. Su sangre comenzó a formar figuras contorsionantes en el piso, un hermoso cuerpo líquido de mujer a los ojos del artista, su musa, Eros. Ernesto se agachó para acariciar los senos de sangre y sintió la calidez de la amada, tuvo una profunda erección. Volvió a mirar y sólo vio el líquido que manaba de la cabeza de Andrea.
Arrastró el cuerpo hasta su habitación, con mucho cuidado de no perder la sangre en el camino, y lo tendió sobre grandes bolsas plásticas. Luego, regresó a la sala y trató de recoger toda la sangre que pudo en un cubo, y limpió y recogió la sala. Nada había pasado para quien entrara. Así mismo lucía el pintor.
- "Juan, ¿estás ahí? Mira hoy no voy a ir a la galería. Por favor, dícelo a Mirna. Me quedaré en casa pintando. Ya tendrás la obra que falta. Pasa con tu camioneta para buscarla pasado mañana por la tarde, como a las 2. Ni te molestes en contestarme este mensaje, pues ni voy a coger el teléfono. Nadie me interrumpirá. ¡Tengo la musa!"
Tiró el teléfono, ni se dio cuenta de que no había quedado enganchado. Se sentía creativo, lleno de energía. Recogió su maletín de pinturas de aceite y acrílicos y un lienzo grande que tenía en la cocina y se encerró en su cuarto. Allí comenzó a mezclar la sangre con los óleos y pintó como un autómata durante muchas horas. Terminó dos días después al mediodía. Miró el cuadro feliz, una joya. Sintió deseos de masturbarse frente al cuadro, pero no hizo falta. Su eyaculación ya manaba celebrando su éxtasis.
El reloj marcó las 2 PM, así que Ernesto se apresuró a envolver el grisáseo cuerpo de Andrea y lo trozó, para acomodarlo en distintas bolsas que luego metió en su antiguo baúl de las pinturas y canvas; le hecho cal y lo trancó. Luego se dio un baño caliente para despejarse, y se vistió. Al poco tiempo, oyó la bocina de la camioneta de Juan y bajó con la pintura sin tapar, pues no estaba totalmente seca.
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- "¡Qué puesto te has dado! Llevo 15 minutos esperando. ¡Dos días perdido!"
- "Bueno, no es para tanto. Cuando lleguemos a la galería y veas esta chica, me perdonarás." Acariciando el armazón de su obra.
- "Eso espero, pues he invertido mucho dinero en tu exposición, es tu último break. Luego, no me reproches nada... ¡Carajo! ¡Pero si te han caído 20 años en 48 horas! Apuesto que ni has dormido. Coño, sí que estás loco." Le dijo su amigo Juan, dándole una palmada en el hombro.
- "La musa llegó y la aproveché. Nunca había pintado tan rápido, como si hubiese estado poseído por mi propia esencia. Me sentía yo mismo, fue orgásmico. Mira, me voy atrás en la carga, para aguantar la pieza. Ya, ya dormiré a la noche." Verdaderamente su rostro sí había cambiado algo, tenía unas pronunciadas ojeras gris azuladas y se le notaban algunas canas en las patillas.
- "Antes de que te montes. Mira, hoy pasó Sandra con la hermana de Andrea por la galería. Me dijo que tu teléfono estaba ocupado, yo le dije que te habías encerrado a trabajar. Lo más extraño es que me comentaron que Andrea había salido anteayer por la mañana a tu apartamento y no había vuelto. ¿No fue a buscar la compu de Sandy? Yo sólo le dije que no creía que tú la hubieses dejado entrar, pues conocemos tu neura cuando pintas."
- "A esa Andrea, no la he visto hace tiempo, y tampoco es mi persona favorita. Es una… Nada, ya no importa. Si Sandra quiere su computadora, que la busque ella. Mira, vámonos ya, que el tasador-curador que pondrá el precio de las obras pasará como a las 3. ¿No? Me han dicho que ese López es un maldito buitre, pero ni modo."
- "Nada, vale. Sandy irá a verte la conocemos. Se le cae la baba por ti. Hasta lucía más preocupada por ti que por la misma Andrea." Comenzaron la corta marcha hasta la galería.
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De la calle Canals a la parada 18, donde se encontraba el edificio que albergaba la galería, hay poco más de dos bloques pero un repentino tapón (acostumbrado para esa hora, la salida del colegio) los hizo tardar más de media hora. Al llegar, ya el tasador los estaba esperando. Era un hombre alto y grueso, con unos pequeños espejuelos redondos que parecían incrustados a sus cachetes. Miraba con detenimiento las obras de Ernesto y hacía anotaciones en una pequeña libreta electrónica. La secretaria-galerista estaba parada en la puerta mirando furiosamente el reloj.
- "Bueno, ya estaba nerviosa, el señor López llegó hace rato. Y no me da buena espina, ¿saben…? Recuerden que él tiene la última palabra."
- "Mirna, a mi también me da gusto verte. ¿Me extrañaste mucho verdad? Ni mi santa madre me regañaba tanto. Linda, ¿me harías un favor?"- Le dijo Juan a la joven encargada, mientras aguantada la puerta para que el pintor entrara su nuevo cuadro .
- "Hola, Ernesto. Llevabas dos días perdido. ¿Has visto a Andrea, la amiga de tu Sandra? Dicen que está desaparecida." Comentó con aire detectivesco, luego cambió a un tono más irónico. "Bueno, ya, cuando me dices algo bonito, es que quieres algo, desembucha."
- "Quiero el lienzo enrollado más grande que consigas, y que me lo envíen hoy al apartamento, lo más rápido que consigas."
- "Ya me sospechaba un pedido."
Ernesto le dio un beso en la mejilla a Mirna, y le sonrió sin contestar nada. Juan acomodó un caballete en una esquina iluminada y ayudó al artista acomodar la obra. Luego fueron a saludar al corredor de arte.
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- "Un placer señor López, sí, soy el doctor Juan Hernández, representante de don Ernesto Rivera. Habíamos conversado para la retrospectiva del maestro." Con mucha corrección se dieron las manos y el tasador se dirigió a Ernesto.
- "Es un placer. Oiga, por su currículum pensé que era algo más joven."
- "Mucho gusto. Oh, no se crea, es que llevo más de 2 días trabajando sin dormir, más algún problemita doméstico, y sospecho que se me olvidó hasta comer. ¿Le muestro mis obras?"
- "Bueno, yo me despido, pues debo tener el consultorio lleno. Buenas tardes." Juan se despidió, los demás asintieron con la cabeza y Mirna lo acompañó hasta la puerta.
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- "Mmm... ¿y esto es lo único que tiene? Son muy buenas técnicamente, pero.... Buscamos más pasión, impacto. Maestro, le daré el listado con los precios que puedo recomendar, verá que van entre 500 y 2,000 dólares. Pero..... ¿Y esa joya?" El obeso hombre había estado hablándole al pintor con cierta sequedad y arrogancia, pero su última expresión salió emocionada, casi como un trino, mientras señalaba el cuadro recién acomodado en el caballete. Movió toda su masa humana en dirección a éste, perfectamente acomodado a la luz de una lámpara alógena.
- "Ahora sí. Los trazos, a la perfección. Excelente dominio del color. ¿Y cómo logró esos rojos? Mágico. Parece como una pareja, mujer y su verdugo; sí, haciendo el amor entre lluvias de fuego, sencillamente perfecto. Morboso pero genial. Ésta sí . ¡Qué maravilla! ¿Tienes más?"
- "¡Caramba! Esta es la nueva etapa pictórica por la que estoy pasando Será mi nueva serie Eros y Thánatos. Es un mixto de óleos con acrílico y un elíxir mágico e irrevelable." Ernesto contestó con una seguridad que le erizó la piel, ni estaba seguro de qué diantres había dicho.
- "Será un éxito, querido artista. Esta puede llegar a los 5,000; no a 20,000 dólares. Sé que queda poco para la exposición, pero si añade otra pintura de esa serie, su precio elevará y le auguro un éxito total. Es más, me gustaría que tomara en consideración dejar que yo sea su representante para esa colección. Tengo muchas influencias. Estoy seguro de que el doctor Hernández no tendrá ninguna objeción." –Sudaba emocionadamente, babeándose, mientras le hablaba al pintor.
Ernesto ya no lo escuchaba, de pronto había visto a López como si fuese un gran cerdo con cuernos, entre llamas. Se estrujó los ojos, pensaba que estaba perdiendo la razón. En realidad no era una persona pretenciosa ni aspiraba a la fama ni a grandes cantidades de dinero. Sólo le asintió al corredor de arte y le dijo que lo pensaría, en esos momentos Sandra era lo único que ocupaba su razón. Se despidieron formalmente e intercambiándose tarjetas de presentación.
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- "Ernesto, me parece que sí tendrás mucho éxito en tu exposición... Mierda, la nueva pintura tiene cierto parecido con Sandra, que por cierto te dije hoy pasó por la galería. Dijo que era posible que pasara hoy por tu casa. Ay, ay, antes de que se me olvide, maestro, tendrás el royo de canvas como en media hora frente a tu apartamento."- Comentó Mirna, todo el tiempo mirando el cuadro, cuando ya se quedaron solos en la galería.
Ernesto la miró sin ninguna expresión y le pidió que cerrara la galería a las 6 que él ya se iba a su hogar a seguir pintando. Sorprendentemente se dio la vuelta y le dio un fuerte abrazo que hizo saltar las lágrimas de Mirna y buscó en el armario más pinceles y pinturas las metió en una bolsa y se fue caminando muy despacio hasta su casa, parando primero a comprar comida en un fast food cercano.
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El rollo de lienzo ya estaba frente a la puerta junto a unas buenas maderas para preparar el bastidor. Ernesto estaba contento sentía un hormiguillo corriendo, por sus venas. "Esa Mirna consigue todo." Pensó mientras entraba todo a su apartamento, cerró la puerta sin echar el seguro. Llevó los materiales a su habitación y se puso a preparar el lienzo con su bastidor, allí estuvo par de horas.
"Perfecto, aquí caben pintadas hasta dos personas a tamaño real... Tremendos materiales. Le daré algún porcentaje a Mirna si vendo la pieza..." Allí se quedó contemplando el blanco lienzo listo para trabajar, mientras una morbosa alegría le iba colmando los pensamientos.
Luego sacó del armario dos botellas de vino tinto y dos copas y las puso en la mesita de la sala-comedor, puso par de discos compactos de jazz latino con Dave Valentín, y se fue a dar un baño. Sentía la necesidad de asearse perfectamente. Ni siquiera oyó cuando tocaban suavemente a la puerta de la entrada ni cuando ésta fue abierta. Se afeitó y luego se puso su bata favorita, esa de terciopelo negro que le regaló Sandra para las Navidades cuando lo contrataron como artista fijo y decorador de la galería.
Ernesto se dirigió a la sala y se encontró con Sandra sentada en el sofá mirándolo fijamente. Él la miró y le tiró un beso.
- "¿A qué debo tu hermosa presencia?" Le dijo en voz baja tratando ser agradable, mientras descorchaba la botella de vino y servía dos copas. "Oye, ¿y que hay con eso de que Andrea ha desaparecido?" Le dio una copa a Sandra y se sentó a su lado.
- "¡Salud! Bueno te he echado de menos. Te pusiste muy terco los otros días." La joven le hablo en un tono dulce pero nervioso. Le dio un beso en el cachete y bebió del vino. Su mirada quedó fija en el escritorio donde estaba bien acomodada su computadora con todo, excepto el monitor.
- "Si hubieses visto hoy la cara del señor López, el que iba a tasar las obras, cuando vio mi último cuadro... Le enloqueció, me pidió otro para asegurar el triunfo, y algo de dinero. Así puedo irme unas semanitas a los niuyores con una maravillosa y futura estrella que admiro. Soy un humilde fan." Le dio un beso estruendoso en el cachete a la joven, que seguía fijando su vista en la ausencia del monitor de la computadora. Seguido, Ernesto se dio un buen trago del vino y echó más en ambas copas.
- "¿Cuál obra? Oh, pero nunca me enseñaste ese cuadro. Oye! Y dónde está mi..." La joven se tragó las palabras, un inexplicable presentimiento le produjo escalofríos. Se tomó el vino de la copa y se sirvió más. Sentía que le temblaban las manos. "Tu nuevo cuadro, cuándo... A Nueva York, ¿conmigo?"
- "Sí, mi vida. ¿Te sientes bien? Sandrita, es la emoción verdad? Yo también me siento nervioso... Querida, voy a la cocina a preparar una picadera de quesos, galletitas y esos saladitos que te gustan. Ve descorchando la otra botella, y después te contaré más. Mucho más." Le acarició los cabellos y se levantó tranquilo, en una preocupante paz.
Sandra se quedó muy callada. En realidad no sabía por qué le estaba comenzando ese sentimiento de pánico. No era la primera vez que Mayra, se desaparecía, una vez lo hizo por cuatro días, y estaba en Boquerón, en la playa con un turista italiano. ¿Pero y su monitor?
- "Querido, ¿y el monitor?" Le preguntó tímidamente.
- "Ya me extrañaba. Lo llevé a arreglar a donde Tony. Como te fastidiaba tanto, que a veces se le iban los colores. Si quieres lo llamas mañana y le preguntas cuándo lo tiene listo."
Le contestó con mucha seguridad, ante lo cual Sandra respiró más tranquila, pero sentía que las rodillas le seguían temblando. Por su parte, Ernesto ya había terminado la bandeja de entremeses y se dirigía a la sala como si fuese un camarero. Sin embargo, antes se guardó un cuchillo en el bolsillo de la bata y cogió otra botella de vino.
- "Hoy nos embalsamaremos y mañana ya será otro día." Así puso la bandeja en la mesa y sirvió del vino que Sandra había descorchado.
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Hablaron de cosas triviales durante par de horas, hasta que terminaron la tercera botella de vino. Eros comenzó a apoderarse de los pensamientos de ambos. Ernesto la abrazó y comenzó a besarla y a desnudarla. Sandra se retorcía de placer en el sofá, correspondiendo las caricias del amante. La tomó de las manos y la llevó suavemente de las manos hacia la habitación. Ella se escabulló y tomó la última botella de vino, ya a mitad, y lo alcanzó a mitad de pasillo hacia la habitación, halándole del cinturón de la bata y poniéndoselo de bufanda.
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Luego de hacer el amor, Ernesto se puso la bata y se paró frente a la cama a observar el cuerpo desnudo de Sandra que dormía profundamente. Un enorme sentimiento de amor y ternura le iban llenado la mente mientras miraba la espalda y el suave trasero de la joven. Sin despertarla se deslizó sobre ella, y le besó el cuello. Sacó rápidamente el cuchillo del bolsillo de la bata y la degolló de un solo corte profundo y mortal. Viró a la joven que sonreía juvenil y le hizo el amor nuevamente. Thánatos entraba de nuevo a regirlo en perfecta comunión con Eros.
Recogió la sangre de la joven en un cubo y comenzó a mezclar la sangre con las pinturas y se dispuso a trabajar en el lienzo. Mientras pasaban las horas pintando, se iba sintiendo parte de la propia obra que iba realizando. Como si pudiese entrar en ella, estaba casi hipnotizado.
- "Maravilloso, pero le falta algo."
Ernesto fue a la cocina a comer algo y al abrir la puerta para recoger el periódico, se encontró con que ya había cuatro acumulados. Sin darle la mayor importancia, leyó el más reciente mientras se comía un gran pedazo de bizcocho con un litro de leche. Luego se recostó en el sofá de la sala y durmió par de horas hasta que sonó el teléfono.
- Erni, es Juan. Mira, que llevas perdido par de días...
- Vaya y estaré par más. Estoy trabajando en una última obra para la exposición. Excúsame con Mirna.
- "¿Estás seguro? mira que...." Juan no pudo terminar pues Ernesto lo interrumpió.
- "Jefe, llamo cuando termine." Colgó el teléfono. Fue a la cocina, tomó de la nevera pan, jamón, queso, algo de fruta y un litro de jugo de china, los echó en una bolsa y se fue a la habitación a proseguir su obra.
El pintor miró el cuerpo grisáseo de la joven, que ya comenzaba a descomponerse, y le dio un beso en la boca. Luego, se sentó en la cama junto a ella y se preparó un bocadillo; mientras comía miraba absorto la inconclusa pintura. Sentía que la obra lo llamaba a participar de ella. Ernesto tomó el cuchillo y se cortó las venas del brazo izquierdo y dejó que escurriera en el cubo. Volvió a mezclar las pinturas con su sangre y siguió pintando horas, ¿días?...
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Había llegado el día de la exposición y tanto su amigo Juan como el señor López se preocuparon. Decidieron llamar a la policía. Así entraron al apartamento. Una gran pestilencia los azotó al abrir la puerta. Mientras la policía investigaba los dos hombres entraron a la habitación, seguidos inmediatamente por los agentes.
Ernesto yacía sobre el cuerpo de Sandra. Ambos, descompuestos, parecían en realidad un solo cuerpo.
- "Dios santo que pieza maravillosa, una obra de arte."- gritó el señor López frente al cuadro concluido. "Eros y Thánatos en vida, amor, pasión, dolor y muerte. ¡Qué maravilla!" gritó para su interior López.
* Nacío en San Juan de Puerto Rico (1-8-67). La época hippie fue su progenitora. Sobrevivió a un colegio católico, luego, pasó a la Universidad de Puerto Rico donde encontró su oasis y destino. En la actualidad es correctora en el Tribunal Supremo de Puerto Rico, el periódico de la Universidad de Puerto Rico y colaboradora y redactora en una editorial española.