LA SOCIEDAD ESTÁ PENDIENTE DE LOS PASOS DE LA CLASE POLITICA
Alfredo Carazo *
De pronto se instaló una bisagra en la historia política del país, porque el hartazgo convocó las voluntades hasta el primer esbozo de la explosión popular. Es como si por algún arte de magia hubiera aparecido el escenario de un nuevo país. Pero la magia no se compadece con la política. Ya se sabe que es posible ocultar y hasta ignorar la crisis social –profunda si las hay- pero hace falta mucho para contenerla y encausarla. Nadie compró la idea de la desestabilización, ni siquiera en el radicalismo
En realidad el país cambió porque lo “desestabilizaron”, pero desde arriba. Fernando de la Rúa tuvo que renunciar a la presidencia de Argentina – nadie entiende por qué tardó tanto- en medio de un caos político, económico y social, del cual es el único responsable directo. Mucho más político, porque lo económico y lo social suponen las consecuencias. Lo político tiene que ver con la estrategia que proyecta la viabilidad, la sustentabilidad y el crecimiento de un país. La incapacidad para gobernar y la contumacia en no reconocer los límites precisos del contrato social parecen ser un sino trágico de estos últimos años de democracia.
Quienes sucedan a De la Rúa, deben entender que el enemigo no es el pueblo en un régimen democrático. Y que la democracia legitima a la voluntad popular hecha gobierno, en tanto éste responda a su vez a las legítimas demandas populares, que no son otras que la observancia de derechos humanos individuales y colectivos ineluctables. Lo contrario se reconoce en una sociedad harta y homogénea en la bronca, que culmina en una demolición institucional de características inéditas.
No se puede caer en la ingenuidad de pensar que la crisis política y social terminó. Es posible que pase mucho tiempo para recuperar el aparato productivo, pero sobre todo la confianza y la esperanza. Seguramente seguirán duras jornadas para los trabajadores ocupados y para los desocupados. Habrá que recomponer el tejido social que presenta la única “conmoción interna” pasible de ser “reprimida” e identificable en un país, en el que colapsó el sistema de un modelo pergeñado hace un cuarto de siglo en la Argentina, y que condujo a la marginalidad a casi el 50 por ciento de la gente.
Por eso no alcanzó con correr a Domingo Cavallo. Porque el conflicto social es inherente a la democracia, en tanto el sistema registra a su interior intereses contrapuestos. Pero cuando ese conflicto es consecuencia de una profunda crisis política, se sabe cuándo empieza y no cuándo termina. Y De la Rúa debió pagar el precio a su incapacidad, y a la de un gobierno que se desligitimizó con el paso del tiempo. Apostó mal. El poder de la concentración financiera del que se rodeo, terminó siendo efímero, aunque le hizo mucho mal al país. Además delimitó el poder político, que sugestivamente retornó al peronismo, en momentos en que nadie quiere hacerse cargo del país en llamas.
La economía desestabilizadora
Es bueno tomar nota también que la democracia, o quienes la conducen, es capaz de cobrar vidas y hasta de resentir sensiblemente a los derechos humanos. Los reprimidos no fueron sólo los que menos tienen. Muchos miles lo votaron a De la Rúa creyendo ver un sesgo progresista que nunca estuvo en su naturaleza política. El ex presidente se mareo en los cenáculos y le falto el respeto a las urgencias de la crisis. Y cuando gobierna la política, pero subordinada a la economía y a los factores de poder, suele engendrar su propia desestabilización, porque condena a la miseria a millones de personas.
Es posible que ahora no se siga discutiendo en este país lo irrebatible. Este modelo de exclusión genera inevitablemente violencia, porque vulnera los genuinos derechos de la sociedad, repudia la dignidad de la vida, desvaloriza el valor subjetivo del trabajo, y tabica toda posibilidad de construir un destino distinto. La crisis social no está escindida del modelo neoliberal impuesto hace un cuarto de siglo. Y se espeja en la represión, conformando un sistema capaz de garantizar un patrón de acumulación antisocial.
Los tiempos políticos son inexorables. Y avanzando un poco más, nadie tiene hoy legitimidad política de origen para conducir los negocios del Estado. Lo que no se puede hacer es seguir alfombrando el camino al precipicio con una democracia formal, que en 18 años de recuperación no ha sido capaz de substraerse a una transición que ya no conforma. Si no hay cambios de fondo no habrá bolsones de comida que detengan el inconformismo, y poco va a interesar quién gobierne de aquí en más. En poco más de dos años, De la Rúa canceló un turno de gobierno, signado por las vacilaciones, de nulo contenido político y social, y sujeto a los intereses antinacionales.
Olvidó que la democracia real –a diferencia de las restringidas- reconoce su vigor a partir de las transformaciones sociales. Y quizás esta sea la lección más clara de estas horas, una vez que se ponga en orden al país. Si no hay un cambio profundo en las estructuras de poder, el país seguirá a la deriva. Mientras se de una respuesta urgente a la deuda social, quizás sea necesario discutir la refundación de la República.
Otros países lo han hecho. Esto supone abordar primero un nuevo modelo de país desde lo político, porque otro país es posible y hay que construirlo entre todos.
Mañana los argentinos viviremos una Nochebuena distinta, atípica y en la mayoría de los casos con una mezcla de angustia y de relajamiento de las pasiones. La mesa navideña siempre fue tendida desde la promesa de la paz del milenario mensaje. Hoy estará presente un sentimiento de lástima por el país que muestra sus heridas lacerantes. Pero habrá que hacer un esfuerzo para volver a acompañar el momento con la esperanza de un día distinto, de un mañana más promisorio, de un nuevo año encarnado en lo mejor del ser humano.
Definitivamente, Argentina no puede ni debe resignarse a un destino
miserable y doliente. No porque seamos el mejor país del mundo,
sino porque hay un derecho natural y humano de vivir en paz, con libertad,
trabajo y justicia social. El Mensaje de Belén encarna las grandes
utopías que el hombre y todos los hombres seguirán persiguiendo
históricamente. Seguramente el alimento material será escaso.
Y deberá ser suplido en parte, por el amor, la esperanza y la solidaridad.
De eso se nutren los pueblos allá abajo, donde aunque no lo parezca,
sólo llega la mano de Dios.
* Periodista.