Feminismo


LA MATERNIDAD, A MI MANERA...


Ana María Fuster Lavín *

Un 20 de julio mi vida cambió intensa y mágicamente, sospecho que así será por el resto de mis días, se va perfilando. Descubrí otro amor y la felicidad, eso que genéricamente le llaman maternidad. No pretendo ser clichosa, ni que este escrito parezca salido de uno de esos libros de mejoramiento personal de los que venden en las farmacias y supermercados, y de los que me cuido como de un catarro.

A diferencia de muchas mujeres, nunca soñé con ser madre. Lo aseguro, para nada…. No, no era por miedo ni egoísmo. Al igual que a unos les gusta más el azul o el rojo, o el verde como a mí, o como otros que pueden ser fascistas o radicales nacionalistas, o los que tan sólo somos ciudadanos de la humanidad… Católicos, judíos, musulmanes o evangélicos, o quienes no creemos en ninguna religión… No podemos pretender ser lo que no somos. Pienso que es más importante ser sincero y franco con uno y con los demás, que ser aceptado por todos. Es mejor que te acepten de forma honesta dos o tres personas, que hipócritamente veinte, cincuenta, trescientos…

En fin, que la maternidad no era una meta en mi vida, ni mucho menos. Sin embargo, aquel 1ro de diciembre dos rayitas rojas cambiaron radicalmente algunas de mis convicciones. Miraba la paginita de instrucciones con una incredulidad rotunda, en el fondo me; sí, lo sospechaba. Dos rayitas rojas... ¡Positivo! Temible decisión tenía ante mí. Pensé en todas las alternativas y consecuencias, causas y efectos en mi actual situación, y con mucha calma –como la que precede a un huracán- decidí que contribuir a la explosión demográfica caribeña. Claro, estoy segura de que mi pequeño no será una estadística más en el censo, puesto que desde antes de nacer ya a logrado cambiar la visión de mundo de quienes supuestamente lo guiarán, al menos durante par de décadas.

Así, según fue creciendo mi cuerpo -aunque no demasiado, menos mal pues con lo bajita que soy hubiese parecido un albondigón o un balón playero- durante los últimos 4 meses del embarazo, comencé a sentir un cosquilleo, como una energía interna que me arropaba y quería estallar. Las pataditas y acrobacias de ese pequeño inquilino en mi cuerpo, me llenaban –a pesar de las molestias- de ternura y tolerancia. Ambas necesarias para lo que vendrá durante días y noches, meses, años, décadas. Y para de contar...

Cuando me desperté muy tempranera el 20 de julio de 2001 (pues el doctor me dio la fecha para inducir el parto), me miré al espejo y ambas nos sonreímos. ¡¡¡Hoy será un gran día!!! Bueno, acepto que estaba algo asustada, ni modo, no soy tan valiente. Ni mucho menos. No dije que sea perfecta. ¡Qué horror! Ricardo, mi compañero y padre del pequeñín que pronto llegaría, ocultando sus nervios y temores repasaba las cosas que se suponía que llevara en una maleta –de acuerdo con todas las publicaciones que leímos sobre el embarazo y el parto- y los documentos para llevar al hospital; menos mal porque yo soy un desastre en cuanto a la organización.

Tomé un liviano y aromático café. Y a la aventura…

Como vivimos cerca del hospital, nos despedimos de Tommy -nuestro perrito- quien me lanzó una tierna mirada y movió el rabito en solidaridad; agarramos la maleta, de esas con rueditas como las de las azafatas, y la almohada, y caminamos por la avenida Ashford hacia nuestro DESTINO. Ya se imaginarán las miradas de la gente que nos cruzábamos al ver a una joven preñadísima, almohada bajo el brazo, junto a un alto melenudo llevando, con la calma de una procesión de Semana Santa, una maleta a las 7:00am. por el área turística del Condado.

Llegué a la sala de maternidad ocultando mi emoción, e irónicamente cada vez me sentía más tranquila y segura. ¡Qué increíble, en pocas horas conocería en persona a mi habitante interior!

Bueno, todo no fue tan simple o sencillo. Primero me hicieron poner una bata amarilla de papel que transparentaba toda mi preñez y lo poco que me quedaba de pudor. Me parece poco cortés para recibir a un personaje tan distinguido, un nuevo boricua en el mundo. Al menos me dejaron quedar con una manta verde fluorescente que llamó mucho la atención del personal del segundo piso y que contrastaban con unos calcetines anaranjados muy brillantes. Así, tratando de no pensar en nada de lo que me estaba sucediendo, me acosté en la cama del cubículo que me fue designado para comenzar el trabajo de parto. Seguí todas las instrucciones del personal, siempre he sido muy disciplinada. Eso sí, le pregunté 5 veces a la enfermera por mi doctor, otras 5 le recordé que cuando llegara el momento me pusieran la epidural –esa anestesia para el dolor, que al parecer es opcional (sí, claro), pues el plan médico no la cubre (¿serán sólo hombres quienes diseñan las cubierta de maternidad?), 5 veces más le informé donde estaba mi marido. El doctor llegó unos 45 minutos más tarde; pasó muy cariñosamente su mano por mis pies y barriga. Y me dijo sonriente: "¿Preparada? Vamos a acabar con tu miseria." Se acomodó los espejuelos y ordenó que me enchufaran varias máquinas, tubos, rompió el saco del bebé (sí, se siente como si te vaciaras entera después de tomar mucha cerveza) y allá vamos...

Después de varias horas en la sala de dilatación, y los consabidos dolores, pasamos un gran susto. Los latidos del bebé comenzaron a mostrarse erráticos. Uno de los doctores, el más joven (al que llamamos dinamita), movía mi vientre de un lado al otro, pero nada. A pesar del frío del acondicionador del aire, me di cuenta de que sudaba. Después de unos minutos, una eternidad, el doctor –el de los espejuelos-, me dijo que tendría que realizarme una cesárea de emergencia, el niño se estaba ahorcando con el cordón. Le agarré el brazo como cuando una niña toma la mano de su papá y con lágrimas (de miedo, pues nunca me habían operado, ni una muela) le dije que me ponía en sus manos.

Y al quirófano. Todo fue como en los programas o documentales de la tele, donde filman desde los hospitales. Luego de la preparación de rigor y la soñada anestesia epidural. Llegó el gran momento. En muy poco tiempo, Miguel hizo su gala-premier mundial. Gritó contundente, con todas sus fuerzas, para que todos lo oyéramos, si era posible, la humanidad entera. Rápidamente, el doctor me lo puso en el pecho, y el Migue entre lágrimas de amor, de temor, agarró mi nariz. Ambos lloramos al reconocernos. Sensación indescriptible.

Lo que sucediera después quedó opacado por ese instante.

* Nacío en San Juan de Puerto Rico (1-8-67). La época hippie fue su progenitora. Sobrevivió a un colegio católico, luego, pasó a la Universidad de Puerto Rico donde encontró su oasis y destino. En la actualidad es correctora en el Tribunal Supremo de Puerto Rico, el periódico de la Universidad de Puerto Rico y colaboradora y redactora en una editorial española.

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